Japón. “Ruta Tokaido”. Crónica de un viaje inolvidable (II) 2


5º Día.- 19/5/2018

Amanecemos sin lluvia, que no es poco aunque es ostensible una bajada de temperaturas. Nos llaman a las 7:30 h y después de un buen desayuno salimos con un autobús de lujo hacia Kinkaku-ji, el Templo del Pabellón Dorado. Cuando parecía que ya no íbamos a ver nada nuevo y que lo próximo sería repetición de lo ya visto, nos dirigimos hacia un lugar imprescindible de visitar.

Kinkaku es un Templo Budista Zen y es, sin duda, una de las mayores y mejores muestras de la arquitectura japonesa. A pesar de esperar a docenas de autobuses y cientos de turistas tanto interiores como externos, no se nota caos circulatorio. Es el momento de decir que los vehículos en Japón tienen el volante a la derecha y que se conduce por la izquierda, igual que en Gran Bretaña.

Te invito a recorrer junto conmigo esta magnífica obra arquitectónica, que se ha convertido en una de las principales atracciones turísticas de Japón. En el año 1397 fue construido el famoso Kinkaku-ji o templo del Pabellón de Oro. La obra iba a ser destinada, como villa de descanso, para el shōgun Ashikaga Yoshimitsu, pero su hijo lo transformó en un templo Zen de la secta Rinzai.

Este espectacular templo consta de tres plantas y cada una de ellas representa un estilo arquitectónico diferente. La planta superior, conocida como Kukkyoo-choo, está diseñada con un estilo zen; la del medio, mejor conocida como Buke-zukuri, está construida basada en el estilo samurai; y la inferior, llamada como Shinden-zukuri, tiene un estilo de palacio.

Una de las características más impresionantes de Kinkaku-ji es la composición de su arquitectura, y es que el hecho de ser conocida como el templo del Pabellón de Oro no es gratuito. Las dos plantas superiores del templo, están recubiertas de hojas de oro puro, al igual que el Ave Fénix que corona su estructura y que pocos se fijan en él.

El templo Kinkaku-ji, además de una arquitectura impresionante, guarda en su interior numerosas reliquias de Buda. Por ejemplo, en la planta del medio, llamada Buke-zukuri o la Torre de las Ondas del Viento, podrás encontrar un magnífico Bodhisattva Kannon. En el piso inferior, o Kukkyoo-choo, descubrirás una tríada de budas y más de 20 figurillas de bodhisattvas.

En los alrededores del templo hay un hermoso jardín japonés perfectamente cuidado y un estanque llamado Kyōko-chi o espejo de agua, en el cual podrás observar una gran cantidad de piedras y numerosas islas que representan la historia de la creación budista.

Pese a que el templo fue construido en el año 1397, la estructura actual es producto de varias reconstrucciones, aunque siempre conservando su diseño y decoración original. La edificación actual se construyó en 1955 y desde entonces ha sido remozada para mantenerla en perfecto estado. Por ejemplo, se detectó que la cubierta de laca japonesa estaba un poco deteriorada, por lo que se procedió a colocar otra cubierta, así como también se le aplicó un nuevo recubrimiento de pan de oro.

El templo de Kinkaku-ji ha sufrido varios reveses a lo largo de su historia, varios incendios llegaron a afectar esta grandiosa obra, siendo el último en el año 1950, cuando un monje con problemas psicológicos decidió prenderle fuego al lugar. Un dato curioso sobre la ciudad de Kioto es que fue la única que no sufrió daños durante la Segunda Guerra Mundial, esto a pesar de que los estadounidenses pensaron en ella como objetivo para lanzar la bomba atómica. Sin embargo, el historiador de arte Langdon Warner logró convencer a sus compatriotas de buscar otro objetivo. El experto aseguraba que destruir Kioto era destruir su historia, monumentos, templos, palacios y reliquias; la esencia de Japón y de gran parte de la historia universal.

Pabellón dorado de Kinkaku y su pequeño lago.

El templo de Kinkaku-ji forma parte del conjunto de monumentos históricos de la antigua Kioto declarados por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad en el año 1994. Sin duda alguna, el valor histórico de esta ciudad es incalculable y tenemos mucha suerte de poder tener en nuestro mundo un lugar tan especial.

No es difícil entender por qué el templo de Kinkaku-ji o templo del Pabellón de Oro es la joya más importante que tiene la ciudad de Kioto. Además del pan de oro que cubre buena parte de su estructura, su valor histórico es aún más valioso, conocerlo es descubrir la hermosa historia de Japón en un solo lugar.

Hasta ahora hemos hablado sólo del templo, por donde ibas andando en calcetines y oías un sonido casi imperceptible bajo tus pies para reconocer al que intentaba acercarse al shogun sigilosamente, pero es que el jardín que lo circunda es espectacular, con un sinfín de colores verdes, césped inmaculado y un musgo impoluto que cuidan, en gran medida, mujeres mayores jubiladas, voluntariamente.

Cuidadoras voluntarias de los jardines de Kinkaku-ji.

En ocasiones, cuando disertas o escribes, se suele decir: “Me he quedado sin palabras”. Así me quedé yo después de ver esta maravilla creada por el hombre. Qué imaginación, qué colores de ensueño, qué capricho del hombre, qué inspiración para poner cada cosa en su sitio, qué talento tuvo que tener el que alzó este monumento a la perfección estética. Y no sigo hablando de esto porque me entra la congoja por no poder visitarlo todos los días y disfrutar de su visión. Deslumbrante.

Hoy toca hablar, para ir conociendo mejor al individuo japonés, del civismo en la sociedad. Los japoneses son muy educados —al pasar muy cerca de alguien piden disculpas aunque no le toquen, sirven la bebida a los demás en las comidas, ofrecen ayuda sin que se la pidan…—y también son muy limpios. Las calles japonesas están impolutas. Por eso sorprende mucho la falta de papeleras. Esto es porque los nipones tienen la costumbre de guardar los desperdicios y tirarlos en casa y en nuestro caso, devolverlo al lugar en que lo has comprado o guardarlo hasta llegar al Hotel. He sido testigo de cómo uno del grupo se asombraba porque en uno de los paseos descubrió una colilla en el suelo. Un 99% de posibilidades de que la haya tirado un “guiri”.

Incrédulos y anonadados, los occidentales contemplamos boquiabiertos las muestras de solidaridad, altruismo, afecto y sincero respeto que los ciudadanos japoneses se dedican unos a otros en el quehacer diario. La amabilidad está presente en cada gesto, en cada palabra, y ni terremotos ni tsunamis han podido relegarla a un segundo plano. Ha quedado patente que la cortesía japonesa no es solo una cuestión de “apariencias”, sino de profundas convicciones.

Y eso, al occidental, educado en el principio del “primero yo, luego yo y después yo”, le sorprende enormemente. Y ahí está la confusión: el japonés no entiende su vida si no es en un contexto de comunidad. Y es precisamente este profundo sentido de responsabilidad cívica, este sentimiento de respeto por la dignidad del “otro”, el que hace posible que la gente sea capaz de mantener la serenidad para ayudar a los otros sin perder la suya, que traten de aliviar el dolor de sus vecinos aun cuando el suyo duela más, o que renuncien a hacer acopio extra de existencias de primera necesidad para que también haya disponibilidad para los demás cuando vienen mal dadas.

