«Personajes del callejero de Getxo». – MARIA GOYRI 2


MARIA GOYRI, esposa de Ramón Menéndez-Pidal (1873-1954)

Aunque estemos ya muy entrados en el siglo XXI, la mujer tiene que seguir luchando por alcanzar de facto los mismos derechos que los hombres. Lógicamente estoy hablando de las mujeres del llamado mundo civilizado o primer mundo, que si nos referimos a las del tercer mundo, las diferencias entre hombres y mujeres siguen siendo las mismas desde tiempos ancestrales sin avances significativos. Pero esa lucha, que continúa, no surgió hace unos años ni siquiera hace un siglo. Ya desde el siglo XVIII surgen movimientos feministas en EEUU o Francia, por ejemplo, pero en el Estado español tardará unos años más en llegar su defensa. Quizá lo más increíble de creer y entender es que los primeros que racionalizaron la igualdad entre hombre y mujer fueron sacerdotes religiosos, eso sí, siempre con una visión marcadamente cristiana, destacando el jesuita Lorenzo Hervás o el benedictino Benito Jerónimo Feijóo.

Fueron estos autores clérigos los que comienzan a plantearse que la mujer tiene una capacidad intelectual igual a la del hombre y que sería bueno que la mujer participase en la sociedad junto al hombre, pero en igualdad. En su obra “Teatro Crítico Universal” publicado en 1726 y más concretamente en su ensayo “Defensa de las mujeres”, considerado como el primer tratado feminista español, Feijóo se posiciona a favor de la mujer y de su capacidad racional e intelectual. A tenor de la cantidad de detractores que tuvo entre los varones, debía de tener razón en su discurso. Todo ello sin perder de vista el momento histórico en que se escribió y publicó sin una verdadera y absoluta libertad de pensamiento. La mujer en el siglo XVIII era considerada un ser pleno de lujuria y causante de todas las desgracias de los hombres. Esta teoría tenía carta de naturaleza incluso entre las propias mujeres, inmersas en una sociedad cuyo dominio patriarcal era patente y la obediencia era el signo de la dominación del hombre. A partir de ese siglo y con la conquista del sufragio universal, la igualdad comienza a atisbarse y los textos en esta dirección son cada vez más frecuentes, alcanzando un punto de inflexión en el momento que se alcanzó el acceso de la mujer al voto.

Es muy posible, si en 1892 le hubieran dicho a María Goyri (1873-1954), un siglo después, que la mayoría del alumnado universitario español sería de sexo femenino, quizá le habría costado un poco creerlo. En la actualidad, son mujeres el 65% de las personas que realizan y terminan estudios universitarios y el 60% de las que obtienen el doctorado, y continúan en ascenso. Ello no es óbice para que, de manera harto tortuosa y aún a sabiendas de que antes ya había habido otras, aparezcan las primeras poetisas y escritoras, a pesar de que durante un tiempo todavía, sus plumas estén ensombrecidas por el nombre de sus maridos o compañeros varones, algunos incluso de los llamados “genios de la literatura universal”. Es el caso de Zenobia Camprubí, María Teresa León o Ernestina de Champourcin, todas ellas eclipsadas innecesaria e injustificadamente por sus respectivos esposos: Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti y Juan José Domenchina.

Varios historiadores, a los que he tenido por sabios y que me han hecho caer en el error, sitúan el nacimiento de esta mujer en Algorta en 1874. He podido comprobar fehacientemente y sin ningún género de duda, que María Amalia Vicenta Goyri nació en Madrid, concretamente en la c/ Goya nº 14-4º 2ª, a las ocho y cuarto de la mañana del 29/8/1873, que su madre es Dª Amalia Goyri, de 23 años, soltera y nacida en la Villa de Madrid y que su abuela materna es Dª Juana Vicenta Goyri Barrenechea, natural de Deusto (Vizcaya) lugar en el que el apellido Goyri era muy corriente. Como no hay constancia de que esta mujer estuviese en algún momento de su vida casada (aunque hay teorías no contrastadas de que estuvo casada con un gallego llamado Tomás Sáez y que vivieron en la calle San Nicolás de Algorta) y su hija toma su mismo apellido, entendemos que ambas fueron madres solteras. Quedan así despejadas algunas incógnitas sobre sus orígenes y de esta manera subsanamos el error cometido en la obra de este autor “Getxo en sus calles.-Con nombre propio”.

Como añadido simpático y muy poco conocido diremos que María Goyri estuvo emparentada con el nombrado gran poeta de la “generación del 27”, Rafael Alberti, toda vez que la abuela de María, Juana Vicenta Goyri Barrenechea era la hermana del bisabuelo de Mª Teresa León Goyri, Bartolomé Goyri Barrenechea, segunda mujer de Rafael.

La madre de María, Dª Amalia, durante su estancia en Madrid, regentó un comercio de tejidos en la c/ Príncipe, comprado, en parte, con la legítima de sus padres. Si pudo vivir en medio del barrio más elegante de la Capital (Bº Salamanca) y regentar un negocio es por su buena educación, recibida en un internado donde obtuvo una formación muy sólida, además de poder viajar con cierta frecuencia a París para pasar largas temporadas por lo que dominaba tanto la cultura como el idioma francés, así como por las ayudas económicas recibidas con regularidad de parte del desconocido padre de María, que no le dio el apellido pero sí colaboró económicamente en su educación. Esta educación recibida por parte de Dª Amalia, fue fundamental para, a su vez, formar a María sin tener ésta la necesidad de acudir a una escuela ni pública ni privada ni a ningún centro reglado. Sus conocimientos y su firmeza en la organización de los horarios fueron suficientes para darle a una María niña, la instrucción adecuada y poco común.

Un pequeño apunte sobre la grafía de su apellido “Goyri”. Aunque coexiste con la más extendida como “Goiri”, ella defendía que, como no hay reglas establecidas al respecto, ambas eran correctas y que cada rama genealógica debía de escribirlo “según la tradición familiar”. Ella optó por incluir la primera i con y griega y la segunda con i latina.

Aunque ha quedado claro que no era algorteña por razón de nacimiento, sí que vivió, quizá huyendo de alguna epidemia existente en la Villa capitalina, de los tres a los cinco años en Algorta, del 1876 al 1878. Años después, a pesar de los años transcurridos y su poca edad, escribía sus recuerdos de esa niñez, de las playas algorteñas y sus vivencias en ellas. Posteriormente y durante su juventud, no rompió la vinculación ni con Algorta ni con Deusto ya que tenía por costumbre pasar en estos dos lugares los veranos con su madre y familiares maternos. Sus recuerdos infantiles no se separan de Ereaga y Puerto Viejo con una experiencia negativa de miedo y espanto ante una subida inopinada de la marea que las dejó aisladas a su madre, a una amiga y a ella misma entre las ingueras en las que jugueteaban a coger lapas. Esa sensación de angustia no la abandonó nunca. Hay constancia de su propia pluma de que, al menos en 1883 y 1896, entre los diez y los veintitrés años, revela que son habituales sus estancias veraniegas en ambos lugares.

De vuelta a Madrid a la edad de 5 años, comenzó su instrucción pero sin acudir a ningún centro ni escuela. Su madre, mujer de gran personalidad, inteligencia y cultura, estableció para su hija un programa de estudios con horario fijo que habría de cumplir a rajatabla. La constancia de María y el sentido pedagógico de la madre hicieron que se cumplieran todas las expectativas de una primera enseñanza, con el añadido de aprender el idioma francés que su madre tan bien dominaba.

Su enseñanza no se quedó en el aprendizaje de lectura y escritura o primeras cuentas sino que su madre le dispuso una serie de lo que, en la actualidad, se llaman “extraescolares” y como no podía ser de otra manera, distintos a lo que las niñas tenían por costumbre en aquel entonces, coser, bordar, cocinar…Asistió a una academia de dibujo donde era la única chica y que le sirvió “para adiestrar la mano” aunque no fuese una auténtica artista, y debido a sus problemas físicos en los huesos de la cadera y espalda, se apuntó a un gimnasio, hecho insólito en una época en que la actividad física parecía estar vetada a las mujeres, aunque en este caso no fuera la única chica, teniendo en común todas ellas problemas de desnutrición. A ella le venía muy bien el ejercicio físico para combatir la artritis de origen tuberculoso que padecía. Por lo tanto, aunque el trato con niños no se diese en la escuela, sí lo hizo en estas actividades que le dieron otra visión diferente sobre los varones que lo que anunciaban los educadores religiosos para los que toda relación entre sexos era pecaminosa. Aprendió a relacionarse de igual a igual, sin notar diferencias con ellos y al que se sobrepasaba, en cualquier sentido, sabía darle respuesta rápida y certera por lo que siempre fue muy respetada entre ellos. Este trato infantil de igualdad le sirvió para después, en el momento en que se encontró en la Universidad rodeada de estudiantes varones que siempre la trataron con una “sana cortesía”, según sus propias palabras.

María Amalia Vicenta Goyri, una niña de 6 años

Las aficiones que cultivó durante la niñez y adolescencia, fueron el estudio de la gramática acrecentado por un maestro vocacional que tuvo, y su gusto por el Teatro, al que acudía asiduamente desde niña. Sin ninguna intención de transformarse en una actriz sino como medio para obtener conocimientos que, sin ninguna duda, le sirvieron después como base para sus investigaciones y análisis posteriores de los romances. La facilidad que demostraba para la aritmética propició que su madre la matriculara en la Escuela de Comercio, previo ingreso en la Asociación para la Enseñanza de la Mujer. Hasta entonces se tenía la idea de que “las mujeres de una cierta posición, con frecuencia, se instruyen en sus casas mientras esperan matrimonio adecuado a su condición. Aprenden a leer, escribir, cocinar bien o mal y trabajos propios de su sexo: costura y bordado. Si la educación quiere ser esmerada se completa con un poco de geografía, historia, música y, en algunos casos, dibujo y francés. Pero todo ello sin regularidad y en la idea de que nunca les servirá” para gran cosa porque su fin último es lograr un buen matrimonio.

La Asociación, creada por Fernando de Castro, tenía como objetivo ofrecer a las mujeres una educación apropiada para mejorar su formación y su futuro laboral, proporcionándoles unos conocimientos adecuados sobre cultura intelectual, moral y social. En las bases de la asociación quedaba reflejado el ambicioso objetivo de la asociación: […] contribuir al fomento de la educación e instrucción de la mujer en todas las esferas y condiciones de la vida social. […] la Asociación instituirá establecimientos de enseñanza, dará conferencias y se valdrá de cuantos medios estime convenientes a la realización de su pensamiento. La Asociación para la Enseñanza de la Mujer ofrecía a las mujeres la mejor educación posible a la que podían aspirar en la España del siglo XIX. Los programas educativos de las diferentes escuelas que proponía, alcanzaron pronto una gran aceptación y prestigio, tanto por las materias impartidas como por la novedosa metodología y los recursos utilizados. Bien se puede afirmar que esta Asociación fue la cuna del feminismo español. El sueño de D. Fernando era crear un centro donde las mujeres fuesen libres utilizando la cultura como medio para lograr el fin de la igualdad entre sexos.

Más en concreto, la Escuela de Comercio que se había inaugurado en 1878, contaba con un ambicioso programa de estudios. La formación allí duraba dos años, y se impartían asignaturas como Gramática, Francés, Geografía comercial, Aritmética general y mercantil, Caligrafía, Contabilidad, Economía política, Legislación mercantil, Conocimiento de las primeras materias y productos industriales. No fue problema para ella aprobar todas las asignaturas de los diferentes cursos hasta llegar a la Escuela de Segunda Enseñanza que preparaba a las alumnas para el ingreso en las escuelas profesionales regidas por esta misma Asociación. Pero hubo un suceso que cambió el rumbo de sus estudios y fue su suspenso categórico en la asignatura de Religión. Su indignación no tuvo límites, tanto es así que decidió abandonar la Escuela continuando sus estudios de bachiller por su cuenta y aprobando todas las asignaturas en un único curso.

