Ainhoa es una mujer inteligente, arquitecta de profesión y ejerce como tal en una empresa de construcción donde está bien considerada. Acostumbra, desde hace tiempo, a organizar el personal. No se deja engañar con facilidad. No es creyente, ni amiga de fantasías; lo suyo es la razón, la evidencia y el argumento sólido. Es trabajadora y como a toda mujer, sobre esa imagen impertérrita, guarda en su interior un instinto maternal que no ha sido capaz de llevar a la práctica por no truncar, en la empresa de construcción donde trabaja, su carrera ejecutiva.
Aquel viernes llegó tarde a casa, el ajetreo acumulado durante la semana la arrastraba de forma irremediable a la cama. El agotamiento reclamó con urgencia el tiempo de asueto que rápidamente atrapó a su persona. Dormía plácida y tranquilamente cuando un extraño sueño invadió su descanso:
Se encontraba en Gaza con las calles llenas de polvo y escombros. Los cristales rotos que junto a trozos de cemento arrancados de cuajo invadían las aceras. Había socavones, los edificios estaban golpeados, se notaban los agujeros de las balas en paredes y fachadas, pocas ventanas tenían todos sus cristales enteros y entre los escombros de la calle de la ciudad apenas había gente. Solo el polvo y el viento que lo arrastraba adornaban el entorno.
Sonó una sirena y las pocas personas que andaban por la calle desaparecieron. Se encontró sola entre pasillos de cemento. El seco ruido de las balas trazaba su eco entre los edificios de la solitaria calle. Se oían los estruendos de las bombas, los gritos de la gente, el ruido que hacían los tabiques al caer. El polvo se esparcía por las calles como la calima.
Ainhoa echó a correr, no sabía hacia dónde dirigirse, corría sin rumbo; estaba muy asustada. A los ruidos de las balas que se oían por las calles adyacentes y los estruendos de las bombas se unían las piedras, el pavimento roto y el polvo que apenas le dejaba ver. Nuestra arquitecto se sentía muy insegura cuando, de pronto, vio a un niño de unos cinco años que, solo entre los escombros, lloraba cubriéndose la cara con las manos para que no le diera la metralla. A su lado había un cuerpo de mujer, el de otro niño y el silencio de la muerte. Ainhoa se acercó al muchacho, lo agarró e intentó protegerle con su cuerpo. Una bomba cayó al lado de un edificio de doce pisos y el hongo que produjo era más alto que aquella construcción de tantas plantas. La onda expansiva empujó a la mujer y al muchacho unos metros hacia atrás. Cuando se levantó estaba cubierta de polvo, miró de un lado a otro con nerviosismo. Todavía tenía en sus brazos ese niño que se agarraba a su cuello con fuerza. Frente a ellos pudo ver una casa, tenía la puerta destrozada y los escombros se extendían tanto por dentro como por fuera del lugar. Sin pensarlo dos veces, Ainhoa, con el niño en brazos, se adentró en aquel edificio. Como si un mal de ojo la estuviera persiguiendo, no tuvo tiempo de soltar al muchacho cuando después de un gran estruendo, la casa tembló. Allí empezó a caer el techo, las vigas, a saltar las paredes y a temblar el suelo como si de un gran terremoto se tratase. Su instinto maternal escondía al niño debajo de su cuerpo pretendiendo protegerle. Cuando se hizo el silencio, el polvo hacía de aquel sitio un lugar irrespirable. El niño tosía y se agarraba asustado. Ella se levantó entre los deshechos buscando un poco de agua. Una tubería rota dejaba escapar un chorro del dichoso líquido cuyo golpeteo contra el suelo refrescaba el polvoriento ambiente. Limpió la cara del niño y le mojó los labios. El crío hablaba en árabe, ella no podía entenderlo; pero como el muchacho no paraba de hablar y de gritar, pues estaba muy asustado, la alarmada dama, simulando tranquilidad y en voz baja, le dijo que no se asustase, lo apretó contra su pecho y le dio un beso en la mejilla. Estuvo un rato con él en brazos hasta que notó que alguien se acercaba. Entonces gritó y al parecer le oyeron y comenzaron a mover las piedras.
Apenas un rayo de luz entraba por entre los escombros, cuando Ainhoa se despertó. Miró por la ventana de su cuarto y lucía el sol, el cielo estaba azul, los coches circulaban por la calle y la gente caminaba con las prisas de un día cualquiera. Sólo había sido un sueño.
En Gaza había sido rescatado un niño que quedó atrapado entre los escombros de una casa después de un bombardeo. El niño decía que había una mujer con él, que era extranjera, que le había dado agua y un beso en la mejilla. Pero por más que revolvieron aquel lugar allí no había nadie.
En Gaza hay un niño que ha visto un fantasma que le ha salvado la vida y le ha dado un beso en la mejilla. En Gaza hay un niño que cree en fantasmas, en buenos fantasmas; aunque Ainhoa no crea en ello.
©Fernando Urien
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2 ideas sobre “El sueño”
A veces los sueños te permiten ver más detenidamente la realidad que la vorágine del dia a día nos esconde.
Desde luego, es muy diferente nuestra impresión entre las noticias y fotografías.
«A los vivos que atestan Broadway quizá les importen poco los muertos en Antietam, pero suponemos que se darían menos imprudentes empellones por la gran vía pública, pasearían menos a sus anchas si yacieran unos cuantos cuerpos chorreantes, recién muertos, a lo largo de las aceras. Se alzarían muchas faldas y se andaría con mucho tiento..» (Cita del The New York Times: de hace tiempo, sacada de in libro. Me acuerdo mucho de ella cuando leo esas cosas.
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