Esta es la esencia de la auténtica cortesía, la del “usted primero” llevada hasta sus últimas consecuencias: procurar el beneficio del otro por encima del propio, aun en las circunstancias más adversas. Es decir, estamos ante una sociedad cuyos miembros saben que el sentido comunitario debe tener siempre prioridad sobre el individualismo. Menuda lección nos dan con su comportamiento. Nos encontramos a años luz e incluso una mayoría de nosotros pensará que esa forma de proceder es anacrónica y pacata hoy en día.

Todo esto tiene que ver con algo que a mí me ha llamado la atención y que puede parecer nimio. Todos los trabajadores, sean de la profesión que sean, van uniformados. Los oficinistas, una mayoría, se distinguen por sus trajes gris marengo o negros, camisa blanca y corbata sin colores chillones, los empleados de seguridad, que son muchos, con sus trajes azules claros y un artilugio en la mano para dirigir el tráfico, incluso los albañiles que están en plena reforma de un edificio van todos iguales con el uniforme que les ha mandado la empresa. Y eso es por el sentido grupal y de solidaridad que tienen. Para ellos, el equipo es lo más importante y para que se distinga su equipo, es indispensable un uniforme.

Por supuesto no me puedo olvidar de los uniformes escolares, cada uno con el suyo propio que identifica al centro y que es motivo de orgullo y estimulación entre compañeros. ¡Cuánto tendríamos que aprender! Alguno pensará que hay una falta de libertad y yo le diría que revisase el sentido de la libertad, porque la libertad individual choca en muchas ocasiones con la colectiva. Pero eso a nosotros qué más nos da.

Escolares uniformados y perfectamente alineados. Signo de solidaridad grupal.

Estamos en la mitad del viaje y espero que el lector esté todavía conmigo. En caso contrario habré fracasado como comunicador. Espero estar siendo escueto y certero en mis apreciaciones, interesando al lector para que continúe la lectura hasta el final en la seguridad de que tendrá una perspectiva nueva y real de aquel país.

Dejamos atrás el templo, no podemos parar, hay que continuar y la cena nos llama a las 7:00 h de la tarde. Nos llevan a un Restaurante de cocina occidental, lo cual se agradece. Se empiezan a echar en falta una buena tortilla de patata o una purrusalda. El menú consiste en una sopa fría, lubina y carne muy apropiado y que todos agradecemos. Aunque sea de pasada hay que hablar del coste de las bebidas que normalmente está a la altura del establecimiento. Una cerveza puede costar desde 350 yenes en una máquina expendedora hasta 1300 en un restaurante sofisticado. En éste establecimiento no me parecieron caras, pagando 800 yenes (7,5 euros) por un botellín de medio litro.

Hay algo que me tiene intrigado y que sólo puedo desentrañar con la ayuda de nuestra guía Hiroko. Y es, cuál será la percepción que tanto el maitre como las camareras tendrán sobre nosotros? El japonés sólo rompe su silencio cuando tiene algo importante que decir y no exterioriza su pensamiento a voz en grito como nosotros que hablamos muy alto y todos a la vez. Para ellos debe de ser muy molesto.

Cuando entramos a un local a comer, al menos mi esposa y yo, no buscamos a determinadas personas sino que preferimos dar juego al azar. Y aquella noche la mesa estuvo especialmente animada, más teniendo en cuenta que yo era el único hombre y el resto 5 mujeres, entre ellas la guía local. La conversación, muy esclarecedora, giró sobre la evolución de la sociedad tanto en Japón como en nuestro país, en temas tan dispares como la industria vitivinícola, alimentación en general, y el rol de las mujeres. Me dediqué a escucharlas, mi opinión no era interesante y pasé una velada muy agradable.

Aunque no estaba en el programa, las dos guías nos propusieron hacer un paseo por el histórico barrio de Gion, conocido popularmente como “el barrio de las geishas” en la ciudad de Kioto. No es el único que hay pero es el más amplio y el más famoso. La mejor hora para ver alguna maiko o geiko es por la tarde, de 5 a 7, antes de que vayan a trabajar, o de 8 a 10, cuando salen. Nosotros no vimos ninguna. Las Geishas, llamadas Geiko en la ciudad de Kioto, son artistas dedicadas a las artes tradicionales japonesas.

Lo más parecido a una Geisha que vimos, aunque quizá sea una Maiko.

Durante su etapa de formación y aprendizaje, son llamadas Maiko. Sus kimonos y decoraciones son más brillantes y coloridos que los de las Geiko. A menudo, las que se dejan ver correteando por Gion, son Maiko. Resulta mucho más difícil observar alguna Geiko, ya que muchas de ellas no viven en el barrio, y se desplazan en taxi de puerta a puerta.

La calle más famosa del Gion, Hanamikoji, está llena de restaurantes y casas de té, donde las chicas van a trabajar por las noches. Al final de la calle se encuentra el Gion Corner, el teatro del barrio, llamado Kaburenjo. A diario hay una representación de artes escénicas japonesas, incluyendo danzas realizadas por Maiko.

Más al Norte, al otro lado de la calle de Shijo, se encuentra otra popular calle llamada Shirakawa-dori. Un canal rodeado de árboles y cerezos desde el cuál, es relativamente fácil ver a alguna maiko o geiko trabajando. Sobre todo al anochecer.

Pero ¿quiénes son, qué hacen, porqué lo hacen y cómo lo hacen? son dudas que asaltan a todos los visitantes a la ciudad de Kioto. Y para saberlo hay que acudir a los libros que te dan información sobre una profesión que se considera dedicada a las artes y que nos dan cuenta de que las chicas deben haber terminado su educación obligatoria para entrar en los Hanamachi o Kagai (barrios de geishas).

Por enumerar alguna de sus tareas:

  • Mantener viva la herencia de las artes.
  • Entretener a sus clientes con conversación
  • Amenizar la velada con juegos
  • Servir la cena y las bebidas
  • Realizar la ceremonia del té
  • Bailar delicadas danzas
  • Cantar canciones tradicionales
  • Tocar instrumentos (shamisen, shakuhachi, taiko)
  • Practicar caligrafía, poesía y literatura

A esto se llega después de 6 años de aprendizaje muy duro, pasando antes por Maiko. Normalmente, las Maiko llevan kimonos más llamativos y floreados, decoraciones coloridas en el pelo y maquillaje más extremado que las Geiko o Geishas. Eso se debe, según se dice, a que son “niñas” aprendiendo un arte delicado y sutil. Por mucho que lo intenten, tienen que pasar muchos años hasta que perfeccionen esos conceptos. Poco a poco, van evolucionando, hasta llegar a la sutileza y elegancia suficiente para poder pasar a ser consideradas Geiko.

Lo que sí hemos visto por este barrio es a chicas ataviadas con el kimono tradicional, sin maquillaje ni pinturas en la cara, que han sido muy amables con nosotros y nos han permitido fotografiarnos con ellas, siempre con una sonrisa en los labios y una acusada reverencia.

Muchacha ataviada con el kimono tradicional recogiendo ciruelas

Durante este paseo y al final del mismo, pasamos ante un altar que a decir de la Guía Hiroko era un Buda de la belleza, ocasión que aprovecharon todas las féminas para hacer una ofrenda y hacerse una foto por si es cierto. A eso se le llama tener fe.

