Empezamos la jornada con una novedad: amaneció con el suelo mojado y el cielo nublado. También había refrescado un poco.
Tomamos un buen desayuno, de acuerdo con lacategoría del hotel, y nos encaminamos tranquilamente hasta al embarcadero dando un pequeño paseo por los trabajados jardines ya que íbamos sobrados de tiempo. Aunque llegamos antes de la hora al embarcadero San Yu, cómo no, nos estaba esperando.
Para no perder la costumbre, lo primero que hicimos fue ir a un mercado local, el de Nyaung Shwe, en la ciudad que nos había introducido en el Lago.
Antes de llegar al pantalán ya se nos habían acercado canoas con vendedoras ofreciendo sus artículos. Hasta hace no mucho era famoso este mercado flotante pero ahora se celebra básicamente en tierra.
Bajamos y como ya era habitual, lo primero que hicimos fue tomarnos un té con los churros – porras que tanto nos gustaban. Para llegar al pequeño bar del recinto atravesamos un montón de puestos de venta de productos para turistas, muchos de fabricación china y de mala calidad.
Por el camino vimos por primera vez una especie de tarima algo elevada y encima unas mujeres Karen. Eran un reclamo para los turistas ya que cobraban una cantidad que no recuerdo por sacarles una foto. Por el aspecto y la mirada de tristeza se notaba que estaban fuera de su entorno, claramente explotadas.
En esta ocasión el mercado, bastante nuevo, tenía una parte dedicada a la venta de alimentos y otra para el textil y los regalos, todo muy bien ordenado. El guía se quedó esperando en el sitio de los churros y Bego e Isabel se fueron por un lado y Javi y yo por otro. Al cabo de un rato nos encontramos. Aun siendo muy completa la gama de productos que ofrecían fue el menos natural, el que menos me gustó. El alto porcentaje depuestos dedicados a los turistas y la alta presencia de estos lo hacía comparable a los mercadillos de nuestro entorno.

Sin duda por este motivo dentro del recinto, además de edificios con comercios rodeándolo, había varios cajeros y una oficina bancaria.
Ya de regreso a la canoa emprendimos la ruta hacia la Pagoda Phaung Daw Oo, la más sagrada del Lago Inle y de todo el territorio Shan.




Este centro religioso fue construido en el Siglo XVIII aunque varias de las imágenes de Buda son del Siglo XII. En concreto cinco pequeñas esculturas que tenían originalmente forma humana pero que al ser cubiertas continuamente con pan de oro por los peregrinos están totalmente deformes pareciendo más unas pelotas mal hechas.
Como siempre, teníamos que caminar descalzos por todo el recinto. Por suerte San Yu nos volvería a facilitar unas toallas húmedas a la salida para limpiarnos los pies.
Aquí tampoco las mujeres podían hacer la ofrenda del oro por lo de siempre, por ser impuras.
Es bonita e interesante la leyenda del desplazamiento de los Budas de este Templo por el Lago y debe ser un espectáculo como llevan a 4 de ellos en procesión por el agua cuando acaban los monzones, hacia el mes de octubre.
El denominado Festival de la Pagoda Phaung Daw Oo se celebra entre el primer día de luna creciente y el tercer día de luna menguante del denominado en birmano mes lunar de Thadingyut, más o menos en octubre.
Cuatro de los cinco pequeños Budas deformados son transportados durante 18 días por los pueblos del Lago para que los fieles los veneren.
Los transportan en una barca en forma de pájaro mítico conducida por pescadores ataviados con vestidos de gala que reman con una pierna al son de un gran tambor.
Esta barca va rodeada por otras naves en las que viajan habitantes del Lago mientras los marineros de la principal van haciendo exhibiciones de artes marciales.
También hay carreras entre los pescadores que no están en la barca sagrada que con su forma típica de remar defienden el honor de su pueblo.
Como nosotros no estuvimos en la fecha indicada no tenemos fotos de este acto. Pero si una en la que estoy cerca de los Budas a los que, por supuesto, poco antes habíamos adosado los oportunos panes de oro contribuyendo a deformar todavía más su figura.
De vuelta al Lago iniciamos un muy interesante recorrido por la zona de las viviendas sobre el agua y por los jardines y los huertos flotantes. Curioso el sistema de acumular por capas restos de jacintos muertos retirados del fondo del Lago, rodeando el resultado de cañas de bambú para que no se deslicen, para a continuación poner algo de tierra encima y sobre ella sembrar. En esta época vimos bastantes tomateras.
Las casas estaban habitadas si bien no había mucha gente ya que parece que estos meses van a los montes a ganar dinero (curioso, al revés que en Mandalay).
Continuando con este bello recorrido llegamos a otro edificio levantado sobre estacas de madera mucho más grande: el Monasterio Nga Phe Kyaung, también conocido por el de los gatos saltarines.

