la tierra sagrada de los Toraja

Indonesia no era un destino turístico que me llamara la atención. Lo tomaba sobre todo como un lugar apropiado para una Luna de Miel especialmente en las playas de la isla de Bali y esa es una situación que me pillaba tan lejos en el tiempo como el país en distancia.

Alguna cosa más conocía, que es el país con más musulmanes del mundo, que lo forman un montón de islas volcánicas como la de Java y que es muy grande y muy habitado. También que está en el Ecuador, al oriente de Asia y próximo a Australia.

Vamos, que cuando Joserra de Viajes Ikea nos lo ofreció, no despertó en mí mucho interés. Pero, enseguida nos convenció. Somos un poco “fletes” cuando se trata de ir a un lugar que no conocemos.

Puedo decir que, a la vuelta, tampoco me quedé con ganas de escribir acerca de este destino. Hice, como siempre, el álbum de fotos.

 Pero, con el tiempo, se han ido fortaleciendo los recuerdos de aquello que me llamó la atención y he ido cambiando de actitud. Ahora me alegro de haber ido. Mucho.

En mi mente quedan las buenas sensaciones de un grupo que funcionó muy bien, la belleza de Ubud y la sorprendente cultura de los Toraja.

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                                      niños Toraja motorizados

No solo Myanmar o Japón, Indonesia también es contraste, un lugar en el que encontrar algo distinto a la vez que, me atrevo a decir, alucinante.

LA ISLA SULAWESI

En nuestro viaje visitamos tres grandes islas: Java, Sulawesi y Bali. Me voy a centrar en la segunda.

Su forma peculiar, algunos dicen que de pulpo con las patas extendidas de forma anárquica, hizo que los portugueses, sus primeros colonizadores occidentales, le llamasen “Islas Célebes” ya que, en un principio, pensaban que eran varias.

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                      isla Sulawesi

Con una extensión cercana a los 175.000 km2, casi el doble que Portugal continental, cuenta con 18,5 mm de habitantes.

Su capital es Makassar, al sur del territorio, lugar en el que se sitúa el aeropuerto principal al que llegamos desde la isla de Java, la primera que visitamos. De ahí saldríamos hacia Bali unos días después.

Nada más abandonar el moderno aeródromo nos dimos cuenta de la gran diferencia social y económica que había con nuestro destino anterior ya que en lugar de industrias aquí manda la agricultura y la minería.

Con mucha menor concentración de habitantes que en Java, predomina la religión islámica especialmente en la zona sur, practicando el cristianismo (protestante) algo más del 17% de su población, entre ellos los Toraja, habiendo también hinduistas y budistas e, incluso, animistas.

En Indonesia el ateísmo no está permitido, es obligatorio pertenecer a una de las cinco religiones oficiales recogidas en su Constitución. El Gobierno utiliza sus registros para elaborar los censos.

Una diferencia muy grande con las islas Java y Bali son las infraestructuras algo que íbamos a notar en nuestras propias carnes durante el desplazamiento, siempre hacia el norte, hasta las denominadas Tierras Altas.

Los primeros 140 km fueron por carretera, buena y con magníficas vistas del mar que le separa de las Molucas a la izquierda y campos de arroz y el inicio de la zona montañosa a la derecha.

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                      el mar de las Molucas

Entonces paramos a hacer un descanso y a comer algo ya que las posibilidades a partir de ese momento, separados de la llanura y rodeados de una tupida selva, se iban a reducir de una manera importante.

Nos pusimos en marcha de nuevo cuando el sol se estaba poniendo ya que estos países se mueven por el huso horario, no como nosotros. Pudimos comprobar que el menor nivel de vida se iba a plasmar en una carretera en muy mal estado con grandes desniveles con tendencia a la subida que hicieron que el recorrido faltante, unos 150 km., nos llevara cerca de 6 horas, incluida una parada en una especie de tienda – supermercado – bar bastante cutre.

El autobús, de mediano tamaño ya que la calzada no permitía los de grandes dimensiones, hizo el trayecto entre zonas mal asfaltadas o sin asfaltar y baches – muchos con infinidad de barro ya que a ratos llovió con intensidad – cruzándonos con un número de autobuses y camiones  destacable.

