«Personajes del callejero de Getxo». – IPARRAGUIRRE


JOSÉ MARÍA IPARRAGUIRRE BALERDI

Calle de José Mª Iparraguirre.- Foto: Autor

¿Quién no conoce la figura de este personaje con su bigote negro y su barba blanca? ¿Quién no ha oído en alguna ocasión hablar de su música y bohemia? ¿Quién no recuerda su figura señera siempre pegado a su guitarra? ¿Quién no ha disfrutado y se ha enardecido con su Gernikako Arbola, Nire Maitiarentzat, Agur Euskalherri, etc…? Pero, ¿realmente conocemos la vida, interesante y peripatética como la llama Luis de Castresana, del bardo universal? ¿Era, en realidad, según la jerga bilbaína, un gran arlote por ser trotamundos y habitualmente pobre de solemnidad? Mucho se ha escrito sobre su vida y andanzas, mucho más sobre lo que significó para nuestro pueblo Euskalherria en aquellos momentos tan importantes, por convulsos.

La bibliografía es inmensa, todo autor euskaldun que se precie ha puesto su pluma en alguna ocasión al servicio de la vida, la poesía, la música, la figura de Iparraguirre, una figura que se presta fácilmente al mito. Trataremos de resumir los aspectos de su existencia más significativos, a la manera que nos remiten las últimas investigaciones sobre su insigne estampa, así como nos perfilan de una manera más alejada de los clichés ya conocidos, su forma de ser y pensar. Precisamente la simbología que entre todos los plumillas, todos ellos doctos e importantes, nos han querido transmitir sobre el personaje es extensísima y prolija pero mucho nos tememos que es parcial, y nos referimos a que la mayoría hablan bien de partes de su vida y sus hechos o bien de su poesía y cancionero, pero sin existir una visión estricta de su vida completa que en alguna de sus fases más o menos turbias, ha sido cubierta con un decoroso manto de silencio. Y mucho menos cuando se trata de ponerse de acuerdo. Las interpretaciones sobre sus hechos e incluso sus bertsos darían por sí mismas para otro libro. No es ese nuestro camino.

José María Iparragirre Balerdi nació el 12 de agosto 1820 en Villarreal de Urretxu, en la casa Alzola-etxea, correspondiente al nº 10 de la calle Mayor. Una placa recuerda y señala este acontecimiento. Fue bautizado al día siguiente en la Parroquia de San Martín de Tours de Urretxu. Su madre fue Francisca Balerdi natural de Gabiria, y su padre, José Agustín, confitero, natural de Idiazábal, tenía su negocio en la planta baja de su casa de la calle Mayor. Viviría casi 61 años enmarcado en un periodo transcendental desde el punto de vista político y social para Euskalherría, durante los cuales se pasó desde el llamado “Antiguo Régimen”, atravesando por la 1ª Guerra Carlista, la abolición de los Fueros en 1876 que tanto le dolió, hasta llegar a la primera gran industrialización.

Con cinco años pasó al caserío familiar de Idiazábal, donde sería instruido por su tío paterno José Antonio, que era maestro de la localidad de Ceráin, pequeño pueblo guipuzcoano situado en el Goierri, convirtiéndose en un niño bilingüe al ser el euskara su lengua materna y el castellano aprendido con su tío de una manera natural. En 1832 en Vitoria estudia gramática latina con el severo Sr. Izaga y ahonda en el castellano. Ya a esa edad destacaba por su voz llegando a cantar en la Colegiata de Santa María, hoy convertida en Catedral y llamada “Catedral Vieja”.

En ese mismo año, sus padres se trasladan a Madrid, dejando al hijo en Vitoria, en casa de unos tíos, Juana Francisca Iparraguirre Aramburu y Andrés Martínez de Ordoñana. Un año después, a los 13 años viaja a Madrid para encontrarse con sus padres, matriculándose en el Colegio de San Isidro el Real, regentado por jesuitas. Al morir Fernando VII en el año 1833, el joven José María se va a encontrar de lleno con diversos conflictos armados que no le dejarán indiferente.

