San Juan del Duero 1


Por Pedro EscalanteSan_Juan_de_Duero-Soria_-_P7234374

En el viaje a Soria, que queremos programar, será imprescindible, sin duda, visitar los arcos de San Juan del Duero.

            Necesariamente en esta nota tenemos que hablar de arquitectura, ya que San Juan es el lugar de encuentro de expresiones artísticas, que dejan perplejos a quienes ven en aquellas ruinas restauradas la mezcla de dos culturas –la árabe y la cristiana- con procesos evolutivos muy interiorizados.

            Es cierto que la imaginación trasciende los restos arquitectónicos de indudable valor artístico y evoca las órdenes de monjes-militares y leyendas misteriosas.

            Hablemos primero de arquitectura y luego de historias y leyendas, que nos sirven para interpretar los mensajes de un pasado todavía vivo.

            En San Juan del Duero destacan los arcos de un claustro sin estructura y el presbiterio de una humilde iglesia, con techo de  madera, que son los restos de una fortaleza-convento habitada por los hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén, los caballeros de Malta.

            En la iglesia, la disposición del presbiterio con dos templetes laterales que permitían ocultar el altar en el momento de la consagración, al estilo griego; los arcos del claustro  -de medio punto, túmidos, túmidos cruzados, románicos… sintetizan el arte de culturas milenarias, que escogen el silencio secular de la piedra para expresar su belleza, resumen la historia de Castilla y la cultura de Occidente; así como los capiteles románicos en que se representan en piedra escenas del evangelio, son los tres elementos arquitectónicos más relevantes de este conjunto precioso de piedras que fotografían la historia.

            Para comprender la perfección artística de los arcos de San Juan hay que hablar de historia: son el punto de encuentro de la cultura árabe expresada por mozárabes y la experiencia oriental de los caballeros de la Orden de San Juan, que recularon por todo el Mediterráneo en busca de un lugar apacible; desde Jerusalén, Rodas, Malta, Sicilia…hasta Soria, punto de encuentro de la cultura árabe y cristiana nacidas y asentadas en el Mediterráneo y en la Península Ibérica.

            Soria era la punta de lanza de Castilla (lo de Extremadura, que aún figura en su escudo, no refleja sino que estaba en la parte más alejada (extrema) del Duero). Al este, Soria limitaba con el reino de Aragón, proárabe durante algún tiempo, y al norte con el reino de Navarra, progalo durante más tiempo. Esta geografía se aprecia hoy en la disposición topográfica de Soria, que todavía no ha sido borrada por  su espectacular desarrollo urbano.

            Los reyes de la reconquista fueron ayudados por las órdenes militares; por eso en la península sus miembros no tuvieron un horrible final como en otros países de Europa en los que  la nobleza aliada con la Iglesia quemaron en la hoguera en la plaza pública a los jefes de los monjes-soldados.

            San Juan del Duero (caballeros de San Juan), San Polo (que posiblemente se refiere a  San Pablo, el apóstol número trece) de la orden templaria y San Saturio, el monumento mejor conservado al venerar a un anacoreta visigodo, que fue declarado patrono de la ciudad, son tres lugares que visitaremos. San Saturio dependió de los templarios de San Polo y éste, cuando la orden templaria se extinguió, pasó a depender de los sanjuanistas.

            Gustavo Adolfo Bécquer recogió dos leyendas (Rayo de luna y El monte de la ánimas) para llamar la atención de la situación de San Juan del Duero (era un establo) y de San Polo (era y es residencia de particulares), que  el preceptivo tamaño de esta nota no aconseja desarrollar.  Comentaremos estas interesantes leyendas en el mismo viaje.

Bibliografía

            Sin duda, las “Rimas y Leyendas” de Bécquer es el libro de referencia de esta nota (y la consulta de Internet, con fotos y videos incluidos del conjunto arquitectónico restaurado de San Juan del Duero).

Nunca una mejor cita bibliográfica que la copia de unos párrafos de la leyenda del Monte de las Ánimas, que todos los sorianos conocen desde niños:

            «Ese monte que hoy llaman de las ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.

Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el monte de las Ánimas…»


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