el viento hizo su labor

Había llegado un nuevo ocho de diciembre y Juanita, como tantos niños y niñas más, esperaba con gran ilusión la celebración de las dos fiestas que ella consideraba las más bonitas del año: Nochebuena y Reyes. Era el momento de montar su belén, así que sacó de una caja, con mucho cariño y cuidado, las reducidas figuritas que tenía y que se las había regalado una señora: el Niño Jesús en su cunita, la Virgen, San José, el buey y la mula.

Durante la cena del 24 de diciembre, la chiquilla lo pasó muy bien junto a sus padres, sus cinco hermanos mayores que ella y sus abuelos. Constituían una familia muy humilde, así que los alimentos que comieron no se diferenciaron gran cosa de los del resto del año, pero sí contaron con lo que suponía una gran novedad: poder degustar un trocito de turrón. A continuación, se acercaron al fuego bajo y cantaron algunos villancicos: «Noche de paz», «Hacia Belén va una mula», «Arre borriquito» y, el que más le gustaba a Juanita, «Los peces en el río». 

El calendario siguió su recorrido y pronto señaló la víspera de Reyes, aquella noche mágica en la que sus Majestades dejaban sus regalos. Juanita nunca había recibido ninguno pero, según su madre, había una posible  explicación.

—Hija, por una parte, como nuestra casa está muy apartada del pueblo, quizá los Reyes vayan por otro camino y no sepan que estamos aquí o, tal vez, como tenemos una vivienda tan vieja, piensen que es una cabaña y que no vive nadie.  

La niña siempre mantenía una sonrisa en su rostro y la esperanza en su corazón. Aquella noche, por si acaso, guardó tres castañas de su cena para dejarlas como ofrenda por si pasaban los Reyes y las puso en la ventana junto a sus raídas zapatillas.   

—Si hoy, por casualidad, pasan por nuestro hogar, seguro que llegarán cansados y con hambre y, por lo menos… —dijo en voz alta la criatura.

En ese mismo momento, un viento suave que escuchó su voz se ocupó de completar la historia.

—A veces, ya sé que me enfado en exceso y que con mi ira provoco grandes catástrofes, pero también beneficio al planeta cuando disperso el polen, impido las heladas nocturnas y las nieblas o contribuyo a que se sequen las cosechas y los suelos encharcados a través del efecto de evaporación. Sé que tengo un gran corazón y hoy, esta niña no puede quedarse sin un regalo.

Después de meditar durante un segundo, se mostró satisfecho con la idea que había planeado.    

—Conozco una casa muy grande, con una gran terraza, un hermoso jardín y numerosos árboles. Los padres de los niños que viven en ella tienen mucho dinero y sé que sus hijos disponen de abundantes juguetes y hoy recibirán más, así que creo que puedo arreglar esta situación. Hay bastantes kilómetros hasta allí, pero durante el rato que necesite para ir y volver, pero solo durante ese tiempo, soplaré con fuerza para llegar lo antes posible —dijo el viento mostrando ternura.

Dicho y hecho. Cogió las tres castañas que había dejado la niña junto a sus zapatillas y las colocó en la terraza de aquella señorial casa cargada de regalos. Después, volvió al humilde hogar con un precioso muñeco del tamaño de un recién nacido, vestido con un faldón blanco, adornado con finos entredoses. Completaba su ropaje una chaquetita, un gorrito y unos zapatitos de lana de color azul cielo.

A la mañana siguiente, es difícil explicar si fue mayor el estupor de las niñas o el de las madres, pero en cada momento se pueden emplear los recursos necesarios para tratar de convencer a quien interese.   

La niña que había pedido en su carta el muñeco se quedó extrañada al no encontrarlo entre sus regalos; era la primera vez que le sucedía tal cosa, así que no dejaba de preguntar con asombro:

—Mamá, ¿me he portado mal?

—No, hija, claro que no. Esta noche he oído que, durante un rato, ha hecho mucho viento. Yo creo que el muñeco habrá volado y permanecerá entre las ramas de algún árbol del jardín. También hay tres castañas en la terraza, que seguro que se han caído en una de las ráfagas y han llegado hasta aquí. No te preocupes, luego irá papá y lo cogerá.

Mientras la chiquilla se quedaba tranquila, una persona de la casa salió corriendo a comprar otro muñeco igual al anterior y volvió casi a la velocidad del propio viento.

—Mira, hija, lo que habíamos supuesto. Tu muñeco estaba enredado entre las ramas de un castaño.    

Mientras eso sucedía, en la pobre vivienda, Juanita jugaba embelesada con su regalo. Nunca había recibido ninguno por Reyes y el que tenía entre sus brazos superaba con creces todo lo que su cabeza podía imaginar. Al mismo tiempo, su madre se daba la vuelta para ocultar las dos lágrimas que corrían por su rostro.

© Alazne Díez Muñiz

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *