El Accidente


Al despertar, Leonard vio que se había dado un golpe en la cabeza, de forma inconsciente llevó su mano al mismo punto donde sentía el dolor y notó humedad; al mirarse la palma vio que era sangre, se asustó y trató de incorporarse, pero parte de su cuerpo estaba atrapado entre la retorcida carrocería del coche. Había tenido un accidente. Al volverse vio el cuerpo inconsciente de su hijo sobre una camilla, estaban metiéndolo en una ambulancia. « ¡Hijo mío! ». No se resignó, forzó su cuerpo y pudo salir de entre los retorcidos hierros del coche donde se encontraba atrapado. Se montó en la ambulancia acompañando a su hijo que estaba tendido sobre una camilla con los ojos cerrados, se le veía pálido. El corazón de Leonard aceleró su pulso con las luces del recuerdo. «Nunca debí intentar adelantar al camión, hacía muy mal tempo, había poca visibilidad… ¿Qué prisa tenía?» Sobre sus sienes notaba los latidos que, golpe a golpe, fueron provocando en sus pupilas humedales de culpa.

«¡Hijo mío!». Esas dos palabras salieron de sus labios con cierto miedo, casi mudas. Pasó suavemente la mano sobre el rostro del muchacho mientras repetía, una y otra vez, como si estuviera rezando: «¡Despierta, hijo mío!; ¡despierta, hijo mío!; ¡despierta, hijo mío!…»

El muchacho, tendido sobre la camilla, sangraba un poco de la frente, tenía magulladuras por la cara y los brazos, sus ojos estaban cerrados. El sonido de la sirena parecía querer perforarle los tímpanos. Sin embargo, su hijo seguía inmóvil, ajeno a los ruidos de la calle y las sacudidas del vehículo. Leonard no podía aceptar la ausencia del muchacho.

– Hijo, ¿me oyes?, estoy aquí, contigo, a tu lado. ¿Me oyes?

El chico seguía inmóvil, frío, con los párpados cerrados y la tez pálida. Comenzó a llover, se oían los golpes del agua sobre la carrocería de la ambulancia. Un chisporroteo sonoro que parecía que iba a terminar doblando la chapa.

–¿Te acuerdas aquel año en que los Reyes Magos te trajeron un osito de peluche? Parecía de algodón. Lo tomaste entre tus brazos y no querías que nadie lo tocara. ¡Qué feliz eras, hijo mío! Eras pequeño, sin embargo, desde aquel año ese osito te ha acompañado todas las noches, siempre entre tus brazos. No lo vas a abandonar, ¿verdad que no? ¡No lo dejes solo! ¡Abre los ojos! Tienes que despertar.

Leonard tomó la mano de su hijo con sumo cuidado, no estaba fría, le palpitaban las venas; lo notaba mientras la apretaba entre las suyas queriéndole dar un impulso de vida.

La ambulancia paró. Un celador abrió las puertas del vehículo y sacó la camilla con el muchacho. Leonard les siguió como pudo. Decía que era su padre, pero no le hacían caso, lo ignoraban. Todos estaban pendientes de un muchacho que inconsciente, parecía estar cada vez más pálido. Después de varias curas lo subieron a un cuarto. Leonard no se apartó de él ni un instante.

– ¿Estas mejor? Te han curado. Si te vieras la cara… Ahora estás limpio, hasta tienes mejor color. Hijo despierta, tienes que despertar, no puedes darle este disgusto a tu madre. Que no te vea así, tan quieto… tan dormido…

Leonard acarició el rostro de su hijo, se acercó a él y suavemente, con todo el cuidado del mundo, le dio un beso en la mejilla, como un suave soplo de aire.

– ¿Recuerdas cuando fuimos con el kayak y, dejando el puerto, una fuerte ola nos empujó contra las rocas? Creí que no salíamos de ésa, sin embargo, subimos agarrándonos a las piedras hasta tierra firme. ¿Recuerdas? Salimos de aquella ¿verdad? Tienes que salir de ésta, hijo mío­– le salió de la garganta una voz ronca… partida –. Agárrate a la vida, no te rindas, llegaremos a tierra firme otra vez.

Una enfermera entró en la habitación. Leonard se retiró de la cama hacia un costado. La sanitaria atendió al chico colocándole suero.

«Mi hijo debe de estar muy mal, todas las atenciones son para él de forma tan interesada, tan urgente…».

La habitación permanecía en penumbras, las persianas de la ventana estaban a medio bajar y el silencio se deslizaba por las blancas paredes hasta la cama donde el muchacho permanecía inmóvil. Leonard tocó, casi sin rozar, por encima de las sábanas, todo su cuerpo; de arriba abajo. Qué quietos permanecían esos miembros que antaño, juguetones e incansables, eran muestra innegable de vida y algazara. 

– Hijo, ¿me escuchas? No puedes quedarte así, tan dormido. Asustas, ¿sabes? y no quiero que tu madre se estremezca. Recuerdas lo preocupado que estabas en aquella ocasión en que ella enfermó. Pasó bastante tiempo en la cama y no te apartabas de su lado. No querrás que tu madre se preocupe, ¿verdad? Tienes que salir de ese triste sueño y mover tus labios con una sonrisa tan grande que tu madre no pueda más que alegrarse al verte.

Leonard dejó reposar su cabeza junto al cuerpo de su hijo y unos surcos de humedad se fueron deslizando por su nariz. En ese momento se abrió la puerta y entró Marta, su mujer. Leonard dio un salto gritando sin querer: « ¡Despierta!», y el chico abrió los ojos.

– ¡Papá!, ¡papá!

Marta se acercó a la cama y acariciando su mejilla contestó:

– Hijo, papá no está.

– ¡Papá!, ¡papá!– reclamaba el muchacho una y otra vez.

Mientras, la madre con rostro abatido contestaba:

– Papá no está, hijo mío. Papá no está.

Tanto insistió el hijo y tanto la triste madre, que al final el muchacho calló. Miró al techo durante un rato y después, con las pupilas húmedas,  dijo a su madre:

– Mamá tráeme el osito de peluche, que quiero dormir con él.

©F. Urien

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