ESTADO DE KARAH – La etnia Karen

Habíamos entrado en el Estado Karah. Situado en la parte sureste del país, limita con Tailandia por el oriente y con el río Ayeryawadi  y su delta por occidente.

Loikaw, que cuenta con unos 11.000 habitantes, es probablemente su ciudad más importante y desarrollada, por decir algo.

Este Estado está habitado mayoritariamente por la etnia del mismo nombre, también llamada Kerenni o, en occidente, el pueblo Karen.

El motivo por el que pedimos expresamente visitar esta región fue conocer a las mujeres Karen en su propio ambiente, no en los “escaparates” en los que son expuestas.

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                               Con una abuela Karen en el poblado en fase de mejora

Después de haber visto como las muestran  en el Lago Inle, tristes, arrugadas, con ojos suplicantes, íbamos a ver a sus compatriotas alegres, sonrientes, orgullosas, no dependientes todavía del turismo y enseñándonos su etnia y sus costumbres como algo digno.

De esto seguiré hablando más adelante. Pero antes quiero dejar claro que la zona de las montañas que visitamos se había abierto a los extranjeros el año anterior a nuestra llegada.

No vimos a ningún turista más si bien, alejado de la población en la que estuvimos, justo al lado de la carretera que abandonamos para penetrar en su ambiente, había un puesto muy nuevo aunque modesto de suvenires con una joven alfrente. Anticipo del deseado mejor futuro.

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                      Construyendo carreteras

Loikaw – Pan Pet

Nada más salir del hotel fuimos a un nuevo mercado local, el de la cercana población de Demawso en cuyo término municipal se encuentra la presa de Ngwetaung. Tuvimos suerte ya que se celebra cada 3 días. La economía de trueque triunfa en este recinto donde hay puestos en los que se puede comer.

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              Puesto de venta con gran colorido

Se vendían especialmente productos locales, sobre todo agrícolas. Como es habitual destacaban el intenso colorido y los infinitos aromas que hacen que estos recintos sean tan atractivos.

Había muchas variedades de setas a la venta. Todas naturales, ninguna de criadero.

En el recinto había un edificio con altavoces de los que salían los que eran para nosotros monótonos mensajes y rezos budistas.

En nuestro camino a Pan Pet, el poblado Karen donde íbamos a ver en su hábitat a las Señoras de Cuello de Jirafa, pasamos cerca de campos de arroz y de carreteras en construcción.

Las carreteras se construyen con muy pocos medios. Observamos como en una montaña próxima a una de estas obras unos operarios con un martillo pilón rompían una roca para, seguidamente, otros, básicamente mujeres, con un mazo, lograban convertirlas en gravilla que, a su vez otras, en ocasiones acompañadas de algún muchacho, transportan en cestos en brazos o sobre sus cabezas para distribuirlo por la zona a pavimentar donde otro joven iba expandiendo el alquitrán con una especie de regadera y, finalmente, una pequeña apisonadora pasaba por encima.

En general, podemos decir que había actividad laboral si bien, salvo excepciones, las que trabajaban eran mujeres sobre todo en las tareas más duras.

Los únicos medios mecánicos que vimos fueron una antigua apisonadora, un martillo neumático y un viejo camión para transportar las piedras.

El lugar al que nos dirigíamos todavía estaba bastante virgen. Sabemos que poco después, con la llegada de infraestructuras, se ha convertidoen una zona de visitas turísticas organizadas para las que se estaba preparando cuando lo visitamos.

Seguimos avanzando por la zona de carreteras entonces en construcción.

Cerca de lo que podíamos considerar el arcén vimos las dos primeras mujeres Karen auténticas en dos negocios artesanales, modernos en su construcción y con muy pocos productos a la venta.

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                                 Joven Karen con su hijo

Una de ellas, muy joven y guapa, nos recibió con su hijito metido en un capazo que llevaba en su espalda.