Las chicas posando ante el “buda de la Belleza”.

Y así terminó otro día, largo y muy bien aprovechado, no sin antes y en el viaje de vuelta al Hotel, la simpar Hiroko nos enseñase a hacer pajaritas de papel, lo que allí se llama “Origami”. Y no es más que “el arte de doblar papel” haciendo figuras sencillas. Es una buena manera de pasar el rato, realizando cada vez figuras más complejas.

Pero antes de abandonar Kioto y descubierto que no he hablado de ella como ciudad, quiero evitar el olvido. Kioto fue la antigua capital de Japón durante más de 1.000 años. Aunque fue en 1868 cuando dejó de ser capital para trasladarla a Tokio, sus habitantes no han olvidado. La pérdida de la capitalidad significó no sólo un desastre moral sino que al coincidir esa época con la apertura hacia occidente y la importación de estilos externos en clara competencia con los métodos tradicionales más emblemáticos de Kioto, el Gobierno, en 1895 tuvo que resarcirles de la pérdida con la construcción de una réplica del palacio que ya tuviera anteriormente el Emperador.

Su fortaleza principal son los templos. En esta ciudad se condensa todo lo que esperábamos ver en este país, templos, jardines, geishas, una gran ciudad de altos rascacielos y avenidas anchas, tecnología y modernidad mezcladas con las más rancias tradiciones puestas al día. Esta ciudad continúa, a día de hoy, siendo el corazón cultural y espiritual de la nación nipona.

 

6º Día.-20/5/2018

Despedida madrugadora de Kioto. Nos llaman a las 6:00 h y el autobús nos recoge a las 7:30 h. previo desayuno. Cuatro horas de viaje nos esperan. Las maletas viajan por su lado a Tokio por lo que, para los próximos dos días, necesitamos llevar un equipaje de mano con lo mínimo imprescindible por lo que toca realizar la parafernalia típica de hacer maletas y seleccionar una ropa adecuada para un turismo de montaña y rural.

Hay que preparar la mente y abrir la imaginación para viajar y disfrutar de un verdadero cuento de hadas que es lo que les encanta a ellos. Nos acercaremos a Shirakawago, una pequeña aldea que parece salida de la fértil mente del mejor creador de historias y comics manga, tan típicos de este país.

Es el momento de contrastes. Paso de unas ciudades de las que quizá esperábamos más, al mundo rural que se antoja, a priori, precioso y muy cuidado, una aldea mágica vayas en la estación del año que vayas porque mantiene el mismo aspecto y la misma atmósfera de hace cientos de años.

La aldea histórica de Shirakawago es uno de los principales atractivos turísticos de Japón que recomendamos encarecidamente a cualquiera que esté pensando hacer un viaje por este país. Fue declarada, junto a su vecina Gokayama en el valle del río Shogawa, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995. Y la verdad es que, paseando por sus calles, uno entiende perfectamente esta decisión.

Atravesada por el río Shogawa y rodeada de montañas, Shirakawago es conocida por sus típicas casas de estilo gassho-zukuri, unas casas de tejado triangular hecho de paja y muy inclinado para soportar el peso de la abundante nieve que cae en esta zona en invierno. De hecho, su nombre gassho hace referencia a la imagen de dos manos en oración.

Precisamente por todo ello, el pequeño pueblo estaba hasta arriba de turistas, en gran medida de turismo interior. Al lado de la aldea pasa un río que en esta época no bajaba muy caudaloso pero que en la de deshielo tiene que ser una maravilla verlo y escuchar los cantos rodados al paso de la corriente. Sobre él, un puente colgante que da paso al otro lado donde está el aparcamiento de autobuses. Impresiona porque tiene unos 100 m aproximadamente de “luz” que en arquitectura, ingeniería y construcción es una palabra que se suele utilizar para designar la distancia, en proyección horizontal, existente entre los apoyos de una viga o un puente. Esto me lo contó Paco, el veterano del grupo, que de esto sabe un rato y yo ni papa. Se preguntaba ¿cómo puede aguantar este puente tan largo sin ningún anclaje intermedio y sin cables visibles de sujeción? El que lo sepa que responda o calle para siempre porque moverse, se movía y de qué manera.

Pero la visita cumbre en esta aldea fue la visita a “Kanda House” donde según la guía, tradicionalmente se criaban gusanos de seda aunque hoy en día no hay ni rastro de ellos aunque merece la pena subir hasta el tercer piso para observar el precioso panorama desde sus ventanales. La planta baja es la del hogar. Salas amplias y diáfanas, mobiliario ancestral, aunque no faltaba la T.V. Esta planta tenía el fuego encendido por lo que la casa estaba caliente pero también ahumada lo que nos impregnó de un olor a humo que no nos abandonó en todo el día.

Había muchas más cosas que ver pero el tiempo apremiaba y no quedó más remedio que despedir a este pueblo Patrimonio de la Humanidad. Por algo será.

Nos tocaba restaurante de comida indígena. Cabaña totalmente de madera y menú del que probé de todo y no me gustó nada, salvo la tempura.

Esta es la oportunidad para hablar de algo muy habitual en Japón y es la gente que ves por la calle con mascarilla tapándose la boca y la nariz. Erróneamente, aquí pensamos que lo hacen para protegerse de la alta contaminación, pero la realidad es que las usan para evitar coger y contagiar resfriados en las aglomeraciones constantes (muy habituales, por ejemplo en el metro, donde la cercanía y el contacto entre personas es inevitable).

En Japón, cuando uno estornuda no se acostumbra a decir “salud”, ni nada por el estilo. Sonarse la nariz en público no está bien visto, pero eructar frente a otros es casi normal. Costumbres tan distintas a veces me hacen recordar que estoy del otro lado del mundo, pero muchas veces también me gustaría que incorporáramos algunas de ellas. Por ejemplo, cuando alguien está resfriado comúnmente utiliza mascarilla para no contagiar a sus colegas en el trabajo, en la universidad o en el ámbito familiar. Es un comportamiento totalmente normalizado y, de hecho, nadie se sorprende si alguien lleva mascarilla, pero sí pueden molestarse si alguien visiblemente resfriado no la lleva, por ejemplo.

Otra costumbre japonesa exportable porque, aunque se piense que el uso masivo de mascarillas quirúrgicas aumentaría notablemente el gasto sanitario, mayor sería el ahorro por el “no contagio”.

Sin tiempo para reposar salimos hacia Takayama, una antigua ciudad feudal de comerciantes de unos 67.000 habitantes, conocida por sus viejas casas de madera que, por su alineación y su altura uniforme, aportan a las calles una belleza lineal. Tuvo su auge y esplendor entre los siglos XVII y XIX por su comercio que hoy en día continúa. Y es que su situación es la ideal en plenos Alpes Japoneses y la belleza de su casco antiguo, que nos permite retroceder en el tiempo y pasear por el Japón de antaño por lo que hacen de esta ciudad un lugar ideal de observación.

Al llegar visitamos el Museo de Carrozas. Las mismas que en su festival de primavera y otoño recorren las calles ofreciendo a los maravillados visitantes una muestra de la artesanía de la región. Hay 11 carrozas en total en la Sala de Exhibición de Carrozas del Festival Takayama. Esta exposición se renueva cada 4 meses. Durante el Festival, las carrozas son empujadas y volteadas por los porteadores al más puro estilo rociero. Cada carroza está decorada con espléndidos ornamentos. En una sala del museo situada al lado, se reproduce un vídeo sobre el festival, por lo que ni siquiera tienes que estar realmente allí para sentir la atmósfera.

