REINO PROHIBIDO


Poco antes de abandonar el pueblo, junto al sendero que discurre por encima de las oscuras aguas del Kali Gandaki, un cartel advierte de la necesidad de un permiso especial para adentrarse en las tierras del Alto Mustang que comienza precisamente aquí, en Kagbeni.

El Mustang ha sido hasta hace unas décadas el rincón más aislado e inexplorado del Himalaya. Un territorio de unos 800 km. cuadrados, el reino más alto del mundo. Este reino tibetano pertenece actualmente a Nepal pero, como dijo el primer extranjero que llegó a él en 1952, “es tan remoto que normalmente ha de ser independiente”.

Partimos de mañana, cuando el cielo era azul y el viento corría desenfrenado en inútiles carreras de ida y vuelta por el cañón del Kali Gandaki.

Habíamos traspasado el umbral de lo que había sido el Reino Prohibido. El paisaje se iba haciendo árido, duro, un tanto desolador. Grandes montañas de piedra y tierra con formas que sólo el viento sabe modelar, con colores ocres, naranjas o grises que cambian de tonalidad según va moviéndose el sol.  Tierras yermas, picos desnudos, austeras montañas que no se permiten el adorno de un solo arbol.  Hay que caminar horas para que aparezcan, como pequeños oasis, pueblecitos en medio de una mancha verde donde unos pocos árboles y escasos cultivos exhiben su discreta fertilidad en un desafío a la aridez del entorno.

Al igual que Kagbeni todos los pueblos habían florecido junto a los ríos que corren encajonados entre paredes altas- o muy altas -, lo que supone, en caso de tener que llegar hasta el pueblo, descender hasta la orilla y, si fuera el caso, atravesar el puente (donde lo hubiera) y subir por la orilla opuesta hasta alcanzar el poblado encaramado en lo alto de la pared.

La comida había sido un tanto frugal y las horas de ascensión que la siguieron se convirtieron en una sobremesa más bien agotadora.  Alcanzamos una especie de meseta, con el río a nuestra izquierda, y mientras la atravesábamos conseguí recuperar el ritmo de mi respiración.  Al poco rato descubrimos un muro que se alzaba a nuestra derecha; un muro de oraciones donde se apilaban miles de piedras mani, alto y muy largo, tan largo que no se adivinaba el final; una pared interminable que serpenteaba por el valle en dirección a la montaña.  La parte inferior estaba pintada a rayas verticales amarillas, grises y rojas. Según la leyenda del lugar, el muro representa los intestinos del demonio al que el santo budista URGYEN RIMPOCHE consiguió dar muerte. Caminamos largo rato junto al muro, dejándolo a nuestra derecha como se debe de hacer en la cultura budista.

El muro desembocaba en unos picos escarpados de tonos rosas y ocres. Estos picos, según la misma leyenda, correspondían a los pulmones del demonio abatido. A los pies de la montaña, confundiéndose con ella por los colores, construidos con la piedra arrebatada a la misma, descubrimos un grupo de chortens. Había uno grande y tres bastante más pequeños. Inmóviles entre el silencio y el viento, formaban un conjunto de una inquietante belleza. El impacto de aquella visión me acompañó largo tiempo. Sobre la polvorienta meseta, el muro mani, los chortens y la montaña componían un paisaje extrañamente hermoso, de una belleza dura e inolvidable.

Las emociones de la tarde me habían sacudido el cansancio. En Dhakmar, final de la etapa del día, un grupo de gentes del lugar celebraba alguna fiesta. Habían levantado una carpa de lona sobre la hierba donde hombres y mujeres charlaban animadamente, cantaban y bailaban, algunos con evidentes signos de haber bebido más de la cuenta. Fuimos recibidos con grandes sonrisas, e invitados a sentarnos con ellos y, pese a no poder entendernos con la palabra, pudimos compartir un rato su animación.

