EL REGRESO – Yangon (III)

Cuando diseñamos el viaje renunciamos a hacer de un tirón la vuelta desde Loikaw hasta Bilbao, con sus correspondientes escalas. Suponía hacer de forma continuada el desplazamiento por carretera hasta Heho, de ahí un vuelo a Yangon, esperar en su aeropuerto desde las 17:55 (teórica) hasta las 01:05 del día +1 y sumar los vuelos siguientes hasta Bilbao. Un horror. Preferimos tener un día libre en Yangon para descansar y hacer lo que quisiéramos.

La noche anterior, antes de dejarnos, San Yu negoció con el hotel que el check out se alargase hasta las 14:00 y que luego nos recogieran lasmaletas y las dejaran en consigna. Intentamos tener una habitación disponible hasta la hora de salida del avión con el fin de poder descansar pero no fue posible.

Tras desayunar nos encaminamos a buscar una equipación de basket para Gorka a la tienda que nos había recomendado nuestro guía. Les enseñamos un papel escrito por San Yu, nos mostraron camisetas y pantalones de futbol y unas cutre-camisetas que podían ser o no de baloncesto.

Le llamaron por teléfono y tras la oportuna conversación me transmitió que no había. Se ofreció a dejar a la familia y ayudarnos (me negué) y, finalmente, compramos por unos 8 € el equipaje oficial de la selección de futbol de Myanmar.

De ahí fuimos a Bogyoke Market o, como es más conocido, Scoot Market, lugar visitado el primer día de estancia en Myanmar. Lo recorrimos entero, sin prisas, buscando entre otras cosas una blusa que le había gustado a Bego en la primera visita pero… la habían vendido.

Hicimos algunas compras, pocas ya que teníamos muchos recuerdos adquiridos en otros lugares. Entre ellas un juego de 6 cucharas soperas por ser distintas a las que utilizamos aquí.

Sólo las hemos usado una vez como curiosidad.

Regresamos al hotel para meter las últimas adquisiciones en la maleta, tomar una ducha y hacer el check out.

Tocaba comer por libre y nos fuimos al centro comercial de lujo junto al hotel Meliá, el que habíamos visitado el segundo día. Había una razón muy poderosa. Oficialmente estábamos a 36º a la sombra, que yo creo que eran más, mucha humedad y costaba andar por la calle. Y allí el climatizador funcionaba a tope.

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Según nos acercamos, al fondo de la avenida, divisamos la Pagoda de Swedagon. El reflejo del sol en tanto dorado, su impresionante tamaño y su ubicación en lo alto de una colina nos volvió a impresionar.

Seleccionamos comida coreana, creo recordar, aunque de lo que más me acuerdo es del precio desorbitado que nos cobraron comparado con lo que estábamos acostumbrados. Parecía Bilbao. Claramente estábamos en zona de ricos.

El centro estaba lleno, especialmente de jóvenes pijos birmanos, de esa minoría  adinerada que hay en el país y a la que tantas veces me he referido. En el patio central vendían pisos de lujo de la urbanización del complejo, coches de alto nivel y, nuevamente, había demostraciones de un gym próximo.

Tomamos un café, dimos unas vueltas e intentamos salir. Propuse volver a la Pagoda de Shwedagon pero la alta temperatura exterior y que el sol caía a plomo no lo hacía nada recomendable. Retornamos al interior.

1024px-20200208_155339_Kyaikpun-Pagode_Bago_Myanmar_anagoriaTomamos alguna cosa más y un par de horas después volvimos en taxi al centro, a la avenida Sule, cerca del hotel Shangri – la. Paseamos por algunas calles, entre ellas unas de presencia mayoritariamente árabe, llenas de comercios y con furgonetas que hacían la labor de tienda.

Este barrio se distinguía porque a la suciedad habitual de los suelos le añaden más porquería.

Se me encendió la luz. Me acordé de que no muy lejos de la tienda de deportes donde habíamos estado por la mañana había visto de pasada lo que podría ser otra que vendiera este tipo de ropa. Allí nos fuimos.

Llegamos justo a la hora del cierre pero nos dejaron entrar. Subimos unas cuantas plantas y allí estaban las camisetas y pantalones deportivos buscados. Eso sí, el escudo del país y el nombre se vendían aparte. Creo que nos gastamos 5,60€ por todo y eso que era de marca, desconocida para nosotros, pero de marca. Talla XXL que equivale a una L aquí pero dada la altura media de los birmanos, no resultaba extraño. Supongo que Gorka, con su 1,80 de altura, podría haber sido pivot en su selección.

Fuimos otra vez a cenar al restaurante de la torre que menciono en el primer día en Yangon.

Esta vez todos salmón. De Tasmania. Nos supo riquísimo.

Retornamos al hotel donde esperamos a San Yu tomando por fin un Gin Tonic en el bar.

Como siempre llegó puntual, incluso un poco antes de la hora acordada. Nos llevó al aeropuerto, nos dejó en la fila de facturación. Le dijimos que se fuera tras darle una merecida propina y así lo hizo. Pero, cuando nos tocó facturar llegó el lío originado por lo que dejé caer en la descripción del trayecto de ida entre Bilbao y Hong Kong.

Yangon – Bilbao

El recorrido diseñado para la vuelta fue diferente al de la ida: Yangon – Hong Kong – Londres – Bilbao.

Cuando fuimos a facturar la azafata del mostrador se volvió loca. Le dejamos 6 bultos, tres por pareja, pero no había forma de que la máquina lo autorizara. Tras muchas consultas logró saber el problema. En el vuelo de ida habíamos llevado los trolleys de cabina con nosotros lo que había supuesto la facturación de cuatro bultos y British o su sistema o el control birmano, no lo sé, no nos dejaba facturar a la vuelta mayor número de bultos que a la ida. Los trolleys de cabina tenían que ir de nuevo con nosotros.

Tampoco nos facilitaron la tarjeta de embarque para el último trayecto, el de Londres a Bilbao.

Sabíamos que las maletas estaban facturadas hasta destino pero nosotros solamente teníamos el embarque hasta Londres.

Solucionado el primer tema, nos tocó pasar el control de salida de extranjeros con los pasaportes, visados, etc. y la comprobación de que nuestra entrada había sido por allí.

myanmar-104Embarcamos en el vuelo hacia Hong Kong justo al empezar el día siguiente. (01:05 – 05:00 con Dragonair, vuelo KA251). Esta vez el viaje fue muy placentero.

En el aeropuerto de Hong Kong nos tocaba esperar. Nos sorprendió que hiciera bastante fresco. Los comercios y las cafeterías estaban cerrados y como no había vuelos a esas horas, estábamos prácticamente solos.

Hasta las 07:30 no abrieron el primer establecimiento que nos iba a permitir desayunar en la terminal en la que estábamos. Fueron dos horas y media de cansada y aburrida espera.

El siguiente vuelo fue de Hong Kong a Londres con Cathay Pacific Airways CX257, 09:40 – 15:00 (horas locales, en realidad 12h 20’ de vuelo previsto).Es curiosa la vuelta que dio. La ruta seguida según vimos en la pantalla del respaldo del asiento anterior consistió en subir por Beijing, pasar cerca de Ulan Bator, continuar aproximadamente por el recorrido del transiberiano y tras rebasar los Urales por la zona  norte, superar la vertical de San Petersburgo, Copenhague y Ámsterdam para llegar a Londres.

Por cierto, estábamos entre la capital de Dinamarca y la de Países Bajos cuando un viajero que iba cerca de nosotros se puso enfermo perdiendo el conocimiento. Me temí una parada en Ámsterdam. Le llevaron a la parte final del avión y lograron que se recuperase enseguida. Aunque ralentizó el viaje.

En Londres tuvimos un incidente. El avión llegó con 25’ de retraso y, en teoría, teníamos solamente 1 hora para desembarcar, cambiar de terminal, obtener la nueva tarjeta de embarque, pasar los controles de seguridad y acceder al vuelo destino Bilbao.

Bajar del avión nos costó un triunfo. Iba lleno y nuestros asientos estaban bastante distantes de las puertas de desembarque.

En la salida del finger había una azafata de tierra llamándonos a gritos. Nos dio unas cartulinas con nuestros nombres para que agilizáramos el paso de seguridad y nos dijo que nos diéramos mucha prisa.

Con el equipaje de mano fuimos lo más rápido posible, nos colamos en la fila para pasar el control y al llegar al mostrador de Brithis nos encontramos con otra azafata de tierra que nos estaba esperando. Dijo nuestros nombres y, enseñándonos las tarjetas de embarque obtenidas por ella exclamó: “corran, corran, rápido, rápido”.

Fueron unos 2 km. por el aeropuerto de Heathrow corriendo como en las películas americanas. A toda velocidad. La chica solo decía: “rápido, rápido”. Y allí llegamos, a la puerta de embarque de… un vuelo a Barcelona. El de Bilbao lo habíamos perdido y directamente nos embarcaron en este si bien nos facilitaron allí mismo, en la puerta de acceso, las tarjetas de embarque de un Barcelona – Bilbao.

Subimos a un avión casi vacío y, cuando llegamos al aeropuerto del Prat lo hicimos con tiempo suficiente aunque ajustado para comer algo. Por cierto, qué precios: 3,65€ por una botella de medio litro de agua. Una barbaridad.

El avión a Bilbao, esta vez de Vueling, salió y llegó puntual. En lugar de estar en Loiu a las 19:00, estábamos a las 21:55. Por 5 minutos no tuvimos derecho a indemnización.

Sospechábamos que las maletas no habrían llegado. Y así fue. Fuimos al mostrador de Iberia y les contamos nuestra peripecia y la sospecha de que los bultos estarían en Londres ya que, suponíamos, no habrían tenido tiempo material para seguir el cambio de planes. Con el sistema de trazabilidad que tienen enseguida las localizaron. Estaban en Barcelona. Nos aseguró la señorita que nos atendió que ese aeropuerto y la compañía Vueling son conocidas por sus pérdidas de equipajes en el mundo que rodea a la aviación.

A la mañana siguiente nos las trajeron a casa sin problemas.

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