EL MELILLA


Al escribir esta historia no he intentado reflejar sucedidos reales. De hecho, en gran parte, son producto de mi imaginación. Simplemente he querido que sirva para apoyar la recomendación de un libro, como se verá en la parte final del escrito

 

Avanzaban los años 70. Todavía vivía el dictador. Pero ya todo estaba cambiando en la sociedad y eso se reflejaba en los jóvenes.

Pronto llegaría una nueva época esperanzadora para la mayoría de la gente. Cortes Constituyentes, “Padres de la Patria” preparando una Constitución democrática, nuevas formas de Gobierno y sobre todo, mucha libertad especialmente si comparábamos la situación con los años anteriores.

Pero hay que recordar los problemas que trajeron para muchos aquellos tiempos: crisis económica, paro e inflación galopante y una parte de la juventud destrozada por la combinación de lo anterior y el fácil acceso a las drogas que llegó con los primeros atisbos de libertad. Una generación en buena parte perdida.

Por supuesto, no me olvido del incremento de actividad de ETA Y del alto número de “grises”, entre ellos los “secretas” que convivían desde hacía algunos años en Bilbao, muchos de los cuales merodeaban las facultades universitarias, especialmente las más conflictivas como Sarriko, y las zonas de alterne juvenil como Deusto o San Ignacio donde moraban buena parte de los “estudiantes – políticos” desde finales de los 60 por lo menos.

Hacía poco, menos de un año, que había encontrado un puesto de trabajo. Vivía de pensión en una de esas zonas estudiantiles donde se mascaba la actividad política, muy de izquierdas, tan implantada entre los menores de 25 años.

En la casa éramos cuatro: un maestro, dos estudiantes y yo. El ambiente era bueno a pesar de la diversidad. Ningún conflicto. Y, cosa rara, ninguno metido en “líos”.

Llegó el verano. Los dos estudiantes se fueron a pasar esos meses a sus casas donde prepararían sus exámenes de septiembre. El maestro se casó. La pensión renovaba los inquilinos ya que yo era el único que iba a seguir.

A pesar de que eran fechas poco propicias, a finales de julio se incorporó un nuevo huésped. No recuerdo su nombre o quizás nunca lo dijo. Comentaba que le llamaban “El Melilla” por su acento – aunque él aseguraba que era canario – y así le llamamos. Trabajaba como técnico en Telefónica y le habían promocionado enviándole a Bilbao. Como era joven y creía en su futuro laboral había aceptado el puesto.

La ciudad y el barrio en verano estaban tristes. Poca gente. Las fiestas de barrio o de ciudad todavía no se habían recuperado de las épocas oscuras. El Melilla y yo pasábamos bastante de nuestro tiempo libre en compañía. Siempre me buscaba. Y era amable, muy amable, conmigo.

Al poco de llegar a la pensión le comentó a la dueña, una gallega, que si le permitía hacer llamadas a su novia que vivía en Tenerife tendría gratis el consumo de teléfono. Y, de paso, los que vivíamos con él también. 

Y así fue. Puso como condición instalar un cable hasta su habitación para tener conectado un teléfono supletorio que trajo él mismo. Hablaba siempre cuando no estábamos o, si había alguien, ponía música alta. La privacidad, decía. Le daba apuro que le oyéramos las “dulces conversaciones”, aseguraba.

Un día me llevó a su trabajo en el edificio de la Telefónica en Madariaga en uno de esos turnos raros que hacía (de 20.00 a 03:00 horas, domingos por la tarde…) y me enseñó como procedía para que no cobrasen por las llamadas.

En el contador de cada línea telefónica había un botón que permitía, si se mantenía apretado, adelantar los pasos con rapidez. Cada mes, antes de la lectura correspondiente, se iba a pasar un buen rato con el dedo en el botón hasta que el contador diera la vuelta completa y la lectura quedara un poquito más adelantada que la medición anterior. Consumo por debajo del mínimo, coste cero por llamadas. Cumplía con su palabra aún a costa de engañar a la empresa que le pagaba.