Ya con sus estudios terminados y a la edad de 19 años, sucedió un hecho trascendental para el futuro de nuestro personaje en un Congreso Pedagógico Hispano-Portugués-Americano que se celebraba en el Ateneo de Madrid en 1892. La excepcional Concepción Arenal, ya anciana, presentaba a debate una ponencia sobre la educación de la mujer desde dos aspectos destacados: La formación intelectual y la educación física. Este 2º aspecto puede parecer trivial hoy en día pero no en aquella época llena de tabúes y corsés que encerraban los atributos femeninos. Pronto se provocó un encendido debate en el que otra mujer notable, Carmen Rojo, se oponía frontalmente a la reivindicación gimnástica. En medio de la refriega, una joven rubia, alta, de ojos verdes claros, defendió con vehemencia y argumentos, las tesis de Concepción Arenal. El éxito en la defensa de sus postulados fue atronador, siendo María merecedora de calurosos aplausos por parte de la concurrencia y de un abrazo imponente por parte de la mismísima Emilia Pardo Bazán, allí presente.

No fue sólo ese el punto de vista que puso sobre la mesa sino que, de nuevo, alzó su voz para solicitar la igualdad de convalidación de asignaturas con los hombres que querían continuar con sus estudios en las Escuelas Normales. Algo que hoy nos parece tan natural y justo, en aquel entonces resonó como un aldabonazo en las sesudas cabezas de los sesudos caballeros cuyo sesudo pensamiento no llegaba más allá de posicionar a la mujer en la cocina pero sin ninguna capacidad intelectual. Y mucho menos atisbar que algún día una mujer pudiera obtener por sí misma un título académico u opositar para puestos destinados, en exclusividad, para el sexo masculino. Las violentas respuestas que esas protestas generaron no fueron más que un acicate añadido para seguir en su lucha por la igualdad de oportunidades. En ese instante, María se perpetuó como adalid de las causas femeninas entre la intelectualidad de este género.

María Goyri, la joven estudiante

De vez en cuando, aparece por nuestras televisiones, alguna valiente mujer del tercer mundo reivindicando los valores y derechos de las mujeres y luchando por un camino que les conduzca a la igualdad. Son las menos, perseguidas en sus países de origen y ahogadas por la ingente producción de noticias que se originan diariamente. Una mujer como éstas, que hoy vemos esporádicamente en los diarios escritos y T.V.s a las que les dan un premio en reconocimiento de su peligrosa labor, fue María Goyri hace cien años en España, lo que la convierte en pionera y ejemplo de esa lucha por la que el Ayuntamiento decidió en 1969 dedicarle una calle en Algorta, barrio getxotarra del que no se olvidó nunca.

Y dentro de esa lucha, su posible entrada en la Universidad con los mismos derechos y deberes que los varones, fue la consecuencia obvia para conseguir sus fines, que no eran otros que alcanzar una licenciatura, cuestión alarmante para muchos hombres que veían peligrar su estatus. Las vicisitudes que tuvo que pasar para conseguir un lugar en las aulas de la Universidad de Madrid, las cuenta ella misma: “Cuando fui a matricularme en la Facultad de Filosofía y Letras, me advirtieron amablemente que necesitaba una autorización especial, ya que, en las disposiciones de uso corriente, no se había previsto el caso extraño de una matrícula femenina”.

Muy posiblemente a algunos nos suenen los nombres de Victoria Kent o Zenobia Camprubí, pues estas mujeres pertenecen a la generación posterior que adquirió una magnífica formación gracias a los esfuerzos de María Goyri en pro de una educación igualitaria. A otros les sonará el nombre de Concepción Arenal, anterior a María, gran escritora y avanzada del movimiento feminista pero que, a pesar de acudir asiduamente como oyente a la Facultad de Derecho, nunca pudo matricularse y por lo tanto tampoco licenciarse en carrera alguna. En aquellos momentos, y hablamos de mediados del siglo XIX, la Universidad estaba vedada a las mujeres.

A los 16 años María intentó matricularse en la Facultad de Filosofía y Letras por primera vez. El secretario le puso en antecedentes: «Aunque no existe ninguna norma que le impida matricularse, yo no me hago responsable de lo que pueda ocurrir. Sólo la matricularé si me trae una autorización especial del Ministerio de Fomento». Así lo hizo. Tras tres días de deliberaciones, el claustro de graves y cautelosos profesores varones acordó dar luz verde a la pretensión de María Goyri. La aceptarían, en principio y por un año, como oyente, siempre que no se produjeran disturbios entre los compañeros discípulos o se alterara el orden de las clases. Se le concedió para el curso siguiente, pero con la condición de no permanecer en los pasillos, entrar en el aula junto al catedrático, y no sentarse en clase junto a sus compañeros, sino en una silla al lado del profesor. Estudiar una carrera universitaria implicó que las mujeres tuvieran que desarrollar las más dispares estrategias que les permitieran aprovechar los intersticios que el sistema de la época les dejaba, antes que enfrentarse abierta y directamente a él. En muchos casos, estas estrategias concluyeron con éxito y les posibilitaron estudiar, conseguir un título, ejercer una profesión y participar del mundo social de la época.

Mientras cumplía la edad reglamentaria para entrar en la Universidad obtuvo el título de Bachiller tras haber aprobado todas las asignaturas en un solo año de estudios en el Instituto Cardenal Cisneros, y poco después, terminados sus estudios como Institutriz, fue profesora auxiliar de la clase de inglés y geografía, en ausencia del titular, para alumnos mayores que ella. Con posterioridad fue nombrada profesora de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, cargo que desempeñó durante varios años a satisfacción de alumnos y Dirección del Centro.

Para nosotros, que estamos acostumbrados a asistir a clases mixtas, y a tener profesores de ambos sexos en la Universidad, el relato de la primera clase que María Goyri recibió en la Facultad de Filosofía y Letras es estremecedor aunque hoy nos mueva a la risa. Lo cuenta la escritora María Teresa León, su sobrina “en tercer grado”. “Cuando María Goyri apareció en la puerta de la universidad para dar su primera clase, un portero estaba esperándola. Le condujo, ante la sorpresa de los estudiantes, hasta la sala de profesores. Allá el decano de Filosofía y Letras se acercó ceremoniosamente a la muchacha: ‘Señorita, quedará usted aquí hasta la hora de clase. Yo vendré a recogerla’. Cerró con llave y se fue a sus ocupaciones. Cuando sonó la campana el profesor regresó, abrió el encierro y, ofreciéndole el brazo, le hizo caminar lentamente entre dos filas de estudiantes que, entre asombrados e irónicos, veían la irrupción de la igualdad de los sexos instalada en su universidad”. En sus escritos recordatorios de esos momentos, dejó dicho que “jamás sufrí la menor impertinencia por parte de los alumnos, observando siempre las reglas de la más exquisita cortesía”. Si le preguntaban que recordase alguna anécdota, ella siempre contestaba que “durante su estancia en la Universidad no me sucedió nada extraordinario ni pintoresco”. Dura lección magistral de los alumnos a sus profesores, inquietos por sus falsos pudores y miedos hipócritas e inconsistentes.

Notas de “Sobresaliente” en el “Instituto Cardenal Cisneros”

De 1892 a 1895 estudia y obtiene con nota de Sobresaliente, la licenciatura en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. Sus notas son casi todas ellas de sobresaliente, destacando en la asignatura de Literatura Española por lo que recibió “entre atronadores aplausos de la concurrencia” el premio a la mejor de la clase. El curso 1895-1896 hizo el doctorado pero no leyó su tesis hasta 1909 que versó sobre la obra atribuida a Lope de Vega “La difunta pleiteada”. Para hacernos una idea exacta de su situación universitaria, en 1900 estaban matriculadas dos mujeres en la Universidad Central. En 1927 ya eran 1241 mujeres y hoy superan con holgura a los hombres. Si nos detenemos, por un instante, a descubrir lo que sus compañeros opinaban de ella, son todo elogios sobre sus cualidades intelectuales y morales, denotando un aprecio y admiración compartidos por todos los que la conocieron. Destacaban de ella su simpatía hacia los demás y su humildad fuera de todo rasgo de orgullo a pesar de su evidente superioridad intelectual.

Hasta ahora no hemos hablado para nada de su aspecto físico que, no siendo tan importante como su capacidad intelectual o su disposición ante la vida o sus objetivos, sí nos puede dar una idea de la visión que sus compañeras tenían sobre ella, aunque, en ocasiones entren en contradicción. De la mano de una de sus compañeras de estudios adolescentes, nos dice: “La señorita Goyri, en 1889 (16 años) no era muy alta pero sí esbelta. El óvalo de su rostro, perfecto; su tez, blanca, delicada. Sus ojos negros, grandes y expresivos. La mirada, dulce pero altiva. Su nariz, recta y bien formada. La boca, pequeña y sus labios, delgados y sonrosados, daban a los rasgos de su fisonomía una expresión de energía y belleza característica. Sus cabellos, aunque no muy abundantes ni largos, eran negros, un poco ondulados; peinados con esmero y sencillez, hacia atrás y recogidos en una trenza que caía sobre su espalda. Su voz era dulce y armoniosa. Vestía con suma elegancia; sus trajes eran sencillos y la modestia hacía resaltar más los naturales encantos de su correcta figura”.

Esta misma compañera destaca de su carácter su serenidad y su índole apacible, de una gran dignidad, no era dada al bullicio juvenil de sus compañeras. Amable siempre con ellas pero algo distante ya que era amiga de la seriedad y el recogimiento. Conversaba con todas aunque no tenía muchas amigas, sólo alguna compañera favorita.

Acta del Doctorado a favor de María Goiri.-1909

Terminados sus estudios con brillantez y mientras preparaba su tesis, otro gran personaje histórico, Ramón Menéndez Pidal, elaboraba un estudio sobre la obra de D. Juan Manuel, escritor medieval autor de “El conde Lucanor”, obra sobre la que posteriormente María trabajó en una edición crítica que no llegó a finalizar. Durante una conferencia ofrecida por Marcelino Menéndez Pelayo, maestro del anterior, se conocieron, se intercambiaron varios libros percatándose de las aficiones comunes que les unían, como la literatura, la filología y la historia. Estas aficiones, y el azar, fueron consolidando su relación a pesar de que su tío Alejandro le quería casar con una rica heredera a la que él no encontraba atractivos que le condujesen hasta el altar. María comenzó siendo su alumna, luego su colaboradora y por fin se casaron el 5/5/1900 en la Iglesia de San Sebastián en la céntrica calle de Atocha de Madrid, unión que se mantuvo incólume durante 54 años. D. Ramón le confesó a su tío, que le pidió explicaciones, que María “no prometía ninguna rica dote sino las de una gran inteligencia y su austera discreción”. Tuvieron que sortear muchos prejuicios debido a que su relación y matrimonio con María estaba marcada socialmente por ser hija de madre soltera. D. Ramón sentenció: “El matrimonio debe ser un sentimiento, no un negocio”. El amor y sus comunes objetivos hicieron el resto.

A partir de este momento, María, sin renunciar en ningún momento a su propio trabajo y a una vida propia pero con un amor excepcional, con una inmensa curiosidad por todo problema intelectual, de una manera silenciosa y anónima, sin afán de renombre ni glorias personales, quedó siempre a la sombra de su eximio marido aunque nunca estuvo sujeta a las cadenas de la dependencia. Quizá sea éste el motivo principal de su olvido. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que estos detalles definen claramente su personalidad y su vida a partir de la boda. Dedicó buena parte de su tiempo a propiciar una incesante aportación de materiales para que su marido llegara a ser el personaje que la historia nos ha legado.

María el día de su boda con Menéndez Pidal.- Archivo Digital Ramón Menendez-Pidal

Su viaje de novios consistió en recorrer a pie, en carro o en burro la ruta del “Cantar de mío Cid”, El Cid Campeador, consiguiendo que su vida, juntos, fuese un continuo acto de amor por sus intereses comunes como la filología, la literatura y las voces populares. Eran una pareja formando equipo, que en los albores del siglo XX recorrieron Castilla y el Norte, pueblo a pueblo, recogiendo de sus gentes, intelectuales o labriegos, los numerosos romances escritos y cantados en lengua castellana. El matrimonio es asiduo practicante del excursionismo y sus salidas a la sierra madrileña, junto al matrimonio Jiménez Marín-Gallardo, buscaban entre las sencillas gentes rurales el encuentro de romances viejos conservados en la tradición oral. ¿Dónde empezaba el trabajo del uno o terminaba el del otro? Es imposible decirlo. Lo que les movía era la tarea de incorporar toda esa riqueza del cancionero popular para su estudio y posterior divulgación.

