Este pasado 6 de mayo, hemos realizado la ya clásica excursión al Pagasarri que todos los años convoca la Asociación. Y, si la del año pasado, empezando desde Alonsotegi, fue una sorpresa agradable, la de éste ha sido una fuente continua de ellas.
Para mí, como he expresado en más de una ocasión, constituimos un grupo de personas que tuvo la fortuna de desarrollar gran parte de su vida laboral antes de que las nuevas tecnologías lo invadieran todo, de modo que pudimos relacionarnos como lo hacen (o ¿lo hacían?) los seres humanos: mirándonos, hablando, compartiendo opiniones, objetivos, emociones… de modo que, repito, compartir un día de montaña con compañeros que nos tratamos tantos años de aquellas maneras, es siempre un motivo de alegría.
Hablaba, al principio, de sorpresas: la primera la ha constituido el propio itinerario, que ha sufrido una notoria variación sobre lo previsto. Según se había anunciado por la Asociación “subiremos por la ruta que nos marque Juanjo, y que transcurrirá por la parte trasera de las instalaciones del Consorcio de Aguas… “.
Lo primero que me siento obligado a decir es que el primer sorprendido por esa variación de itinerario fui yo… que decidí hacerlo sobre la marcha. Lo previsto era, efectivamente, por Venta Alta y el consorcio de aguas: una ruta más corta, más cómoda, con más asfalto. Con infinitamente menos interés. Por ser sincero diré que, la elección de Bolintxu, tampoco fue fruto de una reflexión. Fue un impulso que no pude evitar: nada más llegar al túnel bajo la autopista y antes de continuar hacia Venta Alta, la proximidad de Bolintxu, simplemente, desmoronó mis anteriores planes y, recordando eso de “la ruta que nos marque Juanjo” me dije a mí mismo: “pues marco”.
Las consecuencias, creo, fueron magníficas para las sensaciones del grupo. Bolintxu, tan cerca de Bilbao, es uno de los lugares mas bellos y sorprendentes de Bizkaia. También es uno de los que albergan mayor biodiversidad del territorio hasta el punto de que, por la pocas visitas que recibe, me recuerda mucho a algunas excepcionales “reservas integrales” que he podido visitar: esos lugares de acceso extremadamente restringido, en los que no se realiza intervención humana alguna (ni siquiera paseos), dejando que la naturaleza modele, sola, su obra. Y todo ello, a pesar del viaducto de la “Super Sur”, que surca el aire muchas decenas de metros por encima del arroyo, sin tocarlo, sin apoyarse en él, mediante una ingeniería extraordinaria.
No soy asiduo del Pagasarri por lo que, en su generosidad, me regala grandes sorpresas. En esta pasada excursión, fueron tres muy concretas: la primera, el entorno de Bolintxu, con esa multitud de alisos tan apretados y enormes como yo no recordaba desde mi última visita. La segunda y, de su mano la tercera, llegaron a la bajada, después del descanso y refrigerio en el refugio: para ese tramo de la excursión utilizamos el camino original, bastante más incómodo pero también más corto -y mucho más bonito- que la pista que utilizan los vehículos de mantenimiento de las antenas del Ganeta y el del abastecimiento del refugio.
Me sorprendió la enorme erosión que presentaba, fruto seguramente, según me indicó un amigo sabio, del distinto régimen de lluvias -mucho más intensas- que se vienen registrando en los últimos años. Y, por fin, me sorprendió también la frondosidad, el tamaño y la influencia en el paisaje, de los robles americanos que pueblan esa zona de la ladera del monte.
En el terreno de mis reflexiones personales, siempre me sigo debatiendo entre esa contradicción, obvia, que existe entre buscar nuevos itinerarios que mostrar teniendo en cuenta la edad, cada vez más provecta de que disfrutamos quienes participamos en esto. Porque no existe ningún camino más cómodo y corto que el más conocido (y feo) que -prometo- seguiremos evitando, al menos de subida. Y porque desgraciadamente tampoco existe Rafa Toral (aquel ángel de la), guarda del Pagasarri, que tanto nos ayudó en todo lo que desde BBK hicimos en este monte, incluyendo apoyo logístico cuando hemos andado flojos de fuerza y hemos necesitado alguna clase de ayuda externa.
Otra reflexión sería si no merecería la pena organizar alguna otra actividad similar más suave (y es que, en el Pagasarri nunca faltan fuertes repechos; en el Pagasarri, nunca regalan nada) en otros entornos que también van a sorprendernos y que van a seguir permitiéndonos disfrutar del contacto entre viejos compañeros que vivieron una época privilegiada.
Juanjo San Sebastián
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