Jose Luis Fonrouge


– ¿Sos andinista?

– Sí… bueno, alpinista…

Nos encontramos por primera vez en un sendero de la orilla argentina del Iguazú, que ofrece una peor panorámica a cambio de un inmejorable acceso a los más interesantes recovecos de sus cataratas. Simpático y cálido, tenía, además, un aspecto sensacional: alto, atlético, agraciado. Su cabello lacio, rubio y espeso ponía el último toque engañoso a su edad. José Luis, para entonces, debía de estar a punto de rebasar los cincuenta, si no los había rebasado ya.

“Alguna oscura procedencia francesa debe de tener mi apellido Fonrouge”, dijo él en broma, como sintiéndose huérfano de orígenes. Sin embargo, yo ya había descompuesto en dos aquel apellido que, en mi ignorancia suspicaz imaginaba Von Rouge, con lo que sus raíces se volvían realmente oscuras. Quizá no tenía por qué, pero me alivió haber errado en su genealogía. Como delataba su acento, era argentino; tenía todo el aspecto de ser un argentino de muy buena posición. Entonces tenía un pequeño negocio de alquiler de bicicletas de montaña, piraguas y “rafts” en las inmediaciones de las cataratas de Iguazú. La única batallita de montaña, que me contó muy fugazmente, fue su participación en una expedición al Everest a finales de los sesenta; y la pésima relación con alguno de sus compañeros, y su amistad eterna con un sherpa, de nombre Ang Rita, a quien recordaba a diario, aunque nunca había vuelto a ver. Lo que no me contó es que él había sido uno de los más audaces escaladores argentinos de su época, que habían intentado el Cerro Torre cuando aún era una aguja virgen, siguiendo una línea a la izquierda de la vía que más tarde trazó Maestri, que ellos no habían llevado buriles, que, junto a Comesaña, había escalado por vez primera la Supercanaleta del Fitz Roy, en un puro estilo alpino, absolutamente revolucionario para la época, y en un tiempo récord, que … de cuántas cosas no hablamos, y en cuántas no hubiéramos estado de acuerdo en el caso de haber hablado. Pero coincidíamos en miradas, en gestos, en sentimientos… “¡Qué impresionante! ¡Esto tiene más historia que toda la Argentina!” exclamó cuando Zaldúa le dijo que el Baserri Maitea tiene trescientos años.

La avioneta en la que viajaba José Luis Fonrouge se estrelló hace un mes en la Patagonia. Con él murió su mujer, su hija -quedan dos varones- y varios amigos importantes. Me contaron que el mismísimo presidente de la República acudió a los funerales. José Luis me había regalado cosas realmente importantes: su amistad, varios atardeceres y amaneceres en el Iguazú, unos amigos estupendos, y unos recuerdos que, para siempre, me acariciarán el alma. Ahora sólo se me ocurre la frase con la que el se despidió de mí y de Violeta en su último correo electrónico: “Les extraño”.

(colaboración de Juanjo San Sebastián)

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