AMIGO LUIS (tercera parte)


EL PEQUEÑO ELEFANTE

Este episodio lo recuerda Luis con mucho cariño. Ocurrió al poco de llegar.

En Guinea Ecuatorial hay una raza de elefantes que los nativos llaman “enanos”, especie en peligro de extinción.

Un nuevo rico alemán se gastó un dineral en montar una cacería de elefantes y se trasladó con todos los medios posibles hasta allí, incluidos los guías y porteadores del lugar.

Estando en la zona selvática apareció una manada de elefantes más pequeños que los locales llaman “enanos”. Los indígenas le recomendaron que no hiciera ruido y que esperase instrucciones. Bajo ningún concepto debía disparar antes de que llegara el momento oportuno.

Pero el alemán cogió su potente fusil y, nervioso, apretó el gatillo sin estar en el momento ni en la posición deseable y sin apuntar debidamente lo cual originó una estampida que tuvieron la suerte de que nos les afectara.

Se quedaron solos el aprendiz de cazador, los nativos y una cría de elefante que se había despistado y no pudiendo seguir a los suyos a partir de ese momento, no se separó del intrépido cazador.

Los ayudantes le llevaron junto con el elefante al poblado donde ejercía Luis. No sabiendo que hacer no se les ocurrió otra cosa que dejar a ambos en el Hospital.

Recuerda mi amigo como se vieron obligados a cuidar del animalito que pesaba unos 80 o 100 kg. Y es que, tras denunciar la situación a las autoridades, tuvieron que esperar una temporada a que se solucionaran los problemas burocráticos y poder entregar a la bestia para que fuera debidamente integrada en una manada en la selva.

No puede olvidar como se vieron obligados a fabricar un biberón de gran tamaño y a alimentarle con leche, por suerte abundante como todo lo que da la naturaleza en la zona. Le enseñaron a coger el biberón con la trompa y servirse él mismo.

Guarda alguna foto con el elefante que me mostró con nostalgia de lo que representó el animal y ese país para él.

 

CONOCER A LOS DICTADORES

Su estancia en Guinea coincidió con el mandato de dos presidentes, tío y sobrino, ambos dictadores que han gobernado el país con puño de hierro desde su independencia.

El primero, inculto y cruel, tuvo conocimiento de lo muy querido y famoso que era el doctor lo que le generó un profundo sentimiento de envidia.

Pensaba que tenía que hacer algo para demostrar que, a pesar de sus mayores conocimientos y humanidad, Luis era menos que él.

Sucedió que el dictador tenía una residencia de verano en una finca en la segunda ciudad en la que estuvo solo unos meses mi querido amigo.

Le mandó llamar para retarle a un partido de tenis al que iban a asistir autoridades, prensa, “pelotas” varios, etc. Luis tuvo la suerte de que este deporte no era su fuerte y no tuvo que hacer ningún esfuerzo para perder, cosa que no hubiera hecho si hubiera podido ganar en cuyo caso se teme que podría haberlo pagado muy caro.

Fue fácilmente derrotado, por tanto, y todos los medios se hicieron eco de la noticia. El Presidente había quedado por encima del médico. No podía ser de otra forma.

Al segundo presidente le conoció con otro motivo. Había enfermado y le habían dado un diagnóstico bastante duro. Mandó llamar al “afamado médico español” con la orden de que nadie le avanzara la enfermedad que le habían dicho que padecía.

Luis coincidió con su colega en el diagnóstico y en el tratamiento a seguir. Por suerte y por conocimientos, esto hizo que ambos salieran muy bien de la prueba.

Este segundo caso no le sirvió para nada cuando le detuvieron y le hicieron salir del país.

 

 

LA FINANCIACIÓN DE SU CLÍNICA

Por fin había llegado a Bata, la ciudad principal, su destino ansiado. Tenía unos ahorros y podía montar una clínica propia. Y así lo hizo. Luego, cuando le echaron del país, allí quedó enterrada, sin ninguna compensación para él y sin posibilidades de venderla ni mantenerla. Una especie de “nacionalización” sin indemnización

En la ciudad como en todo el país había tres tipologías de habitantes básicamente:

  • Los militares y los extranjeros, normalmente mandos o mano de obra cualificada de la industria, especialmente maderera, que había en la zona. Claramente eran los que más ganaban.
  • Los aborígenes que trabajaban para estas industrias o vivían indirectamente de ella así como los comerciantes y los funcionarios. Eran de clase inferior a los anteriores.
  • Los aborígenes que vivían de la abundancia de la selva y de sus cultivos y que no tenían dinero ni conocimientos.

Para atender a sus pacientes, los dividió en tres clases:

  • Los más ricos para los que creó una iguala. Les dio ciertos privilegios como las mejores habitaciones cuando necesitaban hospitalización y revisiones preventivas periódicas. Pagaban mensualmente y bien por ello. Esta era su principal fuente de ingresos.
  • A los trabajadores les cobraba una cantidad mínima por cada consulta que les hacía. Tan apenas cubría gastos.
  • Los que no tenían medios y, por tanto, casi nunca cobraba nada. Eso sí, como el Hospital tenía sus limitaciones, si hacía falta les pedía que trajeran algo de comida para consumo propio durante su estancia. Incluso si la clínica estaba llena, llegaba a solicitarles que vinieran con un “colchón”, si lo tenían.

El país era pobre en el sentido occidental de la riqueza. Pero nadie pasaba frio por el clima ni hambre por la abundancia de la naturaleza. En la selva era fácil encontrar frutos y raíces comestibles (ellos las conocían) y cazar animales.

Estando con Luis me enseño una foto de una especie de armadillo que abundaba en la zona. Le dije, qué bonito es y me contestó: si, y no veas lo bien que sabe.

Me reconoció que le gustaba probar lo que comían y bebían los locales. Ha comido carne de casi todos los animales. Me ha mencionado entre otros la carne de mono, leopardo (no le gustó), serpiente, diversas clases de insectos, etc.

(continuará)

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