IN MEMORIAM

Que la intolerancia absurda y cruel no nos mate la ilusión por seguir asombrándonos y emocionándonos con las gentes, los paisajes y las culturas de este mundo ancho y diverso.

Me pareció oportuno transmitírselo a Araceli, aquel 19 de mayo, después de que nos escribiera al grupo de amigas desde el hospital de Kabul . Estaba viva (un milagro, nos decía), reponiéndose tras el tiroteo que sufrieron, ella y sus compañeros de viaje, en el mercado de Bam.

Durante dos largos meses esperamos esa recuperación. El verano ya estaba bien asentado cuando, sin despedida y sin equipaje, Araceli emprendió un viaje hacia algún lugar donde no se expide billete de vuelta.

Se me agolpan los recuerdos. Tantas caminatas, tantos montes, tantos viajes compartidos. Se me vienen muchos a la memoria, pero hay alguno que me merece una mirada especial. Asi que trataré de rebuscar en esa memoria y poner letra a un magnífico viaje que disfrutamos en Líbano hace algunos años.

El viaje era en grupo, pero en esa ocasión resultó que el grupo éramos Araceli y yo. Así que pusieron a nuestra disposición un coche, tipo turismo, con un guía-conductor para el recorrido. Y guías de montaña para las caminatas porque se trataba, en parte, de una ruta de senderismo.

En Beirut paseamos por la Corniche al atardecer. Se iba desvaneciendo el domingo y el mes de mayo, y el paseo estaba francamente concurrido: familias con niños que correteaban bulliciosos, y jóvenes , algunos haciendo deporte o pescando, aprovechaban las últimas horas del día festivo junto al mar.

A la mañana siguiente nos esperaba nuestro hombre guía-conductor dispuesto a acompañarnos por el país. Era un hombre de unos 60 años, amable y conversador, que hablaba un fluido castellano. Se declara cristiano maronita y enseguida advertimos una cierta animadversión hacia los que practican la religión musulmana en el país. Se lamentaba, entre otras cosas, de que, como tienen más hijos que los cristianos, en el futuro los musulmanes van a constituir la mayoría de la sociedad libanesa…

En Masseer el Chouf , una Reserva de Cedros, un guía oficial nos acompañó en la primera caminata por un tupido bosque de magníficos árboles. Nos señaló uno que llevaba tres mil años en el lugar… El viejo cedro debía de haber sido testigo de muchas historias desde su silenciosa inmovilidad.

En algo más de tres horas llegamos a Barouk desde donde volvimos, en coche, hasta Maseer el Chuf para pasar la noche.

Este era un pequeño y tranquilo pueblo cuyos habitantes son drusos casi en su totalidad. Un pueblo donde no había mucho que ver ni mucho que hacer. Nos acercamos a una tiendita que tenía un par de mesas en el exterior y allí dejamos pasar el tiempo acompañadas de la señora del establecimiento (drusa también, nos aclaró) que se sentó a compartir con nosotras unos refrescos y la quietud de la tarde.

De camino a Baalbeck, después de caminar entre los cedros de Baruk, paramos en Anjar para pasear por las ruinas de la antigua ciudad omeya, ya en el valle de la Becaa. Y también hicimos un alto en Tsara para visitar (y no estaba en ruinas ,afortunadamente) una bodega donde pudimos hacer una degustación y comprar algunas botellas de vino en la creencia de que podían ser unas buenas compañeras en algún momento del viaje.

Y llegamos a Baalbeck, que, después de lo que habíamos leído y escuchado, pensábamos sería un punto fuerte del viaje. Las expectativas, pues, estaban al alza. Y doy fe de que había sobrados motivos para ello.

Entrando en la pequeña ciudad observamos cierta contaminación en el ambiente. El día era espléndido y no había industria alguna por los alrededores así que preguntamos a nuestro guía el motivo de esa especie de polvillo que parecía flotar en el aire; la respuesta nos dejó aterradas; lo que llegaba era el polvo que levantaban los bombardeos de Siria, que estaba justo al otro lado de las montañas que se veían desde Baalbeck…

Otra sorpresa, esta vez agradable, que nos deparaba esta ciudad era el hotel donde nos alojamos, el hotel Palmira.