Museo de las Carrozas en Takayama

Callejeando por el pueblo nos topamos con una bodega de shake, donde previo pago de 300 yenes, hicimos una cata y degustación del mismo. Eso sí, el cuenco en el que bebes es de regalo y te lo puedes llevar, como así hice. Hoy reposa en la vitrina del salón de mi casa. Si tengo que dar mi opinión sobre la bebida nacional japonesa debo de decir que me recuerda al “Chinchón seco” pero con muchos menos grados ya que el shake tiene entre 13 y 17 grados.

Nos marchamos de Takayama sin comprar un saru-bobo, auténtico símbolo de la ciudad que podemos encontrar en todos los tamaños y formas posibles. El saru-bobo es una muñeca de color rojo sin características faciales con extremidades puntiagudas y ropa azul o negra que se asemeja a las muñecas que las abuelas de la zona hacían para sus nietos con materiales de costura en el pasado.

Aunque algunos tenemos la sensación de que todo está muy comprimido, la verdad es que es imposible ver todo en 10 días y no nos queda más remedio que llevar el ritmo vertiginoso que nos marca la guía. En este caso, como había que cenar en el Hotel a las 19:30 h hacia allí nos fuimos para descubrir un nuevo concepto del ocio dirigido a la salud. El Ryokan Suimeikan de Gero nos hizo detectar un lugar de lujo y elegante, en ligera decadencia, en el que adentrarnos en la cultura y tradición más popular de los japoneses y japonesas. Entrando en un Ryokan te sentirás como un japonés más. Aunque no lo hayas experimentado nunca, no pierdas la oportunidad de dormir en futon, comer comida sousaku (comida tradicional creativa japonesa), tomar baño en un onsen y vivir toda esa maravillosa experiencia de la milenaria cultura japonesa.

 

Habitación típica “con cama” en un Ryokan.

En diversos ryokanes hay habitaciones con camas (estilo occidental), como la que a mí me dieron a petición propia, además de las habitaciones al estilo oriental sin cama, sólo un tatami.  Te recomiendo la segunda, si no tienes problemas físicos que te lo impidan, para que puedas tener la experiencia de dormir en futon. Las habitaciones suelen estar divididas por puertas corredizas: área del baño (ducha y tina separada del baño), una pequeña sala con un armario donde se encontrarán las ropas que usaremos durante nuestra estancia (yukata, haori y medias para getta) y el ambiente principal que es una sala, con una mesa baja y sillas japonesas, que posteriormente se transformará en nuestra habitación. Digo que se transformará en nuestra habitación porque los futones se extenderán en el piso solo a la hora de dormir y serán levantados y ordenados a la mañana siguiente por la encargada llamada “nakasi-san”” (persona encargada de orientar y coordinar con los huéspedes detalles como horarios de comidas, etc.), quien te traerá té caliente para beberlo junto con los dulces japoneses que hay en la mesa pocos minutos después que haya entrado a su habitación.

Una vez en la habitación y colocado correctamente el yukata, que es la vestimenta tradicional japonesa consagrada como un uniforme dentro del ryokan, y las sandalias que te prestan, es el momento de conocer el Ryokan por dentro. Visitar sus Halls de entrada, sus pasillos, sus jardines, sus alrededores y antes de la cena dirigirse, vestidos convenientemente hacia el onsen. Quizá sea esto lo que más choca con nuestra mentalidad occidental por lo que será necesario un pequeño cursillo de funcionamiento y comportamiento dentro del mismo.

Los onsen son baños termales típicamente japoneses en los que uno se relaja en el agua completamente desnudo y en compañía de otros. Y creo que son justamente estas dos palabras, desnudo y en compañía, las que producen más nervios a aquellos turistas que nunca han ido a un onsen. Quizá un falso pudor que nos atenaza y que no nos deja mostrarnos al natural ante los semejantes, sean conocidos o desconocidos. En mi caso no tuve ningún reparo en ir a primera hora de la mañana del día siguiente, pero no conseguí vencer mi bloqueo para estar desnudo al lado de mis compañeros de viaje. Quizá sea por mi formación en colegio religioso o porque tenga un pudor tonto y pacato.

Aquí empieza realmente la experiencia del onsen o el sento. Al entrar, verás que hay una zona de duchas colocadas a unos 50 cm del suelo, cada una con espejo, un taburete pequeño (donde te debes de sentar) y una cubeta de plástico o madera, además de botes de champú y jabón. Dado que el agua es comunitaria y utilizada por todos, hay que mantenerla lo más limpia posible. Justamente por eso debemos lavarnos bien ANTES de entrar en el agua, proceso al que se le llama kakeyu. Para concluir, son cuatro edificios con amplios terrenos que cuentan con tres baños de aguas termales para darse un baño de lujo junto con una gran variedad de habitaciones en diferentes estilos donde la belleza japonesa se puede saborear.

De todas las maneras, la experiencia es positiva desde todo punto de vista, si vences los complejos, te das un baño en aguas termales que están entre 35º y 40º grados centígrados que dicen que es muy sano para el cutis, y te lavas concienzudamente antes de entrar. La sensación de relajo y bienestar no tiene precio porque era gratis, estaba incluido. Una pena tener que irse de este lugar maravilloso después de un sueño reparador echado en el suelo, sólo sobre una esterilla, y con un futón encima.

Cena de estilo japonés en el Ryokan.

 

Día 7.- 21/5/2018

Tenemos que abandonar Gero y el Ryokan con sus baños termales en comunidad para dirigirnos hacia Tsumago, una ciudad de postas en el Valle de Kiso que servía a los viajeros de la ruta Nakasendo en su camino de Kioto a Tokio durante la época Edo (1603-1868). Es conocida como la mejor preservada de Japón, los coches están prohibidos en la calle principal. Por ella se recrea la atmósfera al mantener los alojamientos originales, antiguas hospederías de los samuráis. Parece como si el tiempo se hubiera detenido trasladándonos al siglo XVII. Salir del agobio que suponen las aglomeraciones y ruidos de las grandes urbes como Osaka y Kioto, ya visitadas, supone un tiempo de paz y tranquilidad si no fuera porque tienes que compartir el espacio con cientos de personas que, como tú, quieren admirar las muchas tiendas de artesanía y recuerdos. Pero su belleza reside en sus calles y edificios por lo que decidimos callejear con tranquilidad porque andar con prisas no tiene mucho sentido en este país y menos en este pueblito en el que nos encontrábamos increíblemente casi solos sin una multitud de visitantes.

Una tranquila calle de Tsumago.

Japón es un país de montes y bosques. Los lugares poblados están en un muy alto porcentaje bien a las orillas del Océano Pacífico, bien a las del Mar de Japón. Sus árboles principales son los cedros milenarios y los cipreses cuya madera se dedica a la construcción de sus casas tradicionales. Durante este periplo autobusero y a la vista de estos bosques frondosos y de un colorido espectacular, me ha llamado la atención que no haya cortafuegos. Sin ser un especialista, que no lo soy, se puede deducir que si eso es así es porque no hay incendios y si no hay incendios es debido al alto grado de humedad del suelo y a que no hay pirómanos. Su belleza es insultante, su pulcritud una virtud.

Interior totalmente abierto a la vista del paseante de un domicilio en Tsumago.

Nos invitan pasar y ver un edificio llamado Wakihonjin Okuya que también cuenta como Patrimonio Cultural del país. Era un alojamiento de repuesto en la época Edo (1603-1868). Cuando estaba lleno el Honjin (alojamiento principal), usaban este lugar para los señores feudales de bajo rango. Después de la reforma de Meiji, se hizo posible usar el ciprés de Kiso para la construcción de casas y este Wakihonjin fue reconstruido con maderas de ciprés en 1877. Nos aseguraron sus pobladores que esa casa recibió al Emperador de Meiji, bisabuelo del actual, en 1880. No sólo eso sino que también nos juraron por “Tutatis” que allí hizo sus necesidades básicas su excelencia. Lo que no nos quisieron confirmar es si se conservaban sus excreciones para admiración del visitante.

“Kakaleku” reservado al Emperador que pasó casualmente por allí.

Y antes de marcharnos de este lugar idílico me topo con el personaje más verosímil de todo nuestro viaje. Si es un pueblo de postas, no puede ser otro que el cartero. El hombre, en medio de las calles semidesiertas, iba repartiendo su carga postal con una sonrisa de oreja a oreja, haciendo mil y una reverencias a cada carta entregada a un paisano sorprendido por el recibimiento de la misiva. Le seguí durante unos momentos y le pedí permiso para hacerle una foto. Sólo me sonrió y me hizo el clásico gesto ceremonial. Luego nos hicimos una de grupo con él. Yo creo que no es consciente de que su foto se va a pasear por Facebook, Twitter, etc… que seguramente ni sabrá lo que son. En su honor y en el de su sonrisa, ahí va su foto grupal, aunque no sea muy buena.

Una vez más tuvimos que dejar un lugar donde muchos desearíamos vivir por su paz y tranquilidad, por sus gentes amables, sin nadie que te moleste y pleno de sentido por lo poco que necesitas para subsistir.

 

Una horda de bárbaros asaltando al pobre cartero rural de Tsumago, que no pierde la sonrisa.

De nuevo en el autobús se me ha ocurrido hablar de la “comida de cera”. Es ésta una costumbre o una manía de los restaurantes japoneses que reproducen los platos de su carta y los exhiben en el exterior. Además de estar perfectamente recreados y que parezcan comida de verdad, estas reproducciones son de gran ayuda porque sabes exactamente qué vas a comer y en qué cantidad, sin que se trunquen tus expectativas.

Niguiris y rollos de sushi con apetitosas rodajas de pescado, tempura perfectamente rebozada, deliciosas sopas de fideos con sobreabundancia de ingredientes… Los platos son perfectos como estatuas, lo único sospechoso en ellos es que brillan demasiado.

Denominadas sampuru, las reproducciones de comida tienen un papel importante en los restaurantes japoneses, permiten al potencial cliente hacerse una idea de lo que hay en el menú y estimula las papilas gustativas de quien pase por delante. En las grandes ciudades cumplen además la función de facilitar la comunicación entre camareros y los clientes extranjeros en un país donde el inglés es una rara avis, cuesta creer que, a pesar de las influencias inglesas, no tengan una segunda lengua obligatoria en la educación primaria y secundaria.

Hecha de cera —aunque cada vez más, de plástico— la comida falsa requiere de un proceso artesanal que comienza en la mayoría de los casos con alimentos reales de los que se sacan moldes. Después, se añaden detalles realistas a la pieza y se pinta. Incluso se ha llegado a considerar una disciplina artística. La verdad es que la primera vez que lo ves, dan el pego.

Sí, son de cera

Nos vamos hacia Nagoya, ciudad famosa por sus porcelanas y lacas, constituye otro punto de entrada al país, es la cuarta ciudad de Japón y capital de la Prefectura de Aichi, se encuentra en el corazón del Japón central, una de las principales zonas económicas e industriales del país. La ciudad fue desarrollada en el siglo XVI por Ieyasu Tokugawa, fundador de la dinastía de shogun Tokugawa del que ya hemos hablado, alrededor del castillo que sirvió de residencia fortificada para su hijo, cuyos descendientes continuaron viviendo en ella hasta la restauración de Meiji en 1868. Nagoya es también la cuna de importantes figuras de la historia japonesa, tales como Nobunaga Oda o Hideyoshi Toyotomi, quienes precedieron directamente a Ieyasu Tokugawa en la unificación del país. Hoy en día la ciudad, enriquecida por su pasado y los testimonios que éste ha dejado, es el símbolo del dinamismo económico del país, con sus museos industriales, sus centros comerciales o su gigantesca estación donde cogeremos, después de comer, el tren bala (shinkansen), apodada Mei-eki por todos los habitantes.

Pero antes nos espera una nueva sorpresa y ésta mayúscula. Nos llevan a comer al Hotel Marriot, un hotel de lujo, excesivo diría yo, donde comemos tipo buffet en el piso 19. Qué salones, qué pasillos, qué ascensores, qué decoración y qué vistas generales de la ciudad desde el comedor. No salimos de nuestro asombro porque la agencia nos lleve a este tipo de lugares donde la comida es irreprochable y el lujo incomparable.

Vista de Nagoya desde el comedor del Hotel Marriot, sobre la estación de tren.

Después de una opípara comida no tenemos ni tiempo para visitar su Castillo, bello ejemplo de la arquitectura de los primeros castillos de la Edad Moderna (siglo XV). Destruido durante la Segunda Guerra Mundial, fue reconstruido en su forma original en 1959. Su elemento más representativo es el torreón, que consta de 48 metros de altura y siete plantas y está rematado por un par de kinsachis (animal mitológico con cabeza de tigre y cuerpo de carpa o delfín) dorados con oro fino. El interior de la torre es ahora un museo que muestra los tesoros que se salvaron del incendio durante la guerra y la planta superior sirve como plataforma para la observación. El museo alberga 1.047 pinturas en el techo y fusuma-e (pinturas en las puertas corredizas), todas clasificadas como Bienes culturales. Se encontraban originalmente en una de las casas del señor local que estaba situada en las proximidades pero pudieron escapar del desastre.

Hubiese merecido la pena su visita pero el tren bala cuya salida estaba prevista para las 15:26 h. no espera ni un segundo. También nos perdimos la visita a la principal fábrica de Toyota, uno de los mayores fabricantes de coches del mundo que tiene abiertas sus puertas al público para ver de cerca su método de fabricación y conocer el concepto bajo el cual se desarrolla la producción. No había un minuto que perder.

Con una puntualidad milimétrica, a las 15:26 h tomamos el famoso tren que en 1 hora y 10 minutos realiza los 272 kms y nos deposita en Odawara. Rápido y cómodo, aunque tanto la salida como la llegada hay que hacerlas muy deprisa porque son muy estrictos con el horario. En todo el año 2017, entre todos los trenes bala, sólo tuvieron un retraso de 54 segundos. Este tren, inaugurado en el año 1964, fue la admiración del momento porque podía desarrollar una velocidad máxima de 320 kms/hora. Hoy en día ya hay muchos trenes que consiguen esta velocidad, incluso el AVE, pero el Shinkansen sigue teniendo ese aura de haber sido el primero.

Tren Bala a punto de salir de la estación de Nagoya.

