Heredero impertinente

DE FUERA VENDRÁ QUIEN DE CASA TE ECHARÁ

Leonor Rosembourg murió un trece de diciembre a causa de un empacho de coliflor. Al menos eso es lo que contaban. Leonor Rosembourg fue una mujer de grasas desbordadas, pechos desmedidos y unas posaderas que necesitaban dos sillas para su reposo. En cierta ocasión debieron de informarle sobre las ventajas de la coliflor para bajar peso y fue tal su obsesión por conseguir una buena figura que últimamente en su mesa no se servía otro plato que no fuera el de esa col. Por eso era frecuente que sus invitados idearan y repitieran mil y una excusas para no acudir a sus celebraciones; todos temían las nuevas recetas de coliflor.

La de los Rosembourg, era una familia acaudalada y con importantes posesiones y  un tanto huraña. El matrimonio compuesto por la ilustre Leonor y el prestigioso banquero Hans Leandro de Leman sólo tuvo un hijo, Alfonso de Leman y Rosembourg, un muchacho nervioso y delgado en extremo. Tan desprovisto de carnes estaba que sobresalían las marcas de los huesos en su rostro pálido, palidez acentuada por un bigote y perilla de negro carbón, y un pelo lacio siempre bien cortado. Solía vestir trajes de color oscuro que, unido a su andar sigiloso, le concedía un aire sombrío cuando caminaba por los pasillos de la mansión. Había sido el niño mimado de la familia, quien protestaba por cualquier cosa con voz algo afeminada de la que todos se reían y nadie hacía caso.

Aquel día, en el funeral de Leonor Rosembourg, la iglesia estaba tan llena que los feligreses se disputaban los bancos libres. No era de extrañar, ya que se trataba de una familia de rancio abolengo e importante patrimonio y, aunque su egoísmo y tacañería provocara reticencias y animadversión a muchos de los que estaban allí, todos se peleaban sólo por figurar en la lista de invitados. Así que, como allí estaba la flor y nata de la alta sociedad, la ceremonia se convirtió en una exhibición de vestidos de alta costura, brillantes joyas e insultantes arrogancias.

Entre toda esa suntuosidad y pugna de riqueza destacaba un muchacho de baja estatura y anchas caderas; su tez era morena y en su cabeza se desbordaba un pelo rizado y muy revuelto. Vestía un pantalón vaquero roto y un jersey desgastado que mostraba más de un descosido. El joven reposaba en un banco del fondo de la iglesia, donde la falta de silencio parecía perder el respeto a la ceremonia.

Una persona del servicio, al ver tal estridente presencia en el ilustre funeral, se acercó al forastero.

– Perdóneme, quizás se haya confundido de ceremonia ¿Es usted pariente de la ilustre señora Leonor de Rosembourg?
– ¿Yo? –respondió sorprendido el descamisado feligrés.
–Sí, usted. ¿No ve que esta ceremonia es privada?
– Perdone –respondió educado el joven–, soy hijo de la difunta.

Varias personas próximas a la escena se volvieron sorprendidas al escuchar semejante afirmación. Los cuchicheos se fueron extendiendo entre las sillas como las ondas de agua al caer una piedra en el estanque. El sirviente se dirigió sin decir palabra hacia los primeros bancos de la iglesia donde se encontraba don Alfonso de Leman y Rosembourg, unigénito, hasta ahora, de la difunta, y aproximando los labios al oído del señor, le comentó lo que el extraño visitante le había dicho.

Alfonso se puso en pie de forma brusca y, a paso ligero pero sin perder la compostura, se dirigió al fondo de la capilla siendo precedido por el ruido de sus solemnes tacones contra el duro mármol. Al aproximarse al joven despeinado, éste lo reconoció y, pensando que se acercaba para saludarle, abrazó al pulcro Alfonso clamando en voz alta:

– ¡Hermano, hermano!

Los feligreses, asombrados  porque nunca habían oído hablar de la existencia de ningún hermano y mucho menos de que semejante adefesio pudiera serlo, volvieron la vista hacia el lugar del encuentro familiar. Alfonso empujaba al visitante para apartarlo de su cuello, pero el desgarbado y rechoncho muchacho se esforzaba por besarle apretándolo contra él como si fuera a asfixiarlo.

– ¡Yo no tengo hermanos! –y el afeminado grito de Alfonso rebotó contra las frías paredes de piedra llamando la atención de los feligreses que comenzaron a murmurar.
– Que sí, Alfonso, que soy tu hermano Abelardo. ¿No ves cómo nos parecemos?
– Pero ¡qué tonterías dice usted! Le repito que no tengo hermanos.

Entonces, el joven desgarbado sacó una nota arrugada del bolsillo, la desdobló y se la mostró a Alfonso. Era una carta del notario convocándole para la distribución de la herencia.

 En esa nota arrugada y casi ocre que Abelardo había sacado del bolsillo, se detallaba tanto su procedencia como el deseo de Doña Leonor de que a su muerte ambos hijos se conocieran y juntos esparcieran sus cenizas al viento.

En ese instante, el silencio se disgregó por el pasillo central, recorrió las naves laterales, subió por los fríos pilares hasta las bóvedas y el mismo ábside, de donde escapó saliendo por la boca de las gárgolas hasta desaparecer en el exterior. Alfonso se quedó mirando el papel como si el tiempo se hubiera parado. Mientras tanto, el descamisado joven miraba de un lado a otro saludando a las personas que les observaban.