El contexto en el que se desarrolla su niñez y juventud es una época transcendental en la conformación política y social de nuestro país, que va desde la crisis del Antiguo Régimen, (podríamos definir el Antiguo Régimen como el conjunto de rasgos políticos, jurídicos, sociales y económicos que caracterizaron a Europa y sus colonias durante los siglos XVII y XVIII. En el transcurso del siglo XIX irán siendo sustituidos por otros propios de la sociedad capitalista de clases) pasando por las diversas Guerras Carlistas y finalizando en la primera industrialización del País Vasco paralelamente al último conflicto dinástico cuyo corolario fue la abolición de los Fueros de 1.876. Su compromiso ideológico e inconformismo natural provocan el que tome decisiones viscerales de las que no se arrepentirá en ningún momento. En 1833, al estallar la primera carlistada, Iparraguirre abandona su madrileña casa una mañana como si fuera a la escuela pero no llega nunca a ella sino que marchando hacia el País Vasco–“Como Dios quiso llegué a las montañas euskaras y sin más opinión que el amor a mis paisanos senté plaza de voluntario«- se alista en las filas carlistas, en el primer batallón de Gipuzkoa combatiendo en las batallas de Arrigorriaga el 6/12/1834 y Castrejana el 24/6/1835. Contaba por entonces sólo 14 años. De esta manera, a tan temprana edad, manifestó abiertamente su decidido afán de libertad como medio para su realización personal.

En los momentos que le quedaban libres, pulsaba la guitarra, acompañándose de canciones cuya letra y música creaba. Estábamos en pleno apogeo del Romanticismo, durante el cual la música cobró renovada importancia como vehículo idóneo para la nueva estética expresivista. En el caso de Iparraguirre fue algo más que esto, como veremos más adelante. Su figura bien plantada, que todavía estaba en fase de crecimiento, así como su desenvuelto gracejo, le aportaron un halo de persona seductora y fascinante que le duró toda la vida. Mientras en Madrid se debatía encarnizadamente por el mantenimiento o no de los Fueros, Iparraguirre llega a Bilbao, convirtiéndose, para algunos, en el poeta precursor del despertar vasco. Su voz, su vehemencia en el canto y la emotividad que le ponía exacerbaban en los oyentes el sentimiento patriótico. Fue herido en la batalla de Arrigorriaga (1835) e inmediatamente que se encontró en condiciones, por el gran valor y lealtad demostrados, se incorporó a la compañía de Alabarderos o Guardia de Honor de D. Carlos, hermano del padre de Isabel, Fernando VII, compuesta por 100 jóvenes (20 alaveses, 20 guipuzcoanos y 20 bizkainos además de 40 navarros). Muchos años después renegó del carlismo. Esta aseveración quedaría demostrada en una poesía que Iparragirre leyó por primera vez en el viejo Teatro Colón de Buenos Aires el 29/7/1877 cuyo título es Jaungoicoa eta Arbola, en la que en el tercer versículo muestra su arrepentimiento con un duro ataque al pretendiente.

Zuaz, D.Carlos zazpigarrena/urrun bai gure lurretic;/Ez dezu utzi guretzat pena/eta tristura bestetic;/ Lutoz negarrez ama gaisoac/¡Ay! Ezin consolaturic;/Ez degu nai ez gueyago icusi/zori gaiztoco guerraric.

Terminada la contienda, con su guitarra a cuestas, quiso demostrar que su vida se movía a impulsos del amor que sentía hacia su tierra vasca, yéndose a Francia sin aceptar aquella paz y sin adherirse al Convenio de Bergara firmado el 29/8/1839 entre Espartero y Maroto que él consideraba abrazo de conveniencia y fría componenda. Contaba con 19 años y demostrando fehacientemente su rebeldía existencial, marchaba ya para su primer exilio, eso sí, voluntario. Desde entonces toda su existencia la dedicó a viajar, componiendo y cantando sus bertsos, de los que algunos le inmortalizarían. En su despedida no se olvida de su patria chica, pidiendo al cielo la gracia de que cuando le llegue su hora, sus huesos descansen en ella.

Agur euskalerria/baina ez betiko/bost edo seis urtetan/ez det ikusiko./Jaunari eskatzen diot/grazia emateko/nere lur maite onetan/ezurrak uzteko.

En Francia aprendió francés y leyó a Lamartine, Chateaubriand y otros. A la guitarra, de la que nunca se separó, le dedicó una linda tonada: Gitarra zartxo bat det (Tengo una vieja guitarra). En 1846 conoció en París a Sophie-Adèle Picquart, con quien tiene un flirteo tras el cual desaparece y ella, embarazada, se traslada con su familia a Belfort. En el Franco Condado, Sophie da a luz al primer hijo del bardo, Joseph-Fernand de Yparraguire Picquart, nacido el 8/8/1847 en Vesoul, localidad sita a unos 50 kms. de Belfort.

