AMIGO LUIS (primera parte) 3


INTRODUCCIÓN

Se podría decir que Luis fue mi gran amigo cuando teníamos de 15 a 18 años. Pero ha sido mucho más. Ha sido mi gran amigo siempre. Aunque la vida nos separara y estuviéramos unos 30 años sin vernos y sin saber el uno del otro. Y es que, ahora, separados por más de 500 km y con vidas totalmente diferentes, las pocas veces que nos vemos sabemos que seguimos siendo amigos.

Hace unos meses visité a Luis en su residencia próxima al pueblo de Teruel donde ejerció sus últimos años como médico. Recorriendo con él los preciosos emplazamientos de la Comarca de Gúdar he conocido de primera mano el cariño inmenso que le tienen sus antiguos pacientes.
Si esto es así en un país como el nuestro, es fácil imaginar lo que habrá sido en los del tercer mundo en los que ha ejercido su profesión: Guinea, Mauritania y Guatemala.
Lo aquí escrito es parte de las anécdotas e historias que me ha contado. Espero no haber reflejado algo incorrectamente.

PERDERSE EN LA SELVA

Su primer destino como médico colaborador fue Guinea donde llegó al principio de la década de los 80 del pasado siglo.
Empezó en una ciudad de unos 2.000 habitantes, capital de un distrito de unos 65.000, situada a lo largo de una playa rayando con una inmensa y tupida selva.
El dictador Francisco Macías, enemigo acérrimo de todo lo que le recordara a España, tenía acuerdos de colaboración con la URSS, China, Cuba y Tanzania entre otros países, lo que le garantizaba su permanencia en el poder a cambio de que explotaran las riquezas de su país que hasta su llegada al poder habían estado gobernado por militares y administrado (o expoliado) por empresarios tanto hispanos como norteamericanos principalmente.
Los soviéticos le enviaban médicos a los que Luis define como cómodos, prepotentes y con escasos conocimientos. Los peores de sus Universidades, sin duda.
Los chinos enviaban medicinas de mala calidad en general, nada comparables con las que disponíamos en occidente.
Estos países “amigos” también aportaban ayuda militar y algunos técnicos en la materia.
El Hospital al que Luis fue destinado estaba situado en un extremo de la playa a lo largo de la cual estaban las moradas de sus pobladores. Estaba siendo atendido por un ruso que nunca había salido del poblado para ver enfermos. El centro médico más cercano estaba a más de 75 km. de distancia con una cerrada selva por medio en la que había aldeas muy humildes y retrasadas, con muy malas comunicaciones.
El centro hospitalario tenía la suerte de contar con una enfermera europea experta, buena profesional y con conocimientos.
Nada más llegar tomó el relevo. Tras hacer una revisión a los enfermos de la población y de dejar todo preparado, pidió que le dibujasen un sucedáneo de mapa con los poblados situados en su ámbito de actuación y la mejor manera posible de ir a visitarlos.
De esta forma alternaba la atención hospitalaria con los desplazamientos. A las poblaciones más cercanas iba andando cada poco tiempo, a los poblados con rutas de hasta 100 km de recorrido en unos 4 o 5 días una vez al mes en un viejo Land Rover y cada trimestre en el mismo trasto se desplazaba a los más alejados en viajes de unos 15 días de duración.
En uno de sus primeros desplazamientos largos, ya por la tarde, el viejo vehículo se averió. No pudo o no supo arreglarlo. Cogió el maletín, metió el mínimo necesario de medicinas y de artilugios y el rudimentario mapa y se puso en marcha hacia la siguiente población. Pero se echó la noche encima y aún había llegado a ningún lugar habitado.
Pensó: “si sigo andando posiblemente me perderé y seguramente los animales me atacarán. Si me quedo aquí no me perderé pero probablemente caiga en las garras de las fieras.”
Y decidió: dado que de las dos formas puedo morir, lo mejor es que la parca me coja descansado. Se tumbó y plácidamente se quedó dormido. Ningún animal le molestó.

 

LA VIVIENDA

Como he contado, el poblado en el que tenía su sede estaba encajonado entre el mar y la selva. El humilde Hospital se hallaba en el extremo sur del arenal mientras la vivienda del médico, que era la mejor, se situaba en la otra punta, en el extremo norte.
El centro hospitalario tenía adosada una pequeña cabaña que Luis consideraba suficiente y la veía más conveniente para vivir y poder atender las necesidades y urgencias hospitalarias. Pero llevaba poco tiempo allí y aún no sabía que debía hacer para cambiar de residencia. A él le habían asignado una y, en principio, ahí debía vivir.
Al poco tiempo de estar allí llegó una nueva autoridad militar para el distrito. Enseguida deseó ocupar la residencia de mi amigo por ser la mejor. Decidió que tenía que convencerle por el método que hiciera falta. Para hablar de ello le citó en el barracón que se utilizaba de escuela.
Allí le sentaron en un pupitre de niños, en tanto que el nuevo mando, junto con el jefe de policía, el alcalde y el juez, todos ellos sumisos al militar, se subieron al estrado. Como en un juicio sumario pero con buenas maneras. Había que intimidar.
El recién llegado le soltó un sermón intentando convencerle para que le cediera su residencia sin oponer resistencia. Luis escuchó en silencio todo lo que le dijo. Cuando acabó de hablar el nuevo mando, mi amigo se levantó y le contestó:
“Yo también prefiero que usted ocupe la vivienda en la que estoy y que yo pase a la cabaña junto al Hospital. Como coincidimos, creo que encontraremos una solución. Ahora bien, tengo este documento, dijo mientras lo sacaba del bolsillo y lo enseñaba, en el que me dicen donde debe residir el médico. Y entre las firmas está la del Presidente. Yo les agradecería que hicieran todo lo posible por lograr el cambio.”
La nueva autoridad miliar y sus acompañantes al ver la firma del Dictador primero se cuadraron y luego le pidieron a Luis que olvidase la conversación y que no se la contase a nadie.
Los algo más de 2 años que estuvo en esta población permaneció en la misma residencia. Sabía que no era posible otra alternativa sin el consentimiento del que mandaba.

 

(continuará)


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