La incredulidad tuvo que ceder ante la evidencia de que ese intruso era Abelardo Maroto de Rosembourg, el hijo de un labriego que cuidó de Leonor en una solitaria casona de campo, propiedad de su tío, a la que fue para curarse del sarampión. Aunque Leonor quiso ocultar su existencia, todo su entorno se refería a él como “el hijo del sarampión”, como si se tratase de un grano producto de la enfermedad en vez de la lujuria. Nada más dar a luz lo rechazó. Nunca aceptó que el bajito y rechoncho hijo del campesino fuera también suyo; pero al final de sus días tuvo un arrebato de culpabilidad y decidió integrarlo en el lugar que le correspondía en la familia.       

Alfonso estaba abatido, en apenas un día le había salido un hermano, al que detestaba por ordinario, paria y pegajoso besucón; además, estaba seguro de que ese ser estaba allí para exigir su derechos de la herencia y, por si fuera poco, tenían que ir juntos a esparcir las cenizas al viento. Pero no se atrevió a contradecir los deseos de su madre, al fin y al cabo, la quiso y le dolió su pérdida. Así que, cumpliendo sus deseos, después del funeral los dos hijos ascendieron a una colina desde donde se podían ver las extensas propiedades de la familia.

Por delante, con la urna que contenía las cenizas de su madre en las manos, caminaba Alfonso; su hermano, que no paraba de hablar, tras él. Una vez en la cima divisaron las tierras de su patrimonio y Abelardo, pasando la mano sobre el hombro de su elegante compañero, le dijo:

– Anda, mira que tener un hermano ¿Quién lo iba a decir?
– Eso mismo me pregunto yo. ¿Quién lo iba a decir? –respondió Alfonso intentando zafarse del pegajoso compañero.

Pero Abelardo, tomando su resistencia al abrazo como un juego, le arrebató la urna y la abrió esparciendo las cenizas por el aire mientras gritaba entre risas:

– ¡Tira eso ya, hombre!

Desequilibrado por el empujón de su hermano, Alfonso estuvo a puno de rodar colina abajo. En ese momento se levantó una ráfaga de aire que casi terminó de derribarlo. El viento revolvió las cenizas de Leonor Rosembourg formando una oscura nube de polvo  que se volvió contra ellos. Alfonso, en un esfuerzo por zafarse de los restos de su madre, dio la espalda al vendaval como pudo. Abelardo, en cambio, cerró los ojos y recibió, con todo cariño, las cenizas de Leonor en su rostro mientras reía la circunstancia adversa.

–Pero, ¿de qué te ríes tú? –regañó, ya de mal genio, Alfonso a su hermano.
–Calla –respondió entre carcajadas Abelardo–; creo que me he tragado un trozo del fémur.
– ¡Agghh! ¡Eres un estúpido! Muy enferma tuvo que estar mi madre para parir una cosa como tú. Eres peor que un sarampión.

Esto último salió de la garganta de Alfonso con una voz de pito y tan afeminada que provocó unas carcajadas interminables en Abelardo. Fuera de sí, Alfonso aceleró el paso queriendo alejarse de un hermano que le seguía hablando sin parar y riéndose por la aguda voz que mostró al enfadarse.

Aquella noche Alfonso no concilió bien el sueño. Aunque el reparto de la herencia con el recién encontrado hermano no le hacía mucha gracia, no fue ello el motivo de semejante insomnio sino el hecho de tener que aguantar a ese engendro que, al parecer, había tenido su madre. Soñó que su hermano le abrazaba mientras él se resistía sin éxito; juntos caían por un terraplén y él gritaba socorro con una voz de pito que provocaba las carcajadas de Abelardo, quien escupía las risas sobre su cara. Se despertó sudando. La merma de patrimonio carecía de importancia con tal de que Abelardo desapareciera de su vida para siempre. No lo soportaba ni un minuto más.

Tras la terrible noche de insomnio, a la mañana siguiente los dos hermanos se presentaron ante el notario. Allí estaba el albacea, unos primos y algún que otro pariente que iba más por curiosear lo del nuevo hermano que por esperar nada de la difunta.    Abelardo quiso sentarse junto a Alfonso, pero éste huía de su consanguíneo y se escondió en una esquina entre familiares y amigos, alejado de su recién aparecido hermano. Después de que se hiciese el silencio, el notario pasó a leer el testamento.

“Es deseo de la fallecida, Leonor Rosembourg, que los bienes que posee queden entre sus hijos a partes iguales; pero es condición necesaria que convivan en la residencia de los Rosembourg, a fin de que se conozcan y surja entre ellos una relación que la fallecida no fue capaz de ofrecer en vida, quedando así unidos los derechos sobre las propiedades a la convivencia de ambos.”

Todos enmudecieron al escuchar al notario. Abelardo comenzó a abrazar y besar a su hermano repitiéndole a la cara: “¡Qué buena era mamá!”

Alfonso, zarandeado como una delgada marioneta a punto de romperse, no pudo más y gritó mientras se esforzaba por liberarse de su hermano:

– ¡Déjame en paz! ¡Tú nunca serás un Rosembourg, idiota!

Pero la voz que salió de su garganta fue tan aguda, tan ridícula, tan parecida al grito de una niña pequeña y chillona en un arrebato de mimos, que al oírla todos se echaron a reír a carcajadas y, como siempre, no le hicieron caso. 

 

© F. Urien

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