La oscuridad bailaba entre el frío de la noche y la escarcha de la madrugada. Bilbao estaba nevado. La ciudad respiraba una gélida brisa que hacía vibrar los finos carámbanos que colgaban de las deshojadas ramas de los árboles y provocaba una música que recorría las avenidas de la ciudad. Una música que nadie sabía a bailar. Brillaba el suelo de cristal, donde las suelas de los zapatos patinaban haciendo caer las abrigadas estructuras soñadoras. No sabían andar entre tanta pureza…; pureza del pálido césped que cubría todas las calles de Bilbao. Los coches desaparecían bajo el manto de algodón helado. ¿Cantaban villancicos? No lo sé, pero las estrellas brillaban en el cielo, oscuridad eterna, al ritmo de un parpadeo. La luna blanqueaba aún más los adormilados rincones. El frío caía a plomo sobre los pocos transeúntes que se atrevían a buscar los brillos de colores en la música forjada por las finas paredes de cristal transparente.
Pude escuchar el silencio del firmamento y volví la vista para ver el oscuro abismo que la luz de la ciudad me ocultaba. Yo sabía que nuestra esencia estaba allí, junto a la luna y los brillos del infinito; en aquel lugar donde los sueños no tienen fronteras y las esperanzas cristalizan el tiempo.
Un rayo de luz, entre las montañas, cantó la sinfonía del nuevo día. La luna construía un Arco Iris sobre la placa helada que cubría las aguas de la ría de Bilbao. Se oyó el ladrar de un perro y el aleteo de un pájaro. La escarcha rasgaba el aire mientras caminaba por el suelo hasta llegar al duro cristal de hielo del Nervión. La luz de las farolas bailaba en procesión sobre la ría. Ardía el cielo tras las oscuras montañas. La brisa se deslizaba sobre el helado rio buscando las últimas notas musicales de la noche.
Un esbozo luminoso rozó mi iris y despertó un recuerdo perdido, donde los gritos rompían el silencio y los espasmos me ayudaban a nacer. Vi la luz por primera vez y el calor de un beso. Me abrazó el susurro y el olor de la escarcha de una rosa que hurgaba en mi interior. Se oyó una nana y absorbí de mi madre sus pechos. La tranquilidad cayó sobre mí. Cerré los ojos. Soñé con el sol y el canto de un pájaro. Olí la paz, aroma eterno en mi recuerdo.
Volvió el susurro del perro, que ajeno al aroma del silencio, jugaba sobre el hielo del Nervión. Los ecos del animal agitaron la tranquilidad de la noche. Arreció el frío asustando al pequeño caniche. La oscuridad se resistía con fuerza a la débil esperanza del nuevo día. Un tímido ladrido despertó el vuelo de las palomas. Sonó estridente el aire y arrastro con fuerza al cachorro. Ya no se atrevió a ladrar, se encogió contra el viento y aulló asustado. La luna quiso consolarle alumbrándolo. Mi oído se enterneció y comenzó a sonar la sinfonía de mi destino. Corrí sobre la nieve y sobre el cristal del río. Patiné al son de la luz de luna y de una brisa que traspasaba mi ropa y helaba mi cuerpo. Un pájaro voló alrededor del perro. Cayó sobre la ría un trozo de hielo y quebró su manto de cristal. Las grietas corrieron por el frío espejo. Tembló la noche, enmudeció el cielo. Se abrió la grieta bajo los pies del perro, las aguas del Nervión lo arrastraron y tragaron sin compasión. Volvió el silencio. Una cruel sinfonía patinó sobre la ría encrespando sus notas, troceando el suelo. El cristal se abrió a mis pies, sonó el estridente y ronco quiebro. La luna escondió su rostro. Las estrellas dibujaron un manto de colores en el firmamento. Reventó el Arco Iris y cayó desarmado. La ría mojó mi ropa y el húmedo frío se incrustó en mi piel como mil finas agujas. Desapareció el cielo, gobernó el silencio. Mis ojos no alcanzaron la luz, el agua tenía un techo de cristal y no pude romperlo. Caí lentamente al abismo de la noche. Mi corazón no resistió tanta humedad, tanto frío, tanta oscuridad, tanto silencio. Una música desde la lejanía tranquilizaba mis sueños: callados, callados, callados…
Volví a ver la luz por prima vez y el calor de un beso. Me abrazó el susurro y el olor de la escarcha de una rosa que hurgaba en mi interior. Se oyó una nana y absorbí de mi madre sus pechos. La tranquilidad cayó sobre mí y cerré los ojos. Soñé con el sol y el canto de un pájaro. Olí la paz, aroma eterno en mi recuerdo.
©Fernando Urien
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