Cartas en el cementerio (2ª parte)

Carta del padre

Al terminar de leer la carta, Leopoldo la dejó caer sin darse cuenta. Estaba convencido de que su padre no era como aquel del escrito.  Su padre nunca había golpeado a su madre, ni había llegado borracho a casa. Aunque algunas veces, cuando estaba solo en su cuarto, sí había oído cómo gritaba. Pero nunca había golpeado a su madre, estaba convencido. No quería pensar, ni por un momento, que su padre pudiera tener alguna similitud con el de aquel que escribió la carta, aunque comenzaba a recelar de las buenas intenciones de su progenitor.

Los gritos de la gente, que llamaban al muchacho, se oían más cerca. Temeroso de que lo vieran, escondió su cuerpo entre la maleza, el muro y la tumba. Quedó quieto por un momento, esperando a que la gente pasara. Cuando las voces comenzaron a alejarse, se estiró un poco y miró la resquebrajada tumba con el borracho dentro. Preguntándose por el misterioso olor que la carta desdibujaba, estiró la cabeza y olfateó un poco el aire, pero el aroma no era de alcohol sino de hierba mojada. Acercó sus narices a la grieta pretendiendo con esa aproximación mejorar su olfato y confirmar lo acertado de lo leído. Aunque no olió nada, en el resquebrajo de la losa pudo observar cómo había otra carta atrapada. Sirviéndose de una paja hurgó en la fisura hasta que consiguió sacar el dichoso envoltorio que contenía una nota con unas cuantas letras:

“No me sorprenden tus palabras, hijo mío, aunque me duele escucharlas. No puedo dejar de sentirme culpable de haberte hecho nacer para mostrar tantas desgracias y provocarte tanto daño. En ningún caso deseé tu sufrimiento, ni siquiera el de tu madre, a la que quise con toda el alma y aún amo. Ese olor a alcohol que tanto rezuma en tu mente, son aromas de los avatares no de los sentimientos. Es difícil esquivar los latigazos del destino y soportarlos cuando vienen uno tras otro, acertando de forma insistente, en lo más íntimo de tu esencia. Aunque no tenga excusa lo que hice, déjame por lo menos, hijo mío, explicarte el laberinto de mi vida y el fatalismo de mi destino.

Conocí a tu madre mucho antes de que ella se fijara en mí. Tenías que verla, hijo mío, paseando frente al taller de mi padre con los libros bajo el brazo, con un pelo suelto que jugaba con el viento, con la sonrisa eterna de esos labios rojos, con esa cara de colegiala y ese cuerpo de mujer que arrastraba mi mirada y encarcelaba mis pensamientos.

Un día salí de debajo de un coche, que estaba arreglando, justo cuando ella pasaba, pude ver perfectamente las pantorrillas que escondió presurosa pegando, con sus manos, la falda al cuerpo. Desde el suelo alcé la vista buscando su rostro y ella me miró. No sé qué cara puse ni cómo me vio; si fue la grasa del vehículo, el nerviosismo de mis ojos o el calor que yo notaba en el rostro; pero sonrió con una carcajada tan grande que aún hoy, según te lo cuento, parece que la estoy escuchando.

Volvió a pasar más veces por delante del taller mientras nuestras miradas se cruzaban cada vez con más descaro. Poco a poco se fue perdiendo el rubor y el escándalo, quedando solamente el recuerdo de la última vez y el deseo de la próxima. Una tarde la invité a ir al cine y ella sí quiso.

Me miraba las manos que yo escondía por ásperas, grasientas y torpes. Ella sonreía y jugaba con sus dedos entre los callos de mis sucias palmas. La quise con toda el alma y aún la quiero, nunca he podido remediarlo. Ella me quería, al menos eso me hizo pensar su actitud frente a los problemas que tuvo nuestro amor desde un principio, como si estuviera destinada a ser una relación fatídica. El primer reto fue su madre que no deseaba que nos viéramos, no quería que su hija anduviese con un pordiosero; quería para ella un doctor, un notario, un escribano, un picapleitos, nunca un miserable obrero con grasas en las uñas y callos en las manos. Tu madre se enfrentó a tu abuela más de una vez y me defendió con furia desobedeciendo las normas que le prohibían nuestra relación. Puedes imaginar lo orgulloso que me sentía, la pasión de mi corazón crecía en la seguridad de que era correspondido.

Un domingo la llevé al taller de mi padre. Como era festivo, estaba cerrado. Estuvimos solos, hablando, besándonos… y en el asiento trasero de un “mil quinientos” dimos rienda suelta a nuestro instinto disfrutando de la pasión como nadie en el mundo pudiera imaginar. Según te escribo esta carta dentro de mí se está repitiendo aquel momento de la misma forma que lo ha hecho una y otra vez durante toda mi vida.

