«Personajes del callejero de Getxo». – GUSTAVO ADOLFO BECQUER


Calle Gustavo Adolfo Becquer, desde la Avda. del Ángel hasta el paseo que lleva a La Galea.- Foto:Autor

Quizá alguno de los lectores se esté preguntando si, en algún momento de su vida, Bécquer tuvo algo que ver con Bizkaia o más concretamente con Getxo. Pues sí, habría que contestar a la primera parte de la pregunta, y es muy probable que también a la segunda, ya que visitó al menos en una ocasión nuestra provincia y sus biógrafos y críticos hablan de un viaje a las playas de Bilbao en el verano de 1862 y tanto él como su hermano, Valeriano, tomaron los baños en Las Arenas, cantando las bondades de su playa durante la época estival en algunos artículos publicados en la prensa madrileña.

Este poeta, narrador, periodista, pintor, gran aficionado a la música, sobre todo a la Zarzuela y a la folklórica andaluza, concibe todas estas Bellas Artes como manifestaciones de un sentimiento único, apasionado y entusiasta estando considerado el mayor y mejor poeta del Romanticismo español y el iniciador de la poesía española contemporánea. Introducirse en el mundo Becquiano es iniciar una travesía plena de contradicciones, en las que las luces y las sombras van alternándose como en un trayecto sin retorno. No tenemos más que efectuar un recorrido por sus poemas para darnos cuenta de que nos arrastra a su mundo de penas y alegrías, esperanza y desesperanza, de la aristocracia burguesa al pueblo llano, de las alegrías a la tristeza más profunda, pero sobre todo resaltando sus sentimientos más íntimos.

Su verdadero nombre era Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida Inchausti de Vargas Bécquer Bausa. Los primeros apellidos los desechó para firmar sus escritos, prefiriendo el tercer apellido del padre, Bécker, apellido de ascendencia flamenca. Su alumbramiento se produjo en Sevilla el 17/2/1836, siendo su vida muy breve ya que murió en Madrid el 22/12/1870 a causa de una tuberculosis, agravada por una profunda depresión. Desde su más tierna infancia recibió una esmerada educación artística, alimentada por su padre José María Domínguez Insausti que cambió su apellido materno por el paterno de Bécquer con el que firmaría su obra. Esta misma decisión la tomaron también su primo y discípulo Joaquín Domínguez Bécquer así como sus hijos, el también pintor Valeriano Bécquer y Gustavo Adolfo Bécquer, que eliminaron definitivamente el apellido Domínguez. José Mª Domínguez fue pintor muy distinguido en aquella época pero falleció cuando Gustavo Adolfo tenía la corta de edad de 5 años. Esta educación en las artes le forjó un carácter sensible y frágil que dominó toda su existencia.

Comenzó sus primeros estudios en el Colegio de San Antonio Abad, para luego pasar a tomar la carrera náutica con sólo 10 años, en el Real Colegio-Seminario de San Telmo, ambos en la ciudad hispalense en el curso 1846-1847. Abandonado San Telmo, entra a formar parte del taller de pintura de Antonio Cabral y más tarde en el de su tío, también pintor, Joaquín, y con la compañía inseparable de su hermano Valeriano. Fallecidos ya ambos padres, se traslada a vivir con una tía, recibiendo el cariño, en especial, de su madrina Manuela Monehay Moreno.

A sus pocos años ya destacaba en el mundo del dibujo y en el de la música, manejando con soltura y gracia los lápices de dibujante, adquiriendo con ellos una sensibilidad llena de matices que se reflejarán, luego, en toda su obra poética. Basta con echar un vistazo a los dibujos que aparecen en el Libro de cuentas, para comprender que el desarrollo de su vocación literaria sólo era una más de las habilidades con las que nuestro poeta pudo alcanzar la gloria. La otra de las habilidades juveniles de Bécquer fue la música. Era un seguidor entusiasta de la ópera y la zarzuela, transformándose en un profundo conocedor, principalmente, de los autores consagrados italianos como Donizetti, Bellini, Verdi, Rossini, llegando a saber de memoria obras como Norma, Sonnámbula, Lucía de Lammermoor, etc… No terminaba ahí su cariño por el arte de la música sino que, a decir de sus familiares y amigos, era portador de un buen oído y una pericia considerable cuando se ponía al piano, instrumento inspirador de la música clásica, o rasgaba una guitarra, como instrumento sugerente de la música popular andaluza.

La música quedará desde su niñez ligada a su obra como se desprende de la lectura de las leyendas y las Rimas, unida a las teorías neoplatónicas que hereda de la escuela poética sevillana.