Más tarde quisimos descubrir las cuevas que habíamos visto desde lejos mientras caminábamos hacia la aldea. Eran numerosas, como pudimos comprobar. Como las hay en otros lugares de Mustang. Las cuevas estaban excavadas, a diferentes alturas, en las paredes de la montaña que presidía la aldea. De lejos parecían colmenas. Nos acercamos hasta alcanzar las más accesibles. Algunas estaban completamente vacías, otras guardaban algún objeto en su interior, pero no nos daban la suficiente información que determinara si habían sido destinadas a vivienda o se trataban sólo de asentamientos funerarios. Es posible que hubieran servido para ambas cosas pero nadie en la aldea supo sacarnos de la duda.

Nos estábamos acercando a TSARANG. De lejos se me antojó un escenario preparado para alguna representación o quizás una pintura delicadamente trazada. Al fondo se erigía, grande y viejo, el palacio sobre la cresta rocosa junto a los restos de lo que debió de ser un antiguo fuerte. A su derecha, a cierta distancia se podía descubrir el monasterio (uno de los más importantes del Reino) de color rojo oscuro. Detrás, una cordillera de picos dentados y, un poco más lejos se podían adivinar las cumbres nevadas. Más abajo, salpicando una mancha verde aparecían, blancas, las casitas del pequeño pueblo. Dos espectaculares chortens de vivos colores completaban el magnífico conjunto.

Dedicamos la tarde a descubrir el pueblo. Subimos hasta el palacio. Era una mole de varios pisos que el abandono había convertido en recuerdo. Enormes grietas surcaban la fachada principal, el tejado se hallaba parcialmente derrumbado y las hileras de ventanas eran negros huecos por donde el viento podía entrar y salir perturbando el silencio que, quien sabe cuántos años, moraba en soledad en la enorme casa.. Las ruinas del viejo fuerte, a su lado, le conferían un aspecto aún más fantasmagórico. Desde allí un pequeño sendero bajaba dejándonos al pie del Monasterio. Subimos unas irregulares escaleras de piedra que terminaban en la entrada del edificio principal en cuya roja fachada se habían pintado rayas verticales de varios colores.  Una vez dentro se podían descubrir varias construcciones más pequeñas separadas por patios de diferentes dimensiones. Una decena de jóvenes monjes, niños aún en su mayoría, jugaban correteando y poniendo sonido, color y movimiento a la quietud de la tarde.

Ya de noche no se si soñé. Tal vez el sueño fue antes y aquello era la realidad. Tal vez…

Me separé de Tsarang con pena, con la sensación de abandonar algo que me había atrapado. Aquello era más que un pueblo, mucho más que una etapa en el camino. Era la ilusión de la que me iban alejando mis propios pasos. Me volví una y otra vez a contemplar el hermoso cuadro que descubriera el día anterior. Hasta que lo perdí en un recodo del camino.

Afortunadamente los pasos que me separaban de Tsarang me iban acercando a Lo Mantang, la capital del Reino de Mustang. Seis días de camino, de fatiga y de emociones nos conducían hasta la vieja ciudad. Desde Marang, deshaciendo parte del camino del día anterior, remontamos una imponente cuesta que nos dejó en los 4000 metros del Cgaggu La. Poco después la ciudad amurallada, capital del reino prohibido, me dejó sin aliento. Estaba allí, bajo el collado. Nos detuvimos a contemplarla desde lo alto.  Largo rato la contemplamos con una emoción que se desbordó en abrazos.

Levantada sobre una llanura, a la sombra de grandes montañas desnudas, la vieja ciudad rodeada de murallas me pareció casi irreal. Desde la altura se podían distinguir en su interior los monasterios, los chortens y las pequeñas calles empedradas que se abrían camino a duras penas entre las casas arracimadas. En el exterior de la muralla podían verse algunas construcciones nuevas y unos pocos árboles sobre el tapiz verde que rodeaba el muro.

