Tomasa 4


INTRODUCCIÓN.

Esta es la historia de Ramón y Tomasa. Sobre todo de Tomasa.

Son nombres ficticios. Pero la historia tiene que ver con hechos reales. Desafortunadamente reales.

Ambos tenían muchas cosas en común desde que nacieron, aunque tardaron años en saberlo. Fueron hijos de la guerra, de esa guerra inútil y sangrienta entre hermanos y primos, la peor de las que puede haber. Y de la necesidad que siguió.

RAMÓN.

Era miembro de una familia de izquierdas, humilde y trabajadora. Fue el tercero de 5 hijos. Nació en el primer año de la contienda. Cuando los del bando del padre perdieron, la familia se encontró en la ruina, con grandes dificultades para encontrar un trabajo digno. Y con el cuarto hijo en camino.

¡Cuántas horas trabajaba su padre! Se puede decir que la familia solo le veía los domingos, ese día al que Ramón llegaba tan cansado a aquellas comidas en las que se hablaba poco y nunca, nunca, de la maldita guerra.

Su madre también trabajaba a todas horas. La casa, los hijos, los remiendos, los jerséis que hacía cuando le quedaba un rato para gastar menos en vestir a los hijos y, si vendía alguno, ayudar en los ingresos… Y ese quinto hijo cuya llegada trajo tanta alegría y nuevos problemas: era otra boca a añadir.

Ramón siempre recordaría aquellos tiempos de necesidad, de vivir en la calle, de ir poco a la escuela. De que cuando el dinero escaseaba más de lo habitual, su madre le enviaba a comprar algo de comida: dile a Don Eduardo que te de medio kilo de garbanzos que yo no puedo bajar ahora. Que ya se los pagaré. Y Don Eduardo, el salvador de tantas familias, le fiaba los garbanzos. Y, a veces, le daba un caramelo por ser tan buen chaval.

Llegaron los finales de los 50. El gobierno había pensado que una de las mejores formas de reducir el paro y la miseria, que parecían que no iban a acabar, era enviar a su juventud a la emigración. Francia, Alemania, Suiza… Además de quitar miseria del país, llegarían divisas por las ayudas a las familias. Una idea redonda.

A Alemania, llegó Ramón. Poco más de 20 años. Bajo nivel cultural pero muy trabajador y con ganas de conquistar el mundo, de lograr “atar los perros con longaniza”. Inmediatamente empezó a trabajar en ese país que decían que era tan avanzado, donde no había paro y todo el mundo tenía una oportunidad si se esforzaba. Era cierto. Y se podía tener un salario digno. Y enviar un poco de dinero a la familia.

Claro que estaba solo. Y pronto aprendió que tomar con los amigos una cerveza, esa bebida que tanto gustaba a los alemanes, era placentero. Hasta necesario tras la dura jornada, pensaba. Y, también, ir alguna vez a ese Club que había cerca de su casa en el barrio de las afueras. Aunque supusiera enviar menos dinero a la familia. Pronto enviaría “nada”. 

TOMASA.

Cuando empezó la terrible contienda su madre estaba embarazada. Esperaba su primer y único hijo. Bueno, primera, que resultó ser una niña.

La llegada a este mundo no pudo ser más desafortunada. Estaban en plena guerra y su padre acababa de morir, poco antes, en la Batalla del Ebro, tan glorificada por los que mandaban en un bando aunque tan triste para todos los que lucharon. Los que murieron y los que perdieron por motivos obvios. Los que ganaron porque cayeron muchos familiares y amigos.

La madre era algo mayor para la época cuando ella nació, más de 30 años. Viuda de un hombre muerto mientras luchaba en el bando perdedor, nada menos. Las dificultades para sacar a su hija fueron grandes. Y pensar en otro hombre que le ayudara a rehacer su vida era imposible.

Todo era muy difícil, con muchos problemas económicos. Tanto como para mucha gente.

A su hija la aleccionaron bien. La Iglesia y la Sección Femenina se preocuparon de ello. La prepararon para ser una mujer “como debe ser”, trabajadora, hogareña, sumisa a futuro marido, dedicada a tener hijos y a su sana y cristiana educación. De cultura y cuentas, lo justo, que para eso están los hombres, pensaban los que tenían autorización para pensar.

Su madre, mientras tanto, seguía trabajando limpiando edificios oficiales y casas de militares, tragando también con lodo el adoctrinamiento pertinente.