El matrimonio, en un principio, se dedicó a la investigación de la literatura medieval, pero las inquietudes de María pasaban por hacer de la educación algo accesible a la mujer y totalmente igualitaria para los dos sexos, tarea en la que se implicó el resto de su vida. Por ello fue una activa reformadora de la pedagogía española en el Instituto Escuela dirigido por María de Maeztu y en la Institución Libre de Enseñanza. Estas dos mujeres junto a Ernestina de Champourcín, Concha Méndez y Pilar Zubiaurre, sustentaron un instituto femenino para que las mujeres no lo tuviesen tan difícil a la hora de poder adquirir cierto nivel académico. María, en 1898, se puso a escribir artículos en revistas especializadas siempre encaminados a señalar e incentivar la actividad femenina, desde las más humildes como podían ser las faenas agrícolas, hasta los que analizaban “la escasa fortuna de los centros de educación de la mujer”. Sus trabajos a favor de la igualdad de las mujeres (sección propia, titulada ‘Crónicas femeninas’ en la Revista Popular) y de la cultura vasca (Aplicación del modelo romancero de análisis a la balada vasca: Bereterretxen khantoria), la han hecho la persona idónea para dar nombre a un premio que se concede en la Universidad del País Vasco, el Premio María Goyri a la inclusión de la perspectiva de género en los trabajos de fin del master de Estudios Feministas y de Género.

«María Goyri está muy nombrada, hay muchas calles en España con su nombre, pero poco se sabe de lo que hay detrás de ella. Una hija de madre soltera que acaba yendo a Madrid y se come el mundo», explica Jasone Astola, directora de Igualdad de la U.P.V. El mejor aval para hacerse una idea de la gran mujer que María Goyri llegó a ser, lo encontramos en lo que de ella decía el franquismo y en lo que, más adelante lo diremos al pie de la letra, expresaba el informe emitido desde Segovia a la Junta de Defensa Nacional en 1937. Era una mujer y culta y, por eso, peligrosa. Había que neutralizarla porque pensaba.

Con la madurez y la maternidad, primero vino el 31/1/1901, Jimena, como la hija del Cid, después el 15/5/1904 nace Ramón, como su padre, que muere en la niñez por una meningitis, y Gonzalo que viene al mundo el 12/4/1911; comenzaba a ser “Doña María”. De aspecto imponente, al decir de los que la conocían por primera vez, su estatura, sus ojos, su porte altivo y la energía que emanaba toda su figura, la convertían en el modelo típico de maestra. A pesar de su maternidad no dejó de trabajar en sus dos grandes pasiones: “El Romancero” por el que se recorrerá toda Castilla a la búsqueda de Romances cantados y transmitidos de manera oral, y “Lope, el hombre” el gran amor “platónico” de su vida. No fue una estudiosa de su obra, lo que realmente le interesó fue la actitud de Lope de Vega ante la vida, su personalidad, su esencia como persona.

María trabajó hasta la llegada de la Guerra Civil en el Instituto-Escuela de la Institución Libre de Enseñanza dirigido por María de Maeztu, dando clases de castellano en la Preparatoria. Mientras, publicaba en revistas y se le editaban libros, entre los que destaca Fábulas y cuentos en verso, una selección que es un prodigio de equilibrio, hasta ahora no superado, que infunde en el lector la comprensión fácil y amena del género y su historia. Gran parte de sus trabajos sobre literatura, los manuscritos originales y los materiales utilizados para su redacción, se conservan en el Archivo de la Fundación Ramón Menéndez Pidal. Si ya dominaba el francés, que le enseñó su madre, y el inglés, idioma en el cual llegó a ser profesora, también estudió y llegó a manejar el alemán y el sánscrito, idiomas que le sirvieron para entender la poesía cantada de varios países.

Su centro de operaciones durante las épocas de estío era El Paular, un lugar no apropiado para los que con ojos sólo ve pero no observa, para los oídos que oyen pero no escuchan, para los que tienen olfato pero no consiguen embriagarse de los diferentes olores, perteneciente al municipio de Rascafría, en la vertiente madrileña de la sierra de Guadarrama alojándose en alguna de las celdas de gran sencillez de su monasterio, relacionándose allí con varios intelectuales entre los que se podrían contar D. Salvador de Madariaga o los hermanos Baroja. El monasterio se convirtió en el eje desde donde se desplazaban por toda la sierra madrileña a la búsqueda de material para sus investigaciones y en el centro cultural veraniego. Esas excursiones fueron camino obligado para conseguir que los habitantes de los distintos pueblos de la sierra se abriesen, no sin reticencias, a contarles y cantarles sus viejos romances que ella se apresuraba a copiar. La meticulosidad de María, su delicadeza, su dedicación y entrega se ganó la confianza de aquellas gentes sencillas, al principio, reticentes y luego, orgullosas de desgranar ante aquellos señores y señoras los versos aprendidos de sus mayores.

En otoño de 1904, D. Ramón fue nombrado por el rey Alfonso XIII “representante regio” para mediar en el conflicto fronterizo entre Perú y Ecuador. Emprendió un viaje a Hispanoamérica que les mantuvo separados cinco meses y que aprovechó para recoger romances que iba enviando a María para su clasificación. Durante este período, María Goyri quedó al cuidado de sus hijos y corrigió las pruebas y galeradas del “Manuelito” de Ramón, elaboró el “Manual elemental de gramática histórica española” y escribió el artículo “Los centros de cultura femenina” para la revista Unión Ibero-Americana. Podríamos suponer que el matrimonio con tan prestigioso intelectual pudiese afectar a la carrera profesional de Dª María pero lo cierto es que no supuso ningún problema. De hecho se complementaban y se apoyaban mutuamente de manera solidaria. María siguió con sus investigaciones, publicaciones y dando clases, pero decidió ser madre y ejercer como tal, dejando que el protagonismo recayera sobre su marido, mientras ella actuaba en la sombra. Evidentemente, las grandes intelectuales del siglo XIX y principios del XX nunca fueron reconocidas en su justa medida. Eso le pasó a María con respecto a sus aportaciones a El Romancero y otras publicaciones, pero no porque estuviese supeditada a Ramón, que no era el caso, sino porque la sociedad funcionaba así, aunque ella se afanase en cambiar esa situación tan injusta.

Es conveniente, antes de seguir con la biografía de María Goyri, pergeñar unas pequeñas notas biográficas sobre su insigne esposo, Ramón Menéndez Pidal. Nacido en La Coruña en 1869, vivió 99 años intensos, fue alumno de Marcelino Menéndez Pelayo en la Universidad de Madrid donde se doctoró en 1893, fue el verdadero iniciador de la filología hispánica, creó una importante escuela de investigadores y críticos. Consiguió ser miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1902, llegando a presidir esta institución a partir de 1925. Desde la boda, su papel dentro de la filología y la investigación literaria, no se entendería si no hubiese estado siempre a su lado, María. El papel de ella como colaboradora activa en la vida y obra de su esposo fue constante. Ella preparó algunas de las conferencias que el filólogo impartió en un nuevo viaje que le llevó a Argentina en 1914 para impartir un curso que suponía un primer paso en la fundación de la Institución Cultural Española en Buenos Aires, primer modelo de acción cultural exterior continuada con la que la “Junta para Ampliación de Estudios” complementaba su anterior sistema de becas en el extranjero. En 1939 cesó como director de la Real Academia Española en señal de protesta ante las decisiones que el nuevo poder político tomó sobre la situación de algunos de sus miembros; sin embargo, volvió a ser elegido director en 1947 y siguió en este cargo hasta su muerte en 1968, no sin conseguir, como pretendía anteriormente a su dimisión, que los sillones de académicos exiliados permanecieran sin cubrir hasta que éstos fallecieran.

Muy interesado por el idioma vasco, también fue objeto de sus estudios filológicos y así publicó En torno a la lengua vasca en 1962, siendo primero corresponsal y luego académico de número de la Real Academia de la Lengua Vasca. Públicamente expresó su preocupación por el futuro de este ancestral idioma y defendió su protección, pidiendo para él “despertar afecto”, así como para las demás lenguas del Estado. Es innegable que este interés, muy posiblemente, no se le hubiera suscitado si su mujer no hubiera tenido una ascendencia vasca de la que siempre estuvo muy orgullosa.

En 1908, a la edad de cuatro años, muere su hijo Ramón en El Paular. Quizá para olvidar este luctuoso suceso, María emprende el viaje a América, vía París, donde su marido, Ramón, debía de dar un curso de conferencias en la “Johns Hopkins University” de Baltimore y otro en la “Columbia University” de Nueva York. María escribiría largas cartas a su madre, que seguía siendo su gran apoyo, con comentarios sobre todo lo que observaba y le asombraba en estos diversos lugares visitados de los Estados Unidos; las costumbres, la enseñanza, los grupos sociales, la moda, su admiración al ver universidades tan limpias, con tantas alumnas como alumnos y de todos los países le llamaron poderosamente su atención. «Llevo una porción de datos y de libros para ver de hacer algún artículo sobre estos colegios porque no hay idea de lo que son estas colonias de mujeres», le escribe.

Como ya hemos apuntado anteriormente, su otra pasión como filóloga e investigadora fue Lope de Vega. Sus investigaciones sobre la vida de “El Fénix de los Ingenios” datan de su juventud con el curso de doctorado y la preparación de su tesis doctoral, “La difunta pleiteada” que tantos años tardó en poder leer y publicar ya en 1909. Cautivada por la biografía y la creación del poeta así como por su talento para transformar la vida en arte, publicó cuarenta y dos estudios y reseñas en destacadas revistas de investigación; “yo fui la última conquista de Lope”, afirmaba. Sin embargo, sus obras más importantes quedaron inéditas a su muerte. La primera, una biografía amorosa de la juventud del poeta donde se pone de manifiesto su erudición sobre el tema y la exquisita sensibilidad con que lo aborda y en la que expone sus novedosas tesis sobre la cronología de estos amores junto con la autoría y fechas de varias de sus obras teatrales y poéticas. Y, la segunda, una edición con numerosas anotaciones del corpus de romances atribuibles a Lope, fruto de una laboriosa y complicada lectura de “El Romancero General” de 1600 del hispanista e hispanófilo Archer M. Huntington.

Durante una visita a Granada en 1920, el matrimonio y su hija Jimena, son acompañados por un amable jovencito que les condujo por las calles del Albaicín y por las cuevas del Sacro Monte, para ellos un nuevo mundo por explorar, donde entraron en contacto con gitanos granadinos que sabían muchos romances y que no hubo que insistirles nada para que se arrancasen a recitarlos mientras ellos los anotaban. Ese muchacho, que nada sabía por entonces de esta tradición oral, era Federico García Lorca; este encuentro totalmente fortuito, despertó su interés por el romancero que culminaría en la creación de “Romancero gitano”.

D. Ramón Menéndez-Pidal, Presidente de la Academia de la Lengua

En 1925 Ramón, María y la madre de ésta, Amalia, se trasladan a una nueva casa, un olivar en las afueras de Madrid, en Chamartín de la Rosa, cuya construcción se había iniciado en 1923 y que les acarreó muchos quebraderos de cabeza. Este nuevo espacio les permitió acomodar el gran caudal de textos y notas que habían ido acumulando y que no cesaba de crecer. Aquí se trasladaron también su hija Jimena y su marido Miguel Catalán y posteriormente su hijo Gonzalo, entusiasta de la fotografía y el cine, con su mujer Elisa Bernis ya en 1936. Este emblemático olivar se convirtió por tanto en un laboratorio de ideas y fue frecuentado por grandes personalidades de la cultura española de la época. En esta casa, hoy sede de la Fundación Ramón Menéndez Pidal, vivieron y trabajaron ambos hasta su muerte.

