VIAJE A PERÚ (II). Arequipa y Colca


AREQUIPA
Colaboración de J.A.A.

Me ha encantado Arequipa, su centro histórico es precioso, la ciudad blanca, entre que está construida con piedra de sillería blanca procedente de un volcán de la zona y que estuvo llena de españoles en la época colonial, muy blanquitos a diferencia de la población local muy morenos debido a la altura y al viento.

Arequipa tiene una Basílica-Catedral monumental con una fachada principal muy a lo ancho, seguramente de las más anchas que yo haya visto y con unas torres muy altas.

Delante tiene una Plaza de Armas, como se llaman todas las plazas principales en Perú, llena de vida, con todo el pueblo: pequeños, grandes y medianos allí reunidos, da gusto verlos.

Estuvimos en el Convento de Santa Catalina, ¿era un convento? Los que yo había visto antes tienen alrededor de un claustro una serie de celdillas, por el tamaño, que apenas tenían espacio las monjas para sí. En este no, eran como si fueran una serie de apartamentos en calles que iban uniendo plazas-claustros con espacio algunos de ellos para dos o tres novicias y cocina espaciosa para uso personal, el conjunto resultó espectacular. De todas formas, que los nobles encerraran de por vida a sus hijas, si no encontraban un buen marido para ellas, desde estos tiempos nuestros resulta aterrador.

En Arequipa se nota y mucho que es ciudad universitaria y había mucha gente joven por las calles, hasta nos encontramos a un músico callejero que era de Bilbao, ya se sabe los de Bilbao…

Cenamos en un restaurante muy bonito, y muy bien atendido por dos chicas muy amables y muy buenas profesionales.

Creo que un día más en Arequipa hubiera sido mejor.

 

 

 

 

VALLE DE COLCA
Colaboración de J.I.

Día 1

Salimos en bus de la bonita Arequipa (qué pena no haber estado un día más) con nuestra guía para la ocasión, Janira, y al poco rato paramos para ver desde un ¿mirador? no preparado para tal fin los volcanes Chachani y Misti, imponentes con sus cráteres nevados.

Nos explicó Janira la ruta que íbamos a seguir hasta los magníficos valle y cañón de colca que nos disponíamos a visitar. Nos habló de las alturas que nos esperaban y de la forma de aminorar su influencia en nuestro organismo. Nos sugirió masticar coca como hoja o en caramelos y beber mucho líquido. Lo primero resultó contraproducente en mi situación de hipertenso ya que me subió la tensión hasta niveles no deseables.

Teníamos en nuestro recorrido algo muy importante a nuestro favor: acababa de terminar la época de lluvias. Los ríos llevaban agua, mucha, y todo estaba muy verde y florecido. Realmente bonito. Y nos movimos por una carretera muy poco transitada y bien asfaltada.

Atravesamos en nuestro camino la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca. Vimos llamas, vicuñas y alguna alpaca. Paramos en una zona donde estaban concentradas, sin duda para los turistas, ya que iban adornadas a pesar de estar en el campo.

La siguiente parada fue en el Mirador de los Andes en el valle de Chúcara, casi a 5.000 metros de altura desde donde se divisan los montes más altos de la Cordillera Chila. Algunos/as estábamos “tocados” por el soroche. Nos hicimos unas fotografías con el paisaje de fondo y a seguir.

Comimos en un poblado muy pequeño y poco preparado para el turismo, el único de la zona, Chivay. Comida muy floja. Y de ahí al hotel. En la carretera, en un pequeño alto, el autobús nos paró para que viéramos el resort donde íbamos a dormir. Junto al río, un complejo muy bonito con magníficas instalaciones que pocos pudieron disfrutar, entre otras cosas porque hacía fresquito y, a ratos, llovía.

En recepción a unos/as cuantos nos dieron oxígeno. Uf, mal panorama. Rosa y Jesús, como no, estaban magníficos e, incluso, disfrutaron de aguas termales al aire libre antes de que se pusiera a llover.

En la cena se notó el “parte de guerra”. Al menos una persona se quedó en cama y cuatro cenamos un menú especial, muy suavecito.

Día 2

Nos esperaba otro día duro por la altura y precioso por el recorrido. Seguíamos por encima de 4.500 msnm. Por suerte los tocados estábamos bastante mejor tras el descanso Y eso que nos habíamos levantado muy temprano.

Primero fuimos a la Cruz del Cóndor, viaje de ida y vuelta. Por el camino paramos en un pueblecito del que no recuerdo el nombre donde vimos a unos paisanos (no más de 10) que bailaban alrededor de una fuente, una danza tradicional de la zona, y la fachada de una Iglesia afectada por un terremoto, apuntalada, en fase de esperar dinero para su restauración.

Seguimos hasta la mencionada Cruz del Cóndor. Es un magnífico mirador en el impresionante Cañón del Colca, uno de los más grandes y profundos del mundo. Había gente, no mucha, menos de 200 personas. Como hay bastantes zonas desde las que intentar divisar el vuelo de esta mítica ave, no tuvimos ningún agobio. En total recuerdo haber visto seis vuelos (puede que alguno fuera de la misma ave). Estuvimos un buen rato. No se hizo largo.

Volvimos hacia atrás parando en otro mirador, esta vez sobre el valle, junto al punto donde empieza el cañón. Magníficas vistas. El rio con bastante agua, todo el paisaje verde, terrazas de cultivo al estilo inca, zonas de minería…

  • Janira nos explicó el funcionamiento de las minas de la zona y como bastantes de ellas eran explotaciones no reguladas.

Paramos en una pequeña población, Maca, con una Iglesia bastante original. Me sorprendieron los espejos en las columnas de los altares. En otras Iglesias veríamos más.

 

Volvimos a Chivay, a comer. No hay otra población alternativa. Tras la experiencia del día anterior, la organización había decidido cambiar de restaurante a uno que estuvo bastante mejor aunque tampoco fue una maravilla. Tras la comida, un paseo por la plaza del pueblo, con poco que ver, y a seguir hacia Puno en un recorrido bastante largo de casi 300 km. (más de 4 horas). Para amenizarlo pedimos que nos pusieran alguna película de video en la tele del autobús. Solo tenían dos “piratas”, muy malas. Gracias a los comentarios de Ivonne y Carlos la elegida nos resultó amena.

Unos 40 km antes de llegar a Puno atravesamos la muy comercial y deteriorada ciudad de Juliaca. Pasamos por la zona de mercadillo junto a las tapias de una Universidad Privada. En ellas había rótulo que decía más o menos: “Propiedad privada. No se acerque. Permiso de disparar”. No parecía que fuera para tanto.

Por fin llegamos al magnífico hotel Libertador de Puno, construido en una isla flotante del lago Titicaca, con su embarcadero privado. Unos cuantos estábamos tocados por el mal de altura que, en mi caso, se sumó a una subida de tensión por masticar y tomar tanta hoja y caramelo de coca. Tocaba consumir oxígeno. Y para tres de los viajeros, llamar al médico.

Antes de partir hacia Perú, un compañero experto montañero me había comentado los tres remedios que hay contra el mal de altura y todos empiezan por la letra “b”: bajar, bajar o bajar.

 

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