ITZIAR


Vine a Bilbao a estudiar y a buscarme la vida y acabé quedándome casado con una auténtica neska, Edurne. De caserío de toda la vida. Como era buena estudiante vino a la Universidad de Bilbao donde nos conocimos. Aquí nos quedamos a vivir. Pero los orígenes y las personas que nos rodean en los primeros años de nuestra existencia no se olvidan.

Por ello Edurne mantuvo, un poco en la distancia, la relación con sus amigas de la infancia y de la adolescencia. Sobre todo con Maite. Un encanto como persona. Y también, claro, con el que desde poco antes de que yo les conociera era ya su marido, Joseba.

Un matrimonio estupendo. Residían en la parte oriental de Bizkaia, en su caserío. Vecinos de los aitas de Edurne.

Los dos, Maite y Joseba, tenían hermanos más pequeños que ellos. Casi les habían criado. Ahora serían familias numerosas. Quizás por eso, desde el primer momento, habían deseado tener hijos. Cuanto antes. Varios, “tres o cuatro por lo menos”, decía Joseba. “Para el carro”, le contestaba Maite, “que se nota que no eres tú el que los va a traer al mundo”.

Pero no venían. Hasta que cinco años después de la boda, por fin, Maite cayó embarazada. Qué alegría. Si es niña le pondremos Itziar, le decía Joseba a Maite. El embarazo fue duro, muy difícil. Varias veces estuvo a punto de perder la criatura.

El médico les trató con toda su ciencia y con todo su cariño y lograron entre todos que llegara a buen puerto. Y nació una niña. Itziar. Aunque vino con un problema añadido para la amatxu: no podría tener más hijos. Quizás eso hizo que la quisieran cada día más. Como se quiere a una hija única que ha costado tanto traer al mundo.

La cría fue una bendición desde bebé. Guapa, lista, movida. No solo lo decían los atitites. Era así para cualquiera que estuviera un rato jugando con ella. Qué maravilla.

Llegó la época de ir a la Ikastola. No hacía mucho que se había muerto el que mandaba en Madrid y se podía estudiar libremente en una ikas. En euskera, claro, en la modalidad esa que le costaba tanto a Joseba, que le parecía diferente a lo que hablaban en el caserío. Pero que iba a unificar a todos.

Dejarla en la Ikastola fue un pequeño trauma. Todos los días irían a recogerla durante varios años, hasta que la cría dijo que ya era mayor. Le ayudaban en los deberes y protegían en todos los pasos de la vida. Como en todas las familias. Bueno, con Maite de amatxu un poco más.

No mimes tanto a Itziar, que la vas a enviciar, le decía constantemente Maite a Joseba. Nos va a salir tonta o algo peor. Pero no darle todo lo que pedía era imposible. Era su niña adorada, la princesa de la casa. La más guapa y buena del mundo. Y la más lista. Todo era poco para ella. Además, cuando Joseba no le veía, Maite actuaba igual. Y los aitites ni te cuento. Les tenía a todos embobados.

Fue creciendo. Acabó los cursos en la Ikastola. Siempre con buenas notas, siempre trabajadora. Y siempre contenta. Pidió ir a Bilbao, a un Instituto al que iban a ir sus amigas. A uno que está por el centro. Maite decía: está lejos y, cuando acabes las clases vas a tener que esperar una hora al autobús para volver a casa.

Pero si Itziar pedía algo, Joseba solo sabía dárselo. Y Maite acababa cediendo. Y fue al Instituto.

El primer año todo fue más o menos bien. En el segundo curso empezó a perder algún autobús y a llegar más tarde a casa. Y las notas empezaron a bajar. Mucho.

Los fines de semana la montaba. “No puede ser tener que volver a casa tan pronto. A mis amigas les dejan más. Y con lo cansada que llego de la semana en Bilbao, merezco un descanso. Y divertirme. Y salir por las noches”. Como siempre, se salía con la suya.

Llegaron las malas notas. Muy malas. Refuerzo de estudios ese verano aunque con poco avance. Seguía siendo guapa y simpática con la gente pero ahora tenía reacciones extrañas. Maite y Joseba no sabían qué hacer. Será el cambio, les decían. Y se lo creían. No quedaba otra.

Un día avisó de que se quedaba a dormir en Bilbao, donde una amiga del Instituto a la que sus aitas no conocían. Y poco después se quedó otro día más. Y más tarde otro. Y ya sin avisar. Si le reñían en casa, se revolvía. Su forma de vida se había convertido en un problema para la familia. Con lo que la querían. Con lo importante que era para ellos. “Algún día madurará y le entrará la sensatez”, pensaban.

