Cosas que merecen la pena 1


Conocí Morillo un septiembre de 1987. Estaba recién vuelto de mi segundo intento al K2, de una de mis mejores expediciones al Himalaya. Fue un viaje con casi sesenta compañeros de trabajo. Eran tiempos no sólo de militancia, sino sobre todo de sentimiento sindical. Tiempos de colaboración y amistad con otros sindicatos. Tiempos en los que, en dos cajas de ahorros de Vizcaya, fuimos capaces de luchar poniendo por delante de todo, los derechos de quienes aún no eran compañeros nuestros. Entonces era lo normal. Hoy, sin embargo, suena heroico.

Eso fue lo primero que encontramos en Morillo: Heroísmo a flor de piedra. Y sentido del humor a raudales. Romanticismo y generosidad en estado puro. Iba con los tiempos. Posiblemente, pocos años más tarde, un proyecto como el de Morillo jamás hubiera podido ni siquiera soñarse.

“¿No habrá culebras, no? ¿Ni ratones?” Preguntó una compañera. Y Alfonso y Jesús Asó le contestaron que habían tenido un gato que mantenía a raya a los ratones… hasta la entrada a las madrigueras. Dentro de ellas, los malditos roedores estaban a salvo. “Pero un día vimos a una culebra meterse por rincones donde el gato ya no podía. Entonces, echamos a tomar “pol” culo al gato y nos quedamos con la culebra. Está precisamente en casa Cardiel, donde váis a dormir vosotros.”

Aquella noche se prolongó hasta el alba y, poco antes de las primeras luces, en lugar de irnos a dormir, salimos hacia Monte Perdido. Ya existía la Guardia Civil pero, por fortuna, aún no los controles de alcoholemia. Así que subimos al Perdido desde Ordesa y regresamos a cenar. Creo que fue entonces cuando apareció Miguel Ángel Loriente con su mente privilegiada y calenturienta “¿Quieres venir aquí a trabajar de guía?” Creo que nada entonces podía hacerme tanta ilusión. Yo entonces me encontraba de excedencia en la Caja. Trabajaba en las primeras entregas de “Al Filo de lo Imposible” y, allá por noviembre de 1988, en cuanto mi contrato con la tele acabó cogí mi petate y me presenté en Morillo, prácticamente directo desde Nairobi. Con Alicia y Resu, dirigimos la primera escuela taller de guías de alta montaña creada en España. Participaban 17 alumnos. Todos, muy jóvenes. Mi compromiso era estar seis meses. Luego regresaba a mi tercer intento al K2.

La convivencia entre la “vieja guardia” de Morillo y los jóvenes “exploradores”, como ellos llamaban a los alumnos, no fue fácil. Los conceptos que cada colectivo tenía del esfuerzo, del sacrificio de los proyectos comunes y del fin último de las cosas eran completamente diferentes. Hubo, cómo no, muy malos momentos. “El que se va de Morillo, no vuelve” decía Miguel Ángel. Pero yo había convertido al K2 en mi referente principal de aquella época y en mayo de 1989 me fui.

Después he vuelto muchas veces a Morillo, impresionado siempre al observar los cambios de algo que rebosaba vida, ilusión y esfuerzo. Una de mis mayores satisfacciones fue que Miguel Ángel me pidiera volver a trabajar en la escuela de guías: “Maño, es que estos gachós, contigo eran solidarios” dijo con cierta tristeza socarrona refiriéndose a “los exploradores”. No pude. Pero volvía con frecuencia, veía los cambios, disfrutaba los reencuentros.

Hace tiempo que no paso por Morillo ni veo a sus gentes, que sin embargo, vienen siempre en mi corazón. Y es que, me da la impresión, de que hay cosas más importantes que los balances entre aciertos y errores: es la sensación de haber vivido algo que mereció la pena.

(colaboración de Juanjo San Sebastián)


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Una idea sobre “Cosas que merecen la pena

  • araceli tamayo

    Muy bueno tu relato y recuerdo que yo participé en esa salida y pude comprobar el milagro de la conversión de un pueblo abandonado en casas acogedoras y con una decoración austera y de buen gusto. Fue todo un lujo poder charlar y tomar unas copas en lo que anteriormente fue una iglesia románica ya exenta de culto. Ahora pienso que tengo que volver para recordar viejos tiempos.