Por otro lado, una de las figuras clave en el proceso de aprendizaje literario del joven poeta será Alberto Lista, prestigioso representante de las bellas letras sevillanas. Bécquer entrará en contacto con el maestro a través de su obra Ensayos literarios y críticos y de su discípulo, Francisco Rodríguez Zapata. Con tan sólo doce años de edad, Bécquer compone la Oda a la muerte de don Alberto Lista, en la cual sigue los preceptos clasicistas que éste le enseñó.

Dibujo de G. A. Bécquer.-Colección de Dª Julia Senabre Bécquer.-
Fotografías del archivo de Rafael Montesinos

En 1849 se ven por primera vez publicados sus versos en la Revista sevillana “El regalo de Andalucía”. Publica la “Oda a la muerte de Alberto Lista” en la que queda de manifiesto su admiración por él. En 1850 ingresa en el taller de pintura de Antonio Cabral Bejarano. Allí, su hermano Valeriano y él, se familiarizan con la pintura sevillana del Siglo de Oro. En 1852 cambian de taller, ingresando de nuevo junto a su hermano, en el de Joaquín Domínguez Bécquer, primo y discípulo de su padre. En 1853 colabora con las revistas sevillanas “La Aurora” y “El porvenir”.

Tras planear en el verano de 1853 junto con Narciso Campillo y Julio Nombela su marcha a Madrid, y sin obtener el permiso de su madrina Manuela, Bécquer se instala en octubre de 1854 en una modesta pensión madrileña de la calle Hortaleza, cargado con un baúl lleno de poemas y de ilusiones que se perderán en el olvido. En una época de revueltas políticas, las artes y las letras no son una gran fuente de ingresos, por lo cual los poemas del sevillano no ofrecen ningún interés para los editores. Tenía tan solo 18 años.

Acuciado por la necesidad, se introduce en el mundo del periodismo, colaborando en las revistas “La España musical y literaria” y “El correo de la moda”, e inclusive escribe libretos de zarzuela, con el seudónimo de Adolfo García, que no obtienen ningún éxito. Este será un período de estrecheces económicas y de escasas publicaciones por parte del sevillano pero le sirve para ir impregnándose del ambiente literario madrileño y haciéndose un hueco en él. La novia y el panteón, La venta encantada, El nuevo Fígaro (1862), Clara de Rosemberg (1863), son obras que no alcanzaron ningún éxito.

Mientras tanto, los esfuerzos denodados por sacar adelante su gran obra “Historia de los Templos” donde mezcla literatura y arquitectura en Agosto de 1857 y que contaba con la protección de la Reina Isabel II, agotó las fuerzas que le quedaban, cayendo en una grave enfermedad. Se le presentan los primeros síntomas de la tuberculosis que empezaron a hacerse visibles, lo que le obliga a volver a Sevilla para tratar de reponerse.

A estas alturas de su existencia y de su obra, quizá sea llegado el momento de analizar y describir, acogiéndonos a los apuntes caracterológicos de Russell P. Sebold, la figura del poeta como persona, aunque no sea más que un esbozo que nos adentre con mayor precisión, en su forma de ser.

La imagen que Bécquer da a los demás es la de un bohemio, nada pulido ni habituado a la vida social del gran mundo, de una persona que andaba como soñoliento por la vida debido a su total absorción en un ininterrumpido meditar poético. No le importaba el dinero, el vestido, la comida, las formas sociales, ni la conversación con los prójimos, por tener la atención ocupada toda en otra esfera más remota, donde convivía con seres fantásticos de su invención.

A pesar de ello, tenía una fuerte fascinación por la sociedad distinguida, siendo un admirador ferviente de las grandes damas que se sabían mover en los salones de buen tono.

Su conversación, así como su figura, era triste. Estaba en perpetua distracción y tenía una manifiesta falta de sentido práctico, iba por el mundo como un autómata, como si no le importase lo que ocurría a su alrededor. Por esta imagen que reflejaba al exterior, hizo que su entorno más cercano, sus amigos más íntimos como Julio Nombela, Luis García Luna, Juan Antonio Viedma, Carlos Navarro, y sobre todo su hermano Valeriano, tuvieran que arroparle y protegerle, ayudándole económicamente y a ser ellos los que presentasen sus obras a editores e impresores.