Durante su estancia en Francia, siendo todavía un joven de 26 años, una de las primeras voces de la Ópera de París, Mademoiselle Caroline Duprez, se ofreció a darle clases de música, pero Iparraguirre era una persona exenta del espíritu de sacrificio necesario, prefiriendo las tabernas y salones a las frías aulas del Conservatorio. La relación profesora-alumno fue sufriendo una lógica transformación convirtiéndose en el más puro y dulce amor. Esta vida más bien disipada, fue la responsable de que la vida cantora del genial bardo fuera más corta de lo deseado.

Tomó parte en la Revolución del 48, entonando la Marsellesa públicamente en las barricadas, con la que lograba electrizar a las masas. Napoleón III lo expulsó por elemento subversivo; de nuevo le tocaba recorrer caminos inciertos y países desconocidos. Puso rumbo a Suiza, viajó por Italia, Alemania e Inglaterra, llegando a Londres (1851) con una compañía florentina de bel canto. En una ocasión y en una de sus actuaciones le oyó por casualidad el Almirante bilbaíno José de Mazarredo (es imposible que así ocurriese ya que el Almirante falleció ocho años antes de que naciese Iparraguirre, pero esto es lo que cuentan sus biógrafos) que se interesó por su situación de exilado e inició gestiones para que se le concediese el indulto. No tardó mucho en lograrlo zarpando en un bergantín que atracó en Bilbao en 1852. Obtiene un poco de dinero de la mejor forma que sabe, cantando en público, y con ese capital vuelve a la casa materna en Madrid. Después de 13 años de ausencia, su madre, conocedora del espíritu que anima a su hijo y lejos de ser un reproche, se limita a preguntarle, dándole un apretado abrazo: ¿Te parece que éstas son horas de volver de la escuela?. ¿Joxe Mari: Au al da eskolatik etortzeko ordua? La pregunta no obtuvo respuesta, la emoción y las lágrimas no le dejaron más opción que el doloroso abrazo.

En 1853 alarga su estancia en Madrid donde se reúne frecuentemente con otros vascos en un Café de la calle Montera nº 42, hoy nº 48, llamado “San Luis”. Allí cantó una noche por primera vez el “Gernikako arbola” convirtiendo, por ello, al Café en centro de peregrinación, y a la obra, en un himno que emociona al que lo escucha.

Iparraguirre ya había anunciado el día anterior que había compuesto la letra de una nueva canción, que cantó acompañándose de su guitarra y del pianista Juan Mª Blas Altuna, que fue en realidad el que compuso la música. O quizá, no. Aquel himno dedicado al “árbol de Guernica”, a ritmo de zortziko, aglutinaba en él todo el amor del alma vasca por su tierra y por la libertad. El memorable éxito alcanzado aquel inconcreto día, se recuerda hoy con una placa sobre la fachada de la actual Cafetería “San Luis”. En torno a esta inacabada polémica sobre la autoría del “Gernikako arbola”, desde ERESBIL (Archivo de la música vasca) nos ilustran con tres artículos que no dan luz definitivamente al dilema. Con las referencias bibliográficas van algunos enlaces por si algún lector dubitativo quisiera ahondar en el tema.

Luis de Castresana, en su Libro Vida y obra de Iparraguirre, desgrana las razones por las cuales él está convencido de la autoría tanto de la letra como la música de Iparraguirre, fundamentalmente basándose en que el Gernikako Arbola lleva indefectiblemente su huella digital, su sangre y su identidad. En cambio, Juan Eustaquio Delmás insigne cronista de fina prosa, impresor, investigador histórico, cree poder demostrar fehacientemente que el autor del “Guernicaco arbola” fue Juan María Blas Altuna, estupendo compositor, músico y organista, indicando como prueba el que se la oyese cantar en su propia casa antes de su estreno en el Café San Luis y porque le regaló el manuscrito original, aunque no puede presentar dicho documento ya que pereció en el incendio de mi biblioteca y casa del Campo Volantín, ocurrida en 1874.