Durante el trayecto puedo asegurar que nadie se durmió. La necesaria utilización de marchas cortas y la falta de referencias por ser noche cerrada nos producían la sensación de que se iba a mucha velocidad, las ocasionales paradas en rectas para permitir que nos cruzáramos con camiones demostraban que la anchura de las calzadas en determinadas zonas era mínima, las sombras que rodeaban al vehículo hacían que los de delante viajaran muy asustados mientras que los de detrás sufríamos la mala amortiguación del vehículo lo que nos hacían botar y nos dañaba la espalda dejándonos poco tiempos para los lamentos (*)

A altas horas de la noche llegamos al hotel Toraja Misiliana, digno de destacar con sus grandes y cómodas habitaciones aunque algo necesitadas de mantenimiento, sus jardines y sus bien surtidas huertas y dos comedores amplios y bonitos en uno de los cuales, durante las cenas, una cantante local acompañada de un músico al teclado nos distrajo con melodiosas canciones, entre ellas boleros como “Bésame mucho” (**)

Una vez recuperados, nos dispusimos a conocer unas costumbres diferentes a lo que había visto en mis viajes y de las que, inculto de mí, no había leído ni visto ningún documental.

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(*) A la vista de lo duro del recorrido, Viajes Ikea ha encontrado una alternativa al viaje en bus, mucho más cómoda aunque más cara. Consiste en dormir una noche en Makassar y desplazarse a las Tierras Altas en un avión hasta el aeropuerto de Lagalio que está a algo más de una hora del hotel destino. Los frecuentes cambios de horario en la aviación de ese país con poco preaviso obligan a tomar precauciones como la de pernoctar en la citada ciudad de Makassar.

(**) En la página web del hotel https://www.torajamisiliana.com/about-toraja  hay un resumen de su historia que, considerándola interesante, copio a continuación:

En 1981, el difunto Sr. Benyamin Tangkesalu recibía ocasionalmente huéspedes que buscaban alojamiento. Como veterano de la Fuerza Aérea con una sincera pasión por compartir la cultura Toraja, siempre abría sus puertas a turistas y misioneros sin cobrar nada.

Tiempo después, una de las agencias de viajes más importantes de Indonesia le preguntó si podía alojar a su grupo anual y, a cambio, el Sr. Benyamin se beneficiaría económicamente de estas llegadas.

​Al principio se mostró reacio a aceptar la oferta, ya que su principal objetivo era alojar y dar la bienvenida a quienes viajaran a Toraja sin esperar nada a cambio. Sin embargo, tras consultar con su familia, decidió aceptarla, pues preveía que muchos torajanos tendrían un trabajo digno, como guías turísticos, conductores y la economía en general mejoraría gracias a la llegada de más turistas.​

En 1973, el Sr. Benyamin, junto con otros ocho empleados, en su mayoría familiares, incluyendo a su esposa e hijos, abrió el Hotel Toraja Misiliana, con cuatro habitaciones en un pequeño terreno. El nombre MISILIANA deriva de los nombres de sus cinco hijos. Para demostrar que lo más importante es la familia, el equipo, desde el principio, superó todos los obstáculos no solo para sobrevivir, sino también para prosperar.

No había departamento de limpieza, ya que todos eran responsables de limpiar la habitación una vez que los huéspedes salían. No había departamento de cocina, ya que una vez limpias las habitaciones, todos debían ayudar en la cocina. Por la noche, el mismo equipo recibía a los huéspedes, atendía el restaurante y ofrecía seguridad. A pesar de no tener formación previa en hotelería y de que todas las acciones se basaban simplemente en la pasión y el cariño, seguían llegando numerosos huéspedes.

Debido al auge del turismo en Toraja, los huéspedes solían llegar sin reserva confirmada, esperando suerte. El exceso de huéspedes nunca fue una desventaja, ya que cada uno recibía el mejor servicio del equipo y, mientras esperaban, tenían la oportunidad de socializar con otros huéspedes. Gracias a este proceso, muchos huéspedes encontraron el amor y se casaron. Hasta la fecha, más de 11 parejas han encontrado el amor en el Hotel Toraja Misiliana; a veces es entre huéspedes, entre guías turísticos, o entre huéspedes y personal.

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LOS TORAJA Y SUS ANCESTRALES COSTUMBRES FUNERARIAS

Toraja o pueblo de las Tierras Altas.

La que en Indonesia se denomina “religión ancestral” – en Indonesio Aluk To Dolo o Camino hacia los Ancestros – es practicada por una parte de los habitantes de las Tierras Altas de la Isla Sulawesi.

Mayoritariamente son cristianos y, al menos el 10%, son también “animistas”, es decir, que creen que cada ser, cosa o fenómeno natural tiene su propia ánima, alma o espíritu con propiedades divinas o sobrenaturales. Este, sin duda, es un punto muy importante para entender que es la “religión ancestral”.

