cáscaras de nuez

En mi tierra, por Navidad apenas nieva; nunca hace suficiente frío. Sin embargo, sobre la mesa del comedor caen lentamente los blancos copos que adornan los manjares, se balancean las risas con las notas de los villancicos, en los cubiertos brillan deseos de concordia, desborda la abundancia sobre los manteles y por las esquinas, como pequeñas luciérnagas atrevidas, las luces parpadean al son de los golpes de cubertería que van marcando el ritmo del festival. Para terminar, siempre queda el champán, un café, polvorones, frutos secos, el mantel con manchas de vino, migas de pan y las quebradas cáscaras de nuez.

Dicen, que dentro de nuestro pecho está el corazón, ahí, un poquito a la izquierda. Que dentro del corazón hay una cáscara de nuez, cerrada. Y dicen, que dentro de esa cáscara de nuez está el alma. A veces, no muy a menudo, noto que se me rompe el alma, y así, como cuando se quiebra una cáscara; hace un ruido de roto que estremece.

El mar Mediterráneo tiembla cuando toca las costas de Gaza; la espuma de sus olas salpica la orilla, moja las cáscaras de nuez y se adentra en la arena para refrescar las almas partidas que la playa esconde.

Un hombre camina entre los escombros, buscando entre las piedras, hablando solo. Sí, haciendo aspavientos con las manos, golpeándose el pecho, preguntando a cada mota de ceniza si ha visto a su hijo. El niño fue corriendo, con la tripa hinchada y sus piernas de alambre, en busca de comida; le habían dicho que había un camión. La polvareda de una explosión se lo tragó.

En aquella tierra, por Navidad solo hay arena, motas de polvo, cáscaras de nuez, y escondidas bajo tierra almas partidas…

©F. Urien

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