AMIGO LUIS (segunda parte) 1


LOS BRUJOS

Cuando empezó a visitar los poblados más lejanos, los aborígenes habían oído hablar de los médicos, pero muy pocos habían conocido uno.

Por ello, los brujos, los chamanes, eran los que ejercían su particular medicina con la población. Y en ocasiones con buen resultado. El poder de la mente es muy superior a lo que pensamos, me decía Luis.

Aprendió a convivir con su existencia. Era necesario que se llevasen bien.

Una de las cosas que hacía cada vez que se desplazaba era desparasitar a los niños. Esto era algo muy bueno y satisfactorio para ellos y los brujos no tenían costumbre de hacerlo. Le resultó de gran ayuda para lograr que confiasen en él. Era tan gratificante para las criaturas, les ponía tan contentos y se alegraban tanto los padres…

Con el tiempo se llevó a uno de estos brujos a su hospital. Era el más influyente ante los indígenas, el que mejor comunicaba y el que se había hecho más amigo suyo y, por tanto, el de más confianza para todos.

Le dio empleo como cocinero. Lo hacía bastante bien. Además, Luis le permitía en ocasiones que acompañara sus medicaciones con algunos conjuros y bailes. Incluso, con brebajes que sabía que eran inofensivos. Con ello lograba que los más reacios confiaran en la medicina.

Pero también supo de algunos que, como el Dictador, practicaban la magia negra. Supo de una joven que decían que había muerto por los conjuros de un chaman. Le resultaba difícil de creer.

Un día se personó en la Clínica un indígena fuerte y sano. Había hecho un largo recorrido acompañado por algunos familiares. Un brujo le había dicho el momento en el que iba a morir en unos días. Venían a intentar que el médico hiciera algo.

Le hizo, dentro de sus posibilidades, todo tipo de análisis y reconocimientos. Le dijo que no tenía que tener ningún miedo, que estaba de maravilla. Por si acaso, le internó para someterlo a vigilancia médica.

El paciente, según se acercó el momento, se fue apagando. Murió en el mismo instante que le habían anunciado. Sin sufrir ninguna enfermedad.

 

LA SANTERA

Era frecuente encontrar gran número de niños en los poblados que visitaba. En cada familia era normal uno por año mientras la mujer fuera fértil. No todos sobrevivían a los primeros años de vida. La mortalidad infantil en Guinea en aquella época era muy alta. Eso produjo una fuerte bajada de población en los tiempos de Macías.

Pero en uno de los lugares que visitaba le pareció que el número de niños que llegaban a cumplir su primer año de edad era realmente bajo. Y preguntó por las costumbres para saber qué era lo que pasaba.

Lo que ocurría es que una de las habitantes del poblado había estado una temporada con unas misioneras. Se había impregnado de las creencias y las había sumado y mezclado con sus supersticiones y convicciones originando un coctel explosivo.

A partir de su regreso al poblado, había empezado a hablar de sus nuevos conceptos religiosos a sus también supersticiosos vecinos. Les había enseñado que los niños, nada más nacer, deben de ser bautizados y así podrían ganar el cielo, especialmente si morían pronto.

Con pocos días de vida cogía al bebé e iniciaba su particular rito bautismal para lo cual, agarrándolo por los pies, lo sumergía en su totalidad en una inmunda charca durante unos segundos. Eso les hacía ingerir agua en malas condiciones.

Muchos de ellos fallecían a los pocos días por las infecciones que cogían. Según la santera, Dios, viéndoles tan puros, les había llevado antes a su seno. Por ello, era una suerte lo que estaba pasando.

No pudo convencer a los indígenas ni a la santera del problema que tenían. Tuvo que ponerlo en conocimiento de las autoridades locales que persuadieron ”amablemente” a la santera, Luis no quiso saber el método, para que cambiara sus costumbres. A partir de entonces los bautizaba con un poco de agua más o menos limpia sobre sus cabezas.

 

LAS CELEBRACIONES

Por cualquier motivo se organizaba una fiesta, una celebración. Y la llegada del médico era uno de los motivos más importantes. Se convirtió en habitual que hubiera una celebración cada vez que les visitaba. Primero pasaba consulta y luego venía la juerga.

En ella los aborígenes bailaban y tocaban sus instrumentos mientras cantaban alrededor de una hoguera. Me comenta que tenía que tener mucho cuidado ya que, una vez todos metidos en harina, había algunas costumbres que se imponían: los alcoholes destilados por ellos mismos, los alucinógenos y el ofrecimiento de las jóvenes cosa que, incluso, estaba bien vista por sus familias si el receptor era el médico, cosa con la que discrepaba, como es normal. La libertad sexual, el folleteo según Luis, estaba al alcance de quien quisiera especialmente en estas fiestas.

En uno de los poblados los nativos acostumbraban a morder la raíz de una planta de la zona y tras ello entraban en éxtasis. Le propusieron que se llevara un trozo. Dado que no estaba acostumbrado a ella, le recomendaron que la primera vez metiera una pequeña cantidad en una botella de bebida alcohólica y la guardara un tiempo para disfrutarla en alguna celebración muy especial.

Cuando volvió al hospital puso un trocito de raíz dentro de una botella con whisky y la almacenó hasta la cercana Nochevieja. Ese día, después de las campanadas, bebieron los que allí estaban un chupito del líquido resultante. Estuvo “colocado” 24 horas. Recuerda que tenía una pesadilla continua: su habitación estaba llena de osos perezosos que se le subían por todas partes. Lo pasó muy mal. Fue terrible, me dice.

En las fiestas de la ciudad donde vivía eran habituales las actuaciones de un afamado saltimbanqui con un largo tronco de árbol pulido y engrasado que ponía vertical. Su número consistía en subirlo haciendo diversas cabriolas, especialmente en la zona superior.

Recuerda con pena como en una de estas exhibiciones, estando el actor en lo más alto, el tronco se partió, cayó al suelo y se mató. Aunque estaba presente, no pudo hacer nada por salvarle.

Fue sustituido por su propia hija que se había provisto de un tronco nuevo.

(continuará)

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