CALLE SAN FRANCISCO (parte 4)


Todo a lo largo de San Francisco, había unas calles en cuesta hacia arriba que iban a parar a las Cortes. Y a pesar de los que Vds. quieran opinar tampoco esta calle era el barrio chino de nadie, simple y llanamente era la Cortes, también llamada la Palanca,  una calle que empezaba en la calle Zabala y terminaba en el Conde Mirasol.  Un poco atípica, pues en ella convivían personas normales y corrientes, algunas de una envergadura moral impresionante, con bailarinas, cupletistas, chicas de descorche y, por qué no decirlo, con cierta prostitución, luego cada vez más arraigada.  Ese ambiente era, a partir de ciertas horas de la tarde noche, sobre todo los fines de semana, ya que entre semana no había tanto movimiento. 

Pero fíjense Vds., “la peligrosidad de las Cortes” (que no barrio chino), era tanta que nuestros jóvenes, cuando tenían una despedida, una cena o cualquier otra juerga,  como la mayoría, por no decir todos los bares y cafeterías en Bilbao cerraban pronto, los chicos se iban a las Cortes a terminar su juerga, que solía ser hasta la una o las dos de la madrugada más o menos, aunque más menos que más. 

Las Cortes, aunque desde luego no era el ambiente más propicio, no tenía ningún peligro para la gente, y cuando hablamos de peligro, nos referimos a la noche, porque de día era un barrio tranquilo, eso sí, con sus bares de alterne, casi todos colocados al final de la calle, es decir, próximos a la calle Zabala: entre los más famosos estaban el Gato Negro, Palanca 34 y algunos otros. 

También había una farmacia, donde se vendieron  de extranjis los primeros preservativos que se hayan conocido, por lo menos en Bilbao.

Hacía la mitad de la calle las Cortes era un barrio como cualquier otro, con su despacho de pan de Harino Panadera, regentado por la Señora María Libarona, con su bata blanca bien peinada y siempre impecable atendiendo a sus clientes con gran  amabilidad.  Su tienda de ultramarinos, cuyo dueño el Señor Eugenio disfrutaba como nadie con sus clientes y su tienda y uno de los mejores cortadores de jamón a cuchillo que se hayan conocido.  También había pescadería con Eduardo al frente, un buen mozo que alegraba las mañanas de las mujeres que se acercaban a su pescadería con su gracia y buen hacer,  y hasta una carbonería leñaría; regentada por el Sr Luis y al que los gitanos y gitanas de la zona tenían un gran respeto e iban a pedir consejo.  En aquellos tiempos  era muy normal comprar carbón y leña para las chapas de cocina, donde además de cocinar, se las ingeniaban para calentar la vivienda.  Se vendía carbón para las calefacciones de las casas más pudientes de la ciudad.  La población de esa zona eran personas sencillas pero buena gente.  Un vecindario donde las mujeres se conocían mejor que si fuesen de la familia y donde imperaba un trato cordial y amistoso.  Podríamos destacar cómo un grupo de gente del barrio de Zabala formó una iniciativa para recoger dinero y con él hacer un busto al Dr. Fleming, el descubridor de la penicilina, cosa que al final consiguieron, colocando el busto en una pequeña plaza,  al comienzo de la calle, enfrente del final de las Cortes.  Esto da una idea del talante de las gentes: ¡buenas personas!

En fin, la calle de las Cortes en sí era un sitio casi normal si no fuera por algún que otro bar.  Luego estaban las calles y plazas de los alrededores, como La Cantera, muy famosa ya que esta Plaza fue durante años el único lugar de expansión de la zona,   en ella estuvo ubicada la primera agrupación socialista de Bilbao, con Facundo Perezagua al frente, primer líder del socialismo vizcaíno.

En una de las calles próximas a las Cortes estuvo el Bataclan cabaret por excelencia y quizás el más fino de la zona, todas las noches había una función de revista en la que participaban chicas  guapas y de tipo muy lúcido.  Este local se hizo famoso por que en el actuó Juanito el Trianero, toda una leyenda de la Palanca, fue uno de los primeros transexuales de España y solo comparable a la francesa Coccinelle.

Durante el espectáculo al que acudían gentes de todo Bilbao y pueblos de Vizcaya, matrimonios, parejas y hombres solos, mujeres solas nunca se veían, se descorchaban buenas y caras botellas de champan.  Al compás de la música y los bailes de las chicas, la gente reía, bebía se besaba y el que podía tocaba donde no debía y a veces había réplica de plis plas, pero lo principal era que la gente disfrutaba de un espectáculo ameno, limpio y divertido.  Este Bataclan refinado, divertido y tan famoso en los años sesenta en Bilbao, quizás tomo su nombre del famoso Bataclan de Paris. En cualquiera de los casos trajo alegría y diversión a una zona muy necesitada de disfrutar de un buen rato.  

En el Bar Boni, el cocinero Bonifacio antes de recalar en las Cortes había trabajado para  Al Capone, hizo de guarda espaldas y cocinero de él, le gustaba  presumir de ello y solía enseñar un cinturón que le regalo el  gánster.

Al comienzo de la calle Hernani  y dando a la Calle Lamana y Puente de la Merced, se encuentra situado el Convento de las siervas de Jesús.  Comentar que su capilla es una  preciosidad y una de las más bellas de Bilbao, entrar en ella sentarte en sus bancos y dejarte llevar por su belleza y su tranquilidad te transporta a momentos de gran espiritualidad y sosiego para la mente.

La Institución religiosa es de las llamadas hospitalarias, cuidan de enfermos y tuvieron una gran relevancia en el cuidado de los mineros y sus familias en  las minas de Triano y la Arboleda

Estas monjas tienen un gran mérito, todas los días a partir de las ocho de la mañana dan de desayunar a cerca de cien personas,   ellas cocinan, sirven, limpian, dan consuelo  y procuran el alimento sin queja  con cariño y un gran a fan de servir a los más necesitados.

En uno de los pisos del convento, ellas mismas cuidan, atienden con mucho amor y profesionalidad a enfermos terminales que no tienen quien les recoja, ellas buscan el sustento y ellas se lo dan. Monjas que acuden por las noches a velar  enfermos a cambio de la voluntad, a cuidar niños de familias con problemas o muy numerosas para que sus padres puedan dormir, descansar y pasar  alguna noche tranquila.

Hacen una gran labor social y humana, son altruistas y son solo y sencillamente unas monjas  que hacen el bien y como dice el refrán sin mirar a quien.  

A todas ellas gracias,  muchas gracias Hermanas, Madres, muchas gracias  por  todo el bien que hacen.

La calle  respiraba tranquilidad, gente que iba y venía como en  cualquier otro sitio de la ciudad.  Las mujeres bajaban de sus casas a hacer la compra, que entonces era diaria,  iban a la pescadería, la tienda de ultramarinos, etc., con lo que los tenderos al final conocían a todo el barrio y lo que pasaba en él.  Los más pudientes, que los había, encargaban la compra por teléfono el recadista la llevaba en su bici. O si la caja era muy pesada, se la llevaba al hombro, teniendo en cuenta que entonces, en esa zona de  Bilbao no había ascensores, el trabajo que hacían era duro y costoso.

Pero al caer la noche, una parte del barrio se convertía en lugar de alterne, de descorches y bailes de salón donde para poder bailar había que pagar una cantidad de dinero a cambio del cual te daban un ticket, que se entregaba a la chica con la que se quería bailar.

En el vivían desde joyeros, empleados de oficina, tenderos,  “gitanos de alta alcurnia” y algunos de la baja.  Pero aquello parecía una enorme familia donde todos se conocían, supongo que con sus cotilleos, sus envidias, etc., pero también con sus modales de buenos vecinos.  Cuando alguien necesitaba algo, lo normal era que, bien de un sitio o de otro, encontrase una mano que le ayudase.

 

(continuará)

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