Pagasarri, 19 de mayo. Por 90 grados de rumbo


Nunca me canso de repetirme a mí mismo y a quien quiera escucharlo, que pertenecemos a una de las generaciones más afortunadas de la historia de la Humanidad. Nos tocó nacer en la parte buena del mundo y, por si fuera poco, en la época buena. Aquellas amenazas reales del hambre, la peste y la guerra nunca se cruzaron en nuestro camino. Tampoco conocimos la precariedad laboral. Todo eso –que es muchísimo- nos lo regaló el azar.

Pero a veces, cuando nos juntamos viejos compañeros y siento la alegría de los reencuentros, me da la impresión de que algo añadimos nosotros al azar, algo debimos de hacer bien, algo hubo de meritorio en nuestro comportamiento que nos hace disfrutar de asambleas, comidas, viajes o excursiones.

Me encanta volver a juntarme con gentes con las que tanto compartí y más aún, si el lugar de encuentro es el monte.

19 de mayo de 2021: los más puntuales ya estaban en la plaza de Indautxu para las nueve menos cuarto de la mañana. Desde hacía más de un año, nuestra manera de relacionarnos se había visto seriamente trastocada, amenazaba lluvia y, de hecho, el día anterior había sido lluvioso; todo estaba bastante mojado.

El planteamiento de la excursión era el mismo de todos los años: compartir conversación, cima, chorizo y tortilla en ese monte tan conocido, el Pagasarri. Evitando, en la medida de lo posible, el camino más “trillado”.

La idea era encaramarnos por la ladera del Arnotegi por una pista cubierta de grava, sin barro, flanqueada por espeso arbolado, que discurre junto a la carretera que conduce a la barrera de San Roque. Ambos itinerarios casi se solapan, si bien sus ambientes son enormemente diferentes. El elegido, bastante más bonito. El recorrido, claro, también más largo.

El chaparrón ligero que nos alcanzó a mitad del camino, y el barro acumulado en los senderos aledaños a la pista más habitual nos disuadieron de acometer la segunda parte del itinerario deseado: la espesa plantación de cipreses que cubre parte de la ladera sur del Gangoiti.

Es un camino francamente bonito y curioso: es como penetrar en un oscuro túnel cuya bóveda son las copas de los cipreses, que apenas dejan pasar la luz. Es un camino poco claro y fue una pena no poder intentarlo: desperdiciamos así la única posibilidad que teníamos de perdernos (un poco).

El ritmo fue bueno y, poco después de las 11, estábamos ya en el interior del refugio, “dándole” a la tortilla, al chorizo y a la conversación. Queda no obstante la anécdota, para mí, lo mejor del día: la sorpresa.

Después de 29 años de marchas, BBK primero, Kutxabank después, BBK al final, al Pagasarri, la sorpresa de la jornada me/nos la regaló Rosa. Íbamos a salir directos hacia Larraskitu, vía Zabalburu y Juan de Garay; yo miraba en esa dirección… cuando Rosa sugirió dirigirnos hacia Amézola para después girar hacia San Adrián por debajo del barrio de Irala.

Su alternativa nos desviaba cerca de 90 grados del rumbo previsto, desviación que luego, claro, debíamos corregir para regresar al camino de Larraskitu.

Mi primera reacción –silenciosa- fue de rechazo: ¿Para qué, desviarnos? ¿Por qué alargar innecesariamente el recorrido? Pero enseguida vino la reacción a la reacción: la segunda reacción, vamos. Porque, al fin y al cabo ¿Qué, sino alargar todos los recorridos, habíamos hecho en todas las marchas al Pagasarri? ¿No estaban precisamente ahí, en los “alargamientos”, en las salidas de lo más habitual, los mayores atractivos de todas ellas?

Así que fuimos por donde Rosa decía y, al menos yo, me encontré un rincón de Bilbao que me sorprendió, por el que nunca había pasado y que tenía sus buenas dosis de encanto.

En cuanto al recorrido, aquello fue, para mí, lo mejor del día. La única pega fue que no nos perdimos. Eso hubiera sido lo máximo. El año que viene, volveremos a intentarlo.

Pagasarri, 2021

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