Loikaw – Heho (coche) – Yangon (avión)

Estar sin comer, alimentándome solo con “almax”, hizo que mi estómago estuviera en buenas condiciones cuando desperté. Un suave desayuno terminó con las molestias.

El día iba, en principio, solo de desplazamientos. Para empezar nos esperaba un largo trayecto por carretera (unas 4 horas) hasta llegar al aeropuerto de Heho y, desde allí, un corto desplazamiento en avión hasta Yangon.

Lo que no sabíamos es que, como habíamos madrugado, íbamos a tener como premio especial poder ver sitios realmente interesantes, dignos de tan extraordinario viaje.

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                         El camión

Antes de ponernos en marcha San Yu nos ofreció dos alternativas para el desplazamiento: la programada por el oeste, más sencilla de realización, todo carretera y paisaje en buena parte ya visto, o la ruta del este, desconocida para nosotros y que prometía ser interesante. Estaba claro: nos decidimos por esta; 186 kms. y algo más de 4 horas de coche más paradas nos esperaban.

Lo primero fue poner combustible. Llegamos a una gasolinera y, al lado, empezó a cargar un camión… no sé cómo explicarme. Aunque no es de buena calidad, mejor será que veáis la foto que saqué desde dentro de nuestro vehículo. Curiosa la vestimenta de su conductor.

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                   Último desayuno con churros

Era hora de re-desayunar, una vez más nos decidimos por un té con unos churros o porras que, como era habitual, hicieron delante de nosotros. Buenísimos, como siempre. La gente seguía siendo muy amable, siempre sonriente. Les saqué unas fotos a los “cocineros” y se pusieron tan  contentos viendo que unos extranjeros tomaban nota de sus habilidades que nos ofrecieron de todo lo que hacían.

Eso sí, la limpieza no les había visitado en los últimos tiempos.

Javi dijo que se iba al servicio a orinar. San Yu, que había ido antes, directamente le recomendó que intentara aguantar, que mejor que no fuera y que ya pararíamos al poco de salir del pueblo para que utilizara el campo como urinario.

Seguimos nuestro camino. La siguiente parada fue en uno de esos lugares que no crees que puedas encontrar nunca.

Situado a bastante distancia de las rutas turísticas habituales, prácticamente solo es visitado por los locales, especialmente en sus celebraciones en el mes de marzo. Además, se trata de una zona santa a la que los extraños solo podemos acceder si vamos acompañados por algún guía o por alguien local siempre que sean budistas practicantes y vestidos respetuosamente.

Está en tierra de nadie, a la espera de que cualquier despistado lo visite y se quede con la boca abierta. Se trata de las Pagodas de Kakku.

myanmar-192El complejo religioso lo forman más de 2.500 pequeñas estupas. Aparecieron ante nuestra vista perfectamente alineadas, casi todas diferentes, construidas en distintos momentos en la historia (las más antiguas se dice que son del año 300 a.C.), con pequeñas figuras rodeándolas y con infinitas campanillas al viento en su parte superior sonando continuamente en lo que representa un rezo interminable.

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                                       Buda muerto

Se podía acceder al interior de algunas donde había, como es habitual, representaciones escultóricas de Buda. En una de ellas vimos un conjunto diferente, casi único: Buda muerto rodeado de sus discípulos, destacando entre ellos su monje preferido, el único que logró que se encendiera la húmeda leña con la que le incineraron.

Pero no fue la última sorpresa del camino. Faltaba la Pagoda Hamsi. Podría haber sido una más pero no. Entre otras cosas me resultó muy entrañable y un digno colofón a este impresionante viaje. La soledad del recinto y sus innumerables pequeñas pagodas, todas doradas, nos ayudaron a tener esa increíble sensación de ser unos afortunados por haber podido visitar este destino único, grande, irrepetible y propio de otro mundo que es Myanmar.

Unos niños estaban jugando por el recinto. Estaban calzados. San Yu se puso a hablar con toda su paciencia con ellos y le hicieron caso: recinto sagrado, pies descalzos.

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                                       Estupas doradas

La comida la hicimos en Heho ciudad, cerca, por tanto, del aeropuerto, en un restaurante lleno de gente joven que parecían estudiantes que habían terminado el curso. Menú barato y comida birmana que ese día, por lo que fuera, me gustó bastante más de lo habitual. Tal vez, al final del viaje, me empezaba a acostumbrar.

De ahí nos desplazamos hasta el pequeño aeropuerto. Nos dispusimos a esperar el avión que llegó con bastante retraso, unas dos horas, como dejaba claro la indicación singular: un paisano con un rótulo de madera sujetado por un palo en el que se indicaba la incidencia recorría la pequeña y única zona de espera.

Al acceder al aeropuerto vimos varias señales de no fumar y de no portar mecheros. Isabel tiró el que llevaba en el bolso a un recipiente que había destinado para tal fin.

Pero… Al pasar el control de seguridad vieron en el detector que llevaba otro mechero en una mochila que portaba al hombro. Le hicieron sacar todo y se lo requisaron.

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                                              Esto se acaba

Una vez dentro del recinto vimos que los locales portaban todos los mecheros que querían. Como no dejaban fumar en la precaria terminal, los que lo hacían salían a las pistas entre los cercanos aviones.

La sala estaba junto a una puerta de madera sin cerrojo, no vigilada, por la que se accedía a la pista sin ningún control. El avión cuando llegó paró a unos 50 metros del acceso. Hicimos un cómodo vuelo directo a Yangon (Yangon AirwaysYH730 16:45 – 17:55). De ahí fuimos a alojarnos al hotel Plaza, el mismo que al inicio del viaje.

Le habíamos pedido a San Yu que nos buscara un restaurante en el que pudiéramos cenar mientras veíamos la danza de los nats, algo típico que sabíamos que existía. Nos dijo que no era posible por el retraso con el que había llegado el avión.

También le pedimos que nos dijera dónde podríamos comprar un equipaje de la Selección de Myanmar de baloncesto para Gorka. Nos dio el nombre de la tienda, la dirección aproximada y un texto que decía en birmano lo que queríamos en el que indicó que, en caso de duda, le llamaran.

Cenamos al final en el hotel. Había buffet libre temático: mariscada (calamares les llamaba el guía) y pescado de mar. Una lástima: magnífico material, pero muy soso por estar cocido en aguadulce y sin sal. Además, lo que era servido a la plancha estaba demasiado hecho y seco.

En el restaurante del hotel coincidimos con algunos comensales jóvenes, niños mimados de la fortuna en un país tan necesitado de todo. En una mesa había un grupito acompañando la comida con Ballantines.

Como habíamos llegado tarde, fuimos los últimos en empezar a cenar y en abandonar el local.

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