Ararat


Al sur del Elbruz, máxima elevación de Europa, el monte Ararat yergue sus 5200 metros en el Kurdistán turco, cerca de un enorme lago. Como su hermano mayor se encuentra prácticamente a caballo entre los mares Negro y Caspio. Casi solo en la llanura, recibe los vientos sin ninguna protección intermedia. El Ararat se encuentra en un complicado enclave geoestratégico, en el extremo este de Turquía y al norte de Siria e Irak, muy cerca de las fronteras con Armenia, Georgia, Azerbaiyán e Irán. Inicialmente armenio, los turcos se apoderaron de su territorio y hoy sigue rodeado de una fuerte presencia militar en una zona que, a pesar de ciertas restricciones, es posible visitar con cierta seguridad.

Estambul, entre la tierra y el agua, entre oriente y occidente, nos recibió bellísima, un atardecer de finales de abril. La basílica de Santa Sofía y la Mezquita Azul aparecían iluminadas entre la noche y el día mientras multitud de luces prendían a orillas del Bósforo. Teníamos los días contados, el tiempo justo; viajábamos de esa única manera que, al parecer, los occidentales sabemos hacer las cosas: con prisa. El ambiente que pudimos sentir era bullicioso, pero no apresurado ni impaciente; Estambul es cosmopolita, mestiza, amable. Testigo de épocas y acontecimientos universales, nos daba la impresión de no importarle nuestro paso fugaz, si bien parecía sugerirnos que merecía la pena buscarse alguna excusa para una próxima visita. Alguna otra montaña o ¿Por qué no? cualquier otro motivo. La Torre Gálata, que no visitamos, fue una buena referencia para quedar –tuvimos que tomar varios taxis- lo que nos permitió dar un paseo por el puente sobre el Bósforo antes de cenar. Fueron los únicos momentos de tiempo apacible hasta nuestro regreso. Al día siguiente, temprano, un largo vuelo interior nos depositó en Van, desde donde, en medio de una fuerte lluvia, nos desplazamos por carretera hasta Dogubayazit, al pie de “nuestro” monte. Sabemos que está muy nevado, sabemos que el paisaje es sobrecogedor, pero apenas podemos apreciar una corta distancia en derredor de la carretera, lo poco que las nieblas y las brumas nos permiten. El tiempo es pésimo, la predicción, también.

“Voy a exterminar al hombre que creé sobre la haz de la tierra; y con el hombre a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho… Voy a arrojar sobre la tierra un diluvio de aguas que exterminará toda carne que bajo el cielo tiene hálito de vida…”

Por momentos, dudamos de la promesa hecha por Yavé de no volver a enviar otro diluvio. Y dudamos mucho más de nuestras posibilidades de éxito en la montaña. Sólo disponemos de un día de margen antes de volver a embarcar nuevamente en Van con destino Estambul.

Estuvo lloviendo sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches… Acordóse Dios de Noé… e hizo pasar un viento sobre la tierra. Cerráronse las fuentes del abismo y las cataratas del cielo. Comenzaron a bajar las aguas al cabo de ciento cincuenta días y el día veintisiete del séptimo mes se asentó el arca sobre los montes de Ararat.

Borrón y cuenta nueva, acabar con todo y empezar otra vez desde cero, ¿Quién no ha sentido alguna vez ese deseo? No es de extrañar, por tanto, que el Diluvio Universal fuera tan universal que no sólo aparece en la Biblia, sino en varias religiones y culturas. Seguimos confiando en la promesa de Yavé y, considerando imposible otro diluvio continuamos a nuestro ritmo como si no pasara nada, como si con esta lluvia pudiéramos subir al Ararat. Compramos la poca comida necesaria y, al día siguiente la furgoneta nos deposita en las laderas de un monte que, aún no vemos. Continuamos a pie con nuestras cargas colocadas a lomos de unos cuantos caballos. El arriero, cuyo nombre ya no recuerdo, exhibe una tarjeta de visita que lo acredita como “propietario” del monte Ararat.

Ladera arriba, nos envuelve la niebla. Afortunadamente llevamos un guía local cuya contratación es obligatoria. La lluvia ha quedado atrás, ahora nieva con fuerza. La montaña se encuentra nevada hasta por debajo de donde vamos a instalar nuestro campamento base, a 2900 metros en la vertiente meridional del monte.