Cada poco tiempo salíamos juntos los dos matrimonios. Nos contaban sus problemas. Itziar era el centro de todas las conversaciones. Estaban en un callejón del que no sabían salir. Les había amenazado incluso con abandonar la familia. Intentamos ayudarles, nos pidieron que le vigiláramos, que le invitáramos a casa con cualquier excusa. Pero se escurría como una anguila.

Cuando se acercó su 18 cumpleaños, su mayoría de edad, parecía estar más alegre, más cariñosa. No era la misma que de niña pero ahora transmitía algo más de ilusión a la familia. O eso les parecía. Amama estaba volcada con ella. “Seguro que ahora sí que va a madurar”, pensaba.

Llegó el día de su cumple. Un sábado. Habían preparado en el caserío una fiesta de aúpa. Nada menos que 18 años. Mayor de edad. Vendría a comer toda la familia. Y los mejores amigos, si podían. Nosotros también fuimos, por supuesto. Para eso habíamos compartido los buenos y los malos momentos. “Seguro que ahora todo irá bien”, decíamos convencidos.

Y estaba la sorpresa de los regalos. Magníficos. Y algunos muy caros. Hasta una moto. Todo para que Itziar estuviera contenta. Había sido tan bonito comprarlos y soñar con el momento en que los recibiera, rodeada de todos los seres más queridos. Y, sobre todo, soñábamos con que volvería a la familia.

Itziar se levantó tarde. Casi a las 12.00. Había estado de juerga con sus amistades. Había llegado tarde y con malas pintas. Habrá bebido, pensaron. Pero es normal. No siempre se cumplen los 18.

“Me voy un momento, ahora vuelvo” dijo. A las 2 ya estábamos todos en el comedor para tomar un aperitivo e Itziar no aparecía. Ni a las 3 ni a las 4. ¿Qué hacer?

Maite registró su habitación. Todo. Y, entre sus papeles encontró una tarjeta de un bar de copas en Bilbao. Eran ya las 7. Y Joseba me dijo: “oye, como tú vives en Bilbao, vamos juntos a ese bar que seguro que lo encuentras antes. Y si saben de ella, me ayudarás a buscarla. La tenemos que encontrar y traer a casa”.

El bar estaba en Santutxu. Era un Club. Muy mala pinta. Joseba y yo entramos y preguntamos por ella a un camarero que nos dijo: “¿quién le busca?”

“Su aita y un amigo”, le dije. Joseba se había quedado mudo. Y el camarero desapareció un momento para volver con el que, supusimos, era el jefe.

“Pasen a este reservado conmigo”, medio ordenó. Allí nos dio detalles. “Su hija está haciendo un servicio con un cliente. Lleva días rondando por aquí, queriendo trabajar. Viene con un tipo de muy malas pintas, un camello, probablemente un yonki”.

“Le dije que no admitía menores”, nos comentó el encargado, “que era un sitio muy serio”. Por lo que sé, nos dijo, lo había intentado en otros clubes con la misma respuesta. “Hoy, al cumplir los 18 años, se ha presentado otra vez. Y le he admitido.”

Y allí estaba libremente, aseguró, con un cliente. “Si quiere puede irse que en ese club, dijo, no se retiene a nadie a la fuerza”. Si seguía se llevaría una parte de los ingresos, nos contó con gran frialdad. “Eh, y no llamen a la Ertzaintza, que no sirve para nada. Todo está en regla.”

Esperamos. La hija terminó y vino al reservado donde seguíamos nosotros. Yo pensé al verla, lo reconozco: “no le hace falta a una chica tan guapa llevar tan poca ropa”. Nos miró sorprendida, “¿qué hacéis aquí? ¿Cómo me habéis encontrado?,” nos interrogó.

“Quiero que os vayáis y que os olvidéis de mí. Estoy enganchada al caballo. Y no voy a dejarlo. No quiero dejarlo y no me vais a convencer. Me ganaré la vida de esta forma y mi chico me pasará la droga. Y así estaré mientras el cuerpo aguante. Hasta que un día me rompa. Pero haciendo lo que quiero. Y no quiero veros más, es mi decisión. Y soy mayor de edad”

Acompañé a Joseba a su caserío. La desolación le había invadido. Cómo contárselo a Maite. Fue muy duro. No había consuelo. Imposible.

Les dejé con su dolor. Nunca más quisieron volver a salir con nosotros. No podían. Les llamamos constantemente, intentamos visitarles, pero no querían. No reaccionaban. Estaban derrotados. Llegó un momento en el que la situación se hizo insuperable.

Hoy solo queda el recuerdo. El triste recuerdo. Y nuestros pensamientos cuando encontramos a jóvenes, chicas o chicos, tirados por la calle.

NOTA.- Esta historia tiene como base de fondo algo que me contaron hace muchos años, en los 80, aquello tiempos en los que tantos jóvenes sufrieron el azote de la maldita drogadicción.

Jorge Ibor
Noviembre 2019.

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