A primera hora de la tarde descendimos hasta el río para atravesar el puente y subir por un pequeño y polvoriento sendero hasta alcanzar la roja muralla desde donde un par de perros grandes y negros observaban nuestra ascensión.

Nos instalamos para tres noches en una casita de reciente construcción al lado de la muralla. Descubrimos con gran alborozo que disponíamos de un cuarto de baño privado. Nos pareció un lujo (asiático, claro). El lujo resultó relativo porque la cisterna del wáter no funcionaba y el grifo del lavabo tampoco. Y la ducha era un antipático chorro de agua fría. Bueno, nada que no se pudiera solucionar con un cubo de plástico. A fin de cuentas no habíamos llegado hasta allí en busca de comodidades.

El ansia de explorar la ciudad vieja nos llevó a abandonar con rapidez la habitación. Atravesamos el muro por una puerta que desembocaba en una escuela desde donde nos llegaron las voces chillonas de los escolares. Siguiendo las estrechas y empedradas calles encontramos un monasterio. El que llaman el Monasterio Nuevo. Iban a celebrar una puja y tomamos asiento en el interior. Sentados sobre las alfombras, con la espalda apoyada en la pared y las piernas cruzadas, escuchamos los mantras que una veintena de monjes, sentados en dos hileras, una frente a la otra, recitaban sin descanso. No fue demasiado largo o se me hizo corto; hubiera querido permanecer más tiempo. Con los ojos cerrados, el sonido de los monótonos mantras me proporcionaba una magnífica sensación de reposo y calma. Una vez finalizada la puja los mojes salieron al exterior formando una pequeña procesión, a la cual fuimos invitados, recorriendo los alrededores del monasterio. Repetimos esta ceremonia en los dos días siguientes que permanecimos en la ciudad.

Con la “habitación base” en Lo Mantang salimos a caminar hacia el norte en dirección a la frontera chino-tibetana. Existe desde hace tiempo una pista que conecta Lo Mantang con territorio chino- tibetano con cuyos habitantes guardan las lobas (habitantes originarios del Mustang) una relación cordial y se aprovisionan a menudo de los productos fabricados en China. Pero consideramos que alcanzar las metas a través de los caminos pedregosos tiene mucho más encanto.

Seguíamos la orilla derecha del río con la intención de llegar hasta los Monasterios de Garphu y Ninphu, muy importantes en la vida del Mustang.  Entrábamos en una pequeña aldea cuando las gentes del lugar nos impidieron el paso. Retrocedimos y, tras atravesar un puente, nos acercamos hasta otro pueblito intentando seguir el camino por la otra orilla; el resultado fue idéntico. Al parecer los lugareños tenían ciertas desavenencias con el gobierno nepalí y una forma de manifestar su queja debía de ser impedir el paso a las personas extrañas al lugar (incluso llegaron a lanzarnos alguna piedra). Dudo mucho de la eficacia de la medida porque, francamente, no creo que por allí transitara mucha gente, con lo que el gobierno de poco iba a enterarse; pero bueno, no soy yo quien para cuestionar los métodos de protesta de nadie. Así que nos volvimos a Lo Mantang sin haber podido conocer los magníficos templos. Qué le vamos a hacer; es lo que tiene la reivindicación…

En cualquier caso disfrutamos de unos paisajes hermosísimos. A la belleza natural se sumaban los coloridos chortens, las banderitas de oración al viento y el rosario de esqueletos de antiguos fuertes, totalmente desgastados por el tiempo y el viento, que de lejos parecían formar parte de las mismas montañas donde se levantaban.

Sabíamos que hacia el norte de la ciudad se hallaba el palacio de verano del rey del Mustang. Caminamos hasta Trenkar, que así se llama el emplazamiento. Esperábamos ( yo por lo menos lo esperaba porque algo había leído sobre ello) encontrar un lugar habitable, agradable incluso, aunque quizás estuviera ya en desuso.  La verja oxidada que daba paso al patio de entrada chirrió sonoramente cuando la empujamos, cautelosos, preguntándonos si podríamos adentrarnos así libremente en una propiedad privada. La realidad fue tranquilizante a la par que decepcionante. En el patio solo encontramos un gran charco de aguas putrefactas a cuyo alrededor se veían, repartidas, boñigas de caballo, al parecer algunas recientes y otras más antiguas. Seguimos adelante hasta encontrarnos con una puerta trancada con un enorme y viejo candado. Eso era todo. Parecía evidente que la residencia real veraniega últimamente se había convertido en residencia para los pequeños caballos del Mustang. En su parte exterior. Probablemente el interior era ya una lastimosa morada del oscuro olvido.

Una tarde compramos unas katas y fuimos a visitar al rey. Nos habían comentado que le gustaba recibir a los pocos extranjeros que recalaban en su reino. Y si, se puede decir que tuvimos audiencia con el rey. 

La puerta de entrada al palacio daba paso a un patio. A través de una estrechísima escalera se accedía a un segundo patio donde en una rústica cuerda había tendidos unos gayumbos de descomunales dimensiones (Nos preguntamos, entre risas, si pertenecerían al rey). Nos condujeron a una sala enorme y alargada. En una de las paredes largas se concentraban, abigarrados, numerosos muebles de estilo tibetano, lacados en rojo, con dibujos floreados y geométricos de vivos colores donde no faltaba, por supuesto, la foto del Dalai Lama. En el lado opuesto se hallaban dispuestos los asientos para los visitantes. Entró el rey y tomó asiento junto a la pared que quedaba entre los muebles y nuestras sillas. Uno a uno fuimos acercándonos a él ofreciéndole las katas que él nos las iba poniendo alrededor del cuello. Era un hombre de aspecto agradable y rostro afable (y no, los gayumbos no podían ser suyos). Nos obsequió con un té y contestó amablemente a nuestras preguntas. Nos contó que tenía una hija y un hijo estudiando en Estados Unidos; también confesó que los inviernos los pasaba en Kathmandu (donde residían sus padres ya mayores) ya que en el valle la climatología no es tan dura como en su reino. Vimos pues que, aparte de amable, el rey era un hombre bastante pragmático.

Las estrechas calles nos parecieron animadas cuando abandonamos el palacio. En la plaza se había congregado la gente del lugar. Aprovechando la bonanza del verano se sentaban en grupos mujeres y hombres (casi siempre por separado) sobre algún pretil o alguna escalera y charlaban sin levantar mucho la voz. Las mujeres iban vestidas con oscuras y largas faldas bajo un delantal con rayas horizontales de colores. Llevaban el pelo trenzado y a veces recogido sobre la cabeza, adornado con lazos de color azul o fucsia. Los hombres portaban sus chubas dejando una manga colgando sobre la espalda. La indumentaria, como todo lo demás, era netamente tibetana.  Parecía gente tranquila y nos sonreían meneando ligeramente la cabeza cuando pasábamos junto a algún grupo.  Algunos niños y niñas, de corta edad, correteaban por la plaza y sus voces chillonas rompían el casi silencio del atardecer. 