Cuando llegamos parecía estar cerrado; ninguna luz, ningún sonido salía de aquel que fuera un magnífico caserón, ahora descuidado y desconchado. Al llamar al timbre salió a abrirnos la puerta un hombre mayor y menudo que nos invitó a pasar. Luego supimos que era Ahmed, que llevaba trabajando en el hotel desde 1954. También supimos que allí se había alojado gente como el Sha de Persia, De Gaulle, Einstein, Cocteau o Ella Fitzgerald, entre otros famosos personajes.

El interior dejaba patente un lujo decadente. Tuvimos la impresión de que estaba casi todo el edificio cerrado y sólo mantenían en uso una de las plantas. Debíamos ser las únicas que nos hospedábamos aquella noche. El piso consistía en un salón inmenso cubierto casi totalmente de alfombras que debían haber conocido mejores tiempos, y sofás que reclamaban un cambio de tapicería. Un par de armarios con espejos y algunas mesitas de madera oscura completaban el mobiliario. Alrededor del salón estaban las puertas de las habitaciones Precisamente en ese piso estaba la que ocupó De Gaulle en alguna ocasión, la nº 30, creo. Es de suponer que en su momento estaría mejor acondicionada de lo que estaba la nuestra: las ventanas estaban decoradas con unos antiguos y raídos cortinones, los colchones eran francamente incómodos, (entiendo que por el uso sin sustitución durante muchos años) y había alguna silla que cojeaba. Por no hablar del cuarto de baño: cuando abrías el grifo provocabas todo un concierto de cañerías y desagües. Por suerte no teníamos vecinos a quienes pudiéramos molestar.

Pero el vetusto hotel frente a las ruinas de Baalbeck tenía un encanto difícilmente permutable por el más confortable de los alojamientos.

Araceli y yo habíamos decidido prepararnos nuestra cena-festín en el salón del hotel. Un sitio como ese había que disfrutarlo. Y, además, en la ciudad no habíamos visto ningún lugar agradable para cenar. Había algunos sitios de comida rápida, donde habíamos tomado el refrigerio del mediodía, pero nada más. Disponíamos de un buen jamón que había viajado desde casa con nosotras y por la mañana nos habíamos aprovisionado de un estupendo vino en Tsara. Sólo nos faltaba algún dulce. Al atardecer, saliendo del recinto arqueológico, nos habíamos sentado a tomar un té y preguntamos al hombre que nos atendió si podía indicarnos una buena pastelería. Con una amabilidad que agradecimos, se ofreció a acompañarnos a la tienda de su primo, que era la mejor, aseguró, cuando termináramos el té. Pues no sé si era la mejor pero doy fe de que los pasteles del establecimiento del primo eran absolutamente exquisitos. Colocadas las viandas sobre una de las mesitas del salón, bajamos sigilosamente al comedor a buscar la vajilla que necesitábamos. Todo estaba a oscuras y en silencio, no parecía que hubiera nadie. Nuestro chofer había ido a pasar la noche a su casa, que debía de estar no lejos de Baalbeck, y al parecer Ahmed pernoctaba fuera del hotel (o era absolutamente discreto y no quiso dejarse ver).

Fue un buen final para un día que había sido magnífico.

Por la tarde habíamos conocido la joya del valle de la Becaa. El eterno Baalbeck que fue fenicio, griego, seleúcida, romano, bizantino y otomano (y en ese momento feudo de Hezbolá) nos regaló un asombroso y emocionante paseo por las ruinas romanas.

Los romanos conquistaron la ciudad en el 64 a.C. y dio comienzo a la época más importante de su historia.

Los vestigios que permanecen hoy día son impresionantes. Debe de ser uno de los yacimientos romanos más grandes y mejor conservados del mundo. La entrada entre los propíleos es magnífica. Las seis columnas del templo de Jupiter es quizás lo más representativo del recinto. Una se imagina las dimensiones del templo al contemplar esas columnas de 22 metros de altura. Poder admirarlas entre la luz naranja del atardecer fue inolvidable. El templo de Baco es probablemente el mejor conservado. Pero todo el conjunto es de una belleza extraordinaria. Estiramos el tiempo pasando una y otra vez entre las columnas, los patios, los templos… Estábamos solas, no había más visitantes, y nos felicitábamos por la suerte de gozar de semejante lugar sin que ninguna voz, ninguna presencia humana irrumpiera en aquel espacio de contemplación.

Cuando nos disponíamos a abandonar el recinto entraron dos jóvenes libanesas, con una encantadora sonrisa, nos dieron las gracias por visitar su país y se empeñaron a tomarnos una foto.

Inolvidable Balbeek!

En el silencio de la noche, desde un balcón del hotel Palmyra podíamos oír el sonido de los tiroteos en la próxima Siria.

En una calle cercana, coches policiales controlaban el acceso a la ciudad. La oscuridad aportaba un tinte de miedo y tristeza en aquel escenario de tanta belleza.

Nos reencontramos por la mañana con nuestro conductor que parecía preocupado por haber tenido que dejarnos solas en una población netamente musulmana….

Ahmed vino (no sabemos de dónde) a despedirnos y abandonamos con pena ese caserón, esa ciudad que tanto nos había impactado

Pasando por unos majestuosos paisajes llegamos a las fuentes de Afqa y poco después a la población de Aaqoura, donde un guía de montaña nos esperaba para comenzar la caminata del día. Era un hombre próximo a la cincuentena, pensamos, alto y fornido. En una hora habíamos llegado a un lugar, de nombre Balaa, donde un impresionante salto de agua se precipitaba desde una cueva, sobre un pozo cuyo fondo era una adivinanza. El lugar, lleno de grutas, con el ensordecedor ruido del agua, nos pareció un tanto sobrecogedor. Luego nos apartamos del sendero y anduvimos un rato largo entre grandes piedras y una vegetación que nos llegaban por encima de la rodilla. El hombre llevaba un ritmo que nos pareció endemoniadamente rápido pero, como no estábamos dispuestas a mostrar ningún signo de debilidad, le seguíamos sin rechistar, eso, si, con la lengua fuera. . Más tarde recuperamos un agradable camino, pasando por algunas aldeas y valles donde la naturaleza había tejido una gran alfombra de flores esperando las pisadas de un verano que no tardaría en llegar.

Poco después nuestro guía nos preguntó si queríamos parar para comer. Le dijimos que no, que más tarde. Al rato insistió para descansar pero no nos pareció el momento. Nos distrajimos para tomar alguna foto y al salir de una curva del camino encontramos al hombre sentado sobre una piedra, sudoroso y con la cara lívida. Asustadas le preguntamos si le pasaba algo y nos confesó que hacía algún tiempo le habían practicado una operación de corazón y no se sentía bien. Nos quedamos pues a descansar. Pero el hombre no parecía mejorar lo suficiente para echar a andar. Y qué hacemos ahora, nos preguntábamos Araceli y yo un tanto perplejas ante la situación. Nunca nos había ocurrido algo semejante. Teníamos que hacernos cargo de la persona que nos tenía que guiar por aquellos montes… No sabíamos exactamente dónde estábamos, ni la ruta a seguir, ni dónde había que llegar. Y con alguien que, a todas luces, necesitaba auxilio. Bonito panorama! Afortunadamente, después de un prolongado descanso el guía parecía un poco recuperado y decidió acortar la ruta saliendo a una carretera para pedir ayuda. Una vez alcanzada la carretera paró un vehículo y se marchó dejándonos haciendo auto-stop con la indicación de que nos llevaran hasta Tannourine. Cuando llegamos a su casa (pernoctábamos en la casa del guía esa noche) lo encontramos tranquilo, repantingado en un sofá con una cara que ya habia recuperado el color, acompañado de su mujer y de nuestro chofer. Cenamos con gusto y con sensación de alivio.

Este hombre iba a ser el que nos iba a guiar también en la caminata del día siguiente pero, por razones obvias, tuvieron que buscar un sustituto. Este resultó ser un chico joven y agradable con el que hicimos el camino desde Tannourine, caminando por la reserva de cedros para luego tomar la ruta hasta otra reserva, la de Bcherri, (míticos cedros de Líbano que son mencionados en la Biblia!), por las laderas de los montes que, en junio, estaban cubiertas por infinidad de flores de todos los colores.