El día siguiente parece querer ofrecernos una cara mejor. Las nubes continúan cubriendo el cielo, pero no nieva y podemos ver una buena parte de la montaña. Ascendemos con esquíes de travesía. A pesar de movernos a una altitud modesta, vamos despacio, sintiendo la falta de aclimatación. A 3800 metros, montamos las tiendas con un tímido sol en medio de la pendiente nevada.

A la hora de la cena, nieva con fuerza. Ha nevado durante toda la tarde, y sigue haciéndolo durante toda la noche. Amanece y sigue nevando. Avanza la mañana y nieva más, el espacio dentro de las tiendas se va reduciendo por el peso y la acumulación de la nieve. Salimos varias veces a quitar nieve con las palas. Anochece y sigue nevando. Ayer consumimos casi toda la comida que teníamos, pero aún nos queda ese mínimo margen que nos concedimos: un único día, un día de más para poder cuadrar todos los enlaces durante el viaje de regreso. Día de aburrimiento, día de hambre, día tedioso. Mañana, cuando amanezca, casi con seguridad, deberemos recoger todo y abandonar esta montaña.

Pero después de anochecido, con la última mirada antes de disponernos a dormir, se abre un hueco a la esperanza. Allá arriba, rodeadas por las nubes asoman algunas pocas estrellas. Nos levantaremos a mirar a eso de las tres de la mañana. La moral está muy baja, como suele estar después de un día de inactividad y ayuno forzados, como suele estar cuando uno se encuentra inmerso en la adversidad. Pero a las tres de la mañana sigue sin nevar y se ven cada vez más estrellas ¡Nos vamos hacia arriba!

La ladera gana algo de inclinación pero sigue más bien suave, de modo que, a pesar de la gruesa capa de nieve recién caída, aún no llega a hacernos temer riesgo de avalancha. A 4500 metros el terreno cambia. Se dejan notar los efectos del viento y debemos cambiar esquís por crampones. Afloran enormes rocas que, por estar situadas en zonas habitualmente batidas por el viento, se encuentran tapizadas por la nieve que se deposita sobre ellas con formas muy parecidas a coliflores.

El día sigue bueno, despejado, con el viento casi en calma. Alcanzamos una antecima redondeada a la que un amplio collado separa de la cima principal del Ararat. Seguramente, menos 100 metros de desnivel. El viento se deja sentir, todavía suave mientras por el medio del collado que separa ambas prominencias, observamos un auténtico chorro de nieve. Es un espectáculo curioso y nos da la impresión de que hasta llegar a él estaremos protegidos del viento que lo provoca. Después, la cima también está a salvo. Pronto entramos en el chorro de ventisca sintiendo cómo cambian las condiciones: el viento desasosiega e intensifica el frío, que se cuela por todos los rincones de nuestras prendas.

La pendiente es muy suave, aceleramos el paso para salir cuanto antes… y no lo conseguimos. El viento arrecia a la vez que amplía su radio de acción. Ahora ya alcanza y sobrepasa la cima. Su fuerza es tal, que en algún momento nos hace temer que quizá, no podamos regresar por el mismo lugar, sino dando la vuelta por la vertiente opuesta de la montaña. Llevamos las manos heladas a pesar de que la suave pendiente nos permite avanzar con rapidez.

Por fin, unos pocos metros por encima, como formando un balcón encima de una buena plataforma, la cumbre del monte Ararat. Nos impresiona la fuerza del viento; no nos atrevemos a sacar las manos heladas de los guantes para hacer una foto. Las últimas las tomamos atravesando el collado, cuando el viento y el frío no eran tan intensos. No queremos prolongar nuestra estancia en esta cumbre sencilla y seria, suave e inhóspita que, ni por asomo sospechamos, nos iba a exigir tanto esfuerzo.

Las nubes vuelven a envolvernos con rapidez, enseguida nevará. Por debajo de nosotros, las llanuras de Anatolia, que tampoco ahora podemos ver y casi dos mil espléndidos metros de descenso sobre esquíes.

(colaboración de Juanjo San Sebastián)

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *