Vaya, vaya… aquí no hay playa

Amo el mar, con toda mi alma, sobre todo el mar Cantábrico. El Mediterráneo me parece un mar descafeinado porque el agua está caliente, hay muchas medusas y casi no hay olas y yo estoy enamorada hasta las trancas de las olas. Desde que era un retaco, mi numerosa familia se trasladaba en verano a Górliz. Era una época en que el pueblo todavía no había sido descubierto por los turistas, ni invadido por las constructoras, que años después tanto cambiaron la fisonomía de aquel precioso pueblo. Cuando bajábamos a la playa, las madres (los padres estaban de rodríguez trabajando en Bilbao) se colocaban en grupitos, con las sillas mirando hacia el sol, y a los niños nos dejaban a nuestro aire, pero con ciertas reglas.

Mi madre era fiel seguidora de la teoría del respeto de los tiempos de digestión, pero en su versión más estricta: dos horas y media para el desayuno y tres para la comida. Pero para mí era una tortura bajar a la playa, ver el mar y no poder meterme en el agua y todo el mundo sabe que no está bien torturar y mucho menos a una niñita de rizos dorados, así que absolutamente todos los días se repetía la misma escena: yo le pedía a mi madre permiso para ir a bañarme, ella decía que todavía no, yo me ponía pesada, pero muy pesada y le decía que sólo me iba a mojar los pies. Ella acababa por ceder y yo demostraba que el concepto de sólo los pies no lo había aprendido nada bien. Cuando ya estaba mojada entera, volvía a preguntarle a mi madre si me podía bañar y ella me miraba y me decía: ¡si ya estás mojada entera!, yo contestaba que no era mi culpa, que me había mojado una ola. Mi madre se desesperaba porque yo no le hacía caso y me dejaba por imposible. A partir de ese momento, ya no salía del agua.

En Gorliz, aprendí yo solita a nadar y a coger las olas, a distinguir cuál podría saltarla, cuál me revolcaría a menos que la pasara por debajo y cuál me permitiría hacer una orillada. Aprendí cómo saber si hay mucha o poca resaca y aprendí a respetar al mar, a sus corrientes y a su fuerza. Me costó, tragué mucha agua, me llené de arena hasta el último rizo y sufrí tremendos revolcones, pero es lo que tienen los grandes amores, que arrastran historias de grandes esfuerzos. Además, en aquellos días, los socorristas eran nuestros hermanos mayores, universitarios con un cursillo de la Cruz Roja que sólo ponían la bandera roja si el mar amenazaba con devorar la playa. La ventaja era que nos bañábamos con olas enormes e incluso con resaca, condiciones que hoy en día serían bandera roja clarísima, pero que nos permitieron aprender muchísimo sobre el mar.

Con los años, mi amor por el mar no disminuyó ni un ápice y fui descubriendo otras playas que también me enamoraron, como Laida o Noja. En invierno, me quitaba el mono del mar nadando en las piscinas cubiertas, pero nunca fue lo mismo. En una piscina, el agua está muerta y deja sobre la piel un olor penetrante a cloro, en cambio el mar está vivo, se mueve a su aire y si consigues su amistad, te mece y acuna. El mar es tan terrorífico para algunos como amable para otros.

Pero si mi amor por el mar es tan grande, cómo he podido acabar viviendo en un lugar a cientos de kilómetros de Bilbao y en el que ¡vaya, vaya, aquí no hay playa!

Mi marido y yo siempre habíamos pensado que al jubilarnos, iríamos a vivir cerca de donde estuviera viviendo nuestra hija, que después de todo, es lo más valioso que tenemos, pero encontró trabajo en Madrid e irnos allí, puff!!! nos agobiaba mucho. La ciudad es hermosa, pero demasiado grande, las distancias son enormes, vamos, que no nos convencía y a base de hacer excursiones por los pueblos cercanos a Madrid, descubrimos Alcalá de Henares. Aquí tengo que hacer un inciso y pedir perdón por haberlo llamado pueblo. Es una ciudad y los nativos están muy orgullosos de ella y no les gusta nada que digas que es un pueblo, por mucho que seas de Bilbao. El caso es que cuando acabó nuestra vida laboral, vendimos nuestro precioso piso en Begoña, hicimos el petate y nos mudamos a Alcalá de Henares. El último día que pasamos en Bilbao, mientras terminábamos los papeleos, hicimos una visita a Laida y tengo que reconocer que se me escaparon muchas lagrimitas, porque sabía que me alejaba de todo aquello y que sólo volvería como turista.

Alcalá de Henares es una ciudad fascinante, plagada de edificios históricos, y cuando te adentras en su casco antiguo, parece que retrocedes en el tiempo. Una de las mejores cosas de Alcalá es la gente, que es acogedora y amable como nadie. Sabedores de que es un importante destino turístico, se ha convertido en tradición el realizar actividades culturales en la calle y no hay nada mejor que salir a pasear un domingo y encontrarte la calle Mayor repleta de magos, músicos, bailarines o mercados medievales.

Sigo echando de menos el mar, aquí no hay playa, pero vivo contenta en una ciudad que me ha acogido con los brazos abiertos y aunque no es muy grande, tengo piscina en la urbanización y, sobre todo, a mi hija viviendo muy cerca de mi.

© Esther Sancho Urbina

 

                                     Alcalá de Henares, calle Mayor

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