El primer desamor 2


Pedro era miembro de una familia humilde, nacido a final de los 40 en una gran ciudad. Las cosas en casa iban cada día mejor o tal vez sería más correcto decir que iban menos mal en el plano económico pero Pedro era un problema: estaba siempre enfermo.

Su delicada salud le obligaba a pasar largas temporadas en cama, estar días y días sin pisar el colegio, estudiar en casa lo cual hacía con verdadero interés y apoyo familiar por lo que aprobaba siempre todas las asignaturas en junio, pero a la vez no podía hacer ejercicio físico ni jugar normalmente con lo que no tenía amigos y eso ocasionaba importantes déficits de desarrollo personal ya que hay cosas, como sabemos, que no se aprenden en casa con los mayores.

 Al llegar la adolescencia, hacia los 14 años, su vida cambió. Encontraron solución médica a sus males. Había que recuperar el tiempo perdido y aprender de la vida.

Ese verano sus padres, a la vista de que se encontraba solo y aislado, le hicieron abonado de las piscinas que había no muy lejos de su casa. Allí empezó a ir todos los días. Con sus deficiencias, casi complejos, siguió sin tener cuadrilla propia.

Pero en las piscinas una chica le impactó. Por circunstancias estuvieron hablando unos minutos, experiencia suficiente para que surgiera la chispa en él. Ella, sin embargo, no pasaba de saludarle y, como mucho, hacer algún comentario sin demasiado contenido. Eso sí, como la joven, Alicia, tenía su propia cuadrilla, cada vez que se cruzaban Pedro se daba cuenta de que había risitas entre ellas.

Se acababa el verano y nuestro protagonista no había podido “ligar”. Intentó para cuando llegase la vuelta a la rutina ella le facilitara un contacto, que quedaran un día, cualquier cosa. Pero nada. Alicia estaba cerrada.

Una de la cuadrilla se acercó a él y le facilitó datos importantes: su pretendida estudiaba en un Colegio de Monjas con buenas notas, la familia le tenía muy vigilada y le obligaba a ir todos los domingos a misa en su centro escolar. Qué casualidad: las monjas eran de la misma orden que los curas del colegio donde estudiaba Pedro.

Empezó el curso. Era el primero al que asistía desde el principio,  con la tranquilidad añadida de que los males los había superado.

Habían llegado algunos nuevos frailes. Entre ellos uno de unos 50 años que se iba a ocupar de darles clase de Religión. Enterado de los problemas pasados de Pedro se mostró muy cariñoso con él. Su inexperiencia hacía que no viera nada malo en sus muchas caricias aunque los compañeros se sonreían.

En la segunda clase el nuevo fraile comentó que le habían asignado decir misas de 10 los domingos en el colegio de monjas de la misma congregación e iba a necesitar un monaguillo. A la vista de cómo actuaba este personaje, nadie se quería apuntar. Pedro, en cambio, vio aquí la posibilidad de estar cerca de su admirada Alicia. Se apuntó inmediatamente y fue admitido inmediatamente por ese fraile al que tan bien caía.

Llegó el domingo. Le habían dicho que estuviera allí diez minutos antes de la ceremonia. Llegó media hora y estuvo esperando la llegada de su admirada. Ella se presentó a menos veinte y se llevó una gran sorpresa cuando le vio. Intentó hacer como que no sabía nada de él pero algunas de las compañeras que eran también amigas de verano le empezaron a tomar el pelo y le hicieron sonrojarse y hasta llorar.

El inocente de Pedro ayudó en misa. La primera vez que lo hacía. Metió bastante la pata. Al acabar no pudo volver a intentar intimar con Alicia. Las monjas les invitaron a un desayuno impresionante.

Dos días después a Pedro se le vino el mundo encima. Alicia había llegado a casa llorando por la vergüenza pasada, le había contado todo a su madre que, a su vez, fue al centro educativo y le puso al tanto a la directora. Esta acudió al colegio de los chicos y se montó el belén.

El trago para Pedro fue durísimo. Le llamaron a una sala Director y allí le hicieron algo más que un juicio sumario: le sentaron entre el Director, el Tutor, el profesor de Religión y la monja y le sometieron a una tortura sicológica de primer grado.

Los hechos se precipitaron:

  • Pedro no volvió a ver a Alicia nunca más.
  • Tampoco ayudó nunca más en misa. Pero tuvo que asistir a muchas a las 7 de la mañana entre semana y acudir a los rosarios. Este castigo le impactó y le marcó. A partir de ese momento pasó a ver las celebraciones religiosas como una forma de represión.
  • Sus padres le apoyaron y se esforzaron en explicarle como es la vida.
  • Había madurado recuperando el terreno perdido en solo unos días. Y también había aprendido que hay que respetar a los demás.

Por su parte, el fraile de Religión pasó a sobar a otro niño. Pero este no lo admitió. Lo dijo en su casa y sus padres fueron a protestar al colegio. Era una “familia bien” con peso en la ciudad. Resultó que el tal profesor había venido de otro centro del que había salido por las mismas y peores aficiones. Fue apartado de la docencia en el centro y trasladado en poco tiempo a otro lugar, no se sabe cuál.

Jorge Ibor
Junio 2020


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