Continuamos un rato, no mucho, por la carretera general. En un desvío tomamos un camino de tierra entre árboles por el que avanzamos unos 30 minutos hasta llegar a un punto en el que el vehículo no podía seguir.

Continuamos otros 30 minutos andando, llegando a un poblado muy, muy humilde, con el tendido eléctrico en fase de instalación, calles sin asfaltar, charcos y viviendas muy pobres.

No obstante, la magnífica luz natural y la limpieza dentro de la pobreza hacían que resultara más agradable que muchos de los hacinados barrios de Yangon o Mandalay.

También había una tienda con artesanía que, además, tenía una mínima terraza donde la dueña estaba tejiendo. Encima de la mesa tenía un pequeño diccionario plastificado con las frases más sencillas para dirigirnos a ella.

Con la imprescindible ayuda de nuestro guía entablamos una corta conversación con una vecina, entrada en años, que nos dijo ser madre de 10 hijos y abuela de 22 nietos. Llevaba con gran orgullo aros en el cuello, los codos, las muñecas, las rodillas y los tobillos.

Parece que hay dos versiones sobre los “cuellos de jirafa”. Una más poética: los Karen creen que descendientes de dragones y por ello las mujeres intentar alargar el cuello para tenerlo como ellos. La otra es que utilizaban los aros para defenderse de los ataques de los tigres centrados especialmente en esa zona del cuerpo. Sea como fuere, están seguras de que realza la belleza y que  es símbolo de riqueza. Cuantos más medios económicos tienes, más aros utilizas, dicen.

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                       Tejiendo

Los primeros aros se ponen, en general , cuando la niña tiene unos 5 años si bien tanto los padres como sus hijas se pueden negar y esperar a que la criatura sea mayor y decida por su cuenta. De hecho vimos en el poblado niñas, jóvenes y

 mayores con ellos o sin ellos.

Pero parece cierto que a los hombres les gustan las mujeres con cuellos alargados y, aunque dicen que en este país hay igualdad de género, en realidad el machismo es total.

Solamente puede colocar los aros el experto de la población La señora con la que hablamos dijo que en su familia le paga un gallo vivo por cada aro que instala.

 Por cierto, los hombres no pueden llevar los aros por tener nuez.

Dimos una vuelta y entramos en una escuela (la natalidad es alta en estas zonas rurales) en la que había tres habitáculos, uno para enseñar ciencias: matemáticas, física,…, otro para humanidades: geografía, historia, literatura… y en el tercero una clase para los más pequeños, calculo que entre 5 y 10 años donde unos niños y niñas estaban aprendiendo a leer por medio de canciones con el ánimo y la alegría propios de la edad.

 

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         Traductor birmano – inglés

En la parte exterior había una pobre zona de juegos para los niños. Exactamente un recinto de tierra con vallas de madera y un columpio doble muy rústico. Bego e Isabel montaron en él.

 

De vuelta al monovolumen vimos a una joven karen con sus aros al cuello picando piedra con un mazo y comentamos lo duro que tenía que resultar sentir como se añaden al lógico cansancio las vibraciones que tenía que sufrir en el cuello con cada golpeo.

En el retorno a Loikaw pasamos por la presa Ngwetaung. Sobre ella hay una estrecha carretera con varios miradores donde parar. Desde lo alto de la presa algunos jóvenes se lanzaban al agua para refrescarse. Alrededor se veían más campos de arroz.

Comimos en Loikaw en un restaurante junto al rio. El sitio era muy humilde, agradable y bucólico. Lo que nos sirvieron, muy deficiente. Pedía San Yu algún plato con un poquito de picante. Probé un pescado que dijeron cumplía mis deseos y me destrozó la boca y la garganta. Me dejó tocado el estómago para todo el día. El concepto “pica mucho o poco” es muy  diferente según los pueblos y las personas.

Sucedió que en los postres Isabel pidió un mechero.Le mostraron que estaban colgados del techo en varios puntos a lo largo del local a disposición de los clientes. No nos habíamos fijado.

