“UNA BUENA PERSONA”


Había ido al viejo aeropuerto de Kathmandú a realizar algunos trámites para mi regreso a casa. Me acompañaba Tashi Jangbu, un sherpa con el que trabajé en varias expediciones. Allí, en medio del ajetreo, él saludó a lo lejos a un hombre alto, que le devolvió un saludo cálido. “Ese hombre… ¿No es Hillary?” “¿Quieres que te lo presente?” me respondió Tashi con un gesto que denotaba familiaridad.

Corría el año 1985 y aquella fue la única vez que estreché la mano de Hillary. He conocido a unos cuantos alpinistas que hicieron historia. Y nadie, salvo John Hunt, el que fuera jefe de aquella mítica expedición de 1953, me ha devuelto una mirada tan… ¿Qué calificativo se emplea cuando un héroe mira a un hombre vulgar haciéndole sentir que son iguales? Fue como si aquel a quien yo admiraba me hubiera dicho: “Mira, déjate de chorradas. Aquello por lo que tú me admiras pasó hace mucho tiempo.”

Creo que Hillary sintió siempre su hazaña en el Chomolongma como el final de una época. Como quien, muy por encima de vanidades, se valora a sí mismo como un miembro de la especie humana que ha recorrido un largo camino en el que sólo eran vírgenes algo menos de sus últimos doscientos metros. Más allá de la cima sur del Everest, se eleva un muro casi vertical que hoy lleva su nombre: El escalón Hillary. Fue la última dificultad, muy grande para la época, que él superó antes que nadie. Aquella no fue su última gran expedición, pero pronto, su actividad montañera quedó relegada. Si en aquel fugaz encuentro de Kathmandú, Hillary llegó a pensar lo que yo pensé que pensaba –cosa improbable- en el sentido de que el motivo por el que le admiraba pertenecía al pasado remoto, se confundía de pleno: Lo más admirable de Hillary es que supo convertir su hazaña en una anécdota. Porque todo lo que hizo después fue, sencillamente, superior a los 8848 metros de aquella cumbre.

En primer lugar, Hillary jamás contestó a la pregunta más insistente de los periodistas, acerca de quién había sido en realidad el primero. Ni siquiera cuando recibió los embates de diferentes medios indios y nepalíes –que incluso se disputaban la nacionalidad de Tenzing- de marcado tono nacionalista enfatizando la importancia del sherpa en la conquista de la cumbre. Sólo Tenzing la respondió, muchos años después, dejando entrever que había sido su amigo neozelandés quien le precedió por muy pocos metros.

Después de 1953, Sir Edmund Percival Hillary realizó aún varias expediciones importantes, pero pronto se distanció del alpinismo para volcarse en un colosal proyecto solidario con el colectivo sherpa, unas gentes a quienes jamás observó como “mano de obra eficaz y barata”. Sus primeros planes de reforestación del Khumbu, por ejemplo, datan de los años sesenta; y hoy, innumerables puentes, caminos, hospitales, escuelas… de la Fundación Hillary se reparten por toda la vertiente sur del Sagarmatha.

Existe, en la actualidad, un único enigma que no se resolverá mientras no se encuentre la cámara fotográfica de Mallory, desaparecido junto a Irvine en 1924. La convicción general es que los británicos no alcanzaron la cima en aquel lejano año. Mi amigo Sebastián Álvaro, que, además del mayor erudito en temas de aventura que conozco es uno de los últimos románticos, prefiere pensar que sí lo hicieron.

Cuando se le preguntó, Hillary siempre dijo que le gustaba pensar que Mallory e Irvine pudieron haberlo hecho antes, sólo que él, sí se alegraba de haber sido, con Tenzing, el primero… en haber bajado.

Cuando supimos su muerte, pregunté a Sebas cómo definiría él al héroe que en 2003, con motivo de los fastos celebrados en Kathmandú en el cincuentenario de la primera ascensión al Everest, prefirió la compañía de los sherpas en Namche Bazar, a la de los monarcas Virendra e Isabel en Kathmandú. Sebas, sin pensarlo, me respondió: “Edmund Hillary fue una buena persona.”

(colaboración de Juanjo San Sebastián)

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