¿A quién debemos de creer? Lo dejo a la opinión del lector. Si eruditos de la talla de Esteban Calle Iturrino, José Luis Lizundia, Delmas, Salaverría, Antonio Trueba, Manterola, Juan José Belaustegi, Juan Olazarán, Severo de Altube, Carmelo de Echegaray incluso Gabriel Aresti, medió y dio su opinión, no se han puesto de acuerdo le dejo al lector que adopte la postura que mejor le parezca en la creencia de que sea cual sea, estará equivocado. Como asegura Arana Martija, lo más probable es que sea una melodía popular, adaptada a una letra que, para muchos es pobre e incorrecta. Pero para el pueblo llano quizá no sea conveniente remover la leyenda popular, dejando para los eruditos tanto la discusión como el esclarecimiento del tema que se me antoja, ya, imposible. Como nos dice María Nagore Ferrer miembro del Dpto. de Musicología de la Universidad Complutense de Madrid, el valor y la popularidad de este Zortziko no deriva tanto de la calidad de su música y texto cuanto de su significación: el pueblo se lo apropió como expresión de sus sentimientos convirtiéndolo , así, en canción popular. Sea como fuere, aquella noche mágica su voz potente, muy viril y harmoniosa, sonó, en sus labios, dulce y con firmeza, dejando resbalar suavemente las palabras en euskara de una letra que salía de lo más dentro de su alma. La manifestación de entusiasmo que se produjo en 1853 en el Café de San Luis, de Madrid, la primera vez que supuestamente Iparraguirre y Altuna lo interpretaron tuvo un carácter más sentimental que artístico, y ese fue el espíritu que le dio su verdadero valor y la razón de la sugestión casi mágica que ejercía sobre las multitudes.
El mérito de Iparraguirre, sea quien sea su autor, fue que con este canto se compenetró de manera total con el pueblo y creó algo que cantó el mismo pueblo por su boca. En definitiva, poco importa quién sea el autor, lo que es importante realmente es que todavía sigue siendo un canto nacido del pueblo para que lo cante el pueblo.

El más reciente de los cafés de San Luis. En su fachada, una placa nos recuerda que en el año 1853 José Mª Iparraguirre cantó el himno Gernikako Arbola, en el café que estuvo situado donde hoy se encuentra éste. Fotografía:M.R.Giménez(2012)

En 1854 estuvo de regreso a Euskadi, cantando el “Gernikako arbola” por las plazas de los pueblos provocando el entusiasmo allá por donde pasaba no exento en algunos casos de suspicacia y temor. El Capitán General de la plaza, “temiendo que se alterara el orden público” ordenó su ingreso en la cárcel de Tolosa y más tarde, su destierro concretándose su expulsión del país en 1855, acompañado por la Guardia Civil. Es el momento en el que compone su obra “Nere amak baleki” (Si lo supiera mi madre…)
Durante un par de años vaga por distintas provincias españolas e inclusive Portugal, pero retorna a Guipúzcoa. Hacia 1856, con más de 35 años, conoce a una hermosa tolosarra de 17 años de edad de la que se enamora: Angela Querejeta Aizpurua. Se cortejan y conviven. Muchos papeles le pedían para casarse los curas porque había sospechas sobre un posible casamiento anterior, durante su exilio voluntario en Francia. Le impiden casarse con ella, por lo que dos años más tarde, los que tardó en convencerla, ambos parten hacia América en el mismo barco, previo contrato de embarque hecho en San Sebastián el 25/8/1858, contrato por el que recibía un crédito a devolver años después en Argentina, y contrato en el que declara que parte hacia Buenos Aires a fin de reunirse con su tío José Antonio Iparraguirre Aramburu, el maestro de Idiazábal que también se había alejado de Gipúzkoa tras la derrota carlista, y que había salido fiador de su sobrino.

Es en este momento de su embarque en el bergantín “Angelita” desde el puerto de Bayona hacia Buenos Aires, el 29/8/1858, cuando compone su obra “Adio Euskalerriari”, una patética y sentida despedida. La travesía duró sesenta y dos días siendo su llegada todo un acontecimiento para los cientos de vascos que allí había.
La pareja se casó poco después de su llegada, el 26/2/1859 en la Iglesia de San Ignacio situada en la c/ Bolívar, 255 de Buenos Aires, oficiando la ceremonia, por supuesto, un cura vasco, D. Francisco Javier Lardizábal. Como curiosidad y no es difícil de imaginar que para que no hubiese habladurías entre sus convecinos dada la diferencia de edad entre ambos, en el Acta Matrimonial del Libro 3 (1858-64) Fol.7, él se quita cuatro años y ella se pone seis más de los que en realidad tenía. Poco duró la convivencia marital en la Fonda de Patxiku Mendía, su capitán durante la Guerra Carlista, su padrino de boda y su fondero. Su propia esposa cuenta que “a los pocos días tras la boda”, Iparraguirre la dejó para pasar al Uruguay. En definitiva, en Argentina vivió sólo 4 o 5 meses, en cambio en Uruguay fueron más de 18 años.