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               Atentos en clase

Después de comer, o de no comer en mi caso, nos encaminamos hacia la cueva de piedra caliza de  Kyet. Tras una subida de unos 150 irregulares escalones, algunos de ellos de buena altura, entre una abundante vegetación y con bastante calor, haciendo sin duda un ejercicio poco apropiado para después de mal comer, llegamos a la entrada de una gran oquedad presidida por una escultura de Buda y nos adentramos en ella unos 300 metros ayudados por la luz de unas linternas que nos facilitó nuestro cicerone. Fue un recorrido poco preparado para este fin lleno de subidas y bajadas con un firme muy irregular que tiene como mayor interés algún pequeño altar llevado allí por algún monje (digo yo que tenía que estar muy pirado) para hacer méritos.

De vuelta a Loikaw paramos delante del Museo Estatal Kayah que estaba en restauración y, por tanto, cerrado al público. Una pena ya que seguro  que era interesante.

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         En el columpio del cole

Desde aquí nos encaminamos al Monasterio, antiguo Palacio, Hawof Loikwa. Se trata de un bonito edificio residencial que a finales del SigloXIX, derrocado su propietario, pasó a ser Monasterio. En mi opinión el suelo de la zona de acceso no se ha limpiado desde entonces. No es que te manches. Es que te quedas pegado y, claro, como estás dentro del recinto sagrado tienes que estar descalzo.

Subimos por su magnífica escalera central que parece demasiado grande para el tamaño de la construcción, y que desemboca en una capilla con Buda presidiendo la zona.

Se pasa a continuación por una galería de fotos del último propietario civil hasta acceder a una sala de gran tamaño, en este caso extrañamente limpia, en cuyo frontal hay una nueva estatua de Buda y a la izquierda, en un rincón y muy disimulada, estaba colocada una televisión de pantalla plana donde un monje “meditaba” con atención sobre el guión de una telenovela, posiblemente coreana, que emitían subtitulada. Aparentemente se llevó una sorpresa con la llegada de turistas.

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                                                              El poblado

Mientras este monje permanecía concentrado en sus profundos pensamientos, por los ventanales observamos la construcción de una ampliación del monasterio. Por supuesto, las piedras las llevaban las mujeres mientras los monjes situados en sus cercanías se limitaban a observar y comentar acerca de cómo lo hacían, quizás practicando para el momento de su jubilación.

San Yu me presentó al superior que me enseñó todo satisfecho los planos del nuevo recinto que se estaba construyendo con los donativos de los penitentes, los peregrinos y los escasos turistas que les visitan. La reacción por mi parte fue desearle lo mejor y que las enseñanzas de Buda les guiasen. Como estaba seguro de que no necesitaba hacer méritos no hice ninguna donación.

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                           Subiendo a la cueva
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                              Galería de fotos

Volvimos al hotel. Teníamos un rato libre hasta la hora de la cena (también no cena para mi).Bego y yo dimos una vuelta antes por los alrededores del hotel, prácticamente entre tinieblas que ya se estaba haciendo de noche. Lo que más nos llamó la atención fue un barracón destartalado con dos jóvenes en su interior que eran un médico y una enfermera. Se trataba de una consulta – clínica privada señalizada con una cruz roja. En el habitáculo de acceso había una mesa y unas sillas y en el adjunto un camastro que simulaba hacer de camilla de quirófano. El suelo, pura y dura tierra.

Mientras tanto, Isabel se había ido a una peluquería que habíamos visto en la calle principal en la que le atendieron al “estilo chino”: le tumbaron en una camilla para lavarle el pelo y peinarle. Además, nos dijo, le dieron un agradable masaje en la cabeza.

El interesante día nos había permitido, sobre todo, conocer a las mujeres Karen en su realidad.
Hubiera sido bonito poder quedarnos a comer entre los habitantes de la población. Pero estaba claro que no había ningún lugar apropiado.

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                                               Reflejadas en la pileta

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