Nos encontramos, de nuevo, con un cierto sincretismo, no tan enraizado como en Japón.

Los Toraja se agrupan en unidades familiares “amplias” ya que cada aldea es una gran familia. Entre ellos se ayudan con los campos, la construcción, celebraciones, actividades y el pago de deudas. Se agrupan en torno al Tongkonan principal del núcleo poblacional tomando su nombre para designar el pueblo.

Históricamente han tenido tres clases sociales: los nobles que descienden de los dioses, los plebeyos y los esclavos aunque esta última fue abolida nominalmente en 1909. La clase a la que se pertenece se transmite por las mujeres que tienen prohibido casarse con alguien de estatus inferior.

Se calcula que hay 1.100.000 “torajas” por el mundo de los que aproximadamente unos 450.000 viven en las “tierras altas” de Tana Toraja.

Son conocidos especialmente por:

  • Sus ritos funerarios entre los que se incluyen los pre-funerales, los funerales y los entierros, estos en acantilados rocosos o en árboles en los casos de niños a los que no les han salido todavía los dientes.
  • Las Tau Tau o tallas de madera que representan a los difuntos.
  • Los ma’nenes o ceremonias de aireado y lavado de cadáveres enterrados.
  • Los ya mencionados Tongkonan, lugar de residencia durante la vida terrenal.

Visten ropas muy coloridas.

El incremento del turismo y el interés de los antropólogos, entre otras causas, les ha llevado a estar muy orgullosos de sus creencias y sus costumbres que comparten con gran amabilidad con quienes les visitan.

Para entrar en detalles prefiero relatar lo que vimos y la explicación que recibimos, si bien el orden de las visitas no es el de realización de los ritos funerarios.

LEMO

Lo primero que ves al llegar a Lemo es una serie de puestos de regalos con figuras Tau Tau y en un rincón un búfalo de agua con una anilla en la nariz unida a una cuerda en alto que le obliga a tener la  cabeza alzada.

Te internas en la zona denominada Lemo. Es bueno hacerlo por el camino lateral desde el que tendremos una visión panorámica de una serie de excavaciones en la roca del barranco o acantilado. Se trata de fosas mortuorias familiares.

Junto al acceso a cada una de las cuevas resultantes hay una especie de balconadas o palcos donde se exhiben figuras de madera llamadas Tau Tau que representan a los fallecidos.

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                      TAU TAU

Entrando en detalles hay que decir que se hacen por escultores especializados que tallan en madera del llamado “árbol del pan” la reproducción artística de la cabeza del fallecido. A ésta se le añaden una caña de bambú y unas barras que forman la estructura del cuerpo y de los hombros y se les viste con prendas que fueron usadas en vida. Si la figura es de mujer, se le añaden collares.

Tras una visión en la distancia, nos acercamos a las tumbas y visitamos una cueva, con algunas derivaciones en su interior, que estaba abierta al turismo. Algunos de nosotros entramos y, con ayuda de la linterna del móvil, pudimos comprobar que estábamos rodeados de calaveras,  otros huesos que, incluso, habíamos tocado en la penumbra cuando intentábamos saber el camino de acceso hasta lo más profundo y dinero, supongo que para ayudarles en la otra vida. También había recuerdos personales y  crucifijos.

FUIMOS A VER UNOS TONGKONAN Y NOS ENCONTRAMOS CON UN MUERTO RECIENTE.

Visitamos un poblado en el que se seguían construyendo las casas típicas de los Toraja llamadas Tongkonan. Edificadas con el soporte de unos grandes troncos, tienen la forma de un barco.

Se comenta que esta tribu llegó a las Célebes procedente de las Molucas como consecuencia de la huída ante los peligros que les acechaban. Una vez en tierra, el miedo les llevó a protegerse en los montes altos (origen de su nombre como he mencionado antes).En recuerdo a las embarcaciones que facilitaron su huída, construyeron las viviendas con esta forma.

Accedimos a una de ellas, la más grande, por una rudimentaria escalera de madera. Se componía de tres partes sin ninguna puerta de separación entre sí: un gran salón grande que, podríamos decir, ocupaba la parte de la bodega del barco, en popa el dormitorio común y en proa la cocina, con el suelo de estas dos a mayor altura con respecto al de la sala.

La punta de la proa está sustentada desde tierra con un palo más grande y robusto que los demás. Tiene una función relacionada con los muertos y sus funerales que después veremos.

Están alineadas en la vía principal y, en ocasiones, tienen enfrente reproducciones más pequeñas destinadas a guardar grano a salvo de roedores, al estilo de los hórreos.