El último día de trekking abandonamos los hermosos cedros para adentrarnos en un valle profundo y verde, el Valle de Qadisha, salpicado de numerosos monasterios medievales, algunos de ellos en uso y otros ya cerrados. En este valle se encuentran algunas de las comunidades monásticas más antiguas de oriente Próximo. En un principio las cuevas naturales, dispersas y muchas difícilmente accesibles, ofrecían a los monjes y eremitas las condiciones ideales para vivir en soledad y contemplación. Posteriormente se levantaron las capillas y los monasterios que hoy día se pueden contemplar y admirar.

Iniciamos el recorrido con un pequeño ascenso que nos lleva hasta el monasterio de Mar Lishaa con su misteriosa losa negra. Después, en un continuo subir y bajar, vamos descubriendo otros monasterios. Algunos conservan en su interior hermosos frescos. Creo que fue en el de Ntra. Sra. De Hawqa donde encontramos a un eremita, de apellido Escobar, no recuerdo si español o sudamericano, que debía de llevar por allí unos cuantos años y, probablemente cansado ya de tanto silencio, tenía bastantes ganas de hablar.

Después de salvar un buen desnivel llegamos al pueblito de Hawka donde tomamos un té y un descanso. Conocimos allí a dos mujeres que habían vivido en Venezuela y hablaban un perfecto castellano así que la tertulia se prolongó un poco más de lo previsto. Pero no había prisa y siempre merece la pena una charla distendida en un lugar tranquilo y hermoso. Tras otra hora y media, prácticamente de carretera estrecha y apenas transitada, llegamos al monasterio de San Antonio de Qozhaya, uno de los más antiguos de Líbano y de los más importantes del Valle. Allí despedimos a nuestro guía, Elie, un chico joven que nos había acompañado en esta última caminata con una amabilidad y una simpatía extraordinarias. El chico hablaba inglés y francés y dado que a Araceli se le daba mejor el inglés y a mí el francés él intentaba dirigirse a nosotras según el idioma elegido. A menudo se equivocaba con el idioma y terminábamos los tres a carcajadas. Había sido una ruta preciosa y divertida y nos dio mucha pena esa despedida. Quizás también la pena era por el final del trekking. Aun nos quedaban días en Líbano pero colgar las botas siempre produce algo de nostalgia.

Pasamos la noche en un monasterio de nueva construcción donde se alojan los peregrinos. No debía de estar muy concurrido en esa ocasión porque nos pusieron para las dos una espaciosa habitación con ocho camas y dos baños. Un lugar tranquilo para un descanso merecido.

Abandonamos los monasterios para ir descendiendo en nuestro vehículo hasta la línea de costa y acercarnos a Trípoli, la segunda ciudad más grande de Líbano. Me fascinó esa ciudad, totalmente árabe (aunque haya tenido influencias fenicias, romanas y otomanas) señorial y un tanto decadente al mismo tiempo. Tras visitar el castillo de San Gilles, , una fortaleza de la época de las cruzadas, situado en una colina con vistas a la ciudad y al Mediterráneo, nos adentramos en la parte antigua de la población. Una delicia recorrer sin prisa los animados zocos, las estrechas calles donde las antiguas casas de piedra van mostrando descaradamente una maraña de cables retorcidos y ropa puesta a secar También fue interesante entrar a ver alguno de los antiguos (pero en uso) hammanes que aun existen en la zona y visitar alguna mezquita para luego acercarnos al puerto y sentir el olor del mar.

Otro día llegó el turno de Tiro y Sidón.

Tiro fue, al parecer, la ciudad fenicia más importante de la Antigüëdad. Tenía una parte continental y otra insular separadas por un estrecho de menos de un km. Ambas partes fueron unidas por un istmo artificial, obra de Alejandro Magno al asediar la ciudad. Lo más importante al día de hoy son sus dos magníficos sitios arqueológicos.

