VI subida al Pagasarri: algo más que una montaña

Para alguien como yo, que lleva ocho meses jubilado y que no había subido nunca al Pagasarri, esta salida montañera tenía alicientes especiales.

La verdad es que cuando se revisan los temas pendientes en tu lista de aquellas cosas que estando en activo siempre dejabas para más adelante, la subida al Pagasarri era una de ellas. Y esta era la ocasión perfecta para saldar esa deuda conmigo mismo.

Esta era la VI SUBIDA AL PAGASARRI organizada por ASOJUBI BBK y al frente de la misma nuestro compañero ochomilista Juanjo San Sebastián; tenerle de guía es una suerte y un privilegio para todos nosotros, ya que querámoslo o no, siempre nos hacer sentir más seguros ante cualquier eventualidad. Si añades a eso las historias con las que nos deleita, tanto a todos en conjunto, como cuando nos contó anécdotas sobre el Bilbao industrial y el Pagasarri, como cuando en las distancias cortas sacias tu curiosidad sobre su experiencia vital vinculada a la montaña, te das cuenta del valor que toma una jornada como la vivida ese día.

Esta era además una subida dedicada a nuestra compañera Araceli Tamayo, quien nos dejó el año pasado tras sufrir un ataque armado en Afganistán. Un final trágico, sí, pero fruto de una fortaleza y vitalidad, de la que Araceli hacía gala y que le permitían vivir la vida con intensidad, sin descanso, y atrapar los pequeños y los grandes detalles de sus viajes y de las personas que encontraba a su paso, a pesar del riesgo que eso podía suponer. Su espíritu viajero y de aventura, han sido para ésta ocasión, el mejor acompañante para cada uno de nosotros y nosotras.

Y subir al Pagasarri partiendo desde Alonsotegi tiene también su punto, no es el recorrido más habitual. De hecho, quedamos a las 9 horas en la estación de La Concordia (La Naja) en Bilbao, para partiendo de ahí a las 9,20 horas llegar a la sexta parada en Iráuregui-Alonsotegi unos minutos más tarde. Nos sorprendió el tiempo que tardó el convoy en llegar a la segunda parada en el Hospital de Basurto, que en línea recta son algo más de 2 km, pero que en el tren parecieron bastantes más; seguramente el trazado subterráneo pasando por Ametzola da bastante vuelta, detalle a investigar para los curiosos….

Bajamos del tren la treintena de viajeros montañeros (se nos veía a la legua lo que éramos) y dejamos casi huérfanos a los pocos viajeros que continuaban el viaje. Salir de la estación, agruparnos y realizar un primer recuento, fue todo uno. Había que empezar bien, y no era cuestión de olvidarnos de nadie.

Daba cierto apuro el tiempo (climatológico) que nos iba a tocar. El cielo estaba totalmente cubierto con nubes amenazantes. Quien más quien menos iba preparado para lo peor, y llevaba en sus mochilas chubasqueros o paraguas para aguantar el chaparrón. Por suerte, no cayó una gota de agua en todo el recorrido, ni siquiera en todo el día y la temperatura además era idónea para el esfuerzo, que, acompañado de un viento muy suave, nos permitió disfrutar del camino.

En el punto de salida, muy cerquita de la estación, arrancamos con mucho ánimo hacia la cima (673 m. de altitud) y los primeros 300 metros caminamos paralelos a las casas que conforman el barrio de Azordoiaga, y cruzamos también el pequeño rio del mismo nombre, un rio con historia, porque contaba Juanjo que, en tiempos de la Fundación de la Villa de Bilbao, don Diego López de Haro marcó como linde de la Villa este rio en esta zona. No hay día en el que no aprendamos algo nuevo.

Y se acaba el paseo, empieza la caminata, las casas que nos acompañaban en esos primeros metros se sustituyen por árboles altos y frondosos, que tamizan la luz de un día gris que lo iluminamos nosotros con nuestras voces y nuestro ánimo. El camino es una especie de pista forestal, con suficiente anchura para que los caminantes pudiéramos departir en animadas conversaciones; se retuerce a veces y se empina otras, se agradecen por ello las zonas de falsos llanos.