En 1927, muere su madre, Amalia Goyri que siempre había vivido con ellos. Fue una triste pérdida para toda la familia ya que Amalia fue una figura crucial en sus vidas aportándoles cariño, apoyo y protección. Una mujer carismática y vanguardista, digna de un estudio más detallado sobre su vida, que había ejercido de forma ejemplar su papel de educadora, primero con su hija y después con sus nietos en los que sembró un gran amor y de la que siempre conservarían el más tierno recuerdo como abuela y enseñante.

La Guerra Civil sorprendió al matrimonio María Goyri y Ramón Menéndez Pidal, en su casa de campo de San Rafael (Segovia), junto a su hija Jimena, su yerno, Miguel Catalán Sañudo, y su nieto, Diego Catalán, en zona controlada por los militares que se habían alzado contra la República. Los bombardeos de las avionetas de Cuatro Vientos les obligaron a huir hasta El Espinar y, más tarde, a Segovia y después a Salamanca. La Guerra significó una hecatombe para el matrimonio. Se encontraban, territorialmente, en el bando de Franco, pero seguían defendiendo las ideas liberales, incluyendo la educación femenina en todos los ámbitos. A ella le prohibieron dar clases apartándola de la docencia y Ramón se tuvo que exilar a Burdeos. El retroceso sólo fue episódico pero sórdido. Ante esta inseguridad, aceptaron por un tiempo la invitación del Embajador de México, Pérez Treviño de pernoctar en su casa. Pero en diciembre, Ramón Menéndez Pidal hubo de emprender un exilio forzoso y desde Burdeos pasó a Cuba y después a Estados Unidos. La guerra separa la familia y María Goyri se refugia junto a Jimena, su marido y su hijo Diego en una casa alquilada en la ciudad de Segovia. Son estos unos años precarios que los tres dedican a la educación de su nieto. En su correspondencia se evidencia la angustia de esa separación y los intentos frustrados de viajar a EEUU para reunirse con Ramón.

En el Archivo General de la Guerra Civil Española consta que desde Burgos, donde estaba la Junta de Defensa Nacional al mando de Franco, pidieron el 2 de julio de 1937 a las autoridades de Segovia «un informe amplio y ecuánime de las actividades así como la ideología política antes del Glorioso Movimiento Nacional» de los miembros de la familia Menéndez Pidal-Catalán. «Interesa también sean vigilados de un modo discreto, así como las amistades que operan alrededor de esta familia. En caso de que convenga le sea intervenida la correspondencia».

En el informe que se remitió a Burgos dicen de Ramón Menéndez Pidal: «Presidente de la Academia de la Lengua. Persona de gran cultura, esencialmente bueno, débil de carácter, totalmente dominado por su mujer. Al servicio del Gobierno de Valencia como propagandista en Cuba»; y de María Goyri: «Persona de gran talento, de gran cultura, de una energía extraordinaria, que ha pervertido a su marido y a sus hijos; muy persuasiva y de las personas más peligrosas de España. Es sin duda una de las raíces más robustas de la revolución». Qué contraste con lo que llegó a decir un académico de la Historia, de las Bellas Artes y de la Real Academia Española como Manuel Gómez Moreno: “Doña María Goyri, era culta, inteligente y casi anónima investigadora”, calificándola de “silenciosa y abnegada, tan vigilante en rededor suyo, y estudiosa tan sin pretensiones de exhibición, que pudo pasarse la vida inédita e ignorada casi”.

Una vez finalizada la guerra, a pesar de que eran conscientes de que se habían convertido en objetivos potenciales de la represión estatal como otros muchos ciudadanos, vuelven todos a su casa de Chamartín en Madrid pero a María no se le permite seguir en la docencia, y todo lo que había conseguido fomentar para la formación de chicos y chicas fue demolido. Se emite una terrible acusación sobre todos los miembros de la familia, por haber formado parte de la ya mencionada renovación de la escuela, gran logro de la República española. Las enseñanzas liberales y la educación mixta, son prohibidas, los maestros de estas escuelas terminan depurados y apartados de la docencia. María Goyri aún pudo trabajar en el campo de la investigación del romancero medieval, pero su nombre quedó sutilmente olvidado. María fue obligada a abandonar el proyecto educativo en el que llevaba trabajando toda su vida, un tesoro que llevaba años puliendo y que se quedó sólo en un recuerdo. Sin embargo, jamás consiguieron que perdiera su vocación y compromiso con la pedagogía ni que decayera su entusiasmo y amor al trabajo. Tras las depuraciones de la postguerra y los oscuros años 40, fueron rehaciendo sus vidas y su obra, pudiendo trabajar ella en el campo de la investigación, recopilación y sistematización del romancero medieval para el Archivo del Romancero.

Como en otros regímenes dictatoriales, el franquismo intentó reestructurar de manera profunda múltiples aspectos de la vida cotidiana nacional de la época republicana. La Guerra Civil fue el catalizador de estos procesos. De manera inmediata, el incipiente régimen liderado por el general Franco inició la demolición de los elementos que habían dado vida a la España republicana y comenzó la edificación del nuevo Estado franquista. Este proceso, dirigido “desde arriba” por las altas jerarquías del gobierno, fue, pese a todo, dinamizado “desde abajo” y alteró de manera completa la vida de la sociedad de posguerra.

En los últimos años de su vida, la investigadora se dedicó a cuidar y mejorar el archivo familiar y a investigar, recopilar y sistematizar las diferentes versiones de romances de la tradición oral para el Archivo del Romancero. Termina su obra “La Celia de Lope de Vega” y finaliza sus libros “De Lope de Vega y del Romancero” y “Los romances de Gazul”. De estas fechas y a decir de una persona que la conoció bien la definió como “Inteligente, intuitiva, trabajadora, discreta, tenaz, generosa, de una rectitud poco común que no llegaba a ocultar una gran afectividad”. Así la veían los muchos que la conocieron y llegaron a reconocer su valía.