A principios de los 60, Tomasa, sin trabajo, sin futuro, decidió ir a su confesor quien le asesoró que Alemania era una buena solución. La Iglesia siempre influiría en su vida.

Encontró trabajo en el restaurante de un italiano. Horario raro ya que terminaba algo tarde. Pero el país era tan seguro. Y no estaba mal visto ver a una chica regresar a esas horas a casa.

Un día pasó lo que tenía que pasar: que se conocieron. Y Ramón le cortejó. Y se enamoraron. Y se casaron.

LA VIDA DE CASADOS.

Pronto tuvieron hijas: 2 en tres años. No tuvieron más. Chicas. En Alemania se tomaban medidas. Tomasa las que sabía. Ninguna de esas moderneces que trae el diablo. Su confesor en Alemania no le hubiera dejado. Mejor dejarlo para los días esos menos peligrosos y, por si acaso, estaba la marcha atrás. Algo traumatizante pero, más allá no estaba permitido nada.

Tomasa dejó el trabajo para atender a sus niñas. Había que educarlas como Dios manda. No importaba. Ramón estaba de acuerdo. Se había ofrecido a trabajar más. Además de las horas en la fábrica, empezó a vender electrodomésticos por las casas. Aspiradores, cuberterías, lo que fuera. Ella tuvo una idea. Se ofreció a otras familias de emigrantes para cuidarles los hijos en su casa a cambio de un dinerillo. Qué curioso: en Alemania trabajando en B.

La pareja era feliz. Tomasa celebraba tener un marido tan trabajador y cumplidor. Y haber dejado de trabajar en aquel restaurante del que salía tan tarde para poder dedicarse a sus pequeñas.

Ahorraban. No tanto como era de esperar. Ramón se había dado cuenta de que si gastaba un poco de lo que ganaba seguía sin pasar nada. Podía volver a tomar alguna cerveza. Su esposa lo entendió: lleva una vida muy dura, trabajaba mucho y “cuesta tanto esfuerzo la venta a domicilio”…

Unos meses después volvió al Club. Su mujer estaba muy cansada cuando llegaba. Solo quería sexo los sábados oportunos y, a veces, se quedaba dormida en el salón antes de ir a la cama. Además, generalmente, no le apetecía. Lo hacía con desgana.

Le entendía. Lo había aprendido en la Sección Femenina. Y se lo había explicado un cura. Incluso aquella amiga de su madre justificaba delante de ella a su marido cuando lo hacía. Tenía que ser comprensiva. Los hombres son así y lo necesitan.

Los niños crecían. Los de los vecinos también. Tomasa ya no tenía que cuidarlos y volvió a trabajar en un restaurante. Y a llegar tarde. Ramón encontró justificación para que el número de cervezas y de visitas al club aumentara. Y, de vez en cuando, ese brandi que traían los amigos de sus visitas a la Madre Patria. También engordó. La comida desordenada, el estrés de tanto trabajo y tanta farra. El colesterol se disparó.

LOS MALOS TIEMPOS.

La vida siguió. Las hijas crecieron. Empezaban con los novios. La mayor con un alemán. La pequeña con el hijo de un emigrante italiano. Se acabarían casando con ellos. Y la pequeña se fue con su marido cuando éste retornó con su familia a Italia. La alemana se quedó.

Como Ramón y Tomasa decidieron comprar una vivienda en un pueblo de la Costa Valenciana con los ahorros que tenían. Podían haber ido a la tierra de cualquiera de los dos. Pero la madre de ella había muerto y no quedaba ningún familiar directo. El resto se había ido a la capital. Él, ya sin padres, tenía una relación fría con sus hermanos, propia de la distancia. Si, mejor a ese pueblo valenciano que visitamos una vez cuando fuimos a casa de Amparo y José que se habían vuelto.

Supieron que la inmobiliaria les engañó un poco en el precio de la compra, que por ser de fuera e ir con tanta ilusión les habían cobrado de más. Pero no importaba.

Como ocurre muchas veces en esta vida, pasó lo que tenía que pasar. Ramón tuvo un infarto. Siguió vivo de milagro. Tenía que recuperarse, trabajar menos, nada de bebida y una comida más ordenada. Además de un montón de pastillas. Tomasa, ya con las hijas mayores, dejó otra vez el restaurante para dedicarse a su marido. Como debe ser, dijo. Si se apretaban el cinturón bastaría con el dinero que les daba el estado alemán por la enfermedad.