De aquella aventura quedó algo más que el recuerdo de una pasión desenfrenada; tu madre cayó en cinta. Su familia no aceptó aquel embarazo, así que le exigieron que rompiera las relaciones conmigo, después ya se vería lo que hacían con el niño. Pero ella se mantuvo junto a mí, quería ese niño que había sido concebido en los asientos traseros del “Seat” y deseaba continuar nuestra relación.

Nos casamos y fuimos a vivir a una buhardilla. Después naciste tú. Te puedo asegurar que aquel momento fue el día en que más te detesté. No fue un parto fácil, tu madre estaba en peligro, fue necesario hacer la cesárea para que nacieses. Tú estabas bien pero tu madre no, y no podía parar de repetirme una y otra vez que si no hubiera caído en cinta el problema no habría existido. Tardó tres días en salir de riesgo, después todo volvió a ser hermoso. Ella te quería mucho, yo también. Para evitar problemas decidí hacerme la vasectomía, pero nunca le dije nada a ella ya que tampoco me lo exigió.

Compramos un piso nuevo, el que tú has conocido de toda la vida. En aquel barrio al que fuimos a vivir nos correspondía otro médico de cabecera. Era un chico alto, joven y bien parecido.

A mí nunca me han gustado los médicos por eso tardé en conocerlo. Fue un día en que tu madre estaba bastante enferma, tenía fiebre y tosía mucho. Llamé al doctor para que viniera a verla. Entre ellos existía una confianza que no me esperaba. Cuando comenzó a auscultar su pecho con el estetoscopio ella sonrió y él correspondió dicho gesto con una mirada de complacencia que no me gustó. No sé qué había entre ellos pero mi imaginación comenzó a desarrollar un sentimiento que nunca antes había tenido, los celos.

No fue sólo en esa ocasión, fueron más los momentos que encontré en ellos miradas cómplices, sonrisas galantes y gestos de una confianza que nunca creí que se pudiera tener con un médico.

¡Qué iba a hacer yo!, hijo mío. El doctor era alto y delgado, yo más bien rechoncho y calvo; tenía unas manos finas con dedos largos, las mías gruesas y llenas de callos; era persona respetable y con título, yo maleado y con dificultades para cuadrar una suma. Me sentía totalmente desplazado.

En mi cabeza aparecía la gente que me rodeaba, con miradas de burla; aunque yo sólo sospechaba, suponía que todas las personas con las que me encontraba tenían un conocimiento absoluto de mis enormes cuernos.

Tu madre cada vez me hacía menos caso, y eran muchas las ocasiones en que se negaba a mis caricias volviéndome la espalda. Comencé a beber en la medida en que me daba cuenta de que ella disfrutaba fuera de nuestra casa unas relaciones que a mí me negaba, o quizás en nuestra propia casa; no lo sé, ni quiero imaginarlo. Poco a poco fui más con los amigos y el alcohol que con una mujer que cada vez que me acercaba miraba a otro lado y que en cierta ocasión vi en compañía de un doctor a quien yo detestaba…

Después de no sé cuánto tiempo sin mantener relaciones, hicimos el amor. Creí que volvíamos a empezar, pero al cabo de un mes largo, tu madre vino a decirme que nuestra relación había provocado un embarazo. No contesté nada, me marché a la calle y me emborraché como nunca. Luego subí a casa gritándole que no podía ser, que me hice la vasectomía después de que tú nacieras. Ese hijo era del doctor, no mío. Ella lo negó con todo descaro, aunque yo le insistí en que era cierto…

No sé qué me pasó, perdí los estribos y la golpeé contra la pared, no podía soportar tanta mentira.

Hijo mío, me hice la vasectomía por ella, por temor a perderla, y el cretino doctor no tuvo ningún reparo en preñarla. Además, me culpaba a mí… No tiene justificación lo que hice, pero te puedo asegurar que, excepto aquella ocasión, nunca más levanté una mano a tu madre. Siempre la he respetado y aún la quiero. Después, perdió al niño, es cierto, no sé si por mi culpa o porque en su propia naturaleza todos los embarazos se complican. Perdió la cabeza, sí, ¡qué quieres que haga yo!; ¿también fue culpa mía?; pues cúlpame si quieres, pero yo no la dejé abandonada y hundida en un mundo de depresiones como hizo el estúpido doctor. Me emborraché muchas veces porque nunca volvió a mirarme como antes me miraba; porque, aún en su locura, ella buscaba las caricias del maldito matasanos.

Cúlpame si quieres de todos los males, pero yo te quiero y te querré, a ti y a tu madre; aunque nade en alcohol.

Al terminar de leer la carta, Leopoldo comenzó a recordar cada una de las amistades que tenía su madre, sobre todo de las amistades masculinas; recelaba de unos y otros. Al final no encontró a nadie que se aproximara a su madre como lo hacía su padre. A sus padres había visto besarse, y su madre nunca se había besado con otro chico. No, su madre no andaba con otra persona que no fuera a su padre; su madre era buena.

©Fernando Urien

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