CALLE SAN FRANCISCO (parte 2)


Bueno, pero San Francisco era mucho más amplio,  Había un café con un escenario situado en la esquina de la Calle Hernani con San Francisco, llamado el Royalty, donde salían al escenario unas chicas que daban algún que otro baile, pero con  picardía y gracia.  En el escaparate había unas fotos de unas chicas un poco “ligeras de ropa”, que hoy en día causarían risa, y no digamos entre nuestra juventud. Tanto era así que los frailes del Corazón de María, colegio que estaba cerca, acompañaban a los niños hasta pasar el Royalty para que no se fijaran en ellas; si alguno se escapaba por su cuenta a echar un vistazo, casi siempre se encontraba con un capón del Padre Villanueva, que siempre estaba al acecho, bueno, hoy en día una cosa impensable.

Durante el día, en esa misma esquina, había una vendedora de periódicos, llamada la Moñoño, gorda, muy gorda ella, y que, cuando ganaba el Athletic, la vestían con la camiseta del equipo y la paseaban por Bilbao en un camión.  Pobre Moñona, ¿sería feliz?

Había pastelerías como la de Luis Rodríguez, en la esquina con el Dos de Mayo, que hacían una repostería magnífica, pastas y pasteles riquísimos. Además, el trato de las dependientas era muy amable, ¡vamos, que daba gusto entrar! También había tiendas de fotografía, ópticas, joyerías, relojerías, etc. Un comercio de lo más variado y donde se podía encontrar de todo.  En la calle Hernani estaba, y todavía está, la Busturiana, una tienda donde te venden el mejor bacalao de Vizcaya, además te lo dan ya preparado para cocinar dentro de un día, dos, etc., por si quieres hacer un buen bacalao al pilpil.

Y, ¡cómo no!, en la calle Hernani,  había una lonja que hoy en día para la gente será difícil de creer que existió, pero allí estuvo durante muchos años, La “Burrería”,  creo que en el nº 28 subiendo a la derecha casi  al final de la calle.  Sí, no se extrañe, con ese nombre se conocía una lonja bastante grande donde se alquilaban burros y carros para transportar mercancías, útiles, herramientas…  También se vendía cemento y arena para los albañiles, ladrillos y cosas por el estilo. La verdad es que era algo muy típico y divertido para los niños, que observaban el trajín de ver entrar y salir carros y burros.  En  la lonja la dueña se solía reunir algunas tardes  con las amigas para jugar a las cartas.

En la Calle Hernani, por el nº 20 estaba la tienda de ultramarinos de Doña Pilar de Villa, siempre ayudada por un dependiente llamado  Primi.  Una tienda de mediano tamaño pero donde la calidad de los productos, siempre inmejorable y la buena atención a la clientela era la máxima a seguir.

El jamón serrano, se cortaba a mano, los huevos se miraban al tras luz de una bombilla  para ver si estaban frescos y   a las piezas de fruta que estaban golpeadas se les quitaba lo malo y se llevaban para consumir en casa. Fueron grandes  profesionales de la calidad y el buen hacer.

Pero San Francisco era mucho más: era grande en espacio, grande en su variedad, y sobre todo, grande en sus gentes.  Estaba el colegio del Corazón de María, en la plaza del mismo nombre: allí estudiaban los chicos de la zona y otros muchos de General Concha, Zabálburu, Hurtado de Amezaga, etc.  Los frailes, según cuentan los antiguos alumnos, eran buenos educadores y formaban hombres de verdad.  Y si no, que se lo pregunten a los alumnos del Padre Villanueva, uno de los más, o quizá el más duro que debió pasar por el colegio y del que los alumnos despotricaban terriblemente.  Cuentan que, subiendo en filas a las clases, un alumno de asomó al hueco de la escalera; entonces el Padre Villanueva, desde uno de los pisos altos, dejó caer todo el manojo de llaves de abrir las clases, cayéndole al alumno en la cabeza y haciéndole una gran herida.  Pero debían de guardar un buen recuerdo de él ya  que cuando cumplió sus bodas de Oro en el colegio,  le hicieron un homenaje, reuniéndose todos los antiguos alumnos en una amigable cena de confraternización.

La iglesia del Corazón de María (la del colegio), hoy en día declarado monumento histórico artístico nacional, era preciosa, con una imagen de la Virgen con un corazón plateado ¡Maravilloso! Pero, cosas de la vida, estuvo cerrada durante muchos años: los frailes decían que si es monumento, que la conserve el Gobierno, y el Gobierno  que, como es de los frailes, que la arreglen ellos. Conclusión, la iglesia siguió  cerrada a cal y canto y cayéndose por dentro.

