El Procés


La mesa, preparada para una comida especial, rebosa de alimentos. Mi madre está sentada a mi izquierda, mi padre preside la mesa, a su derecha están mi tío y la hermana de mi padre. Sobre el mantel hay un plato de jamón, unos espárragos, una bandeja de langostinos y un trozo de paté rodeado de pequeños panecillos tostados. En el extremo de la mesa, la sopera con el cazo reposando sobre uno de sus mangos.

Los abrazos, besos y felicitaciones se habían repetido en los primeros momentos del encuentro. Ahora todo está tranquilo, hasta que mi tío, todo orgulloso, proclama que esta mañana ha ido a votar. Mi madre le contesta que eso no sirve para nada, que es un referéndum ilegal y que no va a ninguna parte. Mi tío le responde que él ha ido a votar por la independencia de Catalunya. Mi padre se pone de perfil y les pregunta a ver si les gustan los langostinos. Mi madre dice que Cataluña es España y ese voto no sirve para nada. Mi tía pregunta por la vecina de arriba, que es una señora mayor que vive sola. Mi tío dice que la «policía de ocupación» no ha conseguido silenciar el clamor popular. Mi padre se levanta, coge el cazo y pregunta: « ¿Quiere alguien sopa?». Mi tía dice que quiere dos “cazos”, mientras alaga en alta voz: « ¡Qué bien huele!». Mi madre dice que el clamor popular está silenciado por un President que no respeta ninguna ley.

La cosa se va calentando. A mi madre, cuando se pone furiosa, se le hincha la vena del pescuezo; ahora parece que va a explotar. Empiezan los gritos: mi padre preguntando a ver quién quiere sopa, mi madre diciendo que es española igual que todos los catalanes, mi tío con el puño cerrado levanta el dedo corazón a mi madre que comienza a extender sobre la mesa una bandera española.

No he dicho nada, pero he ido a votar. He ido con Monserrat. Bueno, me ha llevado ella, pero no me importa. Tiene unas tetas… Me llevaba de la mano, a rastras, mientras gritaba «policía asesina, idos a España».  La vena del pescuezo se le hinchaba como a mi madre. Yo intentaba apartarla de la bronca, pero ella me llevaba hacia allá, donde más lío había. Después de votar —no sé qué voté—, era yo quien estiraba de la mano de Monserrat para salir de aquel lugar. Pero ella gritaba y gritaba. Me gustó agarrarle de la mano y abrazarla de vez en cuando, con el disimulo de que la apartaba del conflicto.

Mi madre ondea la bandera española sobre las cabezas de mis tíos mientras mi padre intenta quitársela a duras penas. Las voces y los gritos ocupan toda la estancia. Mi tía está tomando la sopa en un rincón, con la cabeza gacha.

Me levanto de la mesa y voy al baño. Me bajo los pantalones y me siento en el inodoro. Los ruidos quedan en sordina más allá de la puerta del pequeño habitáculo. Imagino a Montserrat desnuda…, con ese muslo… tierno… le pongo la mano en el culo y la atraigo hacia mí. Le beso el vientre. Asciendo con mi boca hasta sus pechos que rozan mi rostro.  La aprieto contra mí… noto sus labios y la beso, la beso con toda mi fuerza. ¡¡Visca catalunya lliure!!…

«Toc, toc, toc, toc. ¡Qué haces tanto tiempo en el retrete! ¡Sal ahora mismo, que hay que recoger la mesa!».

Me levanto, me pongo los pantalones a prisa y doy la bomba para disimular. Al llegar al comedor el asado está entero sobre la mesa. Quedan unos espárragos, los langostinos y el plato de mi tía con un poco de sopa. Mi padre mira por la ventana, mi madre está recogiendo la bandera, y yo… me quedé en ascuas.

©F. Urien

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