Sin tiempo para ver nada en Odawara, nos espera otro autobús que nos traslada hasta Hakone, población situada en medio de un Parque Nacional en el que, por cierto, está prohibida la caza y que, por lo tanto, no es difícil encontrarse con ciervos, jabalíes, etc…Durante este traslado tuvimos la oportunidad de ver y disfrutar, en medio de una bruma bastante espesa, del otro orgullo y símbolo del Japón. El Fujiyama, que se alza, esbelto, con una forma cónica y apagado temporalmente desde el siglo XI, momento en el que se registró la última erupción. Pero ya hablaremos más de él mañana.

Llegamos a Hakone a la hora de cenar, es decir, a las 19:00 h, con un fuerte olor a azufre en el ambiente debido a las aguas sulfurosas de los manantiales del balneario en el que nos vamos a alojar. Se llama Hakone Yunohama Prince Hotel un balneario en medio de un bosque, rodeado de un magnífico campo de golf, pero sin población alrededor.

Pasillos complejos en los que es muy fácil perderse hasta que te haces. Una vez más hay baño comunitario en las termas y cata de shake a continuación. La cena, de tipo japonés, es abundante y apetecible aunque, insisto, a mí no me gusta. De nuevo, un alarde de vajilla, todo servido en cuencos de diversos tamaños y colores con un diseño espectacular. Invitan a comer lo que está recogido en ellos.

Habitación en el balneario de Hakone.

Como es un Onsen, es decir, es un hotel con baños termales, hay que dejar los zapatos a la puerta y ponerte las zapatillas existentes en el lugar apropiado, eso sí, todas del mismo número, uses un 37 o un 45. En las habitaciones no hay camas, el futón está en el suelo encima de una esterilla, las sillas no tienen patas y la mesa es de no más de 30 cms por lo que es necesario sentarse en el suelo y sobre las rodillas. Hay que ser “Pinito del Oro” para hacerlo bien o tener ya la costumbre. Como no soy ni la una ni tengo la otra, mis opciones son arrastrar mis 105 kilos por el suelo hasta encontrar un punto de apoyo que me ayude a levantarme. Ellos dicen que es el lugar ideal para relajarse. Os prometo que en cuanto llegue a casa empiezo “el ramadán” que me ayude a quitar kilos. ¡Por San Wenceslao!

Por supuesto que la vestimenta occidental se queda en el armario y es obligatorio ponerse la Yukata, siempre la solapa izquierda sobre la derecha. Lo contrario sería desacato. La Yukata es una vestimenta tradicional japonesa hecha de algodón. Se usa principalmente en las posadas (ryokan), especialmente después de bañarse en aguas termales (onsen) y, en general, para las estancias en lugares de relajo y ocio por su comodidad. Es mucho más ligero que el kimono al no tener la capa que cubre normalmente a este y al no estar hecho de seda.

Este servidor con el Yukata y el Haori puesto. Estoy pensando adoptarlo.

Los japoneses lo llevan en casa para relajarse y en el verano cuando salen a dar una vuelta, también lo llevan. Por consiguiente, también en los hoteles, incluso fuera de la habitación. Al mismo tiempo, la yukata sirve como pijama o camisón a la hora de dormir pero no es una bata de baño, dato muy importante. Cuando hace frío, encima de la yukata se pone una especie de chaqueta (haori) o un chaleco (tanzen) con lo que se puede pasear por los alrededores del Ryokan con ella puesta.

Después de la cena, sobremesa con degustación de shake y a la cama, iba a decir, pero será mejor decir al tatami, al suelo y encomendarte a Santa Rita de Casia o a los kamis si eres seguidor shintoista, para que te dé un buen dormir.

 

8º Día.- 22/5/2018

Llamada a las 7:30 h. Salida del autobús a las 8:45 h en un día que se presenta magnífico, por el tiempo veraniego y por las actividades que nos esperan. El autobús nos acerca al cercano pueblo de Hakone por lo que en un breve tiempo alcanzamos el lago Ashi (un lago formado a partir de un cráter después de una potente erupción volcánica hace casi 3000 años) y nos encontramos subidos a bordo de un barco turístico con el que en poco tiempo llegamos a la base de un teleférico que en 7 minutos nos eleva de 700 a 1300 ms, donde está situado el Santuario de Mototsumiya, en el monte Komagatake de 1356 ms.

Jorge I. en el monte Komagatake y ante el Santuario Shintoista de la cima

La suerte nos sigue sonriendo y en la cumbre, con un radio de 360º grados las vistas son espectaculares. El lago que hemos atravesado, los bosques de distintos verdes, las pequeñas aldeas que jalonan el lago, los barcos turísticos navegando lentamente, el pequeño puerto deportivo, los campos de golf, todo se muestra ante nosotros como una postal. No sabes dónde mirar, no sabes qué foto hacer por lo que no paras de apretar el disparador.

Pero a pesar de esos paisajes espectaculares hay algo que nos atrae y que nos hace volver la vista hacia el lado izquierdo del monte. Es el majestuoso Fuji que se eleva en sus más de 3000 ms sin nubes, sin bruma, sin “boina”, haciendo más hermoso, si cabe, a la Península de Izu y las Islas Izu.

Preciosa vista del “Fuji” desde el lago Ashi con una nao turística navegando a nuestro lado.

El Monte Fuji es la montaña sagrada de Japón y su pico más alto, con 3.776 metros. Se encuentra en el Japón Central, al Oeste de Tokyo. Es un volcán activo pero su riesgo de erupción es bajo. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, junto con el Parque Nacional de Fuji-Hakone-Izu donde se encuentra la localidad de Hakone, lugar desde donde mejor se puede ver el Monte Fuji. El Monte Fuji es todo un símbolo para los japoneses, aparece en sus pinturas, poemas, canciones, marcas comerciales (Fujifilm). Venerado por Shintoístas y Budistas. Multitud de personas suben el Monte Fuji todos los años, el ascenso puede durar entre tres a ocho horas y el descenso entre dos a cinco horas. Sus aguas subterráneas son utilizadas como aguas minerales y termales por sus ricas propiedades. Además contiene un Observatorio que sirve para predecir tifones en Japón. Es  difícil ver el Monte Fuji en primavera porque suele estar nublado pero nosotros tuvimos la suerte del ganador y pudimos disfrutar de él con un esplendor que pocas veces se alcanza.

Cientos de fotos, cientos de ángulos, incluida una de grupo haciendo la “ola”. Una pena tener que desviar la mirada y encaminar nuestros pasos hacia el teleférico de bajada, rápido y eficaz, que nos iba acercando con rapidez a un maravilloso lago Ashi.

Ahora que ya estamos abajo y nos dirigimos al Santuario de Hakone, es el momento idóneo para hablar de la “seguridad y tranquilidad” que se respira en este país.

Japón es uno de los países más seguros del mundo. Por su personalidad, los japoneses son reacios a romper las reglas. Esto, unido a que las penas de prisión son muy duras y a la baja tasa de paro, hace que los delitos callejeros sean casi inexistentes. Por eso se ven cosas impensables aquí, como bicicletas aparcadas sin candar, o tiendas sin dependientes en algunos pueblos donde los clientes escogen sus productos y dejan el dinero en unas cestas. ¿Esto sería posible hacerlo aquí?