Hoy en día en ella está el Museo de Reproducciones de Bilbao, precioso y digno de ver. Hay esculturas como la Victoria de Samotracia, La Venus de Milo o el Moisés de Miguel Ángel.  La imagen de la Virgen, fue trasladada al  antiguo “Cine Liceo”, el cine del colegio al que han trasladado la parroquia, es decir, que del cine han hecho una iglesia.

Y hablando de cines e iglesias, de las dos cosas  en San Francisco había una gran variedad.  Empezaremos por los cines.  Como hemos dicho, estaba el Liceo, el cine del colegio del Corazón de María, más cine de barrio que de colegio, al cual  previo pago de la entrada, podía entrar todo el que quisiera, jóvenes y mayores.  La verdad es que era un cine de lujo; tenía arriba y abajo: fue el primero, probablemente de toda España, donde costaban lo mismo ambas localidades, además de tener unas butacas y una pantalla que ya quisieran muchos de los de ahora.  El cine Colón, por el puente de Cantalojas a la Calle Zabala,  era un cine de barrio, donde había todo tipo de gente, pero sobre todo gente joven.  El cine era bastante bueno quizás el mejor de la zona, iba mucha gente de Zabala y alrededores.

El cine de la catequesis de la Quinta Parroquia, ése era una maravilla; empezaba sobre las 4 y podías salir a las tantas  de la noche, había sesión continua.  Las películas se daban ininterrumpidas y te las veías un par de veces, entre montañas de pipas,  golosinas y los aplausos y pitadas de los niños cuando venían los buenos a rescatar o salvar a alguien de los malos.  Dentro del cine había un pequeño puesto  de golosinas donde los críos compraban en los descansos (pues había más de uno), para comer luego mientras veían la película.  Y ahora por fin nos toca hablar del más famoso cine que haya existido en por lo menos todo el mundo conocido de entonces, el famoso  “CINE VIZCAYA”, el Chegas, también denominado “pulguero”, y al que le adornaba una aureola de cine de antro, donde el que se atrevía a entrar era más o menos un héroe y ya se había hecho hombre para toda la vida.  El Vizcaya era el cine con la clientela más variopinta que nadie haya podido imaginar: pobres de pedir, vagabundos de dormir en banco, gitanos de clase baja y quinquis de todas las categorías, gente que iba a echar la siesta, a merendar, a meterse mano, y alguno que otro que, sin darse cuenta, había entrado con la idea de ver la película y así, era imposible. Porque el que merendaba metía ruido y no dejaba oír, el que metía mano a veces la cosa terminaba a bofetadas, y el que echaba la siesta, que los había, roncaba y claro, de esa manera no había forma de ver ni películas ni nada.  He dicho que el cine más famoso era el Vizcaya: habría que levantarlo de nuevo y recomponerlo, haciendo un museo de la historia de los cines y del cine en general en él.

Las iglesias eran muy diferentes: en este tema había verdaderas joyas de arte.  Estaba la iglesia del Corazón de María, la de Zabala y, cómo no, la Quinta Parroquia, esta última con entradas por la calle Hurtado de Amezaga y por atrás, por Iturriza.  La verdad es que eran preciosas y de una religiosidad impresionante, con unos retablos maravillosos.

En fin, como podéis ver, había de todo: comercios, cines, iglesias, cafeterías, etc.

En la Iglesia de la Quinta parroquia, tenía y tiene su sede la Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.  Celebraban su procesión el lunes santo, era y es una de la demás  emotividad. La procesión empezaba entrada la noche, sacando en andas al Cristo Nazareno, que durante el resto del año está en uno de los altares de la iglesia´; saliendo de Hurtado Amezaga, pasaba por la Plaza de Zabalburu y cruzaba el Puente Cantalojas, para adentrarse en la Calle Las Cortes y después bajar por el Conde Mirasol a San Francisco. A lo largo de su recorrido, de los balcones y ventanas se tendían chales, mantas, tapices, banderas, se echaban flores  y con gran emoción se cantaban espontaneas saetas.  Al paso del Nazareno se apagaban las luces de los bares de alterne y la gente con una gran devoción y en silencio salía a la calle para ver pasar a su Nazareno. 

(continuará)

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