Hasta hace poco los monjes que lo habitan se dedicaban a amaestrar gatos que hacían sencillas acrobacias para ganarse un premio consistente en galletas o dulces similares.
Esto hirió la sensibilidad de unos turistas alemanes que denunciaron a nivel internacional la actividad logrando detener esta práctica de “explotación de animales”.
Claro está, nadie hizo nada por las mujeres jirafa expuestas como un material de feria en el mercado del Lago. Eso es distinto.
Ahora se ven unos pocos gatos hambrientos y abandonados a su suerte campando por el templo.
Pero vayamos al contenido. Parece ser que en el interior del edificio religioso los ricos del Lago cuando se casaban elevaban un altar en honor a Buda, muchos de ellos realmente destacables.
Como cada vez había más demanda de trabajadores y de material para su construcción los precios subieron y, actualmente, la práctica más habitual es que los novios den donativos a los monjes para que pidan a Buda que proteja su matrimonio.
Fuimos a comer a la misma población de la orilla donde habíamos tomado la canoa el primer día, Nyaung Whwe, que es la más frecuentada por los mochileros ya que hacen de ella su centro de desplazamiento por la zona.

Isabel tenía un encargo sin cumplir y San Yu lo sabía: comprar tallarines. Y el mercado antiguo (muy bonito) sito en la calle comercial de la población parece que era un sitio apropiado para hacerlo. Bego intentó comprar para Izaskun unas chanclas (tan usadas por los birmanos) pero no encontró el número apropiado. Dedujimos que las birmanas tienen los pies muy pequeños, acorde con su estatura.
También vimos muchas estatuillas de budas y nats a la venta. Algo infrecuente hasta entonces.
Fue curioso observar la manera de pesar unos jengibres que compró San Yu. Más rústico y manual no podía ser el sistema.
Para comer nos encaminamos a un restaurante del mismo propietario y con la misma carta que el del día anterior en el Lago. Pedí pescado de rio a la plancha. No lo conocía y no sé si hay equivalencia con alguno de aquí. Como suele suceder, muy pasado. Seco.
Con otro confortable paseo en canoa de más o menos una hora volvimos al hotel que ya he dicho que era magnífico aunque, por estar lejos de cualquier población, aburrido.
Cenamos un menú solicitado expresamente por nuestro guía. Muy bien.
Lago Inle III
Tras el desayuno embarcamos en otra canoa para desplazarnos hasta PhoKhom en el sur del lago lo que supone unas 3 horas reales de navegación. Allí nos esperaba una VAN para llevarnos a Loikaw. Por el camino íbamos a hacer unas interesantes paradas.
Conviene recordar que como el Lago es muy largo y poco ancho, hay mucha distancia de norte a sur (o al revés) y eso hizo que fueran precisas tantas horas para llegar a nuestro destino, en la parte opuesta a la que estábamos.

Además, los jacintos de agua cubrían buena parte del recorrido y a veces eran tantos que cerraban el paso. Incluso en una ocasión hicieron que el piloto tomara un camino sin salida y tuvo que dar la vuelta lo que le costó un montón de maniobras por lo cerrado del canal de navegación. Parte del recorrido fue marcha atrás y contó con nuestra tímida ayuda – intentábamos apartar las plantas con las manos – para encontrar un ensanchamiento apropiado.
Para abrir boca hicimos una parada no programada en una pequeña aldea, cuyo nombre no recuerdo, de no más de 100 habitantes. Era conveniente para que no fuera un desplazamiento demasiado pesado y, de paso, nos ayudaba a conocer otras formas de vida.
Además, ese día no habíamos tenido mercado.