El llamado Al-Bass, situado al este de la antigua ciudad, está constituido por una antigua necrópolis fenicia y otra necrópolis romano-bizantina, con una espléndida avenida que nos lleva hasta un monumental arco de triunfo, además de un acueducto y un hipódromo romano bien conservado. Una maravilla dejar perder la vista sobre la extensa llanura, dejar que los ojos se vayan encontrando con columnas, arcos, estatuas, entre las que crecen unas pequeñas y gráciles palmeras, higueras, hibiscos y diferentes tipos de vegetación.

El segundo sitio arqueológico que visitamos es el llamado Al Mina que se ubica sobre lo que fue el emplazamiento de la parte insular de Tiro. Es más pequeño que el de Al-Bass , aunque no menos hermoso. Te vas encontrando con barrios residenciales, baños públicos, calzadas y columnas que, en su mayor parte se remontan a la época romana y bizantina. El lugar es espectacular, con el mar ahí mismo, infinidad de hileras de columnas embellecidas con adelfas blancas y fucsias; el lugar es para pasear sin prisas, degustando con lentitud la belleza que se nos brinda.

De camino hacia el puerto le pedimos a nuestro chofer que detuviera el coche junto a lo que, a todas luces, debía de ser un cementerio musulmán. Las paredes del exterior estaban recubiertas de decenas de retratos de hombres, jóvenes en su mayoría, y algunos dibujos de gente armada. Le dijimos al guía que nos esperara y, ajenas a sus protestas, atravesamos la puerta del camposanto. Era grande y estaba bien cuidado. Había banderas con simbología de Hezbolá y otras que no supimos identificar.

A cierta distancia de la entrada había un hombre vestido de blanco, sentado en una silla, que, al vernos, se levantó y vino hacia nosotras para preguntarnos si estábamos interesadas en algo concreto. Le dijimos que sólo pretendíamos conocer el cementerio y, con una amable sonrisa nos invitó a hacerlo pero, eso sí, sin fotos y en silencio, nos dijo, para no perturbar la paz de los muertos. Así lo hicimos.

Cuando salimos nos encontramos al guía presa del pánico. Qué ha pasado?, nos preguntó alarmado. Pues nada. Le contamos el encuentro con el hombre en el cementerio y lo que nos había dicho. Casi sin dar crédito nos volvió a interrogar. Sólo eso? No les ha dicho nada más? Pues no sé qué pensaba o temía que nos hubiera dicho… Araceli y yo nos reímos por lo bajini y montamos en el coche que tomó rumbo al puerto.

Allí encontramos unas callejas estrechas flanqueadas por casitas de una planta pintadas de distintos colores; eran casas humildes pero estaban bien cuidadas y armoniosamente coloreadas. Para congraciarnos con nuestro hombre-guía sufridor, le propusimos quedarnos a comer en uno de los restaurantes que había junto al mar.

Tanto en Tiro como en Sidón observamos que había militares por las calles y también encontramos algún tanque estacionado.

Entre las dos ciudades había un asentamiento de refugiados palestinos. Uno de los muchos que se levantan en Líbano. Varias banderas palestinas daban paso al poblado y, aunque al parecer no había impedimento alguno, y también debo confesar que sentíamos cierta curiosidad, no nos pareció oportuno entrar a husmear cómo sobrevivía la gente.

Seguimos hasta Sidón.

Sidón fue otra importante ciudad fenicia fundada en la misma época que Tiro y Byblos, con un comercio floreciente en su tiempo. El Castillo del Mar, una fortaleza de la época de los cruzados, está construido sobre una pequeña isla que se conecta a tierra con un puente. No quedan más que un par de torres y una muralla pero las torres están bien conservadas y el emplazamiento es soberbio..

Es curiosa la ausencia de excavaciones. Como su vecina Tiro debería de tener vestigios de los antiguos pobladores. La falta se explica, al parecer, por el terrible expolio que sufrió la ciudad en el siglo XIX.