Arbolado, riachuelos y carcavas, helechos y ramas, barros y piedras, y algunas aves nos miraban al paso; nosotros no les hacíamos nada, les tratamos con absoluto respeto, como ellos a nosotros. Todo fue bien, quizás eso sí, algunas pendientes causaban impacto en la resistencia de los caminantes, que solidariamente intentaban que el grupo no se desconectara, me recordaba esto al Tour de Francia, en esas complejas estrategias ciclistas nunca fáciles de entender, donde ir a rebufo de los de delante dicen que hace más fácil la pedalada a los de detrás; pero me temo que cuesta arriba con y sin bicicleta, como en nuestro caso, eso no funciona y no había consuelo alguno para quien no quería quedarse atrás.

Según las mediciones oficiales nuestro recorrido hasta el refugio era de 8,6 km, pero justo antes, viniendo por la vertiente de Alonsotegi, a falta de 300 metros nos topamos, por fin, con la Fuente del Tarín, chorros de agua fresca del manantial Udoi, que pueden todavía hoy atravesar nuestras gargantas utilizando una taza de aluminio atado a una cadena, para que no se escape. ¡¡¡Ay, si contara ese utensilio todo lo que habrá oído de quienes han besado su contorno¡¡¡ Y poco más arriba , a escasos y cabritos metros, digo cabritos por la pendiente aguda en ese punto, las famosas “neveras del Pagasarri”, que datan del siglo XVII, y que hoy día guardan el recuerdo de lo que fueron, no su uso, superado con creces gracias a los avances posteriores, pero hay que reconocer la inventiva humana para fabricar hielo y conservarlo partiendo de la nieve que cae en el invierno; hay un cartel explicativo allí mismo que explica como se construyeron y cuales fueron sus funciones, dejo éste punto abierto para que el lector que tenga interés investigue sobre el tema. El amigo Juanjo aprovechó el lugar para explicarnos muchos detalles sobre el Pagasarri y Bilbao, unidos por la altura y la cercanía desde tiempos inmemoriales, pero de manera más intensa a partir de la industrialización, las difíciles condiciones de vida de esa época y la relación que se encontró de la montaña con la salud, del Pagasarri con la salud de los bilbaínos.

Y de seguido, y en el momento más oportuno, donde el cuerpo empieza a revelarse debido al esfuerzo, aparece como si fuera un espejismo en el desierto, el Refugio, donde nos atendieron divinamente y también humanamente, para satisfacción de todos nuestros estómagos, un bocadillito de chorizo, bien calentito y un pintxo de tortilla, agasajados por el líquido elemento que cada cual eligió. Un rato sentados, recuperando fuerzas y charlando de nuestras cosas fue el culmen de la jornada, todo el grupo se encontraba contento y animado para la vuelta a casa, esta vez por la vertiente más tradicional, la que mira a Bilbao. Por cierto, aproveché unos minutos para ascender unos metros más por encima del Refugio para disfrutar del paisaje, merece la pena, me quedo con las ganas de volver en un día despejado.

Queda tiempo para sacarse algunas fotos, ya hay varias del recorrido, pero estas son las últimas del grupo, a partir de que se inicie la bajada, donde el ritmo se acelerará y los caminos variaran según el lado de Bilbao para el que se quiera llegar, no habrá posibilidades de hacerlo más, ya que se conformaran diferentes subgrupos por diferentes caminos y ritmos.

Ha sido mi primera experiencia de ascenso al Pagasarri, probablemente por una vertiente menos habitual, pero la experiencia ha sido muy gratificante. Realizar una actividad donde se disfruta a la vez de la naturaleza y la compañía de amigas y amigos no tiene precio. Hacerlo además en un paraje tan nuestro, tan bilbaino y cargado de simbolismo como el Pagasarri es muy gratificante, es además una especie de homenaje a nuestros antepasados. No me extraña que se haya dedicado esta edición a recordar la figura de Araceli Tamayo, su espíritu aventurero nos ha acompañado en todo el recorrido, así de bien nos ha salido.

Me apunto para la edición numero VII de la subida al Pagasarri de Asojubi. Os espero a todos los lectores el año que viene, seguro que Juanjo nos deleita con alguna novedad.

Agur.

jl.aguirre

Mayo 2025, reflexiones días después de la VI Subida al Pagasarri

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