Blanca fría y dura, la escarcha se incrustaba sobre la hierba, las aceras y los pocos coches que había; subía por las paredes y se adentraba por los quebrados cristales de la casa hasta las habitaciones de nuestro piso. Se paseaba sobre las huérfanas camas y se incrustaba en las finas mantas, traspasándolas y encogiendo los cuerpos que bajo ellas reposaban. Gemía el aire y la oscuridad se envalentonaba. Los cuerpos se juntaban contra el frío, fundiéndose.
El suelo temblaba al amanecer, como si los primeros rayos de luz caldearan el ambiente. Entonces, aun tiritando, se levantaba ella; dejaba el cuerpo encogido de su hija bajo la manta, que estaba doblada sobre su cuerpo para estorbar a las cuchillas de escarcha.
Aquella mujer era baja de estatura, aunque no menguaba en el trabajo; era delgada, con sus pómulos marcados en el rostro y los relieves de sus venas en las manos. Se recogía el pelo en un hermoso moño que sujetaba con tres horquillas bien colocadas. Solía llevar un vestido de color azul oscuro con lunares blancos y unos pendientes que le había regalado el joyero por haber cuidado de su madre; era lo único de valor que tenía y le gustaba lucirlos. Fregaba escaleras y los suelos de los pisos para ganarse el sustento, le gustaba la sopa de ajo. Vivía con una de sus hijas, la que tenía doce años, la mayor. Esta solía salir a la calle para buscar algo de comida en las colas de racionamiento, había aprendido a regatear con los estraperlistas y buscaba trabajo; como todos.
La madre, cuando me vio, bajó los ojos, agachó la cabeza y se retiró hacia la cocina dejando caer un “buenos días” lánguido, casi imperceptible; era época de miedos y recelos. Al igual que los ratones, cuando algún ruido fuera de lo normal rompía la monotonía del lugar, ella se escondía en su cuarto, cogía un rosario que siempre guardaba en el cajón de la mesilla de noche y se ponía a rezar. Ahí, sobre esa pequeña mesilla, junto a la cama donde dormían las dos, madre e hija; había una pulida y bien cuidada concha de ostra. Todas las mañanas la limpiaba y volvía a dejar sobre la mesa de noche con mucho cuidado, como si fuera una delicada porcelana. Quizás fuera un recuerdo de su marido, el cual, al parecer, había desaparecido en el frente de Otxandiano; o de su hijo, preso en un campo de trabajo en Zaragoza; o de alguna de sus otras tres hijas que envió a Inglaterra por seguridad; o quién sabe, lo cierto es que trataba a la preciada concha con un cariño especial.
Un día la vi en su cuarto, hablaba con la concha en la oreja, como si el caparazón del mar fuera un teléfono inalámbrico. Estaba en camisón y miraba hacia la pared escondiendo su rostro. En ese momento pensé que había perdido la cabeza; que todas las circunstancias que la estaban rodeando y alterando la vida, habían desbordado su razón. No era de extrañar, de su familia solo estaba ella, la hija mayor, el miedo y esa pequeña esperanza de poder volver algún día al ayer.
Ciertamente, hablaba con la concha convencida de que estaba conversando con el hijo que se encontraba solo en aquel campo de Zaragoza. Sufría por temor a que le pasase algo. Luego comentaba con su hija la conversación que había tenido. Una niña de doce años que debía soportar la esquizofrenia de su madre y la ausencia del resto de la familia. ¡Qué tiempos difíciles!, se popularizaba la soledad, la tristeza, el silencio y el desvarío.
La niña creía a su madre y respondía: alegre, cuando le contaba que su hermano estaba bien; triste, cuando su madre le decía lo contrario.
Últimamente tanto la madre como la hija parecían melancólicas, hablaban mucho por los bajines, se movían con recelo y callaban cuando alguien se les acercaba. Por lo visto, creían que su hermano estaba muy enfermo, que nadie le hacía caso, que no había médico que le atendiese ni medicina que le ayudase, que tenía muchos dolores de tripa, fiebre, sed y se retorcía de sufrimiento en su soledad.
Me preocupaba la chiquilla, pero no podía apartarla de su madre. Cuando estaba a solas con ella, yo le daba conversaciones triviales y ajenas a esos tiempos revueltos de la postguerra. Sin embargo, a ella se le iba la vista y los pensamientos, sin querer, a esas informaciones que venían de la concha. Era imposible, además de inhumano, apartar de su madre a la única hija que le quedaba.
Dos días después, llamó a la puerta el cartero; traía una carta para la señora. Todo fue muy formal. Firmó el recibí. Le tembló la mano, la vista y el cuerpo entero al ver que el remitente era el Hospital Militar de Zaragoza. No era una carta de su hijo, sino un documento oficial. Abrió el sobre entre el viento de sus espasmos y la fuerza de una curiosidad que la desgarraba por dentro.
Con voz de elefanta herida, dio un grito que arañó las paredes de la casa, golpeó el descansillo de la escalera, y recorrió todo el edificio haciendo temblar las puertas desde el último al primer piso. El vecindario salió por ver qué pasaba ante tal estremecedor alarido. “Lo han matado, han matado a mi hijo. Esos fascistas asesinos me han robado el hijo”. Y repetía “Asesinos”, “asesinos” corriendo escaleras arriba, corriendo escaleras abajo. Las venas se le hinchaban en la garganta, los ojos sobresalían descontrolados, en su rostro hervía la sangre y con sus manos se estiraba de los pelos. El cielo se cubrió de negro y el viento arreció contra los tejados. La del segundo piso salió tiesa y desafiante. Vociferando, amenazó a la quejumbrosa vieja, que la iba a denunciar por roja, mentirosa y por gritar asesinos a quienes daban su vida por salvar España. Enmudeció el silencio y la calma traspasó los peldaños de la escalera. En casa su hija estaba sola, tumbada en la cama bocabajo lloraba y temblaba como el agua hirviendo. En la escalera el aire tensaba las distancias entre los vecinos y el silencio, como una cuchilla afilada, hería a la madre afligida. Se oyó, entre la muda calma, una voz que desde el piso de arriba iba escaleras abajo “Pero no ve, señora, que ha perdido a su hijo”. Después volvió el silencio y todos se fueron a sus casas.
Entró la mujer en su cuarto, encorvada y tambaleante, no se pudo desahogar contra quienes se llevaron a su hijo, no se lo permitieron, y lloró en silencio junto a su hija y las finas mantas, contra las que apretaba su rostro para poder gritar en silencio.
Por la noche volvió la escarcha; subió las escaleras paso a paso, incrustando el frío blanco en cada uno de los peldaños, petrificando las humedades derramadas y cristalizando, como un diamante del pasado, la concha quebrada que reposaba en el suelo.
©Fernando Urien
Me gusta
11