El 27 de noviembre de 1954, María Goyri muere en la “Cuesta del Zarzal” de Madrid a los 81 años, debido a una arterioesclerosis, en silencio, sin manifestaciones externas de duelo, olvidada por casi todos. Fue enterrada en el cementerio de “La Almudena”. «Su falta me deja en completo desconcierto (…), mi centro familiar acaba de sufrir el más luctuoso golpe (…), la desaparición de la persona más querida (…), ella me deja en toda su vida ejemplo de fortaleza austera, consagrada al bien en sí misma y al bien de los demás», escribía su marido, Ramón Menéndez Pidal. María fue como hemos podido ver, una persona cercana y sensible a los problemas de su época destacando por su labor social que fue muy importante. Se ha dicho de ella que tenía “una personalidad rica y multifacética”, su obra y su trabajo así lo demuestran; en la esfera de la enseñanza, en su labor social, en su actividad investigadora, en su relación con la época que le tocó vivir, con las mujeres de su entorno, con la Institución Libre de Enseñanza, fundamental en su trayectoria personal y profesional. Si la enseñanza fue una constante en su vida como ha quedado demostrado, otra fue su labor investigadora, donde ocupó un lugar destacado el Romancero, recorriendo los pueblos de España para recoger todo tipo de romances que luego clasificó, hizo un estudio comparativo de las diferentes versiones y estableció un orden para el archivo del material reunido.

El matrimonio Menéndez-Pidal-Goyri trabajando en su despacho.

Como en muchos otros casos, la historia ha colocado la obra de María Goyri bajo la sombra de su marido, a quien dedicó una buena parte de su tiempo propiciando una incesante aportación de materiales para que él llegara a ser el gran académico que fue. Tan estrecha era la colaboración entre ambos que, demasiadas veces, la historia no ha sabido atribuir a cada uno lo suyo. Era ella la que buscaba, clasificaba, estudiaba y analizaba los miles de documentos, películas y grabaciones que llegaban a sus manos, para después pasarle el diamante en bruto a Ramón, que se encargaba del proceso final. Su hijo Gonzalo decía de su madre que “yo la consideraba muy normal, pero con el tiempo me fui dando cuenta de que era excepcional. Ella era la que le proporcionaba todo a mi padre, porque leía en inglés, alemán, italiano, latín…Leía continuamente y siempre tomaba notas que mandaba a personas lejanas a las que sabía que les interesaba ese tema”.

Por eso y por muchas cosas más, tiene y debe ser reconocida como una las mujeres más destacadas y relevantes de comienzos del Siglo XX en nuestro país. Vinculada y relacionada con la vanguardia cultural y educativa de la época, Institución Libre de Enseñanza, Residencia de Señoritas, Instituto Escuela, Centro de Estudios Históricos, entre otras, fue además una filóloga destacada con una gran labor de localización e identificación de versos del Romancero y una gran luchadora por mejorar la educación femenina de la época. Se han editado varias Bibliografías que procuran dar cuenta exacta de los trabajos impresos de María Goyri, aunque, como se ha señalado muchas veces, la obra publicada por la autora refleja sólo una parte exigua de lo que fue su actividad como pedagoga y como estudiosa de las letras hispánicas. La Fundación Ramón Menéndez Pidal está en continuo proceso de búsqueda, recogida, catalogación y edición de toda su ingente obra con la finalidad de devolverla al lugar eminente que, por méritos propios, le corresponde.

 

MARÍA TORRES. Búscame en el ciclo de la vida.-20/5/2013
DIEGO CATALÁN.- El Archivo del Romancero; Historia documentada de un siglo de historia.- Madrid.- Fundación Menéndez Pidal.-2001
MARÍA GOYRI.- “La difunta pleiteada”.- Estudio de literatura comparada.- Victoriano Suarez.- 1909.
ITSASO ALVAREZ.- Cuando María Goyri fue a la Universidad.- El Correo.-26/2/2013
CASTILLEJO, David y CATALÁN, Diego.- Historia del olivar de Chamartín.- Madrid.- 2005
ELVIRA ONTAÑÓN.- Jimena Menéndez-Pidal.- Ambiente familiar y pedagógico.- El Paular, 2013.-
CAROLINA RODRÍGUEZ LÓPEZ.- (2010): “Experiencias universitarias antes y después de 1910: en el centenario del acceso de la mujer a la Universidad”, Participación educativa, 15, pp. 209-219.
CID, JESÚS ANTONIO.- María Goyri.- Mujer y Pedagogía-Filología.- Madrid.- Fundación Ramón Menéndez Pidal.- 2016
VAZQUEZ-VIGO, CARMEN.- “Mujeres importantes.- Dª María Goyri de Menéndez Pidal.- Blanco y Negro, nº 2488.- Pg. 90-93.- 9/1/1960.
GONZÁLEZ DE LINARES, L.- “Cuando las mujeres empezaron a estudiar”.- Entrevista a María Goyri.- Estampa, Revista II (1929).- nº 56 Pg. 15-16.


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2 ideas sobre “«Personajes del callejero de Getxo». – MARIA GOYRI

  • Jorge

    Javi, como siempre es impresionante el esfuerzo en profundizar en el personaje. Muy buen trabajo.

    En línea con el tema Igualdad, una historia que refleja aquellos tiempos: la socialista María Domínguez Remon fue elegida alcaldesa de Gallur en 1932, primera por elección democrática en España. Además de este hecho está el curioso dato de que según la primera constitución de la segunda republica las mujeres podían ser elegidas pero no votar. Esto cambio en 1933.

    • Javier Campo

      Gracias, Jorge, por tus palabras. Es cierto que María Dominguez fue la 1ª alcaldesa democráticamente elegida, y como era «de izquierdas» fue fusilada nada más empezar la Guerra inCivil. Antes hubo varias mujeres elegidas, como se hacía entonces, por el Gobernador Civil, como por ejemplo Amalia Torrijos en el pueblo de Coripe (Sevilla) o Matilde Pérez Mollá en Cuatretondeta (Alicante). Más cerca, hubo dos mujeres en 1924 y 1926 que fueron «Concejales» del Ayuntamiento de Portugalete.
      En cuanto al personaje de María Goyri estoy muy satisfecho de este trabajo en concreto y así lo está también la Fundación Menéndez Pidal. Tanto es así que, a finales del 2018 y con ocasión del Ciento cincuenta Aniversario de su nacimiento y el Cincuentenario de su fallecimiento (vivió 99 años) fui invitado personalmente a la inauguración del Año Pidalino que se celebró en la Real Academia de la Lengua Española, en Madrid. Por supuesto que acudí para corresponder a lo que, a mi parecer, era un honor.