Frías, por caminos de monte 1


– Oye, perdonad la pregunta, ¿ A dónde hostias vais a estas horas?

A pesar del improperio, el conductor de aquel vehículo que había aminorado la marcha hasta casi detenerlo, nos inquiría en tono amable y jocoso. Pasábamos junto a un «puticlub» hoy desaparecido de las afueras de Bilbao, camino del Pagasarri. Eran las dos de la madrugada de un sábado lluvioso de verano.

  • A Frías
  • ¿A Frías? Hombre, sed razonables, quedaos a tomar algo por aquí ¡Hay cerca de 90 kilómetros hasta Frías! Se situó rápidamente el automovilista.

Sonriendo, nos despedimos y remontamos rápidamente la ladera del Pagasarri. Las primeras luces nos alcanzaron entre la niebla, más allá del Ganekogorta, por la ladera que baja o Okendo.

Arceniega, lluvia, Peña Angulo, lluvia y niebla… el valle de Losa, bajo un cielo plomizo nos permitió, sin embargo, ver casi lo único que vimos en todo el día desde nuestra salida de Bilbao. Apenas había dejado de llover cuando, unas quince horas más tarde cruzábamos, empapados, San Martín de Losa y volvíamos a meternos en la niebla. La que envolvía la sierra de…

Diecisiete horas más tarde, algo extraño ocurría: Aquel pueblo al que llegábamos no parecía ser Bóveda, no se les hacía familiar ni a Rafa ni a José Eugenio, que previamente habían hecho recorridos parciales de la marcha. De pronto, dos perros atados junto a un garaje llamaron mi atención «esos perros, esos perros…» efectivamente: estábamos de nuevo en San Martín de Losa. Entre la niebla, sin darnos cuenta, habíamos invertido rumbo y llegábamos de nuevo a donde ya habíamos llegado dos horas antes.

Por fortuna, teníamos amigos merodeando en la zona. Por fortuna, ya existían los teléfonos móviles y también, por fortuna, allí había cobertura. Regresamos siguiendo la carretera hasta la gasolinera de Quincoces y allí nos recogió Fernando. Éramos algo así como «los últimos de Filipinas», ya que a lo largo del recorrido se habían producido más bajas. En coche, pues, llegamos finalmente a nuestro destino, cansados, empapados y, sobre todo, humillados. Nos habíamos perdido ¡Vaya unos montañeros de pacotilla! Para salvar nuestra honor, podíamos haber mantenido en secreto nuestro fracaso pero a Rafa se le ocurrió la idea, peregrina, de «adelantarse a los acontecimientos»: Como tarde o temprano, todo el mundo se iba a enterar, él se encargó de propagarlo a los cuatro vientos y, efectivamente, todo el mundo se enteró. Eran fiestas en Frías.

Nos duchamos, nos pusimos ropa seca y cenamos en el txoko de Gerardo. Después, agotamos todas las canciones de «Canciones para el recuerdo» y en mí quedó un recuerdo imborrable, maravilloso, espléndido y divertido de mi primera visita a una de las ciudades más bellas y cálidas -a pesar de su nombre- que conozco. He vuelto, desde entonces, en numerosas ocasiones, se la he enseñado a un montón de amigos, los últimos, dos parejas y una amiga romanas que se fueron maravilladas (¡como si allí no tuvieran paisaje ni patrimonio histórico!) el pasado verano.

A diferencia de otras metas, puede llegarse a Frías por cualquier medio, incluido el coche y la red normal de carreteras. Es difícil llegar por mar, pero no en cambio por aire, cosa que también he hecho con Rafa, a bordo de un ultraligero. Y es que ningún destino sabe igual cuando se alcanza por caminos distintos.

A veces, aunque no es algo que hago con mucha frecuencia, me pongo a pensar y deduzco que nada da a cambio tantas satisfacciones como el esfuerzo, que nada vale tanto como un rincón perdido de paisaje, descubierto con cansancio y ¿por qué no? Con un poco de incertidumbre ¿iré bien? ¿me habré perdido? Si al final, todo termina bien, sentados a una buena mesa con buenos amigos, ¿Qué más se puede pedir?

Entre otros muchos, Frías tiene el privilegio de no ser una joya aislada: La Sierra de Tesla, el macizo del Humión, el valle de Tobalina, los montes Obarenes, los próximos Valderejo, Valdegobía, Oña, el cañón del Ebro…

Amigo o amiga excursionista: Échate al monte, disfruta del paseo, abre tus apetitos y, esto es fundamental, pierde toda esperanza de no perderte con esta guía. Eso sólo se consigue quedándose en casa. Si vas al monte a menudo, antes o después, un día de niebla o despejado, sintiéndote aún fresco o ya cansado puede que, asaltado por la incertidumbre digas: “¿Pero dónde estoy?”. Entonces relájate, estás cerca de Frías y cuando por fin la alcances, puede que esa sea la ocasión en que más te alegres de haberlo hecho.

(colaboración de Juanjo San Sebastián)


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Una idea sobre “Frías, por caminos de monte

  • ELIAS

    Siguiendo con el improperio. ¿Donde hostias vais?. Anda knostais zumbados. En realidad no me extraña los integrantes del grupo.Dentro de esa zumbadilla kteneis, sois mundiales. Me alegro de teneros como amigos (eso espero) y ksigais siempre así. Un sincero abrazo para todos. Sois admirables.