Dejamos el puerto para adentrarnos en los zocos medievales. Me pareció un lugar fascinante con sus callejas llenas de vida donde se podían encontrar infinidad de tiendas, algunas instaladas aprovechando los arcos de piedra de las calles bajo los que los comerciantes exponen la mercancía, mayormente textil. También encontramos una plaza con una antigua mezquita y algún hamman escondido en un callejón.

Antes de volver a Beirut hicimos una parada para comprar dulces, los exquisitos dulces libaneses.

Ya tocaba despedirnos de nuestro hombre-guía–conductor. Habíamos paseado durante casi dos semanas con él y, a pesar de sus tics un poco de “meapilas”, había resultado ser un buen acompañante.

Tomamos un autobús para llegar a Byblos, reconocida como la ciudad más antigua del mundo habitada ininterrumpidamente, aunque parece que este honor se lo disputan varias ciudades , eso sí, todas ellas situadas en la misma área geográfica. En cualquier caso Byblos fue una ciudad importante, el centro comercial del mediterráneo oriental.

Hay que atravesar el zoco para llegar hasta el puerto. Este zoco es algo diferente a los de las otras ciudades; está muy cuidado y más orientado al turismo: tiendas y cafés al gusto occidental ocupan ordenadamente las estrechas callejas. Todo muy bonito y agradable pero exento quizás de esa vida local que habíamos observado en las otras ciudades y que imprime un sello de autenticidad.

El Castillo del Puerto es una fortaleza del siglo XII y desde allí se pueden contemplar las antiguas murallas . Junto a éstas se encuentran los restos de otras épocas. El templo de Badat Gebal es el más antiguo de Byblos, del siglo IV a.C., dedicado al dios fenicio Baal. Hay unas enormes columnas de la época romana y también tumbas fenicias. No son las ruinas más hermosas que hemos visto en Líbano pero su emplazamiento junto al mar les confiere un encanto especial ; dejamos pasar la mañana entre los vestigios de otras vidas.

Vamos a comer al famoso Pepe Fishing Club, un local curioso en el puerto, donde , en la década de los 60 se congregaban actores y actrices de cine y demás gente guapa. La verdad, la comida no fue gran cosa pero si el lugar para disfrutar de una estupenda terraza con vistas a la fortaleza y al mar.

Aprovechamos el último día para visitar en Beirut el espléndido museo, que no es muy grande, pero nos enganchó lo suficiente para dedicarle casi toda la mañana.

Llegamos a la zona denominada Dowtown y entramos en la mezquita de Muhammad Al-Amine, la más importante de la ciudad y también en la catedral ortodoxa de San jorge , como si hubiera que contentar a las dos religiones. Cerca de la plaza Nehmaj nos sorprenden las alambradas y controles militares. Quizás recuerdo de conflictos pasados o augurio de otros por llegar…

De camino al hotel entramos en una pequeña librería donde también se podía tomar café. La joven que estaba al cargo se puso a charlar con nosotras y, en ausencia de más clientes, el café se prolongó en una agradable velada hasta la hora del cierre del establecimiento. Después de tantas bellezas paisajísticas, los hermosos cedros, las impactantes ruinas, los fascinantes zocos, estuvo bien una charla distendida con una joven libanesa que terminaba su jornada laboral haciéndose un selfi con dos turistas.

Decididamente Líbano era un hermoso lugar. Y había sido un gran viaje.

Después vendrían más viajes con Araceli. Muchos; algunos de caminar por la montaña, otros más de patear ciudades, todos de magnífico recuerdo. Pero he querido recordar, rumiar, disfrutar (porque un viaje no se disfruta sólo una vez) el de este país que en estos momentos sufre injustamente la indeseada visita del horror.

Duele imaginarse el viento gimiendo entre los cedros, el olor a pólvora entre las columnas de Balbeek , la sombra de la muerte caminando por los zocos.

Duele la ausencia de Araceli mientras preparo la bolsa para mi próximo viaje.

Araceli, Líbano, siempre la intolerancia dictando sentencias de muerte. La intolerancia que no conseguirá matar la ilusión por asombrarnos y emocionarnos con los paisajes, las culturas y las gentes, sobre todo las gentes, de este mundo ancho, diverso y hermoso, A veces insoportablemente cruel, pero hermoso.

A. Larrañaga

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