Visitamos un modesto taller de alfarería y en él a una señora trabajando duramente. Compramos dos pequeñas figuritas y dimos un paseo por el pueblo. Por supuesto, el asfalto y esas cosas no existían.
Por aquí un cerdo, por allí unas gallinas, unos niños jugando, etc.
Entramos en una casa en la que había 3 alambiques en los que estaban haciendo aguardiente de arroz para la familia y allegados por lo que no lo tenían a la venta. A pesar de ser todavía pronto Javi y yo lo probamos. Parecido, en suave, al orujo gallego.
Reanudamos el viaje hasta llegar a un precioso lugar lleno de estupas: Takhaung Mwetaw Pagoda.
Contiene unas 2.000 construidas o reformadas básicamente entre los siglos XVI y XVIII. Todas son distintas, tienen alturas diferentes y están magníficamente decoradas. En su parte más alta tienen infinidad de campanillas.

Creo recordar que éramos los únicos visitantes.
Allí vimos, entre otras, una escultura de Buda tumbado y rodeado de sus apóstoles distinta a cualquiera anterior.
Hay que reconocer que el lugar, sus múltiples estupas, el suave tañer de sus campanillas al viento y la escasa o nula presencia de turistas hicieron que el rato que pasamos allí fuera de lo más agradable.
Sin embargo, tan apenas se encuentran referencias en internet de este bello lugar.
Después de la bonita visita y de la sesión de fotos oportuna nos desplazamos hasta la cercana población de Samkar o Sagar donde contemplamos unas huertas magníficamente cuidadas, una escuela, dos jovencitas produciendo adobes o bovedillas (basándonos en lo que nos dijeron calculamos lo que ganaban: trabajando a buen ritmo de sol a sol todo el año sin vacaciones ni descanso semanal podrían sacar entre 700 y 800 euros) y una señora haciendo dulces derivados del arroz.
También vimos unas muchachas lavando ropa en un tranquilo riachuelo.
Acabamos en un restaurante al aire libre situado en la planta superior de un edificio de dos alturas que en su parte inferior tenía las cocinas, los servicios y una tienda de recuerdos.
Comimos muy a gusto y tras tomar el té birmano para rematar el ágape volvimos a la canoa y saltándonos la visita a un centro de producción de vino de arroz continuamos hasta Pekon, lugar en el que desembarcamos en su pequeño, sucio y destartalado puerto. Subimos a una VAN que nos llevó por una carretera en bastante mal estado hasta Loikaw (unos 45 kms.).
Un importante cambio fue comprobar que en esa zona la influencia cristiana, tanto católica como anglicana, es relativamente frecuente verla reflejada en las iglesias, escuelas y los cementerios que jalonan la ruta.
Al llegar a Loikaw lo primero que hicimos fue visitar una Pagoda muy llamativa situada en la cima de una colina o, mejor dicho, de dos muy próximas: la Taung Kwe Zedi o Pagoda de la Colina Partida.


Javi y yo subimos por las escaleras, por supuesto descalzos, acompañados de San Yu. Isabel y Bego lo hicieron de una manera alternativa: en un ascensor que habían instalado hace no mucho, medio en el que bajamos todos.
Al pie del acceso había dos o tres mujeres jirafas de exposición. Daban pena. Además, estaban bastante “deterioradas” en su aspecto físico, sin duda porque, además de estar explotadas, aquí el turismo tan apenas llegaba.

Loikaw es una ciudad pequeña, muy pobre, sin casi iluminación en sus calles, con casas de una o dos alturas muy poco cuidadas y antiguas, reflejo de su penosa situación económica.
Es claro que no tiene vida nocturna. Una vez que se pone el sol prácticamente no hay nadie en la calle.
El hotel en el que nos alojamos, el mejor de la localidad, era tan limitado en comodidades como habíamos leído en internet. De hecho, ya sabíamos que iba a ser el más flojo del recorrido. Su calificación de 3 estrellas se corresponde con el concepto que tiene esta pobre gente de la hostelería.
Parece ser que se estaban construyendo varios resorts a la espera de una mayor promoción turística.
Al no haber una alternativa mínimamente digna San Yu determinó que cenáramos allí las dos noches que estuvimos. Nos encontramos con bastante suciedad en los suelos de la habitación aunque no en la cama ya que las sábanas estaban muy limpias. De madrugada oímos el paso de un tren. Pasa uno al día en cada dirección.
Hice entonces una reflexión: SanYu no cenaba ni dormía en los lugares en que lo hacíamos nosotros. Seguro que sus alojamientos eran muy deficientes. Nunca nos enteraremos.

Me gusta
12