Las ventanas de la casa son oscuras oquedades en el recuerdo, la desconchada fachada muestra grietas donde se pueden apreciar brillos del pasado. Del marco superior de algunas ventanas ascienden colores negruzcos, sombras de algún incendio, reminiscencias del ayer que se muestran tan reales como el viento que peina el rostro de ese hombre en el atardecer de marzo. El portón deja ver, entre la oscuridad de su interior, el preludio de un final etéreo. El puente que une la calle con el portal, situado a la altura del primer piso, se tambalea y sueña con las rápidas pisadas de los niños. Una rata sale a saludar mientras, el hombre de extraña edad abre la puerta y se adentra en su pasado.
Las escaleras chirrían por cada paso que da y las paredes susurran los gritos de su niñez: “Ama” “ama”. Su madre, al escucharle, urgía para abrir la puerta. Él entraba, sin detenerse en el descansillo, corriendo hasta la misma cocina donde la mujer cantaba; aún suenan sus tangos entre los desgastados tabiques. Sobre la empolvada mesa, las sombras juegan una partida de ajedrez con las notas de aquellos cantos.
La lluvia baja desde el lucero sin cristal, que alumbra toda la escalera cuando es de día, como una cortina de brillos y colores de “arco iris”. Los tabiques, ya caídos, translucen lo que antaño fue un hogar. La humedad enfría el ambiente, despertando en el curioso el calor de los abrazos de su madre. Ella tenía el pelo largo y castaño; a él, en su niñez, le gustaba jugar con ese cabello.
Pequeños “sagutxus” pasean por las baldosas de la cocina olfateando los rincones, y las arañas atrapan en sus telas la algarabía de los niños de aquel entonces. El aire suena al ayer y la fregadera guarda, entre sus mármoles, las húmedas manos de su madre. Los restos de armarios empolvados repiten las estrofas que aquella mujer cantaba. En el cielo, las estrellas, como si fueran motas de harina de los restos del pasado, bailan los tangos de su niñez.
Se oye el roce de la ropa mojada contra la tabla de lavar. Y el hoy frío fogón de la cocina, entre las luces de las goteras, susurra villancicos de Navidad que marcan el ritmo de sus pensamientos. Aún hay ceniza en la vieja chimenea. Tiembla el silencio entre las ruinas de aquel pasado que parece querer reverdecer con esta última visita. En la ventana, ya sin cristales, solo queda un huérfano geranio que levanta una tímida flor entre los escombros y el polvo de sus recuerdos. Entre las sombras se distingue un rincón donde la humedad ha formado un pequeño charco en el que se refleja la música de su infancia.
En el iris del adulto brillan los niños corriendo, y los ecos de sus risas dibujaban un arco iris en el quiebro del tiempo suspendido en los sueños: eran sus hermanos…, le tiemblan los labios. Su imagen en el espejo de cristal roto, le pregunta: ¿por qué el polvo de hoy nos trae el pasado tan bonito, tan vivo, tan querido?…
La quebrada pared aún soporta la fotografía, ocre y ajada por el tiempo, de la boda de sus padres. También ellos soñaron en esa casa. El crujir de la tarima esconde las ilusiones y una corriente de aire las arrastra. El viejo sillón, hoy rasgado y sucio, aún guarda la imagen de su madre en la vejez. Su mirada se perdía en el recuerdo del pasado más lejano. El tiempo caminaba muy despacio por sus mejillas. El hombre, al tocar la tela del mueble, aún nota el sosiego que ella portaba.
Después de mirar una y dos veces las notas musicales de los viejos muebles, decide marchar. En la barandilla de la escalera una rata parece jugar a hacer equilibrios, pero cae ante la presencia de un hombre que le cuesta dejar atrás tantos escombros. Crujen las maderas del techo, se desprende una teja mojada. Por el lucero de la escalera ya no caen gotas de lluvia, sino un torrente de agua que lo arrastra todo.
Cruza el puente que parece tambalearse con sus pasos. Una vez en la avenida, en suelo firme, un tabique cae. El hombre escucha el estruendo que hace al chocar contra el suelo y se vuelve, mientras otro y otro tabique más van cayendo. Una nube de polvo esconde lo que un día fue una casa. Se oyen los tangos, el brillo de las pisadas de niños, el olor a pan de hogar, el sosiego del sillón deshecho… Sus piernas se tambalean entre los escombros.
©Fernando Urien
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2 ideas sobre “Reminiscencias”
Fernando que bien describes el sentir de muchas personas al volvet a visitar esos hogares de la España rural y ganadera.
Muchas gracias; me alegro de que te haya gustado.