Japón es uno de los lugares más seguros y con menos criminalidad del mundo. De hecho, si viajáis a Japón una de las mejores sensaciones que tendréis es la de la extrema seguridad que se respira en todos los lugares, incluso callejeando en cualquier parte de ciudades como Tokio, Kioto u Osaka. Todos los lugares parecen seguros y, por supuesto, la gente parece muy respetuosa con el prójimo, lo que incrementa la sensación de seguridad. Nadie debería tener miedo de viajar a Japón en este sentido, y es un ejemplo de seguridad y respeto para todo el mundo. Por supuesto, esto no quiere decir que en Japón no exista la criminalidad, pero sí que es mucho más baja que en otros países también muy visitados, como Estados Unidos.

Pero… ¿por qué el índice de criminalidad japonés es tan bajo? No existe un único motivo, y en realidad son varias las razones que ayudan a convertirla en una sociedad extremadamente respetuosa con el vecino, con el ciudadano de al lado y, por consiguiente, con la comunidad. Y esto tiene mucho más mérito sabiendo que el país ha estado inmerso en guerras civiles y mundiales muchos años, y que la recuperación de la Segunda Guerra Mundial fue terrible, además de otros periodos financieramente desastrosos posteriores. Sin embargo, Japón mantiene la criminalidad a niveles muy bajos. Quizá una de las principales razones sea que las leyes son tremendamente estrictas y las penas de cárcel, largas.

Desde mi propia experiencia, en ningún momento he sentido sensación de peligro, he caminado por calles estrechas, sin gente, por la noche, de madrugada y lo único que he percibido es cordialidad y seguridad. Me he sentido tranquilo incluso en la soledad de calles vacías y ciudades desconocidas. A pesar de ello es muy conveniente llevar siempre en el bolsillo una fotocopia del Pasaporte y una tarjeta de tu Hotel por si te pierdes y le tienes que indicar a un taxista que te lleve de vuelta. Es inútil que uses el inglés que tanto te ha costado aprender. El taxista no pasará del “yes” que corresponde al “hai” japonés con múltiples inclinaciones de cabeza. Tened en cuenta que decir “no” como término de negación es de mala educación y que un japonés se abstendrá de decirla, “iie”.

De nuevo en el autobús nos dirigimos al Santuario de Hakone donde podemos admirar los cedros milenarios de más de 10 ms de diámetro y 40 ms de altura, imponentes, incluido uno al que las embarazadas y sus partenaires le entregan ofrendas para poder tener un “parto feliz”.

Y una vez más nos sonrió la suerte porque tuvimos la oportunidad única de poder inmortalizar a una pareja de novios recién casados y sus parientes que, inocentemente, creían que iban a poderse hacer las fotos de rigor con tranquilidad. Fue llegar nuestro grupo y se acabó para ellos la calma y el silencio. Decenas de móviles y máquinas de fotos se movilizaron para perpetuar el momento. La verdad es que la novia no parecía muy contenta, no así el novio, bastante mayor que ella, al que se le veía feliz y que no puso ningún reparo a la interrupción y al bombardeo fotográfico.

Para que quede constancia del feliz acontecimiento

Después de una frugal comida tipo buffet, tomamos el autobús para dirigirnos directamente a Tokio. Es difícilmente descriptible el paso del mundo rural japonés, atravesando un bosque tras otro, a la gran ciudad y capital del país del Sol Naciente. Es costumbre que en Japón muchos bosques sean considerados sagrados, esto sucede gracias a la tradición Shinto de la que ya os he hablado y en la que, como sabéis, un bosque forma parte de ese lado mágico y espiritual, son los que aportan vida y energía y por ello se mantienen, se sustentan y en cierta medida se veneran. Los árboles que sobresalen son el cedro, el ciprés y el roble pero hay multitud de otros árboles caducifolios y de otras especies.

Pues bien, donde antes estaban estos árboles, cedro, ciprés, pino, flores como las azaleas, gardenias, la delicada hortensia, según nos vamos acercando a la gran capital se van tornando en rascacielos de todo tipo de diseño, grandes autovías, calles de tránsito rodado de 6 carriles a cada lado, luces de neón por doquier que nos anuncian mil y un productos dispares. Os recuerdo que se conduce por la izquierda y que el volante está a la derecha.

Y qué decir del Hotel. Hay que verlo, hay que recorrerlo si te es posible porque es imposible verlo en su totalidad. Tres edificios conectados interiormente entre sí que nos dejan anonadados. Se llama Hotel New Otani y no me sustraigo a contarles su historia que, por otra parte, es muy interesante.

Edificio central de los tres que tiene el Hotel New Otani.

La historia del Hotel New Otani comenzó en 1962, cuando el gobierno japonés se enfrentó al desalentador desafío de completar un esfuerzo masivo de construcción para albergar a unos 30.000 visitantes internacionales para los Juegos Olímpicos de Tokio en solo dos años. Yonetaro Otani, fundador del Hotel, acordó construir el mejor hotel en el Oriente en tierras que poseía en Kioicho, cerca del Palacio Imperial, y de ese modo contribuir a la estrategia nacional para el avance de la industria del turismo en Japón.Su concepto de diseño fue preservar el hermoso paisaje y la pared de piedra de una mansión Daimyo de la era Edo, mientras proporcionaba alojamiento de primera clase para más de 1.000 invitados, grandes espacios para reuniones y un lobby, utilizando las técnicas de construcción más modernas. El hotel se inauguró en septiembre de 1964.Desde el motivo del ventilador en las alfombras y las paredes de la sala de banquetes de Fuyo hasta las imágenes de las gruyas en el vestíbulo de entrada, la decoración japonesa tradicional del hotel expresa el deseo de Otani de crear un ambiente atemporal. Por supuesto, él creía que cada invitado debería poder ver el Monte Fuji, un símbolo de belleza en Japón. Su visión se realizó en el diseño del Blue Sky Lounge en el piso 17. Después de una renovación reciente, el salón gira 360 grados en 70 minutos, ofreciendo a los huéspedes una vista panorámica espectacular a través de ventanas de altura completa mientras cenan, comen o desayunan.Además de su ubicación ideal e instalaciones de primer nivel, Hotel New Otani ha sido ampliamente aclamado por la calidad de sus servicios y operaciones comerciales, por lo que tiene el honor de ser seleccionado como el lugar principal para las tres reuniones anteriores de la cumbre de Tokio. Los jefes de estado y otros VIP de Japón y del extranjero con frecuencia se quedan aquí, seguros de la reputación perdurable del hotel como principal hotel internacional. Hemos sido testigos de ello en una de las ocasiones en que volvíamos al Hotel. Coches de color negro de alta gama aparcados rigurosamente a las puertas del Hotel con su chófer profesional en el volante y unos dos centenares de hombres (no se veía una mujer por ninguna parte) vestidos todos igual, traje negro, camisa blanca y corbata discreta. No sé lo que festejaban, pero aquella reunión no era una reunión cualquiera.Y qué decir de sus empleados, impolutamente uniformados, uno en cada esquina y son muchas, dispuestos a ayudarte al más mínimo gesto y hacerte la estancia lo más cómoda y agradable posible. Su amabilidad te desborda, no estamos acostumbrados a ello. Como ejemplo de lo que digo, a la llegada solicité desde mi habitación, un adaptador de corriente y lo tuve en mis manos a los 2 minutos de haberlo solicitado. Eso se llama eficiencia. 

