Carta del hijo
Leopoldo tenía cara de niño travieso. Entre su tez morena sobresalían unos ojos cristalinos, negros e inquietos; su pelo revuelto repetía el color de sus observadores vidrios y casi su mismo brillo. A sus doce años era un muchacho inquieto, en el azabache de su iris se podía apreciar el misterio de un mundo que él guardaba con celo. Cuando se le preguntaba algo, evitaba mostrar sus sentimientos con una sonrisa que iluminaba su rostro por completo.
Era un mediodía de domingo, aunque hacía calor las nubes no dejaban que los rayos de sol dibujaran el entorno. En la calle había poca gente, estaban en su casa comiendo en familia.
Leopoldo salió corriendo entre los soportales; cruzó la plaza y tomó el camino de cementerio. Subió sin echar la vista atrás el estrecho camino del camposanto, aunque a lo lejos se oían los gritos de su madre llamándole. Adentrándose entre los nichos buscó la tumba más escondida. En un rincón, casi cubierto por hierbajos, con una losa quebrada y la cabecera lacerada, junto a la tapia que cerraba el camposanto hallábase un panteón. Allí, entre el muro y la tumba, el muchacho escondió su pequeño cuerpo y los helechos del lugar lo ocultaron por completo.
De sus ojos, de cristal negro, surgieron gotas de angustia que se arrastraron por su pequeña carita de carbonero, mientras la escondía entre las rodillas y sus brazos. El sonido de las ramas de los árboles agitadas por la brisa ocultaba el sollozo, de forma que el silencio del lugar hizo desaparecer al pequeño, escondiéndolo y cobijándolo.
Hoy no había ido su padre a comer, estuvieron su madre y él solos. No soportaba el hecho de que aquella familia, donde él nació, no volviera estar junta. Sus padres se habían separado. Su madre le dijo que eran cosas de mayores, que ya no podían seguir viviendo juntos, que él podía ver a su padre cuando quisiera…; pero sólo a su padre o sólo a su madre.
Tras aquellos ojos negros comenzaron a batirse recuerdos de culpabilidad. El muchacho sentía que era él quien había precipitado el desastre: cuando no quiso comer aquella sopa que su padre le ordenó que se tomara, mientras su madre le retiraba el plato diciendo que no debía de ser forzado; aquella vez gritaron y se enfadaron. Cuando bajó corriendo con la bicicleta por la carretera y su madre se la quitó mientras su padre insistía en que debía llevarla. Siempre discutían por su culpa, todo lo hacía mal. Tenía que haberse comido la sopa y tenía que haber bajado con más cuidado con la bicicleta. Tenía que haber hecho tantas cosas bien y fueron tantas las que hizo mal. Él imaginaba a sus padres discutiendo; siempre, de alguna forma, entre los reproches que se hacían había algo que él muchacho había hecho. Cuando por la noche se metía en la cama, a veces cerraban la puerta, pero aun con todo oía los gritos que retumbaban desde la cocina. La oscuridad del cuarto era traicionera; despertaba la imaginación del niño que escudriñaba en su cerebro todo lo que había hecho durante el día que pudiera ser causa de semejante enfrentamiento. Siempre encontraba algo que se retorcía en su pequeña cabeza, inquietando sus sueños y provocando un cansancio que la noche no era capaz de hacer desaparecer.
Cayeron unas pocas gotas de agua. Los gritos llamando al muchacho ya se oían lejos, casi ocultos por los ecos y murmullos de las olas del mar. El niño no era capaz de escuchar su nombre en el aire, ni las olas del mar, ni el sonido del viento, ni el canto de los pájaros que se escondían de la lluvia; sólo podía oír los ecos de sus pensamientos que le culpaban una y otra vez, como cuchillos de fuego, del desastre de su hogar. Se le encogía tanto el estómago que hubiera vomitado, si no fuera porque aquella mañana no había ingerido alimento alguno. Una rama de helecho molestaba el descubierto pescuezo del chiquillo, corrió su mano para quitársela y algo cayó de su espalda. Era una carta. Sorprendido giró la vista, posó la manga del jersey sobre su húmeda mejilla y, un poco sorprendido, tomó el extraño sobre.
El sobre estaba cerrado y sobre él, se leían sólo tres palabras: para mi padre. La curiosidad se despertó en el muchacho y con cierta desgana, comenzó a abrirlo por ver lo que ponía. La letra era clara, así que comenzó a leerla sin mucha complicación; la carta decía así:
Aún puedo percibir, entre las grietas de la losa que cubre tu tumba, el olor a alcohol que desprende tu cuerpo encerrado en su caja mortuoria, y no sé si descompuesto o descomponiéndose o si es por el mero hecho de encontrarse en ese estado por lo que se desprende ese olor; ya que, en él, fuera del alcohol, quizás no quedase nada más que una insegura, agresiva y colorada figura a la que durante años he tenido verdadero asco. Mentiría si dijera que siento tu muerte; aunque escudriño entre los recuerdos que guardo en el hueco que hay entre mi nuca y mi frente, me resulta prácticamente imposible encontrar un momento entrañable en tu persona… Bueno… miento, sí los hay.
Los mejores recuerdos que tengo son de cuando era pequeño y tú me abrazabas con esas manos tan fuertes y grandes. Recuerdo que su palma la formaba una piel dura que entre sus grietas guardaba un color negruzco de las grasas de los coches que reparabas. Aunque tú te avergonzabas de ellas, porque eran toscas y no estaban limpias, por mucho que te esmerabas en su aseo; no eran como las de esos orgullosos oficinistas de postín. Para mí eran las manos más fuertes del mundo; ni un clavo podía traspasar aquella piel, me sentía seguro entre ellas. A mis amigos les decía que eras capaz de doblar una chapa entre tus dedos y cada vez que veía un coche, repetía una y otra vez que tú sabías arreglarlo. Me gustaba cuando me besabas y te quedabas conmigo, a mi lado hasta que me durmiese. Contigo eran los fantasmas los que se asustaban y hasta la oscuridad parecía un jardín. Pero eso fue hace tanto tiempo…
Dicen que fue culpa del alcohol, no lo sé; pero es la persona quien con su voluntad lo toma o lo deja, y tú lo tomaste. ¡Vaya si lo tomaste! y en cantidades industriales. No sé cuándo comenzaste a beber, pero casi todas las noches llegabas a casa tropezando con tus pies y golpeando contra las paredes, armabas un escándalo que asustaba hasta a las ratas; hablabas en voz alta incomprensibles palabras, ya que tu lengua se retorcía entre tus dientes de mala manera, tus ojos desorbitaban en sus cavidades y, a veces, gritabas como un energúmeno a mi madre… ¡No te lo podré perdonar!
Hay cosas que quedarán en mi mente hasta la misma muerte. Recuerdo aquella noche de febrero, hacía frío y al día siguiente, como todos los días yo tenía que ir al colegio. Me metí pronto a la cama, mi madre se preocupó de ello, tú nunca estabas; tenías que pasar las horas con tus amigos de tasca en tasca, cargándote de alcohol. Aquella noche, como todas, te costó abrir a puerta; no acertabas con la llave. Al final, para desgracia nuestra, conseguiste entrar en casa tropezando con tus propios pies, agarrándote a las paredes para no caer y balbuceando incomprensibles y estridentes gritos. No me despertaste, ya estaba despierto; me asustaba dormirme y que fueran tus voces las que me despertasen sobresaltado. Pude escuchar como caían todas las babas de tu asquerosa boca; como agarraste a mamá, y fue el silencio seguido de unos golpes contra la pared lo que hizo que me levantase de la cama. Te vi, nunca lo podré olvidar, vi como golpeabas la cabeza de mi madre contra las baldosas de la cocina. Paraste al verme en la puerta. Mi madre estaba embarazada y tú lo sabías, no lo ibas a saber, yo era un niño y era consciente de ello. Me fui a la cama porque mi madre me lo dijo. Aquella noche en la casa hubo un silencio que asustaba, las paredes se nublaban en la oscuridad y mis pensamientos se encharcaban de lágrimas, de impotencia y de rabia. Nunca te lo podré perdonar. Hoy escupo en tu tumba las rabias de mi niñez. Aunque no creo en el infierno, sueño para que exista y te pudras en él eternamente.
Después de ese incidente mamá perdió al niño que su tripa portaba, yo perdí la niñez; nunca volvió a ser lo mismo. Una gran parte de mi mundo, que eras tú, cayó hundido a mis pies y comencé a despreciarla con toda la fuerza que podía dar mi corazón, azuzado por una imaginación que no podía parar de sospechar que aquella no fue la única noche que golpeaste a mi madre. Tú urdiste en mi cerebro la imagen de un padre monstruoso y detestable.
No sé si viste alguna vez llorar a mamá, o si bien no te importó que llorase. Recuerdo una tarde que al llegar a casa del colegio pude escuchar un sollozo en vuestro cuarto; ella estaba de rodillas en el suelo, con la cabeza sobre la colcha de la cama llorando desconsolada. Me acerqué a ella e intenté consolarla, no pude; era tal la tristeza que mostraban sus sollozos que también yo rompí a llorar. Acompañé sus lágrimas con las mías. Mientras, ella me decía “llora, llora que las lágrimas desahogan”. No sé por qué lloré, ni por qué lloraba ella; sólo sé que inundamos el cuarto de lágrimas, de oscuridad y tristeza. Hoy pienso que aquel dolor fue causado por la depresión que padecía. Perdió la cabeza, sí; sus neuronas no fueron capaces de soportar el maltrato de un marido y la pérdida de un hijo en sus mismas tripas. La trataste de loca, la cargaste de pastillas y la menospreciaste; cuando fuiste tú el causante de su locura, quien provocaste su caída en el abismo de la depresión, quien amargaste nuestra existencia con látigos de alcohol.
No esperes compasión de mi parte, pues no la tendrás; solo deseo que te pudras ahí abajo, dentro de esta mísera tumba resquebrajada que tendrá un olor insoportable a alcohol para el resto de sus días. No esperes visitas mías, no soporto el aroma que desprendes.
©Fernando Urien
→ ir a carta del padre (2ª parte) → ir a carta de la madre (3ª parte)
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