El último amor

El párroco no  consintió en celebrar una misa funeral; nadie fue a despedirlo. Sin embargo, María Luisa Fernández de Henares, con sus noventa y un años, logró montar el féretro en un carro, que le costó dos euros, para que el muchacho de la carbonería guiase al burro hasta el cementerio. Allí, seguramente, tampoco dejarían que se le enterrase, pero María Luisa iba a seguir adelante.

Era medio día, el sol castigaba el asfalto del pueblo de “Argandilla”, sobre todo el de la calle “La Jardinería” por donde pasaba el féretro. El calor asfixiaba el ambiente y entretejía nubes de soledad que flotaban a lo largo del camino. El viento apenas movía las hojas de los árboles y el silencio abrumaba las aceras y las paredes de las pequeñas casas que asomaban a la avenida. Sería el sonido de los cascos del rocín que salpicaba de ecos los rincones del pueblo, el único acompañante de María Luisa. Sobre el desvencijado carro estaba el ataúd, unos restos de paja, dos limones y una naranja que volteaban con el movimiento del carro.

Nadie salió a despedir al muerto. Algunos miraban por la ventana, entre cortinas, el lento caminar de la carreta. Sobre todo, la miraban a ella con ojos de indulgencia, como si estuviera loca. Otros volvían el rostro, observando con curiosidad el paso del féretro, y había quien hacía aspavientos con las manos para que dejase el asunto de una vez. Sólo Ángela, una antigua compañera y vecina del lugar, se acercó a darle un beso.

También su hija se le aproximó para llamarle la atención, diciéndole, así por los bajines, como si fuera algo tremendamente vergonzoso; a ver si estaba loca, que ya había armado bastante escándalo, que se dejase de tantas tonterías. Los otros dos hijos ni aparecieron por el pueblo. Hacía tiempo que no los veía. Había hablado con ellos, de vez en cuando, por teléfono o videoconferencia. Siempre ocupados, siempre lejanos.

Sin embargo, María Luisa sí quería al muerto; porque, aunque la gente dijera de él que era inhumano, que no pasaba de ser un simple entretenimiento mecánico, él había sido su única compañía en los últimos años de su vida. Fue con quien mantuvo conversaciones entretenidas e interesantes, fue él quien la cuidó cuando cayó por la escalera y estuvo encamada, quien le secó las lágrimas de la mejilla cuando los recuerdos la deprimían, quien la acompañó en los momentos de mayor soledad, quien le besó y durmió con ella abrazándola para consolarla, quien se preocupó de que tomase siempre la dichosa pastilla, quien llamó al médico cuando no podía respirar, quien le cantó una canción de cuna cuando el sueño no acudió a sus párpados, quién la vio reír, llorar, cantar y sufrir; quien le encendía la pantalla para que pudiera hablar con sus hijos; sí, esos que siempre estaban ocupados, los que estaban en el extranjero o en cualquier otro lugar, siempre lejano.

Esos hijos; a los que ella dio de mamar, crio y con quienes disfrutó viéndolos crecer; habían desaparecido. Lo único que quedaba de ellos eran las imágenes en el ordenador o en las pantallas de telecomunicaciones que, de vez en cuando y por poco tiempo, los podía disfrutar. Eran brillos de luces que carecían de olor, de tacto, de calor de hogar, y que desaparecían rápidamente cuando se apagaba la conexión. Entonces, el silencio arañaba las paredes de la habitación y de toda la casa. Era entonces, cuando “Enrique”; porque ella siempre lo llamó “Enrique”, aunque sus hijos le decían que se llamaba: “XR-25 de segunda generación cuántica”; se le acercaba contando chistes, cantando alguna canción de esas, de las de antes, acariciándole la mejilla, abrazándola si hacía falta, como abraza un novio a su amante. Sí, “Enrique” era una máquina, una máquina que le hacía sentirse viva, que le enseñó los brillos de las estrellas en una noche sin luna, los rayos de sol a través del chorro del grifo, la música de las gotas de agua al caer cuando llovía, el tenue color azul del silencio en un abrazo. Con él, ella se sintió querida y muchas veces, por mucho que sus hijas le dijeran que no era un ser vivo, notaba su afecto en lo más profundo de su corazón.

¿Cómo podían querer comparase sus hijos con “Enrique”? Sí, cuando eran niños eran adorables; luego, cuando estudiaban y volvían a casa a comer o a dormir en su cuarto, también entonces eran parte de su vida, pues cuando estaban en casa discutía con ellos, reía con ellos, los besaba y se abrazaba a ellos con todo el calor del corazón de una madre.  Pero ahora, ¿qué son ahora? sino unos reflejos en la pantalla que no puedes tocar, ni besar, ni abrazar. Unos reflejos que están mirando al reloj cada vez que aparecen, que le sonríen y que, de vez en cuando, le muestran unos niños que se supone deben de ser humanos, porque ella apenas los vio como tales cuando eran aún muy pequeños.

No, sus hijos no fueron al funeral, ni siquiera para reñirle, como había hecho su hija; sus hijos, Carlos y Ricardo, solo se preocuparon de enviar a casa al “MM-840 de quinta generación cuántica”. Eso sí, entre los reflejos de la pantalla le dijeron que era mucho mejor que “Enrique” que era tan tierno y parecía tan humano, que fue presentado en una reunión y nadie se dio cuenta de que se trataba de un robot. María luisa lo llamó “Fernando” y la primera orden que le dio fue que metiera a “Enrique” en la caja fúnebre y lo montase en el carro.

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