14 de enero de 1987 1


16:O5

Llego a casa después de trabajar. Mis tripas se revuelven porque hace horas que no pruebo bocado. Son las cuatro de la tarde. Sobre la mesa de la cocina, ordenados como de costumbre, hay un plato y a su lado los cubiertos sobre la servilleta. El olor de las alubias carga el aire de la cocina y enciende mi apetito con más fuerza de la que traía. Mi mujer me mira con la sonrisa en los labios. La redondez de su tripa no puede disimular un embarazo, pronto cumplirá los nueve meses. No sé qué tiene la maternidad hace a las mujeres más hermosas y complacientes. Me siento a la mesa y le pregunto qué tal se encuentra. «He tenido una pérdida de sangre», responde un poco preocupada. «¡No me jodas!». Se me olvida el plato de comida y me levanto a tocarle el vientre. «Vamos al hospital ahora mismo». Cojo la chaqueta y las llaves del coche y le digo que se prepare. Ella insiste en que coma algo. Ya no tengo apetito. Insisto en salir en busca del médico.

16:25

Estamos en el hospital. Ella ha entrado en la consulta de maternidad y yo he quedado fuera esperando. Camino de un lado para otro con el abrigo de mi mujer en una mano y su bolso en otra. El reloj que hay en la sala de espera marca las cuatro y media de la tarde. Otro hombre, de pelo rizado, está sentado en un sofá. Tiene las prendas de una mujer sobre las rodillas, no deja de mirar el reloj. Voy al pasillo y camino hacia la puerta de salida. El abrigo que llevo en la mano arrastra un poco por lo que lo recojo entre mis brazos. Vuelvo a la sala. El hombre sigue mirando al reloj. Son las cinco menos veinte. Doy otra vuelta por el pasillo y vuelvo otra vez a la sala. Son las cinco menos cuarto. La mujer del hombre que estaba sentado en el sofá sale de la consulta, los dos se marchan. Son las cinco menos diez. Vuelvo otra vez al pasillo, a la puerta de entrada y a la sala. Son las cinco de la tarde. Me siento en el sofá y dejo el abrigo sobre mis rodillas. Sale el doctor de la consulta y se me acerca para decirme que van a llevarla a la sala de dilatación. Me indican que está en el segundo piso. Un celador me entrega la falda, la blusa, el jersey y los zapatos de mi mujer. Cojo los zapatos con la mano derecha y la ropa entre mis brazos. Las prendas apenas me dejan ver. En el ascensor le pido a una enfermera para que pulse el botón del segundo piso.

17:25

Entro en el cuarto de dilatación y solo veo a una pareja, aún no han subido a mi mujer. Saludo a la parturienta, que me hace un gesto con la mano. En su rostro se ve una sonrisa forzada, está sudando. El hombre parece esconderse tras la curvatura de la tripa de la muchacha. Debe de estar de rodillas o rezando. Meten a mi mujer en una cama. Me acerco a ella y le pregunto qué tal está. Entonces, la otra parturienta comienza a gritar. Mi mujer se asusta y yo le tomo la mano entre las mías. «¡Enfermera, enfermera!», grita el chico que se escondía tras la tripa de la muchacha. Es un hombre alto, ¡quién lo iba a decir!, tras la barriga de su compañera parecía poca cosa. Llega la enfermera y me manda salir fuera. Me despido de mi mujer y le digo que vuelvo enseguida. El joven que acompañaba a la otra mujer camina por el pasillo con unas zancadas largas y rápidas. Tan pronto está en un extremo como en el otro. Me voy a marear con tanto movimiento. Me siento en una silla y cojo una revista en un intento por distraerme. Me pongo a mirar las fotografías, pero no me fijo en ninguna. Debo decirle al doctor que quiero estar en el parto de mi mujer. Paso las hojas de la revista y la vuelvo a dejar sobre la mesa. El hombre de las largas zancadas ahora corre más. El pasillo se le está quedando muy corto. Sale la enfermera del cuarto y él joven se acerca a ella más sofocado que otra cosa. La auxiliar le manda que vaya a la sala de espera que está abajo, donde se encuentran los paritorios. Me acerco y pregunto si puedo entrar. Debo esperar un poco más. Me siento y miro el reloj. Son las seis y treinta y cinco.

18:45

Sacan a la compañera de mi mujer del cuarto. La enfermera se acerca y me dice que también se van a lleva a mi mujer. Ha dilatado suficiente. Me dan la ropa y me mandan bajar a la sala de espera, ya se me avisará. Todo sucede muy rápido. No sé dónde colocar tanta ropa. En la sala de espera está el joven zancudo dando vueltas de una punta a otra. Dejo la ropa sobre una silla y me siento en la de alado. Miro el reloj, son las siete y cinco. Mi compañero de espera parece un esprínter dando vueltas por los pasillos y la sala de espera. Podía parar un poco, me está poniendo nervioso. Son las siete y veinte. Tomo una revista, luego otra y otra más. No sé qué hago con tantas revistas entre mis manos. Las miro todas pero no leo nada. Por megafonía se oye decir: «Los familiares de Idoia Rodríguez vayan a la habitación 304». Ese soy yo. Cojo la ropa de mi mujer y salgo corriendo. Doy un traspiés con el abrigo y suelto las prendas. El joven de las zancadas largas me ayuda a recogerlas y me desea suerte. Le doy las gracias. Al final, hasta me parece un hombre majo.

19:30

Camino de la habitación, me encuentro con un celador que lleva a mi mujer en la cama. Junto a ella, recogido entre su pecho izquierdo y el brazo, hay un niño muy pequeño. Ella me mira sonriente. Le pregunto qué tal. El celador, entre bromas, dice que el próximo lo tenga yo. Me encojo de hombros. El niño tiene los ojos cerrados y mueve las manos. Es mi hijo. ¡Cómo suena! Mi hijo. ¡No me lo puedo creer! Acerco mi dedo índice a la mano del pequeño y le toco. La madre está muy complacida. El celador me dice que me retire un momento, va a entrar en el cuarto. Nos dejan solos. Ella saca el pecho y acerca al niño para que mame. Es un pecho demasiado grande para un ser tan pequeño. Sin embargo, lo toma como si fuera suyo y absorbe con fuerza. Observo a la madre y al hijo como una unidad perfecta. Me siento al lado de la cama y le doy la mano a mi mujer. Después, le doy un beso y el niño tose un poco. Me separo para que siga mamando. Los observo a los dos y me siento muy tranquilo. Está todo perfecto.

 

©Fernando Urien


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