Como anécdota, que en estos tiempos en que se está poniendo en solfa a la Monarquía de los Borbones viene a cuento para recordar que eso no es nuevo, en 1991 se publicó un álbum titulado “Los Borbones en pelota”, colección de estampas satíricas, que Gustavo Adolfo y su hermano Valeriano publicaron. En ella se dibujaba a Isabel II y a sus allegados, dícese El Rey consorte, el secretario y amante de la Reina, Marfori, el confesor de la Reina Padre Claret, la archiconocida Sor Patrocinio, la monja de las llagas, e incluso al ministro González Bravo, protector del poeta, en actitudes tan indecorosas que nos harían palidecer aún en estos tiempos en que ya nada nos asombra.

A pesar de ser católicos y monárquicos confesos, los hermanos Bécquer, que siempre estuvieron muy unidos, no ocultaban sus intenciones de denunciar hasta qué extremo había llegado el desprestigio de las propias instituciones regias y sus componentes. Contrariamente, resultaba difícil acomodar la sensibilidad exquisita del más lírico de los poetas del XIX, y la no menos delicada de la pintura costumbrista de su hermano, a la brutalidad manifiesta de aquellas imágenes. Hay razones poderosas para dudar, por ello, de una autoría harto improbable debido a los conocidos lazos de dependencia económica y social de los dos artistas.

En 1859 y gracias a la publicación de dos artículos en La Época titulados por el autor como “Crítica literaria” y “El Maestro Herold” cada vez se hace más presente en el horizonte literario la figura de nuestro genio. En ellos quedan reflejados apuntes sobre la difícil vida del artista y retazos de una gran calidad lírica que iguala a lo mejor de lo realizado hasta ese momento.

Ello no es óbice para que frecuente los salones de la alta sociedad donde conoce al músico Joaquín Espín y Guillén así como a sus hijas Josefina y Julia Espín. No es ajeno a los galanteos propios de la época, confluyendo en él todo lo que para el poeta es su universo existencia: La Música, la Poesía, la Mujer y el Amor.

Dos años más tarde, en 1861 entra a trabajar como redactor en El Contemporáneo. Gracias a su labor en este periódico, Bécquer consigue mantener una situación financiera más holgada y encontrar el vehículo perfecto para la difusión de sus escritos. De este modo, ya en el primer número aparece incluida la primera de las Cartas literarias a una mujer, y continuará la serie con tres cartas más hasta 1861. Estos son los años clave en la obra del poeta, pues publica textos como las Cartas citadas anteriormente, difunde la reseña de La Soledad de Augusto Ferrán en la que expone cuáles son sus ideas acerca de la poesía y la excepcional labor del poeta.

Gustavo Adolfo Bécquer. Sevilla.-
Detalle de un retrato realizado por su hermano Valeriano en 1862.

En esta etapa en que su actividad literaria está en su punto más álgido tanto en prosa como en verso, encuentra tiempo para contraer matrimonio con Casta Esteban Navarro, hija de Francisco Esteban, médico del poeta y especializado en enfermedades venéreas. Con este casamiento consigue una cierta estabilidad familiar, sobre todo cuando en 1862 nace su primer hijo Gregorio Gustavo Adolfo. La vida conyugal no fue fácil por la diferencia de caracteres y porque Casta no supo nunca comprender el espíritu elevado de Gustavo Adolfo. Hay hasta quien la acusa de ser infiel en el matrimonio e inclusive hay quien duda de que el tercer hijo, nacido en Soria, fuese del poeta.

Gustavo Adolfo, metido en sus ensoñaciones, no se fija, para construir sus poemas, en otros autores contemporáneos, quizá tuviese alguna influencia de Byron o Heine, pero sí que influye en sus compañeros de afición y profesión con una sensibilidad no conocida hasta entonces y adecuando el lenguaje a otro más cercano y familiar e incluso acortando la métrica.

Las visitas que durante los años 1861 y 1862 realiza a Soria son, probablemente el momento en que conoce el Monasterio de Veruela, punto en el que, durante su estancia en él para tratar de mejorar de una enfermedad que ya avanzaba inexorable, dejan huella en ambos hermanos, Valeriano y Gustavo Adolfo, cada uno en su especialidad. Les acompaña su esposa Casta Esteban y sus hijos, y su estancia de Diciembre de 1863 a Julio 1864, será fecunda dejando para la historia las famosas y archiconocidas “Cartas desde mi celda”, excelente ejemplo de prosa poética, publicadas en El Contemporáneo, así como su hermano Valeriano nos dejará un álbum con 91 dibujos. En estas Cartas describe, con la prosa justa y limpia que le caracteriza, los alrededores del Monasterio y las viejas leyendas de pueblos vecinos como la de las brujas de Trasmoz.

