El libro


Parecía un libro como cualquier otro, sus pastas eran duras, de color rojo con un ribete dorado. Era más bien grueso y grande, como los libros de antes que pesaban y costaba un poco abrirlos. Lo encontré sobre la mesa de mi despacho en la alcaldía de “Cienpasos”, venía empaquetado a mi nombre y no tenía remitente. Fue extraño desde un principio y sorprendente cuando se me ocurrió abrirlo.

Era el siete de enero, después de “Reyes”. Pregunté por el donante de dicho presente y nadie me contestó, había aparecido allí como un anónimo regalo de Navidad. Al coger el paquete en mis manos noté su peso y al abrirlo me sorprendió el título del mismo “No te enteras de nada”. Era como una broma de los “Inocentes”, pero en el día posterior a “Reyes”.

Lo más sorprendente fue cuando pretendí leerlo; no pude: las frases no tenían sentido y las palabras se desordenaban según las iba leyendo. Podía verlo con mis propios ojos y comprobarlo cuando pretendía releer un párrafo: cambiaban las palabra, las comas, los puntos; siempre guardando el orden del sinsentido. La numeración de las páginas estaba desordenada, aunque el grosor del libro siempre parecía el mismo, nunca pude contar sus páginas, variaban también en número. Solo la frase con que finalizaba el libro era legible: “No te enteras de nada”.

Me sorprendió que alguien gastara tanto dinero en encuadernar un libro estúpido, y mágico, si es que así se pudiera llamar a la alteración continuada de las palabras y frases. Y la frase al final… Algo había de extraño en todo aquello. No obstante, terminé por no hacerle caso y seguir con mi trabajo.

Aquella noche no pude dormir tranquilo, el extraño libro despertó mi curiosidad de tal modo que no podía quitarme de la cabeza el hecho de que el movimiento de las palabras, la alteración de las fases, el cambio en el número de hojas y todo en su conjunto hicieran de él un libro realmente vivo.

Desconcertado e incapaz de comprender todo aquello, decidí llevárselo a mi primo Enrique, era doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada; si alguien podía ayudarme era él. Sin embargo, aunque intentó leerlo, al igual que yo, no pudo. Le sorprendió el hecho de que las frases cambiaran, que las letras bailaran y que las hojas fueran inconsistentes en número. Nunca había visto una cosa igual. Todo era muy extraño.

Después de intentar leer una y otra página, de abrir y cerrar el libro un ciento de veces, de tomar notas y notas y más notas, hasta el punto de ver que las mismas no tenían sentido; me aconsejó que se lo llevara a D Aniceto, un filósofo y pensador que él conocía de la Universidad.

El filósofo, al igual que yo y mi primo Enrique, abrió y cerró el libro un ciento de veces, lo leyó con gafas, sin ellas, con lupa, dándole vuelta, lo intento leer bocabajo, entrelineas, moviendo la cabeza desde diferentes ángulos, de mil formas más; no pudo aclararme nada. Era un libro tramposo, peor que cualquier jeroglífico de una civilización desconocida. Al final, devolviéndome el pesado libro me dijo: «Siempre habrá cosas que no seamos capaces de entender; esta es una de ellas» y me aconsejó que lo dejara en paz y me olvidara de él. « ¡Vaya un filósofo de tres al cuarto!»; pensé para mí. No obstante, como no podía hacer nada más que olvidarlo, me olvidé  de él.

Un día, trajeron a mi nieto a casa para que lo cuidásemos. Es un muchacho excelente, hace que nuestro hogar vuelva a tener un poco de vida, como antes, con el ruido de las risas en las paredes y el desorden en los pasos por el suelo. Lo dejé jugando con la pelota. Sin embargo, cuando fui a mi escritorio, lo vi tirado en el suelo con el extraño libro abierto sobre la alfombra; lo estaba leyendo. Al menos eso era lo que parecía, pues se entretenía un rato en cada hoja y de vez en cuando sonreía. Me acerqué a él y le pregunté: « ¿Qué estás haciendo?». Me contesto que leyendo y al preguntarle a ver qué decía, me dijo, con una sonrisa en la boca, «cosas de niños»; y se fue corriendo con el balón a jugar a la calle.

 

©F. Urien

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