No lejos del palacio del rey encontramos la Jampa Gonpa, el monasterio más antiguo de Lo Mantang, construido en el siglo XIV. En el patio al que se entraba tras pasar la puerta de la calle se levantaba una torre de varios pisos de color rojo oscuro. Un monje, con un hatajo de llaves en la mano, nos acompañó en la visita. Unas pequeñas escaleras llevaban desde el patio hasta el primer piso que también tenía su pequeña terraza rodeando la torre. El monje hizo tintinear sus pesadas llaves y nos abrió una puerta tras la que, en un principio, solo pudimos vislumbrar la oscuridad. Una vez dentro me pareció que en la estancia flotaba algo sobrecogedor. A medida que la vista se iba acostumbrando a la exigua luz de las velas, fui descubriendo, lentamente, una impresionante figura. El magnífico rostro de Maitreya fue apareciendo y tuve la sensación de que se me cortaba la respiración. Poco a poco se hizo más visible; pude comprobar las colosales dimensiones de la figura. Teníamos su cabeza frente a nosotros pero su cuerpo llegaba a la altura del piso inferior. Me volví a fijar en su rostro, del que parecía emanar alguna fuerza sobrenatural. Le miré a los ojos y la serena mirada del buda me transmitió una reconfortante sensación de paz. Las manos, sus enormes manos, en un mudra que no fui capaz de identificar, me sugerían un gesto de protección. Supe que Maitreya llevaba siglos esperándome y sentí que la emoción me atenazaba la garganta.

Fue difícil apartar los ojos de aquel rostro, la mirada, las manos… Lo contemplamos largo rato.  Nos fuimos retirando despacio y en silencio. Bajé las estrechas escaleras con lentitud, con la pena de saber que había llegado la despedida. No es fácil medir el tiempo cuando el tiempo se detiene pero sentía que necesitaba alargar aquel encuentro. Volveré, prometí queriendo hacer menos dolorosa la despedida. Volveré…

Salimos temprano de Lo Mantang. Apenas se veía gente. Delante de nosotros, una mujer caminaba animando a seguir adelante a un par de vacas que remoloneaban por el camino. El día era claro y al fondo se veían los picos nevados. Al final (o principio según se mire) de la ciudad encontramos un plano de la misma sobre una base metálica. Parecía el tablero de un juego de mesa. O un dibujo infantil. No sé; para nosotros que ya dejábamos la ciudad era algo totalmente inútil pero entrañable. Por eso nos detuvimos un tiempo como jugando a desentrañar el plano; por eso lo recuerdo. Supongo que más por lo entrañable que por lo inútil… No costó dejar atrás aquellas murallas que guardaban tantos encuentros, tantas emociones.

Los días de vuelta me resultaron duros. Había algunos tramos exigentes. Pero fundamentalmente me parecieron duros porque me iban alejando de las extraordinarias vivencias de los días anteriores.

Saliendo de Yara Gaon recibimos el bautismo de las aguas del Kali Gandaki (omnipresente en este caminar). A falta de puente fue precisa la ayuda de los guías locales para atravesar el río que discurría a gran velocidad. En algún momento el agua nos llegaba prácticamente hasta a la cintura y me asaltó el miedo al sentir que aquella furia podía arrastrarme de no ser por la pericia de nuestros guías. En la otra orilla nos esperaba una empinada cuesta.

Tangbe era un pueblo bonito. No puede decirse lo mismo del alojamiento que nos tocó en gracia. Bordeando un patio estaban las habitaciones y la cocina: todo bastante sucio. En el patio, bajo un grifo, había un gran barreño de plástico donde, amontonada, la vajilla de metal esperaba pacientemente alguna mano que se animara a rascarle la mugre. En una de las paredes se había abierto un hueco (llamarle puerta hubiera sido, cuando menos, una benevolente exageración) desde donde partían dos o tres escalones de piedra para descender hasta un pequeño cuadrante de hierba al final del cual había una cabinita de madera que servía de retrete. A medio camino, una vaca sentada sobre la hierba parecía hacer recuento de las idas y venidas. Pasé a su lado mirando de reojo si la vaca hacía ademán de moverse pero, para mi tranquilidad, permaneció absolutamente inmóvil. Por la noche comenzó a llover. En aquel cuarto, en aquel camastro donde casi no me atrevía a tocar nada fuera de mi saco, hacía cábalas, con temor, sobre el discurrir de la siguiente etapa mientras escuchaba al mismo tiempo el tamborileo de la lluvia sobre la uralita y una canción en la que se pedía a la lluvia que no cayera otra vez (esaiozu euriari berriz ez jausteko…)

Los temores se hicieron realidad y seguía lloviendo cuando llegó el día. No era una lluvia muy fuerte pero lluvia era y no era un buen condicionante para afrontar la etapa más larga de nuestro camino. La vaca que cuidaba la letrina se había puesto en pie; quizás no le gustaba echarse sobre la hierba mojada. Volví a cruzar el pequeño trozo herboso. Tampoco esta vez se movió el animal.