Otro día me contó que a una hora determinada pinchaba una conversación que me invitó a oír. Me llevó a su puesto de trabajo y me puso unos auriculares. Se trataba de dos amantes, ambos casados, que mantenían conversaciones eróticas que reflejaban una relación sexual intensa. Me comentó que había localizado de quién eran las líneas y dónde vivían. Había ido también delante de sus respectivas viviendas y creía que los había identificado. Esto ya me mosqueo. Me pareció vergonzoso. Era demasiado.

Hubo otro hecho curioso. Fanfarroneaba que había jugado al futbol de defensa central, habiendo llegado a ser suplente en el Tenerife, equipo en el que debutó muy joven y sin continuidad en segunda división. Si hubiera un club que no discriminara por razón de su lugar de nacimiento en Bizkaia, le gustaría jugar en él, decía a quien quisiera oírle.

En los bares por los que alternábamos solía tomar sus vinos el presidente de un equipo de regional que le oyó y le dio la oportunidad de ir con ellos. Tras dos o tres primeras sesiones de entrenamiento le echaron: no olía ni una.

Este elemento que había intentado ganarme de forma infantil, quedó por todas esas cosas al descubierto. En octubre, pocos meses después de haber llegado a la pensión, le dijimos que le habíamos calado. Que hacía muy mal su papel. Desapareció.

Poco después vino por allí otro joven, abierto y dicharachero que era del sur. Intentó congeniar con nosotros a base de visitar todos los días nuestras zonas de ambiente universitario. Había pasado poco tiempo cuando una tarde – noche bebió más de la cuenta y, hablando con él, quedó en evidencia. También era de la secreta.

Sorprendentemente, siguió visitando nuestro ambiente “a cara descubierta”. Y eso que ya sabíamos lo que era y, por tanto, había pasado a ser inofensivo. Él cubría el expediente y tomaba algún vino con nosotros. Pero solo unas semanas. Después también desapareció.

Al poco tiempo hubo una redada y detuvieron a algunos de los “político – estudiantes” de izquierdas que parece que pertenecían a organizaciones entonces prohibidas y perseguidas. Les llevaron a la comisaría de María Muñoz.  Allí estaba él. Y en un gesto no esperado por los temerosos jóvenes, respondió de todos, asegurando antes sus jefes que no estaban en ningún lío, que eran inofensivos aunque es verdad que con ideas no muy afines al sistema y que se habían equivocado con ellos. Era el final de la primavera de 1975

Les soltaron. Ya no volvimos a saber nada de él. Bueno si, alguien nos contó que le habían apartado de su trabajo y se había vuelto a su tierra.

Todo lo que cuento hasta aquí me ha surgido a partir de la lectura de un buen libro que me ha recomendado mi amigo y compañero jubilado Carlos: El hombre que amaba los perros de Leonardo Padura, muy interesante.

En esta novela con tintes históricos el escritor cubano nos narra las historias de Trosky en el exilio y de Ramón Mercader, su asesino, junto con una descripción muy interesante y fácil de leer de lo ocurrido alrededor del comunismo, la Unión Soviética y Stalin, incluida la narración de intereses y actuaciones políticas dentro del bando republicano en la Guerra Civil española.

Y es que la terrible formación de sus agentes secretos, la despiadada actuación de la NKVA y la dureza en el desempeño de sus acciones de Stalin, Beria, Yákhov, etc. no solo no es comparable, es inimitable. No veo posibilidades de que alguien tan perverso pueda volver a llegar a tener tanto poder impunemente.

En aquellos tiempos, en cuanto a formación, los miembros de la PN no podían compararse con los de la antigua KGB.

Desde aquí animo a la lectura del mencionado libro. Los datos de referencia son:

 

NOMBRE: El hombre que amaba a los perros

Autor: Leonardo Padura

Nº de páginas: 576

ISBN: 9788483831366

Jorge Ibor
Verano de 2020

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