Puedo oír el roce de las ruedas de los coches sobre el pavimento. Las calles están mojadas y el aire húmedo. El silencio de los transeúntes me permite escuchar la prisa de sus pasos. Es temprano, las diminutas gotas del chirimiri enfrían mi rostro. Aunque voy con prisa, procuro no tropezarme con nadie, tanteo con mi bastón al compás de mis pasos. Sé que la gente se aparta al verme, y no quiero molestar. Poco a poco, me he acostumbrado a caminar solo por la ciudad.
Al entrar en el centro comercial, mis sentidos descubren un olor nada extraño. Ese olor… Mi corazón se acelera y pierdo la orientación. Tanteo por las paredes, me deslizo pegando mi cuerpo a ellas, buscando un rincón; un rincón donde esconderme. Los sentidos revuelven mis recuerdos, mis pasos tiemblan y el frío mármol de las paredes se niega a esconderme. Doblo una esquina y encuentro el deseado refugio. Es un rincón rodeado de silencio. Entre los mármoles de la pequeña guarida, me quedo quieto, suponiéndome oculto, esperando que el olor pase sin percatarse de que yo estoy allí; inmóvil, procurando pasar como una baldosa de mármol más. Mis recuerdos volvieron como si hubiera sido ayer cuando conocí al extraño.
Tenía diecisiete años y, en clase de literatura, me habían mandado leer Luces de bohemia, una obra de teatro de Ramón del Valle Inclán. Por ser una obra de teatro pensé en leerla en la misma biblioteca. Supuse que en dos horas la leería.
En la sala de lectura el silencio era la rutina, aunque ese día había pocas personas. Apenas cinco mesas mal repartidas. Las lámparas del escritorio alumbraban solo los libros y un poco a los estudiantes. Abrí el libro y comencé a leer; ya éramos seis. No había llegado a la mitad de la obra cuando el silencio de la estancia me llamó la atención. Levanté la vista y me di cuenta de que me encontraba solo en la enorme sala; las mesas estaban vacías. El aire se notaba espeso y en la oscuridad se apreciaba una ligera niebla que se deslizaba por los escritorios vacíos. En toda la sala solo la luz de mi mesa sobresalía. El ruido de una puerta a mis espaldas me sobresaltó. Me volví y vi cómo un extraño se me acercaba de forma decidida. ¿Sería la hora de cerrar? ¿Tan pronto? Un olor extraño, como a madera carcomida, como ese que sale de las carpinterías, del seco serrín. Un señor alto, con un sombrero de pescador, vestía una gabardina de tres cuartos y un cinturón tan ajustado que parecía carecer de cintura. Llevaba las manos en los bolsillos y usaba zapatos de suela dura, pues sus pasos se repetían en la estancia con un eco prolongado. Cuando se acercó a mi estudio, yo casi temblaba; era muy siniestro. Sin embargo, al estar frente a mi pude ver un rostro delgado y triste; se le marcaban los pómulos y tenía una barba incipiente excesivamente negra para un rostro tan pálido. El contraste de su triste semblante y su extraña vestimenta daban al visitante un aire místico.
—Siento mucho tropezarme con usted. Es tan Joven…
Su aspecto y tono de voz me conmovieron. ¿Por qué se disculpaba?, al fin y al cabo, no había hecho nada más que aproximarse. “No se preocupe” le respondí intrigado por su presencia.
—Usted no sabe quién soy, ¿verdad?
¿Cómo iba a saber nada de ese extraño? Sin embargo, la gravedad de su voz comenzó a inquietarme. Miré de un lado a otro de la biblioteca, pero allí no había nadie. Evitaba dirigirle la mirada, me sentía inquieto. Sin embargo, el extraño me observaba. El ambiente se tensó de tal forma que sangraba el silencio. ¿Qué quiere? Pregunté mirándole a sus ojos grises…, oscuros…, marrones… ¡Qué extraños!
—Soy el destino.
¡Cielos! ¡Lo que me faltaba! Todavía tenía una hora de lectura para acabar. Bajé la vista y me puse a leer, como si él no estuviera. Pero no conseguí leer nada, su presencia, aunque silenciosa, no me dejaba concentrarme.
—Un destino fatídico.
—Perdone, pero es que tengo que leer… —Entonces me di cuenta de que sus párpados estaban húmedos y el rostro triste. No supe qué decir. Sin embargo, el prosiguió:
—Me crucé con una muchacha. Fue entonces, cuando el joven que estaba junto a ella, la violó. Aunque ella gritaba nadie la escuchó.
—¡Vaya por dios!, lo siento. Pero usted… ¿no hizo nada? ¿no llamó a la policía?
—Ya ve, estaba yo solo con ella; al igual que con usted. Aunque esta sala estuviera llena, estamos solos usted y yo.
Miré de un lado para otro, allí no había nadie. Sin embargo, la niebla suspendida sobre los escritorios comenzó a inquietarme.
—Ella no deseaba tener ese hijo y quiso abortar. Pero su madre no se lo permitió. Discutieron sobre la vida del niño: si era un ser humano o no, si ella tenía derecho sobre su vida, si iba a cometer un asesinato o si era demasiada carga después de tales circunstancias. Lo cierto, es que me volví a cruzar con ella cuando cayó por unas escaleras. Quedó inconsciente por un tiempo. Al despertar, ya había nacido su hija. No la aceptó. renegó de ella, pero su madre la acogió en casa.
Aquel siniestro señor comenzó a inquietarme. ¿El destino? Si era el destino, era el peor destino que persona alguna pudiera encontrarse… Comencé a entender sus disculpas. No pude seguir con el libro.
—Al cabo de los años me encontré con otra mujer embarazada que cruzaba un paso cebra. Un coche la arrolló, matándola a ella y al niño.
—Usted no es el destino, señor. Usted es la fatalidad con gabardina. Una maldición. ¡Déjeme en paz! ¡por dios!
Sin embargo, aunque comenzaba a ponerme nervioso tanta tontería; por otro lado, me asustaba. Pero él seguía con su relato, como si yo no pudiera opinar, como si solo debiera escuchar.
—Una mujer lloró desconsoladamente a los fallecidos, era la madre de la chica embarazada. Era la mujer violada. Aquella que en su día rechazó a su hija al nacer. Lloraba desconsolada.
No quise escucharle, por lo que bajé la vista y me quedé mirando las letras del libro. No lo leía, era imposible leer con aquel señor al lado. Pasó un rato y ya no lo oía hablar. ¿Se habrá callado para siempre? Entonces, levanté la vista; la biblioteca parecía más iluminada y dos personas más estaban leyendo. El extraño ya no estaba, o al menos no lo vi por ninguna parte. ¿Se habrá ido? Ya no pude seguir leyendo, así que cogí prestado el libro y me marché.
Como un hilo tenso, sí, así lo sentí, como un hilo tenso que vibraba con mis pasos al salir. Invisible a mis ojos, inexistente a mis sentidos, pero yo sabía que estaba ahí, alargando mis tiempos, tensando mi futuro. Seguí caminando, pero la hebra cada vez se estiraba más… y, al salir por la puerta de la biblioteca, “tic”; se rompió. Fue entonces cuando las chispas de la pistola de un soldador, que estaba trabajando en el portal, quemaron mis ojos. Desde entonces, no he vuelto a ver.
Ahora, al igual que entonces, huelo a serrín de carpintería. “¡Tengo que salir de aquí!” Avanzo pegado a la pared, pero estoy notando el hilo tenso otra vez. Quiero huir, y al doblar apresuradamente la primera esquina… “¡tic!”. El hilo se rompió…
©F. Urien
Me gusta
17