Por si no bastara con el agua que nos caía de arriba, tuvimos que sumergirnos también esta vez en las del río para cruzar a la otra orilla. El río aquí llegaba ancho pero, afortunadamente, no cubría demasiado. Bastaba con remangarse los pantalones. Después vendría lo peor. La subida duró horas. Iba con la cabeza baja para evitar que el agua me resbalara por la cara. La sensación, bajo la prenda impermeable, era un tanto agobiante. Levanté la vista y no fui capaz de vislumbrar un sendero mínimamente practicable. Me preguntaba por dónde estarían subiendo nuestros caballos que nos precedían. ¡Mucho mejor la ignorancia! Cuando alcancé a verlos no podía creer que por aquel mismo lugar tendríamos que subir. Se cumplió la peor de las expectativas. Tengo que confesar que me resultó francamente penosa la ascensión. Mil metros de desnivel nos permitieron alcanzar el paso de Paha.   Habíamos llegado al alto. Pero no se podía tomar un respiro. La lluvia y, sobre todo, el fortísimo y frío viento, hacían imposible la permanencia en aquel lugar a más de 4.200 mts. de altitud. Así que, sin pausa, comenzamos el descenso. Fue largo, larguísimo. Llovió aun un rato más. Luego cesó la lluvia. Poco a poco se fue disipando la niebla y fueron surgiendo los picos, apareciendo los montes. Se apartaron las nubes para dar paso a escarpadas formaciones, dentadas cumbres de colores que iban del amarillo al rojo, del ocre al naranja, del blanco al gris. Colores, picachos por la derecha, por la izquierda, cañones, abismos, en una ininterrumpida sesión de mirar y admirar, una borrachera de formas y colores. A cada paso surgían picos, barrancos, puntiagudos pináculos entre las nieblas, el sol intentando quebrarlas. Un espectáculo difícil de describir, imposible de olvidar. Fue un descenso largo hasta Chusang pero el espectacular paisaje borró las penalidades de la subida bajo la lluvia. Había llegado el momento de disfrutar. Sentí que me iba reconciliando con el día.

Mutinak nos esperaba con sus –relativas- comodidades, sus templos y los peregrinos hinduistas. Había pernoctado allí hacía cuatro años y observé que había aumentado considerablemente la oferta de alojamientos y se estaba construyendo rápida y desordenadamente.  Una pena, pensé, el pueblo estaba perdiendo parte de su encanto. Pero así parece que es el progreso… Afortunadamente había cosas que permanecían sin cambios, hermosas siempre, como el magnífico monasterio hinduista y la vista del Daulaghiri, blanco y soberbio.

Habíamos dejado atrás el reino del Mustang.  Me aliviaba levemente pensar que ya sólo nos quedaba un día más de caminar. Pero despedirme del reino que había sido mi paisaje y mi casa durante 20 días me dolía como la más traumática de las separaciones. Recordé las montañas, los colores, Tsarang, los monasterios, los chortens, Lo Mantang y sus murallas, el palacio del rey, el Jampa Gonpa… Recordé a Maitreya que me había estado esperando durante siglos. Su rostro, sus manos, su mirada… Volveré, pensé recordando la promesa hecha en el Jampa Gonpa.   Mi promesa, o quizás sólo fue deseo, se enredó entre el viento que iba soplando y jugueteando con el polvo al final del camino.

Arrate L.

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