Su primo Domingo Ordoñana Iparraguirre era hombre de fortuna y hacienda y llamó al bardo para “habilitarle de puestero”. En realidad, de pastor, dejándole a su cuidado unas 200 ovejas, que no eran todas las que tenía porque dudaba de la capacidad pastoril de su primo. Y tenía razón en dudar. “Se le perdían las ovejas, se las dejaba robar y se le entreveraban con las de otras estancias”, diría su mujer después. Incluso algunos familiares le llamarían, en alguna ocasión, gixajo (cuitado). Tres años aguantaron en el rancho en los que no levantaron cabeza y marcharon de allí después de una pelea con el socio de su primo Domingo, “con una mano atrás y la otra adelante” como cuenta su mujer Angelita. Su actitud vital con un carácter indolente, su sensibilidad contestataria y dilapidador en lo económico como si todos los días fuesen los últimos, no le ayudaron en sus relaciones con su primo, con el que nunca congenió.

Unos meses antes, el 13 de Febrero, habían tenido un hijo de nombre Benigno. Con este niño, su mujer y su inseparable guitarra, en Abril de 1861, se fueron para Montevideo, apodada la Reina de la Plata. Allí un amigo, Martín Díaz, navarro de nacimiento, le prestó un poco de dinero con el que abrió un establecimiento llamado el “Café del Gernikako Arbola”. Poco les duró porque, aunque siempre estaba muy concurrido, entre farra y farra se le olvidaba cobrar a los numerosos clientes que acudían al “bebercio” gratuito.

De nuevo en el campo, con esposa y dos hijos, Benigno y Francisca, de oficio de pastor con mil ovejas, de día montando a caballo y por las noches durmiendo con un par de pistolas en la cabecera de la cama, reside en el Departamento de Mercedes. Las múltiples Revoluciones en los Estados Uruguayos no le permiten medrar, teniendo tiempo, eso sí, para procrear “seis hermosas niñas y dos varones, el mayor de dieciséis años y el menor de un mes…” para el año 1877 y seguir componiendo música y poesía llena de amor y carente en absoluto de odios. No podemos pasar por alto el que en ese interim, Iparraguirre a lo largo del año 1865 cayó gravemente enfermo debido a beber malas aguas e hincharse, lo que el Doctor que le trató, Mateo Durañona, diagnosticó como nefrosis. Este médico nacido en Buenos Aires, no sólo le trató y le curó sino que una vez curado le dio alojamiento y trabajo con un nuevo rebaño que era, al parecer, lo que le gustaba porque le dejaba tiempo para dedicarse a componer sus bertsos y cantos. Allí pasaron cinco años en los que tampoco progresaron porque aunque Joshe Mari era trabajador, era mucho más parrandista y fiestero. Él mismo desaconsejaba por carta a sus paisanos abandonar sus hogares buscando mejor suerte porque lo que encontrarán serán pesares y desengaños.

Son años en que las distintas revoluciones y sublevaciones, Aparicio contra Flores, Flores contra Berro, no les dejaban vivir en paz. Unos y otros le comían las ovejas sin que el bardo hiciera nada por impedirlo. Quería estar a bien con todos y nada les negaba. Era el año 1877. Para entonces, un año antes, en 1.876 la abolición de los Fueros Vascos por parte de Cánovas, de lo que estaba al tanto por los periódicos que le llegaban desde las Provincias Vascongadas, le sumió en una profunda depresión agravada por la nostalgia en su amada tierra vasca. Desde este momento su único afán sería conseguir dinero para volver a su tierra a luchar por los Fueros suprimidos. No se le ocurrió otra cosa, con la ayuda de sus amigos, que realizar un concierto en un teatro de ópera para recaudar fondos que le sirvieran para pagar el pasaje. Con los 2.000 pesos que consiguió pagó el pasaje de vuelta, dejando a su esposa Angela sola y con ocho hijos (una hija murió de niña), el mayor de 16 años. Ya no los volvería a ver. Su esposa, bizi-alargun, para sobrevivir junto a su descendencia y lejos del marido, en la mayor miseria y sin lo más indispensable para vivir, tuvo que hacerse comadrona o partera. Ya viuda se volvió a casar con un tal Domingo Elutchauz.

