Ante la dureza de una parte de la humanidad, está la ternura y la empatía del resto de ella.
Me contaba ya hace algunos años, un buen amigo excelente marino y más tarde gran Capitán. Que estando él embarcado haciendo una de esas prácticas que hacen los estudiantes de Náutica, se acercó a llamar por teléfono a la cabina desde donde lo hacían. El teléfono estaba ocupado así que le toco esperar, al cabo de un rato, salió un marinero de cubierta filipino, con la cara desencajada y llorando, al ver a mi amigo se abrazó a él y siguió llorando un buen rato todavía.
Mi amigo le pregunto, ¿Qué te ocurre? El marinero le contesto, ha muerto mi hermana pequeña, y siguió llorando, le consoló como pudo y se lo llevo con él donde estaban otros compañeros. Hablaron y él hombre decidió que quería desembarcar en el próximo puerto para poder llegar al funeral de su hermana en Filipinas. Habló con la naviera, pero esta se lo denegó, y si lo hacía lo haría por su cuenta, los gastos que se originasen los pagaría él. Ante esta tesitura el hombre se vino abajo, el próximo puerto era Jordania y tenía que ir a su casa a Filipinas, demasiado gasto, no lo podría hacer.
Pero ante la dureza de la Naviera, estaba la empatía y la ternura del resto de sus compañeros, que en un acto de generosidad, decidieron hacer una colecta para que el hombre pudiera desembarcar, y estar presente en el funeral.
Así se hizo, y el hombre llegó a tiempo para despedir a su hermana. Veinte días después volvió a embarcar en el mismo navío, un gasero enorme de una compañía que para qué nombrar.
Un abrazo
Juan Carlos Ruiz de Villa 19.04.2026
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