Nochebuena en casa extraña

La puerta de la habitación está abierta, frente a ella una pared en la que se reflejan luces de colores; como si la pintura cambiara el color de un momento a otro. Acaban de fregar el suelo de la habitación, de frío terrazo. Yo estoy sentado en una butaca, a mi derecha hay una cama de metal recién hecha, sobre ella está la toma de oxígeno y el sistema de vacío, la pared está pintada de un azul tenue, sin brillo. Tras de mí hay una mesilla y desde el otro lado de la cama se ve el monte a través de la ventana.

Un señor entra y me mira sonriente, una niña le acompaña. Se acerca tanto que me asusto y muestro una sonrisa de circunstancias. La niña no deja de mirarme.

— ¿Sabes quién soy?— me pregunta el extraño sin dejar de sonreír. Tiene pelo negro, corto y peinado a raya, sus cejas son gruesas y su sonrisa constante. Mantengo una cara de circunstancias. La niña busca algo en el cajón de la mesilla, o quizás no buscase nada, pero los niños son así; curiosos.

— ¿No sabes quién soy?— el adulto vuelve a preguntarme, mientras me toma por los sobacos para ayudarme a levantar. La niña ha encontrado un pequeño peine y lo está pasando por su cabello. La música de un villancico nos llega desde el pasillo: “Campana sobre campana…”

— Y sobre campana una…— tarareo sin darme cuenta.

— ¡Ah! De esa canción sí que te acuerdas. Pero no sabes quién soy yo, ni quién es esta niña.

Vuelvo a sonreír con cara de circunstancias mientras continuo tarareando el villancico.

— Soy tu hijo, Roberto. ¿No te acuerdas?

¿Mi hijo? Mi hijo se dormía sin querer sobre mi hombro cuando lo cogía en brazos. Aún recuerdo su pequeña cabeza sobre mi pecho. El pelo siempre lo llevaba corto, aunque le cubría las orejas. Fortunata se lo cortaba así, como si se tratara de un cuenco peludo con forma de blando casco de hilos de seda. A ella le gustaban los villancicos, es verdad, y los pasteles de hojaldre…

—Te voy a llevar a casa a pasar la Navidad. ¿Te parece bien?

A casa… Fortu estará preparando los caracoles… Los prepara bien, aunque a mí el caracol no me gusta, pero sí la salsa, la que ella hace. ¡Cuántas noches he notado que me faltas! Recuerdo tu sonrisa cuando bajabas por el monte para enseñarme las cabras que tenía tu padre. Recuerdo el baile de tu pelo al compás de la falda cuando corrías. Reía el viento en tus labios de piel sonrosada. Fortu ¿dónde andas? Me gusta el color de tus besos, el susurro de tu iris, el olor de tus labios, el sabor de tus pechos…

—Anda, ponte este abrigo que hace frío, y vamos al coche.

Mientras el señor me pone el sobretodo, toco el pelo de la niña. Es como el de Roberto, suave y limpio. Por donde yo he pasado mis dedos, ella pasa su mano ordenándolo de nuevo. Me mira hacia lo alto y dice: “Hola aitite”.

Yo no conocí a mi abuelo, dicen que murió en la guerra, luchando por la República. Mi madre siempre fue republicana, tenía la bandera escondida bajo el cajón del chifonier. Recuerdo la cara del profesor de física cuando le pregunté a ver por qué hay que hacer fuerzas al cagar. Llamó a mi madre y ella me riñó.

Me monto en el coche y enseguida llegamos a casa. Al entrar, mucha gente me saluda sonriente, también yo sonrío. Esta no es mi casa, es diferente. Falta el paragüero que había en la entrada. En él siempre estaba el bastón de mi suegro, el padre de Fortu… ¿Dónde está? No la veo.

Me sientan a una mesa llena de comida, pero no hay caracoles. No, esta no es mi casa. La gente me trata con amabilidad y todos me preguntan a ver si los conozco. No sé, me parece algo…, pero es tan extraño todo. No conozco a ninguno de esos niños que no paran de revolver. Son majos. Me como todo lo que me ponen en el plato. ¿Qué voy a hacer? insisten en coma, como si fuera lo único importante en esta vida. ¿Dónde está Fortu? No sé, está no es mi casa. Se oye música que viene de algún cuarto: “Campana sobre campana…”

— Y sobre campana una…— respondo. Todos se ríen. “Mira, se acuerda”; repiten una y otra vez. Ahora cantan conmigo. Es divertido.

—¡Anda, aitite, vamos a la cama! —. Y una mujer me toma del brazo para que la acompañe. Entramos en un cuarto extraño. Hay baldas llenas de muñecos. Las cortinas tienen muchos colores y la lámpara parece un haz de estrellas. La mujer me ayuda a vestirme y me meto en la cama. Me da un beso y las buenas noches. Yo sonrío. ¿Qué voy a hacer? No entiendo nada.

Entre la oscuridad y el silencio de la noche, oigo a Fortunata…, huele a caracoles, ella canta… ¡Qué bien! Otra vez en casa.

© F. Urien

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