Carta de la madre
Ya no se oían voces, tan solo la brisa movía las hojas de los árboles y rompía el silencio. La tranquilidad del lugar hacía bullir en la cabeza de Leopoldo cierto interés por conocer al personaje que se encontraba enterrado debajo de esa quebrada losa. El muchacho se levantó y dio una vuelta alrededor del nicho. Cuando llegó allí, no sabía nada del muerto de aquel lugar, sin embargo, ahora parecía conmoverle el mero hecho de que ya no estuviera vivo. Para él, esa ya no era una tumba cualquiera, conocía un poco al difunto.
A los pies del panteón, atada con cinta que enganchaba a la losa, había una tercera y extraña carta. Leopoldo, nada más verla, la arrancó del nicho con curiosidad, la abrió y sentándose sobre la tumba comenzó a leerla:
“Querido marido e hijo, No puedo menos que intervenir en vuestra desdichada correspondencia para pedir perdón. Primero a nuestro hijo, a quien quiero con toda el alma y siento haberle dado esta mala vida; cuando mi deseo, como el de toda madre, era que fuese el niño más feliz del mundo; también al hombre con quien me casé, a quien quise y aún quiero, aunque entre el ayer y el hoy haya habido momentos de duda en mis sentimientos.
Cuando te conocí, marido, salías de debajo de un coche, tal como tú lo has contado, tenías toda la cara sucia de grasa, los ojos más asustados que curiosos y en tus mejillas sobresalían unos colores sonrosados de timidez que daban a ese enorme mocetón un aire de ternura que hacía que fuera incapaz de ofenderme por tu indiscreta mirada. Desde ese mismo momento, ya no pude olvidar esos ojos negros y esas mejillas sonrosadas. Pasé por delante de tu taller, un día y otro día, esperando que te fijases en mí, y disfrutando de los colores sonrosados que brotaban en tu cara cuando me sonreías. Nunca me preocupó si mi madre se enfadaba o no; juzgué que nuestra relación no era asunto de ella y no estuve dispuesta a consentir que se inmiscuyera.
Aquel día que me llevaste a tu taller, suponía que tus intenciones iban a ser algo más que una conversación amorosa. Por una parte, dudaba en aceptar dicha invitación, por otra ardía en deseos por satisfacer todas tus ansias de placer, ya que con ello colmaba las mías. Así fue, y no me arrepiento ni me arrepentiré nunca de aquella tarde, todo lo contrario, te puedo asegurar que la tengo guardada en mi recuerdo como uno de los momentos más felices de mi vida y me entristece el no poder repetirlo.
Tuve un mal parto, es cierto; nunca te dije nada porque consideré que había sido causa de mi decisión y no estaba arrepentida de ello. No podía admitir reproches porque yo lo deseé con toda el alma, y aún lo deseo; sin temor alguno a los riesgos que ello comportara.
El nacimiento de nuestro hijo fue otro de los momentos más felices de mi vida. No toleré los deseos de mi familia porque te quería tanto como quiero a este hijo que Dios nos dio. Deseo con toda el alma agradecerte que los mejores recuerdos de mi existencia los tengo gracias a ti, y por eso lloro tu muerte y la lloraré, aunque muchos no lo comprendan… ¡Qué me importa!, el amor es entre tú y yo; el mundo se desvanece.
Conocí al médico un día que fui a su consulta por un dolor de garganta que tenía el niño. Era alto, joven, bien parecido y todo un doctor. ¿Qué quieres que te diga? Cuando entré en la consulta me miró de arriba abajo y me halagó que una persona tan distinguida se fijase en mí. Él se dio cuenta y continuó con unas sonrisas que yo correspondí. Entre nosotros comenzó una relación que no pasaba de los gestos, que me divertía y me halagaba. Pero tú comenzaste a acusarme de algo que no eran más que fantasías tuyas. No estaba dispuesta a aceptar que pusieras en tela de juicio mi sinceridad una y otra vez, y mucho menos a que tus celos condicionaran mi vida. Por eso, en mi rebeldía hacia tu actitud, continué con mis sonrisas y hasta alguna vez terminé tomando café con el doctor, ya que en ello no vi nada malo. Pero tú me estuviste ofendiendo una y otra vez; terminaste dándote al alcohol. Cómo no iba a rechazarte si olías que dabas asco, balbuceabas improperios contra mí y después querías besarme como si el matrimonio te diera derecho a poseerme sin respetar mi dignidad. No estaba dispuesta a consentirlo. Las malas relaciones contigo me llevaron a los brazos del doctor. Tanto él como yo estábamos casados y sabíamos que había unos límites que no debíamos de franquear. Un día nos acostamos, sí. Salí tan arrepentida y llena de culpa que quise complacerte. Aunque estabas borracho quise hacer el amor contigo para demostrarte que te quería. Estabas sobre mí cuando comenzaste a decirme que me acordara del doctor para disfrutar más del momento. Quise que te apartaras, que me dejaras y te empujé con todas mis fuerzas para separarte de mí, pero tú me forzaste. Cerré los ojos y lloré mientras disfrutabas.
Lo cierto es que de esos días de ajetreo quedé embarazada, No sé de quién, ni me interesa saberlo. Cuando me reprochaste el embarazo, yo te dije que era hijo tuyo y no mentí; contigo también tuve relación. Tú me dijiste que te habías hecho la vasectomía, no te creí. ¿Cómo iba a creerte si el dichoso médico usaba siempre preservativo al mantener las relaciones sexuales? Insistí en que era tuyo porque nunca me habías dicho nada sobre esa intervención. Me golpeaste la cabeza contra la pared y se levantó de la cama el niño. Nada me dolió más en el mundo que los ojos de aquel, nuestro hijo, a la puerta de la cocina. Le pedí que se fuera a la cama y comencé a reflexionar sobre las estupideces que había hecho y sobre la posibilidad de que realmente tuvieras hecha la vasectomía.
Fui al doctor y cuando le dije que estaba embarazada me expulsó de la consulta y no quiso volver a recibirme. Tuvimos que cambiar de médico. Comencé a tener pánico a ese niño que estaba engendrando. Me detestabas y te emborrachabas día tras día escupiéndome a mi cara la desidia de mis actos y renegando de la vida que estaba gestando. Lloré mucho durante aquella época, y me culpé mucho más. Quise quitarme la vida. Conociendo los riesgos que comporta toda gestación, sobre todo en mí; un día golpeé, con todas mis fuerzas, una y otra vez mi vientre contra la pared; hasta que caí rendida al suelo sangrando de entre las piernas. Me llevasteis al hospital y el niño salió muerto, pero yo no. Mi mente no podía soportar el hecho de vivir con tu repulsa y con el desprecio que yo misma tenía hacia mi persona. Imaginé que había sido un ángel maligno el causante de todo; tú te habías hecho la vasectomía y el doctor utilizó condón, sólo un espíritu perverso pudo haber fecundado en mí aquel ser y quiso llevárselo antes de que naciera. No podía ser otra cosa. Renegaba una y otra vez del joven médico que me engañó en complicidad con el ente maligno y misterioso.
Os puedo asegurar que, entre todos los avatares de mi vida, los momentos que he pasado con vosotros son lo más hermoso que me ha podido ocurrir. Os quiero tanto… siento hasta lo más profundo de mi alma no haber sabido estar a la altura del amor que os profeso”.
Cuando Leopoldo terminó de leer esta carta las voces repitiendo su nombre una y otra vez desde la lejanía, se iban acercando. Esta vez no se escondió, estaba anocheciendo y el cementerio no es un lugar muy propicio. Volvió la vista para ver la tumba con su resquebrajada losa sobre la que estaba sentado. La miró y se encogió de hombros. No sabía que pensar, quizás la vida arrastre locuras o quizás sean las locuras las que nos arrastran por la vida, de todas formas, él estaba seguro de que sus padres no habían tenido unas relaciones tan tortuosas, ni siquiera él, como hijo, tenía la sensación de haberlas padecido. Pero comenzó a sentirse excluido de las pugnas de los mayores; en cualquier caso, el hijo del difunto era el que menos se había enterado de las trifulcas de sus padres.
No le dio tiempo a bajarse de la losa, cuando le abrazó su madre alzándolo por los aires. — ¡Hijo! ¡Hijo!, tú no tienes la culpa, es cosa de mayores. — Junto a su madre, su padre también le abrazaba y le besaba mientras le decía — No podemos seguir juntos, pero tampoco queremos hacerte daño. ¿No lo comprendes? —
El muchacho miró a sus padres, volvió la vista al panteón y se dijo en voz baja —¡Vaya lío!—.
©Fernando Urien
→ ir a carta del padre (2ª parte) → ir a carta del hijo (1ª parte)
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