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                   Tongkonan

De aquí nos desplazamos a una nueva aldea con bastantes casas tongkonan en construcción.

En esta aldea había una variedad más occidental y moderna de sepultura familiar propia de los más ricos: panteones cuadrados que mantenían una unión con la tradición: figuras Tau Tau representando a los muertos a tamaño natural, junto a la puerta de acceso, dentro de urnas de cristal.

Acabada la visita, al lado del pequeño parking de autobuses, había dos o tres tiendas de recuerdos. Un compañero de viaje y yo, poco interesados en los suvenires, fuimos más despacio parándonos en una especie de plazoleta lateral. Allí nos percatamos de que venían unos jóvenes con dos caballetes y un tablón seguidos de otros dos que, en una manta, llevaban lo que podía ser un cadáver.

Penetraron en una casa de la que, tal vez avisada por ellos, salió una señora que, muy sonriente, nos invitó por señas a entrar en el hogar. Pensando en lo que podría encontrar, me negué pero mi acompañante accedió.

Al salir me comentó que, efectivamente, encima del caballete habían puesto los restos de un difunto (se le veía de color gris, me dijo) profusamente perfumado. La familia, muy contenta con la visita, le invitó a un té e, incluso, le animó a sacar fotografías, algo a lo que no se atrevió.

El cadáver permanece entre los suyos alrededor de dos años, tiempo que consideran conveniente para que vengan los familiares que viven lejos a la gran fiesta que se celebra antes del entierro y para que les da tiempo a ahorrar lo suficiente para hacer buenos regalos a los deudos. Cada uno donará lo que pueda o quiera. Un búfalo de agua es lo más importante que se puede recibir. En este caso, las cornamentas les serán arrancadas cuando se le sacrifique y se clavarán en el poste que, hemos dicho, hay delante del Tongkonan o la casa familiar.

Cuantas más cornamentas hay, más importante es la familia.

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               cornamentas de búfalos

VAMOS DE FUNERAL

Por suerte, en un lugar cercano se iba a celebrar un funeral importante. Las familias siempre están encantadas de que les acompañemos en esto que es, sobre todo, una gran celebración social.

Como decía antes, cada asistente debe llevar un regalo para los familiares del difunto. En nuestro caso, los más habituales: arroz y paquetes de tabaco (es increíble lo que fuma esta gente).

En el centro del recinto preparado y alquilado para tal fin, había una gran plaza cuadrada rodeada por habitáculos de madera y un centro funerario. Accedimos por un camino en el que la primera construcción que encontramos fue una Iglesia protestante. A continuación, justo en el acceso a la plaza se podía ver un cartelón con los datos más importantes del difunto que incluían una fotografía.

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                 esquela

En el centro de la plaza vimos unos búfalos atados a una cuerda que sobrevolaba sobre ellos y que, como siempre, les obligaba a tener la cabeza levantada.

En las proximidades había unos jóvenes cocinando la carne de otros búfalos previamente sacrificados y unos troncos de bambú que habían rellenado con verduras que calentaban en una hoguera. Cuando llegó el momento, uno de ellos tomó el bambú con un trapo húmero para tratar de no quemarse en tanto otro lo golpeaba con un machete para sacar de su interior la comida debidamente preparada.

En la zona cubierta más cercana había un personaje recitando letanías.

Nosotros fuimos a otro recinto, abierto y techado como todos, en el que estaban las mujeres, los niños y algunos ancianos. Sentados en el suelo tomamos un té al que nos invitaron y renunciamos a comer el arroz cocido que nos ofrecieron.

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                                regalos en funeral

Al rato, las chicas más jóvenes empezaron a desfilar alrededor de la plaza y al pasar por delante del lugar donde estábamos con la familia, fueron depositando arroz de regalo en recipientes al uso.

La alegría se veía en los rostros y en las actitudes. No pusieron ninguna pega a que hiciéramos fotos e, incluso, nos pidieron posar con nosotros.

Cuando los hombres se dispusieron a comer abandonamos el lugar, sorprendidos por esta cultura tan especial.

OTROS CEMENTERIOS: LOS MONOLITOS Y LOS ÁRBOLES.

Visitamos también una zona de dólmenes o monumentos megalíticos de hace miles de años. Parece ser que debajo de ellos se sepultaba tanto a los nobles de entonces como a sus animales. Visita turística obligada: se trata de una zona monumental.