Uno de sus múltiples pasillos de comunicación entre edificios.

Después de un aseo reparador, quedamos en la recepción para ir al archifamoso paso peatonal de Shibuya, donde convergen miles de personas pasando en bloque los pasos de cebra. Todo un espectáculo verlo a cualquier hora del día y sobre todo si tienes oportunidad de presenciarlo en hora punta. Los peatones locales, respetando al que ha llegado antes, se ponen en cola, sí en cola, para pasar al otro lado de la calle en cualquier dirección. Parece una representación teatral a la que ninguno hemos acudido a los ensayos. Inaudito.Al lado, nada más salir de la estación del metro que tuvimos que tomar desde el hotel hasta Shibuya, está la efigie esculpida en bronce del que debe ser el perro más famoso entre los niños que ven dibujos animados, al menos, para mi nieto que nos había rogado encarecidamente que le trajésemos una foto con él. El perro Hachiko. Y así lo hicimos para no defraudarle.A continuación nos dispusimos a callejear por los alrededores, repletos de tiendas donde comprar de todo y restaurantes donde degustar cualquier tipo de cocina, rodeados por miles de personas andando decididas pero tranquilas, que no se preocupan de quién vaya al lado y no aparentan tener prisa.

Paso de Shibuya vacío de peatones. El mismo paso unos instantes después.

Máquinas expendedoras de billetes en el Metro de Tokio. Nada complicado.

Otra experiencia que sí o sí se debe de hacer en Tokio es la de tomar el Metro. Sólo hicimos 4 estaciones pero fue suficiente para darnos cuenta que todo lo que se cuente de él es cierto. Grandes aglomeraciones, como sardinas en lata, pero una gran educación y respeto hacia el prójimo, colocándose en la estación y a la espera de la llegada del convoy en fila. Una vez dentro del convoy se oye un silencio casi absoluto pero no vez a nadie utilizando el móvil “porque está prohibido”. Es posible que con su utilización molestases al vecino y esto no entra dentro de la idiosincrasia de este pueblo singular.

Al inicio de esta crónica les advertí que habría palabras repetidas de forma continua, de manera que vocablos como…educación, respeto, limpieza, amabilidad, simpatía, espléndido, extraordinario, asombroso, magnífico, se han ido repitiendo sin solución. Es que es así, se agota el vocabulario.

Después de cenar en el Hotel tomamos unos cuantos la opción de ir a una de las calles de ambiente, atestada de pequeños restaurantes, bares y pubs diminutos en los que no caben más allá de 15 personas. Edificios enteros de 4 y 5 pisos en que cualquier puerta que abras, en vertical, te conducirá a un pequeño local en el que además de tomar una copa puedes escuchar buena música de Jazz o animarte a cantar en un karaoke, muy populares en Japón.

Después de muchas dudas entramos en un garito en el que a duras penas entramos 14 personas. Tomamos una copa, escuchamos tres canciones por parte de la dueña y un buen pianista, pagamos a precio de oro y nos fuimos. Experiencia frustrada.

Nos habían asegurado que era el mejor local nocturno de Tokio. Confirmado.

Antes de terminar el día no me resisto a hablar de algo que nos dejó alucinados a todos. Yo ya había oído hablar de un juego que hace furor en Japón, pero es imposible describir la pasión que pudimos vislumbrar cuando entramos en uno de los locales apropiados para ese juego. Me estoy refiriendo, naturalmente, al Pachinko. Edificios de 3 plantas abigarradas con multitud de máquinas tragaperras, en este caso se juega con bolas de acero que se cambian por dinero, donde no queda ni una libre, con un ruido ensordecedor, con el compañero de al lado fumando, en el que las personas juegan de manera compulsiva. In-enarrable, in-creíble, in-audito, im-presionante. 12.000 salas de pachinko con cientos de máquinas cada una en todo el país, y unas ventas de 18,8 billones de yenes con “b” de billones.
Me niego a explicar en qué consiste el jueguito, sólo decir que no se juega con dinero sino con unas bolas de acero que previamente cambias en la propia máquina. Tiene “bemoles” pero el juego con dinero está prohibido en Japón. Si por casualidad ganas no te dan dinero. Te dan regalos que puedes cambiar por dinero allí mismo. Es la manera que tienen para burlar la Ley. Los Pachinko se reconocen fácilmente por su extravagante iluminación, gran ruido y humo. Es la mejor manera de alienar al jugador para que siga jugando sin fín.

Eso sí, hay unas normas no escritas que todo jugador debe de seguir:
– Si ganas no muestres alegría y si pierdes no muestres tristeza. Juega siempre con cara de póker, no te menees, para ellos no es nada difícil.
– No hables con ningún jugador, estarías perdiendo el tiempo. No te haría ni caso.
– No toques las bolas metálicas de otros jugadores, incluso si las encuentras en el suelo. Pasó que uno del grupo le pegó una patada, sin querer por supuesto, a una caja de bolas que rodaron a cientos por el suelo. Nadie movió un músculo excepto los empleados que, sin rechistar y cargados con una escoba las recogieron diligentemente en un momento y sin rechistar.
– Si quieres reservar una máquina, deja un paquete de tabaco en la silla o un abrigo.
– No lleves a niños contigo.
Pero faltaba la guinda, lo que nunca te hubieses imaginado y es verídico, que yo lo ví y conmigo algún otro y que ahora me arrepiento de no haberlo inmortalizado para que se me crea. Es que es increíble, pero tengo testigos fiables que os lo confirmarán.

Una sala de Pachinko un día cualquiera a cualquier hora. Menos mal que el ruido no se “ve”.

¿Qué pasa cuando uno se levanta y se va? A la puerta le espera una ducha. Sí, habéis leído bien. Tiene todos los elementos de una ducha como la que tenemos en casa. Sólo hay uno que falla y es…el agua. Por ella no sale agua sino aire puro. No se tienen que quitar la ropa, se duchan vestidos y se pasan la “cebolleta”, por la que sólo sale aire, por todo el cuerpo. Con ese artilugio tratan de arrancarse de la ropa y el cuerpo el mal olor, tratan de volver a la realidad después de horas de virtualidad. Es una máquina descontaminante que expele aire puro y así confían llegar a casa como nuevos. Alucinante.

Así terminamos el día en la habitación de un piso 18 con unas vistas para quitar el hipo al jardín del hotel, a un bosque en medio de la ciudad, una autopista bidireccional y una pléyade de rascacielos compitiendo entre ellos a ver quién es el más alto.

 

Artículos de la crónica del viaje a Japón, “ruta  Tokaido”


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2 ideas sobre “Japón. “Ruta Tokaido”. Crónica de un viaje inolvidable (II)

  • Jorge Ibor

    Xavi: fue un viaje muy bien organizado con una magnífica relación calidad/precio a un país muy interesante para el turista lo que llevó a que fuera, como dice Javi, “inolvidable”.

    Como supongo sabrás, participó una persona que perteneció estando en activo a la plantilla de Expansión y que reside fuera del País Vasco ya que todos los viajes se organizan previendo esa posibilidad.

    En cuanto puedas te apuntas. Ahora estamos preparando otro que saldrá en breve a un destino de perfil distinto (tenemos que tener oferta variada) y en primavera haremos otro “gran viaje”.

    Un saludo,