Araceli, el Pagasarri y la biodiversidad

¿Juanjo, te animarás a escribir un artículo para la revista?”. La voz de Araceli sonó suave y educada, como siempre. Fue en el momento de despedirnos, en la Casa de Galicia del Arraiz. También sonó firme, como siempre. Horas antes, nos habíamos reunido, como de costumbre, en la boca del metro de la plaza de Indautxu para comenzar nuestra subida al Pagasarri. No habíamos dejado nada al azar: el plan estaba perfectamente trazado, el itinerario, decidido, el buen tiempo, encargado…

El atractivo del Pagasarri radica, en buena medida en su diversidad: de formas de vida (Bolintxu, tan cerca de la ciudad es una zona privilegiada en ese sentido), de caminos, de recovecos, de paisajes diferentes. Así que nuestra intención, como siempre, era evitar el camino más frecuentado: habíamos elegido la pista de Artabe, el collado del Pastorekorta y el roquedo sobre el farallón que mira a Zollo, para acceder a la cima antes de alcanzar el refugio, con su provisión de tortilla y chorizo cocido… el plan era perfecto.

Solo que, luego, todo se torció. Tan bien preparado como lo teníamos. Por un momento, la situación me recordó a un operativo que, hace ya unos cuantos años montó la Guardia Civil en Álava.

Por lo que contaban, se trataba de capturar a un grupo de atracadores que había huido de Vitoria en dirección al santuario de Estibalitz. Según contaban, La Benemérita, al parecer, había establecido un cerco perfecto: todas las carreteras, pistas forestales y senderos habían sido cortados. No quedaba sino ir estrechando el cerco, era cuestión más de minutos que de horas. Lo habían hecho todo bien, pero ocurrió algo sorprendente: fueron los atracadores quienes lo hicieron mal. En lugar de haberse situado dentro del cerco, se habían situado fuera. Cometieron ese error imperdonable y, como consecuencia, no se les pudo capturar.

Nuestro error debió de ser no contar con las clarisas, ¡Ay las clarisas! Con este lío del obispo franquista – cismático, no les llevamos los huevos a las clarisas. Quién sabe si ese fue el origen de todo lo que vino después: el refugio se encontraba cerrado por una avería en la conducción de agua, por lo que no podíamos contar con el habitual tentempié a base de chorizo cocido y tortilla.

Además, el día venía abundantemente pasado por agua. Ni siquiera podíamos descartar algún ciclón, terremoto o vaya usted a saber qué clase de fenómeno adverso. 

Nos preparamos para lo peor y, con todo y con eso, algo más de 20 majaras enfilamos por Escurce y Larraskitu hacia las primeras estribaciones de nuestro monte.

La lluvia no cesaba y, a medida que nos íbamos calando, fuimos descubriendo también la biodiversidad latente dentro de una misma especie: la de los “sapiens”.

  • Oye, que si sigue lloviendo así, igual mejor dejamos la pista de Artabe y demás y nos vamos por el camino más cómodo.
  • El camino más cómodo es el más cómodo, pero no el más corto. En caso de cambiar, ya puestos, vámonos por el más corto.
  • No, porque ese, con este día, seguro que tiene mucho barro.
  • Oye, y total, si además no vamos a poder comer nada en el refugio, ¿Por qué no cambiamos el plan, nos vamos al Arraiz y picamos algo allí, en la Casa de Galicia? El camino hasta allí también es muy bonito…
  • ¡Qué dices! El objetivo es el Pagasarri, pues vamos al Pagasarri y después ya, sí podemos ir al Arraiz, pero después de haber subido al Pagasarri.

Todo pudo terminar como el rosario de la aurora. Personalmente, cuando voy en grupo, nunca me gusta ni que nadie se adelante demasiado, ni dejar a nadie atrás, ni dividir el grupo. Menos aún, en días de lluvia y niebla. Y soy de esa clase de pusilánimes que prefiere ceder antes que dividir.

Pero con la diversidad de los sapiens habíamos topado y, cómo no, con su mayoría de edad- así que, finalmente, no quedó otro remedio que ceder… a la división: un grupo alcanzamos la campa y el refugio del Pagasarri, mientras el otro se dirigía directamente al Arraiz.

Finalmente, todos volvimos a encontrarnos en el Arraiz y, en la despedida, con ese tono tan suave y educado de siempre, tan firme, como siempre, volví a escuchar la voz de Araceli que me decía: “Juanjo, por favor, anímate a escribir el artículo para la revista de la asociación.”.

Le contesté que sí, amable y pusilánime, como siempre, aunque ambos supimos que el dichoso artículo iba a hacerse esperar. “Juanjo, el artículo, coñññiiiiiooooo!”. Había pasado un mes y esa voz y ese tono, no eran de Araceli. Eran del cabronazo de Txema Múgica (así escribíamos “Múgica” cuando ambos estudiábamos – a él, le cundía más- en el Patronato).

Le prometí que lo hacía en un par de días… que terminaron siendo siete. Al final, como en el cerco de la Guardia Civil a los atracadores alaveses, como el 18 de abril pasado por agua en el Pagasarri, como con tanta frecuencia ocurre en tantos ámbitos, lo inesperado nos ha sacudido y, sobre todo, ha sacudido a Araceli.

Ahora yo espero poder seguir escuchando por mucho tiempo, la voz suave, educada y firme de Araceli, gracia que espero alcanzar. Y también espero que toda esa clase de hijos de puta que adoran la muerte desaparezcan de la faz de la tierra o que, al menos, nunca encuentren reposo en ella. Gracia que sé que no voy a alcanzar.

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