Iparraguirre embarcó en Buenos Aires el 24/9/1877 en el vapor francés “Gironde”, llegando a Burdeos el 20/10/1877. Al divisar San Juan de Luz desde el barco, recita y canta el “Ara nun dira, mendi maiteak, ara nun diran zelaiak…”.
Su estancia en Euskalherria hasta su fallecimiento la realiza en el caserío Zozabarro-txiki en Ezkioga.-Itxaso (Gipuzkoa) cerca de Villarreal de Urretxu y estuvo repleta de calamidades y sinsabores toda vez que sus ingresos eran nulos, excepto cuando sus amigos o conocidos le organizaban funciones teatrales. Era muy popular, se le aplaudía a rabiar, se le daban buenas palabras pero nadie parecía darse cuenta de su precaria situación económica. Incluso la petición de una pensión al Diputado en Cortes por Tolosa D. Martín Garmendia caería en saco roto. Parecía que a las Instituciones Públicas les gustaba enardecerse con su música, su euskara, sus zortzikos, su poesía hondamente enraizada en la tierra que le vio nacer, mientras se le dejaba agonizar de hambre, mostrando él mismo su desesperanza al amenazar con volver a embarcarse e ir a morir fuera de su adorada tierra. Los esfuerzos de algunos de sus fieles amigos se estrellaron una y otra vez contra la incomprensión de las autoridades, sobreviviendo mientras tanto, dando funciones con su amigo navarro Zubiría.

Después de muchos dimes y diretes consigue el 3/7/1880 la tan ansiada buena noticia, señalándole la cantidad de 22 duros de Pensión entre las tres Diputaciones, lo que, al menos aseguraba su existencia y una vida digna pero no la vuelta de su mujer e hijos que era su mayor deseo. En Buenos Aires sus muchos amigos lograron, mediante suscripción popular, reunir 12.000 reales con los que se hace ilusiones de nueva vida, junto a las dos hijas a las que quiere repatriar para que le hagan compañía. Sus últimos sueños no se harán realidad.

Su muerte, sin ningún familiar directo en la cabecera de su cama, sólo el cura del pueblo y Joaquín Castañeda estaban presentes, acaecida el 7/4/1881 en el mismo Villarreal de Urrechua, Urretxu, levantó una polvareda de habladurías acerca de la causa. Podemos afirmar que no se debió, según rumores interesados que circularon durante algunas semanas, a un envenenamiento por cuestiones políticas, ni siquiera por la ingesta de unas amanita phalloides merendadas con sus amigos, sino de una bronconeumonía que se le manifestó después de dormir al raso en una terrible noche de tormenta o como dice la partida de Defunción firmada por el Párroco de San Martín D. José Lorenzo de Antía, de catarro pulmonar agudo según certificación facultativa.
Así vivió nuestro bardo más universal, conocido y reconocido, sobre todo, por sus canciones que consiguieron captar primorosamente el fondo y esencia de su pueblo y de su tiempo. Se involucró, incluso activamente, en los conflictos que su amado País Vasco soportó durante todo el siglo XIX. Su literatura encarna el espíritu del romanticismo y en ella se aúnan las tradiciones más ancestrales de los vascos con el simbolismo patriótico y religioso. Esta adopción de sentimientos hacia la sociedad y cultura vascas a las que le arrastraba su enorme humanidad, es la que le ha valido para ganarse el respeto y admiración de toda la comunidad al margen de ideologías o sensibilidades políticas.

Monumento dedicado a Iparragirre en Gernika.- Foto: Autor

Sin temor a equivocarnos podemos decir, como tantos otros, que Iparraguirre es el gran cantor de, por y para Euskalherría. Sus sueños y convencimientos más íntimos pasaban por venerar tres cosas: “A Dios, su tierra y la familia”.

Rfa: D.E.A.H.- F06.149.- Sig. 3139/001-01; Reg.Inf. 1769754; Folio 154 r.-Fecha 1790-1861
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20/1/2014

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