Él también se cuidaba. Pero bueno, una cervecita de tarde en tarde no estaba mal. O una comida de vez en cuando con los amigos. Tampoco podía ser malo si iba al Club. Siempre de forma comedida. Con cuidado. Al menos al principio. Tomasa lo entendía. Siempre entendía.

Le dio otro infarto. Y un ictus. Y quedó tocado. Sobrevivió. Pero no podía volver a trabajar. No reunía condiciones. Le dieron una pensión que con la ayuda al retornado le valdría para vivir dignamente en la casa que habían comprado en la Costa Valenciana. Qué pena alejarse de las hijas. Y de los nietos que ya habían llegado. Pero las circunstancias obligaban. Y siempre vendrían a pasar las vacaciones a la casa de la playa. A Tomasa le hacía mucha ilusión. Supongo que a Ramón, si se enteraba en su estado, también.

LA VIDA DE PENSIONISTAS.

Ramón estaba muy tocado. Tomasa le cuidaba, cada día con más cariño. Don Benito, ese cura tan maravilloso que tan bien hablaba se lo explicaba a menudo: tu marido ha sido una buena persona siempre, ha sacado a la familia adelante. Claro, con defectos propios de la naturaleza de los hombres, totalmente comprensibles. Lástima que no sea más practicante.

Ella era una santa, le aseguraba. Tenía un sitio ganado en el cielo. Cumplía con la obligación de cuidarle y de rezar mucho por él. Pobre.

Tomasa empezó a salir en las procesiones de Semana Santa, detrás de la imagen de Cristo Redentor, descalza, arrastrando unas cadenas mientras tuvo fuerzas para ello. Iba a misa todos los domingos y el resto de días que podría. Y se confesaba aunque no tuviera pecados. Le encantaba oír a Don Benito. Era tan bueno y tan santo varón.

Además de las tareas de casa, sacaba todos los días a pasear a su cada vez más deteriorado marido. Le llevaba en una silla de ruedas. Amparo vino los primeros meses a visitarles. Luego… En verano las viviendas cercanas estaban llenas. Tomasa era buena mujer. Le salieron muchas amigas que, cuando volvían a su residencia, le dejaban incluso las llaves de la vivienda de veraneo por si había algún problema. Y es que, cuando pasaban julio y agosto, no quedaba nadie o casi nadie en la zona. Claro, antes de comprar, habían visitado la población solo en verano y no habían pensado en ello.

Mientras Ramón iba empeorando mentalmente pero su cuerpo resistía. Tomasa haces milagros, le decía Don Benito.

En esos meses tan solitarios le llevaba a la orilla del mar y se quedaban mirándolo absortos. Él en medio de sus misteriosos pensamientos, ella deseando entender la Eternidad que debía ser como el mar: inmensa. Esa Eternidad que le estaba esperando para llenarla de felicidad, donde volvería a encontrarse con su marido que, como le decía Don Benito, no era tan malo y ya estaba pasando su Purgatorio en vida.

Y los hijos y los nietos vinieron de vacaciones a casa. Bueno, al principio las vacaciones completas. Pero pronto empezaron a combinarlas con otros destinos, a ir menos días. Claro, necesitaban conocer más sitios, decía Tomasa siempre comprensiva. Y los nietos empezaban a poner pegas. Es que se hacen mayores. Y tampoco se les puede pedir que aguanten la vida de esta casa todo un mes, con lo que triste que estarán con Ramón aunque sea el abuelo. Vale con que vengan unos días y que me llamen por teléfono de vez en cuando, pensaba.

Ramón vivió más de 20 años en la casa de la playa, medio vegetal. Y todos los días, todos, sin excepción, Tomasa le cuidó con el mismo mimo.

Una noche, sin quejarse, sin sufrir, se quedó muerto. Era finales de julio. Los hijos y los nietos fueron enseguida. Adelantaron unos días su prevista visita. El funeral fue precioso, magnífico. Don Benito, a pesar de ser mayor, estuvo fantástico. Hizo llorar a la viuda, a los descendientes, a todo el mundo. Cumplió con su labor. Qué entrañable estuvo. Le incineraron. Y las cenizas fueron al mar.

Hubo tanta gente: en el Tanatorio, en el funeral, de visita en casa al día siguiente. Incluso algunos de sus hermanos con los que se hablaban poco. Y lo bien que funcionó el seguro, ese que llevaban pagando desde niños, que no habían dejado de pagar ni cuando estuvieron en Alemania, que sin enterarse les había salido tan caro. Todos los papeles arreglados.