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                                  monolitos

Nos íbamos a encontrar con una nueva sorpresa. El enterramiento de los bebés a los que todavía no les han salido los dientes y cuya alma no es capaz de ir al otro mundo por sus propios medios.

En un rincón de la carretera había una choza y en ella varias mujeres con sus niñas (los varones parece que estaban a otras actividades). Hablándonos en su ininteligible idioma, las pequeñas nos condujeron hasta el acceso a un bosque formado por árboles de un considerable tamaño que tenía algo parecido a injertos a determinadas alturas.

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                        árbol con sepulturas

 

El secreto es que, cuando un bebé fallece se hace un agujero en el árbol y se le mete a presión tapando la oquedad con corteza del mismo. Poco a poco el niño/a irá siendo absorbido por la madera y su alma, ayudada por la savia del vegetal, acabará alcanzando el mundo divino.

LO QUE NO VIMOS: EL ME’NENE.

En Japón se celebra el Obon. Los espíritus de los muertos vuelven unos días a casa de los suyos quienes utilizan unos farolillos rojos de papel que resplandecen en la noche para marcarles el camino de ida y el de vuelta al más allá. Su estancia viene a durar unos 3 días y la fecha en que se produce suele ser a mediados de agosto aunque hay zonas en las que cambian.

Entre los Toraja la versión es distinta. No es que esperen a que los espíritus visiten a los familiares. Son los vivos los que se reúnen con ellos en el amplio sentido de la palabra. Con sus espíritus y con sus cuerpos.

Para ello van a los cementerios y extraen los restos de los difuntos. Especialmente si son recientes, los ponen en pie, miran el estado de las ropas y cambian las que sean necesarias y los incorporan para hacerse fotos con ellos. Incluso, animan a los turistas presentes a compartir ese momento y a inmortalizarlos con sus cámaras. Después los devuelven al lugar de descanso eterno.

Según pasa el tiempo y el deterioro del cadáver aumenta van agrupando las cenizas y osamentas de varios familiares en mantas que vuelven a enterrar.

Para ellos es un honor y un motivo de contento pasar un rato con el cadáver y compartir esa alegría con extraños.

Una vez terminado este proceso y vuelto el muerto a la sepultura, celebran una comida. De sobremesa hacen algo también curioso. Se enfrentan en una pelea en campo abierto los de una aldea contra los de otra cercana con algunas limitaciones como que no se pueden pegar patadas en la cabeza ni agredir al que está en el suelo.

Una vez terminada la lid, se juntan todos en alegre compañía.

VIMOS MÁS COSAS.

Visitamos un amplio mercado en plena actividad en el que se vendían alimentos y ropas. En un extremo había una amplia zona con animales, destacando los numerosos búfalos de varias clases, tamaños y edades. Presenciamos cómo era apartado uno  de los más grandes y montado en un remolque. Según el guía, habría un funeral en unos días.

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                                   búfalo en el mercado

Paseamos por una población de casas barco en la que había mujeres tejiendo coloridos ropajes y, en el cercano río gozamos de la compañía de familias que habían ido a pasar el día y a bañarse en sus frescas aguas. Nos mezclamos con ellos y compartimos sus bailes y risas.

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                            fiesta en el río

Para volver al aeropuerto de Makassar nos levantamos a las 02:30 de la madrugada. Por suerte, poco después de partir fue amaneciendo por lo que el viaje de vuelta resultó más tranquilo. Disfrutamos del paisaje y paramos dos veces, una a re-desayunar y otra a pasear entre campos de arroz que estaban siendo arados.

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                              arando el arrozal

EPÍLOGO

El viaje a Indonesia tiene, entre otros, el problema del tamaño de su país. Hay infinidad de lugares a visitar como puede ser la isla de Borneo para quienes aman la naturaleza que no es posible meter en un circuito habitual.

Personalmente, además del recuerdo de los Toraja, me quedo con los templos de Java y Ubud, el amanecer de Bromo y el relajamiento de Candidasa. Destaco también esa ciudad del lujo total que es el hotel Índigo en Bali y, por contra, quedé defraudado por las playas. Las tenemos mejores y más cuidadas por aquí cerca.

Conclusión: creo que no me equivoco si digo que es un viaje muy satisfactorio que merece la pena.

UNA PETICIÓN PARA EL LECTOR VIAJERO.

Si algún día te animas a hacer este viaje, cuando llegues al hotel Misiliana Toraja, pregunta si tienen un libro electrónico olvidado por un cliente. Me lo dejé allí. Las 02:30 no son horas para levantarse.

Jorge Ibor,  julio de 2025.

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