Es a mediados de ese verano, entre la mitad de Julio e inicios de Agosto, cuando se sitúa una corta visita que algunos biógrafos localizan con simplicidad “en el Norte”, y otras como la de Dionisio Gamallo Fierros, más específicamente la emplazan en las playas de Bilbao a tomar los baños. Este autor revela fechas exactas e indica datos concretos de los buenos recuerdos del poeta durante su estancia en nuestras playas que el propio Bécquer evidencia en sus Obras Completas. Por ejemplo, durante la estancia de Becquer en el Monasterio de Veruela, cercano a Tarazona (Zaragoza), en una carta que les escribe a sus suegros durante el inicio del verano de 1864 les dice que “iré a tomar baños de mar a Bilbao, a fin de estar bien para el otoño”. Sin duda, se refiere a la playa de Algorta y es muy probable que tuviese algún amigo o conocido en nuestro pueblo cuyo nombre no quiere revelar. En otro de sus artículos que titula “El calor”, alude a la playa de Algorta con elogio y dice: ”Hará cosa de quince o veinte días, cuando no sin haberme dado mi remojón de costumbre, y mientras respiraba la fresca brisa del mar en la deliciosa playa de Algorta….”. En otra ocasión y mientras sufre los rigores del calor en Madrid, escribe poéticamente: “Ola fresca, transparente y verde, que en la playa de Algorta me brindaste con tu música de murmullos halagadores y tu espuma dispersa al aire en menudo rocío….”. Sirvan estas pequeñas citas de prueba, hay más, de su elogiosa y elogiada estancia entre nosotros entre el 14 y 19 de Julio hasta el 3 de Agosto de aquel año.

A partir de septiembre de 1864, la atención de Bécquer se va a centrar en la política, pues Luis González Bravo, creador de El Contemporáneo será nombrado ministro de Gobernación dentro del gabinete dirigido por el general Narváez. Además, el director del periódico, José Luis Albareda, pasa a ser embajador en La Haya, por lo que Bécquer ocupa la dirección de El Contemporáneo desde el 9 de noviembre de 1864 hasta el 16 de febrero de 1865. Gracias a su amistad con González Bravo, Gustavo Adolfo consigue un puesto como fiscal de novelas en Madrid con un buen sueldo, aunque no le durará mucho, pues tras la caída del gabinete por la Revolución que destronó a Isabel II el 18/9/1868, Bécquer decide presentar su dimisión.

Eran tiempos difíciles, Gustavo Adolfo había perdido casi todas sus fuentes de ingresos, malviviendo por las colaboraciones en periódicos, en muchas ocasiones con seudónimos, que sólo le permitían malvivir. Una carta a Francisco de la Iglesia pidiendo dinero para uno de sus hijos enfermo y los testimonios de Campillo sobre el desaliño físico del poeta nos permiten hacernos una idea de la crítica situación de Gustavo Adolfo. Estas circunstancias de creciente decrepitud no durarían mucho. Fallecido su hermano Valeriano el 23/9/1870, al que estaba profundamente unido, su situación se tornó crítica. Su honda tristeza, el avance de su enfermedad y el poco cuidado que se dispensaba, lo llevaron en breve tiempo a la tumba.

El 22/12/1870, tres meses después de su hermano, fallece el poeta rodeado de su familia, esposa e hijos, y algunos amigos, una muerte que él unos meses antes ya había predicho y anunciado. Estos amigos deciden ayudar a las respectivas familias promoviendo la edición y publicación de sus obras y los dibujos de su hermano, que se produjo en Julio de 1871 saliendo al precio de 28 reales los dos Tomos de sus Obras. Este será el comienzo de la leyenda del poeta romántico que ha llegado hasta nuestros días, pero también se le recordará como el iniciador de nuestra mejor poesía contemporánea de la que dejamos una pequeña muestra.

Rfas. GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER.- Rimas y declaraciones poéticas, ed. de Francisco López Estrada. Madrid: Espasa-Calpe, 1977.
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. Leyendas, ed. de Pascual Izquierdo. Madrid: Cátedra, 1989, 5ª ed.
SORAYA SÁDABA.- Biografía del poeta Gustavo Adolfo Bécquer.- Biblioteca Virtual “Miguel de Cervantes”.-2002.
FRANCISCO ROBLES.- (2004). Poesía eres tú: Bécquer, el poeta y su leyenda. Editorial: Signatura de Poesía.
ROBERT PAGEARD.- (1990) Bécquer, leyenda y realidad, Madrid: Espasa-Calpe.
PEDRO MARROQUÍN AGUIRRE.- Bécquer, el poeta del amor y del dolor.-Madrid.- Imp. Juan Pueyo.- 1927.
6/2/2014

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