“Mamá, tú estate tranquila”, le dijeron las hijas. “Está todo en orden. Tendrás menos ingresos pero, si hace falta, te ayudaremos. De momento te quedas aquí, en tu casa, hasta que tus amigas acaben sus vacaciones. Y en otoño vienes a nuestras casas. Primero a Italia. En Navidad te llevamos a Alemania y así celebraremos las Fiestas todos juntos como cuando éramos niños. Será maravilloso.”

A finales de septiembre se fue a Italia. A pesar de que ya era mayor y estaba torpe, no fue nada difícil. El taxista del pueblo le llevó al Aeropuerto y le puso en manos de los Servicios Especiales. Todo fue rodado.

EL TRISTE FINAL DE UNA VIDA DE SACRIFICIO.

Tomasa estuvo bien en Italia. Al principio. No le costaba mucho hablar con las vecinas de su hija. Somos tan parecidos, decía. Pero pronto vio que la familia de su hija no era como cuando eran niñas. Aunque se llevaban bien, tenían sus problemas diarios, una forma de ser que no era la suya. Además, estaba acostumbrada a pensar por Ramón y a decidir lo que quería. Y sus hijas, de pequeñas, le obedecían casi siempre.

A veces, pensaba que estorbaba. Y, siempre, que estaría mejor en su casa. Además, no tenía nada que hacer y se aburría. Mucho. Los primeros días habían sido muy agradables pero ahora quería volver.

En Navidades fueron a Alemania. Las Fiestas muy bien. Después, lo mismo. Bueno, no, algo diferente. No podía hablar con nadie que no fueran los suyos. Nunca había sido su fuerte el alemán y en 20 años lo había olvidado. Y quedaban pocos emigrantes, ninguno conocido. La mayoría habían vuelto o muerto aunque muchos habían dejado allí a sus hijos.

En febrero volvió a su casa. No quería seguir fuera. Su hija gastó unos días de sus vacaciones y le acompañó. Decidieron que fuera a una residencia en la zona hasta que volvieran sus vecinas, momento en que regresaría a su casa, al menos de día.

Sola, sin su Ramón, sin nadie cerca a quien querer y cuidar, sin Don Benito que nunca iba a verla a la residencia ya que era terreno de otro sacerdote y sin poder ir a su Iglesia que estaba tan lejos, duró poco. Muy poco.

Murió pensando en que pronto se reuniría con Ramón. A primeros de marzo, solo unos días después de haber vuelto, dejó este mundo.

A su entierro fue muy poca gente. No había casi vecinos en esa época. En la residencia todavía era una desconocida para sus ocupantes. Sus hijas y sus maridos sí fueron, claro. Y alguno de sus nietos, no todos, que es difícil improvisar un viaje así.

También la incineraron. Y también sus cenizas fueron al mar. Allí, a ese sitio que a ella le parecía que era parecido a La Eternidad. Donde se encontraría con su Ramón para seguir cuidándole.

Las hijas vendieron la casa. Supieron que les pagaron menos de lo que valía. Pero es lo que hay, les dijeron. Y tenían ganas de olvidar todo. No volverían nunca más. No importaba.

Poco después ya nadie se acordaba de Ramón ni de Tomasa en el pueblo de la Costa Valenciana. Tampoco Don Benito que tenía que salvar más almas y más matrimonios. Ni les recordaba nadie en Alemania salvo su hija y los suyos. Pero como ya hacía tanto tiempo que se habían distanciado, tampoco era un recuerdo constante.

 

Jorge Ibor

Bilbao, julio 2019.


Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 ideas sobre “Tomasa

  • Alazne Díez Muñiz

    Jorge, me ha encantado y me ha emocionado la historia de Ramón y Tomasa. Constantemente me sorprendes. Eres experto tocando cualquier tema y siempre lo haces muy bien. Gracias por tu capacidad de transmitir y tu voluntad de enriquecernos. Eres todo un ejemplo de colaboración. Mi agradecimiento, así mismo, a todos los que contribuís, de una manera o de otra, con vuestras aportaciones; un agradecimiento que, aunque no lo suelo hacer explícito a través de este medio, de verdad lo siento. Un abrazo para todos,

    Alazne

  • Alberto Saiz

    Enternecedor, emotivo y muy real. Adecuado a nuestra edad, para no olvidar lo que fuimos y hacernos a la idea de lo que nos espera.
    Me ha gustado mucho el estilo, directo y sin retórica. Frases cortas y bien construidas. Pero lo mejor, el hilo de la narración.
    Enhorabuena Jorge.